CAPITULO 3
Ricky
La máquina de café del pasillo de la segunda planta lleva tres días dando problemas.
No es que sea el fin del mundo, lo reconozco.
Han existido problemas mayores en la historia de la humanidad que una cafetera averiada en un campus universitario de élite.
Pero cuando llevas un par de días encerrado aquí dentro, no poder tomarte un café con leche a las ocho de la mañana se convierte en el tipo de injusticia que te parece completamente representativa de todo lo demás que está mal en tu vida.
Podría ir al comedor a desayunar, claro.
No es tan complicado hacerlo. Seguro que incluso el café estaría mejor que el de esta máquina de mierda.
Pero odio ese sitio. Ayer entré porque quería comer algo y fui analizado, examinado y escaneado por mis queridos nuevos compañeros, a los que todavía no me he dignado ni a saludar.
Así que paso de volver a poner un pie ahí dentro.
Prefiero morirme de hambre o sobrevivir a base de galletitas saladas y sándwiches fríos de la máquina expendedora que tengo justo al lado.
Sé que siempre me ha dado todo igual y que nunca he temido a nadie.
Pero no es miedo a los demás lo que me frena, sino las ganas de reventarlos a hostias si me vuelven a mirar mal.
Y no me conviene meterme en líos ahora mismo, no cuando existe la posibilidad de que llegue a oídos de mi querido padre que, durante mis primeros días aquí, decidí jugar a ser Rocky y no Ricky.
Finalmente, decido comprarme una lata de Coca-Cola.
La saco de la máquina, la abro, bebo un trago largo y me apoyo en la pared de enfrente, mirando sin rumbo hacia el final del pasillo.
No tengo ninguna prisa por volver a mi habitación, ya que allí no hago otra cosa que seguir dándole vueltas a lo mismo una y otra vez. A la dichosa carta.
Llevo días pensando en si Isabel habrá podido dársela a Alice sin que nadie de mi casa se enterara, lo que no es tarea fácil teniendo en cuenta que mis padres tienen la habilidad sobrenatural de estar al tanto de absolutamente todo lo que ocurre dentro de ese perímetro.
El problema de no tener mi móvil —que llevo casi un mes y medio sin él— es que no puedo llamar a Isabel para averiguar si hizo lo que le pedí.
No puedo hacer nada salvo quedarme aquí con las preguntas en la cabeza, chocando unas con otras, sin que ninguna encuentre una respuesta decente donde aterrizar.
Se me ha pasado por la cabeza robarle el móvil a cualquiera de mis compañeros o incluso ir a recepción y preguntar si puedo hacer una llamada rápida desde el teléfono fijo que tienen allí.
Pero ¿sabes qué pasa cuando te has criado en pleno siglo XXI con un móvil bajo el brazo desde que naciste?
Que no has memorizado un solo número de teléfono en tu vida, porque tenerlos guardados en la agenda y poder llamar a alguien con solo apretar un botón siempre fue más que suficiente. Así que ese plan tampoco me sirve.
Mientras camino por el pasillo hacia las escaleras, ya que necesito salir de este edificio y tomar un poco de aire, me doy cuenta de que las puertas de las habitaciones están casi todas abiertas o entornadas.
Desde cada una de ellas sale el mismo tipo de ruido: el de las cremalleras de las maletas abriéndose y cerrándose, el de los cajones vaciándose de golpe y el de las perchas moviéndose en los armarios.
¿Qué pasa? ¿Por qué están todos haciendo el equipaje? ¿Adónde van estos idiotas?
Vale. Claro. ¿Cómo no lo había pensado antes? Las putas vacaciones de Navidad. Los alumnos se van a sus casas a pasar las fiestas con sus familias.
Si hay algo que nunca ha ocupado un lugar demasiado especial en mi vida, es precisamente esta festividad. Pero este año me voy a poner un poquito nostálgico, aunque odie pasarla con mis supuestos seres queridos. Es el primer año que estoy lejos de casa y, además, solo.
