CAPITULO 2
Alice
Hacer una maleta siempre me ha parecido una forma poco sutil de admitir que necesitas huir, aunque solo sea durante unos días. Yo lo llamo viaje. Mi cuerpo, en cambio, lo llama «sálvese quien pueda».
El suelo de mi dormitorio está cubierto de ropa que no sé muy bien por qué he sacado: la mitad no me la pondré y la otra mitad está ahí únicamente para hacerme creer que conservo cierto control sobre mi vida.
Que es exactamente el tipo de ilusión que una necesita creerse cuando las cosas se le están yendo un poco de las manos.
Bella me observa desde la cama con las orejas levantadas y los ojos muy abiertos, siguiendo con atención cada movimiento mío, como si supiera perfectamente que nos vamos y que esa, ahora mismo, es la mejor noticia que podría haberle dado.
Aunque, siendo justa, la última vez que salió de este pueblo fue para irse a una isla paradisíaca, así que cualquier sitio al que vayamos ahora le va a parecer poca cosa en comparación.
—Lo siento, cariño —le digo mientras doblo un jersey rojo de rayas blancas y lo guardo en la maleta—. Pero esta vez no vamos a ir a Santa Aurelia.
Estas Navidades he decidido volver a mi casa. A Portland. Y además en plan sorpresa.
Desde que me independicé, mis visitas han sido breves, casi fugaces: algún fin de semana suelto cada dos años y, en ocasiones, ni siquiera eso.
La mayor parte del tiempo han sido mis padres quienes han venido a verme a Greenfield, cargados de táperes de macarrones con queso, preguntas incómodas sobre cómo va mi vida y esa forma tan suya de fingir que todo está bien mientras observan, sin decirlo nunca en voz alta, que sigo evitando el tema que lleva sacudiendo a mi familia desde hace catorce años.
Volver a esa casa nunca ha sido fácil. Desde que Dani murió, aquel hogar dejó de ser pura luz para convertirse en algo parecido a un túnel largo y oscuro.
Pero me he dado cuenta, tarde como siempre, de que el tiempo pasa demasiado rápido para seguir desperdiciándolo.
Cuando le confesé a Ricky mi pasado aquella noche en la casa del bosque, algo se me movió por dentro, como si contarlo en voz alta, por primera vez y con naturalidad, me hubiera quitado parte del peso que llevaba arrastrando desde hacía años.
Así que he decidido que la mejor forma de seguir enfrentándome a todo esto es volver allí de una vez: afrontar esa casa, esa puerta cerrada.
¿Y qué mejor momento para hacerlo que en fiestas navideñas, que es exactamente cuando se supone que más te deprimes al darte cuenta de la gente que falta en la mesa?
Muy masoquista por mi parte, lo sé. Pero supongo que, si existe algún lugar llamado cielo —o algún universo paralelo donde Dani pueda verme de vez en cuando—, se sentirá orgulloso de ver a su hermana mayor volviendo a casa por Navidad, como el turrón.
Aunque, si he de ser del todo honesta conmigo misma, no es solo el valor de afrontar la muerte de Dani lo que me lleva a coger ese avión.
También necesito poner distancia. Distancia de los pensamientos que llevo días sin conseguir silenciar, porque estar aquí encerrada entre estas cuatro paredes mientras sigo viendo películas y comiendo helado no los va a callar.
La carta de Ricky sigue ahí. En mi cabeza, que es donde más daño hace, pero también físicamente en el cajón de la mesita de noche, donde sé que va a quedarse durante mucho tiempo acumulando polvo y culpa en partes iguales.
No me atrevo a leerla de nuevo. Leer esa carta fue como abrir una puerta que yo llevaba semanas empujando desde fuera, sin saber muy bien qué había al otro lado.
Y lo que me encontré al cruzarla no fue exactamente lo que esperaba.
Me puse demasiado triste al descubrir que Ricky se había ido lejos.
Muy lejos. A otro país, a otro continente, a un lugar al que no puedo llegar dando un paseo improvisado porque un inmenso océano se interpone entre nosotros.
Pero más que tristeza, la emoción que se lleva el premio gordo en toda esta historia es el enfado.
Retorcerles el pescuezo a sus padres fue una idea tremendamente tentadora.
Porque descubrir que Ricky sí me quiere, pero que todo ha sido un plan perfectamente maquiavélico de su familia para separarnos, me enerva de una forma que no sé cómo gestionar sin acabar haciendo o diciendo algo de lo que me pueda arrepentir.
¿Qué se supone que hago yo ahora? ¿Esperar aquí sentada en el sofá, con Bella mirándome con cara de pena, confiando en que él vuelva a por mí tal y como me ha prometido?
¿O hago justo lo contrario: cojo un avión, me planto allí y, ya que no pude rescatarlo en su propia casa, lo rescato en un arrebato de locura adolescente que no encaja demasiado bien con una mujer de treinta años que, en teoría, debería saber manejar mejor sus impulsos?
