Capítulo 39
Una hora antes…
Dara
—¿Qué haces? ¿Estás en uno de tus grandiosos descansos en los que terminas más cansada? —me preguntó Álvaro.
—Cállate —le pedí riendo—. Eres un envidioso.
—Joder. Pues claro —reímos—. Ya me gustaría tener lo que tú tienes.
—Para que eso ocurra, primero tienes que sentar la cabeza —le dije con diversión.
—Me lo estoy planteando.
—¿Qué dices? ¿Qué me he perdido?
—Ayer por la tarde vi a Clara. Fui a la casa de mi madre y estaba ella, con su madre también. Las tres tomaban un café.
—¿Y?
—Que me uní a ellas y me puse al día con Clara.
—¿Y? —insistí.
Mi amigo soltó una carcajada.
—Y una cosa llevó a la otra y terminé invitándola a salir hoy. Vamos a ir a cenar.
—Joder. ¡Qué bien!
—Ayer me dio la sensación de tener delante a la Clara que conocíamos bien, la de antes de que cambiara. No sé…
—Es posible, Álvaro. Éramos muy jóvenes. Ahora somos adultos, hemos madurado.
—Sí.
—Me encanta que la hayas invitado a cenar.
—No significa nada. Es solo un reencuentro de viejos amigos, para ponernos al día.
—Mmm… Vale.
—Lo digo en serio. Estuve enamorado de ella de adolescente, así que deja de pensar en lo que no es. Pues anda que no ha llovido desde entonces.
—Yo solo opino que me parece interesante —dije, sonriendo—. Ahora tengo que dejarte. Eva viene hacia mí, vamos a salir antes de la empresa para dar una vuelta en su coche. Está muy ilusionada, se lo dieron nuevo el día anterior, y quiere que lo vea.
—Suena genial. Perderos por algún lado y echarle la culpa al GPS.
Reímos.
—Que vaya muy bien tu cita. Pongo todas las esperanzas en ti.
—¿Para qué?
—Mi boca está cerrada —dije riendo—. Hasta que suceda, porque algo me dice a mí que sí, y tanto que va a suceder.
—Disfruta de la vuelta y del desayuno.
—Gracias.
Nos despedimos y colgamos, yo convencida de que lo de esta noche solo era el comienzo. El tema de Clara pintaba muy bien para Álvaro, aunque él no quisiera reconocerlo.
—Hola —me saludó Eva.
—Hola —le correspondí de la misma manera.
Se agarró a mi brazo y caminamos hacia el estacionamiento.
—¿Tú tienes plaza fija? —le pregunté.
—Sí, aunque solo los directivos deberían tenerla. Hace años que me la dieron.
Se encogió de hombros.
—Perfecto, así no tienes que estacionar en la otra punta —le dije, con un guiño.
Cuando nos acercamos al coche silbé.
—Qué bonito, Eva.
—Sí. A Hernán se lo he enseñado esta mañana, hemos coincidido a primera hora, cuando hemos estacionado.
Asentí, sonriendo.
—Vamos —me pidió—. ¿Quieres conducir?
—Los honores son todos tuyos.
Rio mientras se montaba.
—Me encanta el olor a nuevo —dije, observando todos los paneles y los detalles.
—Tienes prohibido pasar la lengua por la tapicería y el salpicadero —me advirtió.
—Eres una aguafiestas.
Bufé.
—No quiero babas aquí dentro.
Nos miramos serias y después soltamos una carcajada.
—No es de los más modernos y avanzados, pero para mí me sobra —me dijo, mientras arrancaba.
—Claro que sí. Es estupendo, Eva.
—Gracias.
Comenzó a circular y estuve muy atenta a la suavidad de la conducción.
—Enhorabuena, Eva.
—Gracias. Puede parecer una tontería, ya que es algo material, pero me hace especial ilusión.
—No es ninguna tontería.
—¿Quieres que pise el acelerador aquí? —me preguntó, cuando se desvió.
—Ve a la velocidad de la vía —le pedí—. Ya es suficiente, no vaya a ser que te multen y te quiten puntos —le dije, con diversión.
—Vale —rio y sonreí.
Durante unos diez minutos, Eva circuló por una autopista, hasta que quiso frenar para aminorar la velocidad y comenzó una pesadilla.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—No lo sé —contestó apurada—. El freno no reacciona, Dara.
—¿Qué dices?
Agrandé los ojos.
—¡No va! —gritó.
Agarró el volante con mucha fuerza y comenzó a pisar con insistencia el pedal.
—No puede ser. Dios mío… —Jadeó.
—No puedes perder los nervios. Eva, ¿me oyes? Deja de moverme un momento.
—Sí, sí… —habló acelerada.
—Haz caso a lo que voy a ir diciéndote.
—Vale. —Cogió una gran bocanada de aire.