Me pregunto cómo habría sido celebrar la Navidad con Alice.
Nunca antes había pensado en pasarla con una chica.
Habría sido mágico estar con ella ese día.
Los dos solos, con Bella. Seguro que esa peluda adorable habría intentado robar algo de la mesa y Alice se habría enfadado, un defecto suyo que me vuelve completamente loco.
Sí, es extraño que eso te excite en una persona.
Pero es que verla enfadarse, o incomodarse por cualquier tontería, es una de las cosas que me enamoraron de ella.
Tras la comida, seguramente habríamos visto alguna de esas películas románticas navideñas y cursis que le gustan.
Irónico que a Alice le encante ese tipo de cine.
Y después, cuando terminara la película —o a mitad, quién sabe—, habría acabado haciéndole el amor hasta el anochecer.
Un plan perfecto. Unas Navidades mágicas al lado de la mujer que amo.
Un acontecimiento que mi familia ha tirado a la basura porque es incapaz de aceptar que me he enamorado de una chica diez años mayor que yo.
A ver, también era la novia de Gabriel, sí.
Pero ¿y qué? Ese detalle tampoco es tan grave, ¿no? Yo no lo veo tan dramático.
(En fin. Para ya, Ricky. No pienses en lo que podría haber sido. Es inútil.)
Bajo las escaleras hacia la planta inferior.
Y el panorama que me encuentro es, si cabe, todavía peor que el de las habitaciones.
El vestíbulo de la planta baja es más amplio que los pasillos de arriba, lo cual significa que hay más espacio para que el espectáculo se despliegue en toda su magnitud sin que pueda ignorarlo.
Maletas de todos los tamaños y colores están apiladas junto a la puerta principal.
Aunque llamarlas simplemente maletas me parece quedarse bastante corto: Louis Vuitton.
Rimowa. Globe-Trotter. Vamos, el tipo de equipaje que cuesta más que el alquiler de un apartamento decente y que se trata con el mismo cuidado con el que otros tratan a sus mascotas.
Los coches que esperan fuera, aparcados a lo largo de la entrada con los maleteros abiertos, tampoco dejan demasiado lugar a la imaginación.
Bentleys, Mercedes de gama alta, algún Range Rover con las ruedas tan limpias que parece que nunca han pisado el asfalto.
Chóferes uniformados que van y vienen cargando el equipaje de estos niños pijos mimados. En fin. Qué ganas de vomitar.
Me abro paso entre el tráfico de maletas de diseño, esquivando a todo el mundo, y salgo por la puerta.
Me alejo de la entrada principal hasta un banco de piedra que hay a unos pocos metros del edificio de residencias.
Me siento, apoyo los codos en las rodillas y sujeto la lata de Coca-Cola entre las manos un momento antes de aplastarla de mala gana y tirarla al suelo.
Me quedo así un rato, sin moverme, intentando no pensar en nada.
Hasta que, de repente, una voz femenina me saca del trance en el que me había metido.
—Si sigues ahí unos minutos más, al final te vas a convertir en un muñeco de nieve.
Levanto la mirada hacia la derecha al escuchar esa ridícula advertencia.
A mi lado, rodeada de maletas, hay una chica que me mira con preocupación.
Es rubia. Pelo largo, recogido en una coleta alta que se balancea ligeramente con el viento.
Lleva un abrigo beige con el cinturón perfectamente anudado a la cintura.
Tiene los ojos azules y unas pecas en la nariz —un puñado de ellas, distribuidas de forma irregular sobre la piel pálida— que son lo primero que me llama la atención después del color de sus ojos.
—¿Perdona? —pregunto, un tanto confuso.
Ella sonríe.
—El frío de Londres en invierno es bastante traicionero. En cuanto te descuides, acabarás convirtiéndote en Olaf.
—¿Quién coño es Olaf? —pregunto.
—¿No has visto Frozen? —continúa ella, con un toque de indignación.
—¿Fro qué?