Ni de broma pienso hacer lo segundo. No estoy tan loca.
Y pensar en ello me pone de muy mal humor, así que lo mejor es hacer lo que hago siempre cuando algo se escapa de mi control: huir.
Cierro la maleta de un golpe, con más fuerza de la estrictamente necesaria, como si así pudiera descargar parte de la rabia que llevo dentro. Cojo el abrigo, las llaves y las cosas de Bella, que ya da vueltas en círculos por el recibidor, nerviosa y emocionada.
Cuando salimos de casa, el aire frío de la mañana me golpea directamente en la cara, haciendo que hasta la boca se me congele antes de llegar a la acera.
Menos mal que el taxi ya espera aparcado frente a la puerta.
Hoy ha sido puntual. Milagrosamente, insólitamente puntual, que es algo que prácticamente nunca ocurre.
—Buenos días, señorita —dice el taxista mientras baja del coche.
—Buenos días —respondo seca.
Reconozco que hoy no tengo ganas de ser amable.
El taxista abre el maletero, le paso la maleta y, durante un segundo, antes de subirme al coche, me quedo mirando la fachada de mi casa.
Siento como si me estuviera pidiendo que la próxima vez que aparezca por aquí lo haga con mejor cara y con las heridas del corazón, al menos, parcialmente cicatrizadas. Y ojalá que sea así.
Subo al asiento trasero con Bella en brazos y la meto con cuidado en el pequeño transportín que compré ayer en esa tiendecita de la plaza que vende de todo. En momentos de necesidad logística, resulta ser la más útil de todo Greenfield.
—¿Adónde la llevo? —pregunta el taxista, mirándome por el retrovisor mientras arranca el motor.
—Al aeropuerto, por favor.
Asiente, como si fuera el destino más sencillo del mundo, y pone la dirección en el GPS sin hacer más preguntas.
◆◆◆
El avión ya está en el aire cuando por fin soy consciente de que no hay vuelta atrás.
Estoy sentada junto a la ventanilla, con las piernas encogidas como puedo, porque está claro que quien diseñó estos asientos nunca tuvo que volar durante horas sin saber dónde meter las rodillas.
A mis pies, el transportín de Bella ocupa su lugar merecidamente, aunque a mí me gustaría, en realidad, que pudiera ir en el asiento de al lado como si fuera una pasajera más.
Apoyo la frente en la ventanilla y dejo que el frío del cristal me despeje un poco la cabeza.
El paisaje se estira bajo el avión como una maqueta imperfecta: manchas blancas de nubes sobre un fondo difuso de marrón y verde.
Me pierdo demasiado analizándolo. Y, como pasa siempre que dejo la mente en blanco más de treinta segundos, Ricky aparece en ella sin pedir permiso.
Pienso que, hace no mucho, él también estuvo en un avión como este, con el mismo pasillo estrecho, los mismos asientos incómodos y la misma azafata explicando cómo sobrevivir a una emergencia aérea, mientras todos a bordo fingían no estar, al menos un poco, aterrados ante la posibilidad de caer al vacío.
Me pregunto si él también se sentó junto a la ventanilla.
Si miró el paisaje como estoy haciendo yo, o si directamente se quedó dormido.
Pero, sobre todo, lo que no paro de preguntarme es si pensó en mí.
Si, mientras el avión atravesaba las nubes y América se iba quedando atrás, tuvo ganas de levantarse y pedirle al piloto que diera la vuelta.
Como si eso fuera posible. Como si un arrebato de amor a diez mil metros de altura fuera suficiente para que sucediera.
Cuánto daño han hecho las películas románticas. Y qué bien lo siguen haciendo.
Decido que ya está bien de torturarme, que seguir por ese camino mental no me va a llevar a ningún sitio que merezca la pena.
Así que saco el móvil del bolso, me pongo los auriculares y busco en la lista de reproducción alguna canción que consiga tranquilizarme.
Cierro los ojos. Apoyo la cabeza en el respaldo.
No sé en qué momento exacto dejo de pensar con claridad, ni cuándo el zumbido constante del motor se mezcla con la melodía y se vuelve algo casi hipnótico, pero en algún punto del trayecto me quedo dormida.
Podrían haber pasado diez minutos. O una hora. O una eternidad. Solo sé que lo único que me devuelve a la realidad es una voz suave que se cuela por megafonía: «Comenzamos el descenso hacia Portland. Por favor, abróchense los cinturones y pongan sus asientos en posición vertical».
Abro los ojos de repente, me quito un auricular y miro a mi alrededor desubicada, intentando recordar dónde estoy.
La gente empieza a recolocarse, a guardar cosas y a despertar a los niños que se han dormido con la boca abierta y la baba colgando.
Bella se remueve en el transportín. Le acerco la mano despacio y dejo que la huela, para que sepa que sigo aquí y que no me he ido a ningún sitio sin ella.
—Enseguida llegamos, mi amor.