¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPíTULO 1 #3
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CAPíTULO 1 #3

La tal Mildred inclina la cabeza apenas un centímetro, lo justo para que pueda interpretarse como un saludo sin comprometer su postura.

—Bienvenido a Whitmore University —dice, con una voz seca y perfectamente modulada—. Cuando esté listo, podemos comenzar la visita guiada.

No ha dicho «cuando quiera». Ha dicho «cuando esté listo». Suena parecido, pero no lo es: la primera opción te deja elegir si quieres hacerlo; la segunda da por hecho que lo vas a hacer y solo te deja elegir cuándo. Así que decido hacerle caso de inmediato y acabar con esta tortura cuanto antes.

Me pongo de pie, me ajusto la chaqueta por puro reflejo y me despido del director con un apretón de manos breve y correcto.

—Ha sido un placer, Ricky. Mi puerta siempre estará abierta si necesitas cualquier cosa.

—Gracias, supongo —respondo a desgana.

Salgo al pasillo y me doy cuenta de que la coordinadora ya ha empezado a caminar sin ni siquiera esperarme. La sigo a toda prisa y en silencio, hasta que consigo alcanzarla.

—Esta universidad está dividida en cuatro zonas principales —comienza a decir, sin apenas girarse—. El edificio central, donde nos encontramos ahora, alberga las aulas de las carreras de letras y los despachos del cuerpo docente.

—Esta cárcel es más grande de lo que me imaginaba —comento por lo bajo.

—¿Perdona? —pregunta ella, parándose en seco y mirándome fijamente.

—Nada —digo, carraspeando—. Que esta universidad es más grande de lo que me imaginaba.

Ella no responde. Me analiza de arriba abajo con esa mirada de quien está descifrando si voy a ser un problema o no durante la visita. Pero, finalmente, decide ignorarme por completo y retoma la marcha.

Cruzamos una puerta lateral y salimos al jardín.

—Allí está la biblioteca —dice, señalando un edificio que hay apartado hacia la derecha—. Permanece abierta hasta las once de lunes a jueves, y hasta las nueve los viernes. Los fines de semana el horario es reducido, de diez a seis.

Seguimos caminando. Me enseña el pabellón deportivo, donde estudian los alumnos de Ciencias del Deporte —piscina cubierta, gimnasio, pistas de squash, sala de artes marciales, canchas de baloncesto—, luego el comedor, amplio y con mesas largas de madera, junto a las salas comunes, con sofás grandes, televisiones, mesas de billar y futbolines que tienen ese aspecto de estar ahí más para la foto del folleto que para que alguien los use de verdad.

Por lo poco que he visto, dudo que la gente aquí sea tan divertida como para realizar esas actividades.

Deben de pasarse más rato en la biblioteca que en la sala de ocio.

Después me señala el edificio de ciencias, donde seguramente estudien los cerebritos más destacados de Londres.

—Y por último —dice, señalándome el edificio que queda al fondo del campus—, las residencias.

Entramos, subimos hasta la segunda planta y luego recorremos un pasillo largo con puertas a ambos lados, cada una con su placa dorada, como no podía ser de otra manera.

Al parecer, en este lugar el dorado es el protagonista indiscutible de la decoración.

La mujer se detiene frente a una puerta, consulta su cuaderno con un gesto rápido y preciso, y me mira.

—Habitación 315. Esta es la suya —dice, entregándome las llaves—.

Antes de marcharme, quiero que sepa que el silencio en las residencias es obligatorio a partir de las nueve de la noche.

Cualquier visita de personas ajenas debe estar autorizada previamente y registrada en recepción. ¿Alguna pregunta?

—Ninguna —respondo, seco, con ganas de librarme de ella.

—Perfecto. Entonces le dejo instalarse. Buenos días.

Y se marcha por el pasillo con los mismos pasos de metrónomo con los que ha recorrido todo el recinto, sin mirar atrás ni una sola vez.

Me quedo un momento parado frente a la puerta, con las llaves en la mano, mirando la placa donde ya aparece mi nombre grabado:

«Ricardo Valera del Río. Hab. 315».

Joder. Sí que se han dado prisa.

Meto la llave en la cerradura, la giro y la puerta se abre.

La habitación es bastante grande. Mucho más de lo que esperaba, aunque tampoco sé muy bien qué esperaba exactamente.

Desde luego, no una cama de matrimonio para mí solo, ni un vestidor más grande que la propia habitación, ni un baño particular.

Me había imaginado que compartiría cuarto con algún empollón con gafas, o que me ducharía con chicos de cuerpos definidos y la toalla colgando de la cintura, como ocurre en esas películas juveniles universitarias.

Veo que mis maletas están colocadas en una esquina. Por lo visto, Jackson, antes de marcharse, ya se había encargado de subirlas para evitar que lo hiciera yo solo. Qué guardaespaldas más atento.

Me siento en el borde de la cama, que cruje levemente bajo mi peso. Luego me tumbo con los brazos cruzados bajo la cabeza y me quedo mirando el techo, preguntándome por vigésima quinta vez cuánto tiempo voy a ser capaz de aguantar aquí antes de que todo esto se me haga insoportable de verdad.

Estoy harto de este sitio. Y ni siquiera llevo aquí una hora.