Se queda mirándome un momento con la boca ligeramente abierta, como si acabara de decirle que la Tierra es plana o algo mucho más descabellado.
Parpadea una vez. Luego otra. Como si su cerebro necesitara unos segundos extra para procesar que existe un ser humano en este planeta que no sabe de qué le está hablando.
—En fin... Se nota que no tuviste buen gusto con el cine en tu infancia.
De todas formas, yo ya te he avisado. Intenta no convertirte en Olaf, un increíble muñeco de nieve que es el ídolo de muchos niños a los que acabas de ofender por no saber quién es.
Y a este paso, con esa sudadera y sin un abrigo decente encima, vas camino de conseguirlo antes de que acabe la mañana.
Me fijo en mi vestimenta un momento. Reconozco que tiene razón. Voy demasiado ligero para la temperatura que hace, pero ni por asomo pienso admitírselo.
—Mira, me da igual quién es ese tal Olaf, pero no soy friolero. Aun así, gracias por tu preocupación, pecosa —respondo, algo borde, bautizándola con uno de los muchos motes ridículos que suelo ponerles a las chicas.
—¿Pecosa? ¿En serio?
—¿Acaso esos puntos de tu nariz no son pecas?
Ella, sin embargo, no parece especialmente intimidada por mi mala educación.
—¿Eres nuevo, verdad? —pregunta, cambiando de tema, mientras un coche se para a su lado.
—Eso parece.
—Se nota —responde, mientras le tiende las maletas a un hombre que sale del vehículo. Su chófer, seguramente.
—Vaya... ¿Eres detective?
Ella se ríe. Una risa corta, genuina.
—No, de momento mis intereses no se basan en la criminología. Pero soy muy observadora.
—¿Ah, sí? ¿Y en qué se basan tus observaciones para saber que soy nuevo? —pregunto, interesándome poco a poco en la conversación.
Ella ladea la cabeza, como si estuviera ordenando los argumentos antes de decirlos, y levanta una mano para ir enumerándolos con los dedos.
—A ver —empieza, con calma—. Primero: tu cara te delata.
No sé cómo explicarlo, pero es la misma que pone todo el mundo en su primera semana aquí, esa mezcla de no saber muy bien hacia dónde mirar y de no terminar de sentirse a gusto en ningún sitio.
Segundo: estamos a una temperatura que roza los cero grados, y ni siquiera llevas abrigo para estar aquí fuera.
Los que estudiamos aquí desde hace tiempo sabemos de sobra que podemos coger un buen gripazo al día siguiente si no llevamos suficientes capas de ropa encima.
Y tercero —hace una pausa mínima, como si guardara el mejor argumento para el final—: no te he visto nunca antes por aquí. Esta sería la más obvia, ¿no?
La miro un momento sin decir nada.
—Touché —respondo, con una sonrisa. Una sonrisa que, por primera vez desde que llegué, se ha dibujado en mis labios. Y es que, si tengo que ser sincero, creo que esta chica es la única persona aquí que ha tenido la decencia de dirigirse a mí sin mirarme con asco primero.
El chófer, una vez colocada la última maleta y cerrado el maletero con un golpe seco y definitivo, rodea el coche con paso firme y se detiene junto a la puerta del conductor.
—Señorita, tenemos que marcharnos ya.
Ella lo mira un segundo, asiente y luego vuelve a mirarme a mí.
—Bueno —dice, abriendo la puerta trasera del coche—. Ha sido un placer conocerte, chico nuevo. Que pases una feliz Navidad.
Se mete dentro sin esperar una respuesta por mi parte y la puerta se cierra suavemente a continuación. El coche arranca despacio y se aleja por el camino principal hasta desaparecer a lo lejos.
Me quedo mirando a mi alrededor y noto que cada vez hay más silencio.
El campus se ha ido vaciando poco a poco mientras yo estaba distraído hablando con una desconocida.
No sé ni cómo se llama. Podría haberle preguntado el nombre.
Pero en realidad tampoco es que me interese demasiado saberlo, por muy agradable que haya sido.