—Muévete para ponerte en el carril de la derecha. Con cuidado.
Miré por el espejo retrovisor, controlando el tráfico de detrás. Había demasiado por todos lados, sobre todo de camiones.
—Muy bien. Así —la animé a mantener la calma—. Ahora pon las luces de emergencia, para que sepan que nos pasa algo.
Cuando lo hizo, continué hablando.
—La carretera hace pendiente y no ayuda, pero ni roces el acelerador. Lo que sí tienes que hacer es ir bajando de marchas, dando un tiempo entre una y otra, para que el coche intente frenar progresivamente. Dale, baja a quinta.
Eva hizo paso a paso lo que fui diciéndole, pero no fue suficiente, sobre todo cuando vi a un vehículo que no hizo caso a nuestras señales. Venía embalado hacia nosotras, por detrás, y le grité a Eva para que se cambiara de carril.
Ella lo hizo nerviosa, dando un volantazo que la llevó a perder el control del coche. Todavía a demasiada velocidad, nos fuimos de frente contra el muro del lateral derecho, impactando con mucha fuerza.
Lo primero que noté fueron los párpados muy pesados y un pitido horrible en los oídos. Quise llevarme las manos a las orejas, para tapármelas, pensando que el ruido venía de fuera.
Pero no, era yo misma, por dentro. Solté un jadeo al levantar con pesadez los párpados. No podía moverme, me dolía todo el cuerpo, lo que era bueno porque lo sentía, y estaba aprisionada por los airbags frontales y laterales.
—¿Eva? —susurré—. Vamos, Eva. Dime algo. —Tragué saliva con dificultad.
La visión se me volvió borrosa y me di cuenta entonces de que veía un poco rojo. Iba reaccionando despacio, porque fui consciente de que aparte de las lágrimas, algo rojo, sangre, me llegaba a los ojos. Debía tener alguna cicatriz en la cabeza o en la cara, pero continué sin poder moverme.
Los brazos se me habían quedado en una mala posición y era imposible salir de aquí.
Escuché voces fuera del coche, pero yo quería escuchar a Eva. Mi amiga reaccionó muy tarde, pero lo hizo. Solté un suspiro de alivio.
Cuando me sacaron del coche y me atendieron tumbada en una camilla, pude ver, impresionada, cómo había quedado el coche.
Perdí el conocimiento en algún momento, porque lo siguiente que vi fueron muchas luces en el techo y varias enfermeras a mi alrededor.
—Hola —me habló una—. Bienvenida. Te hemos dejado descansar.
—Vale —dije con voz ronca—. ¿Qué tengo?
—Muchísima suerte, eso es lo que tenéis tu amiga y tú —me contestó, hablándome con cariño—. Es increíble que, aparte de las contusiones y de alguna herida que estamos cosiendo, tu cuerpo esté estupendamente. Sé que estás dolorida, pero debes dar las gracias.
—¿Y mi amiga?
—La están atendiendo muy cerca de aquí. Ella está como tú. Os llevará unos días. Las marcas del accidente tardarán en irse, pero por lo demás, estáis perfectamente.
Asentí, sin fuerza.
—Me duele todo —susurré.
—Es normal. Descansa, el calmante comienza a hacerte efecto.
Los ojos se me cerraron de golpe y la siguiente vez que pude abrirlos, me encontré con unos ojos impactantes y una expresión seria, pero no menos increíble.
—Ilian… —susurré.
—Hola, preciosa.
Se inclinó hacia mí, para darme un beso rápido en los labios.
—Tus padres y tus amigos están en la sala de espera. Yo hace muy poco que he sustituido a tus padres. Las enfermeras nos han pedido que estemos pocas personas en la habitación, hasta que tú reacciones bien.
—Vale —murmuré—. ¿Eva?
—Está descansando cerca. Sus padres están con ella y también Hernán —me dijo con un guiño, por mi cara de sorpresa—. Mis padres y Jana también están aquí. Te han visto, pero estabas dormida. Les he hablado de ti, de lo que tenemos.
—¿Quién es Jana?
—La mujer que me crio desde recién nacido, ayudando a mi madre. Y la mujer que cocina en la casa de mis padres y que es una parte muy importante de nuestra familia. Vive en la casa familiar y es la mejor amiga de mi madre.
—Ah…
—Siento mucho lo que os ha pasado.
—El freno no iba, Ilian. Eva no pudo frenar y perdió el control del coche.
Quise incorporarme un poco y me ayudó a acomodarme con la almohada.
—Imaginábamos que era algo de eso. Aún no han podido decirnos el motivo, pero está claro.
—¿Cómo ha podido ocurrir? Un coche nuevo… Recién saldo de fábrica, después de muchas revisiones. No lo entiendo.
—El accidente fue provocado, Dara.
—¿Cómo? —Agrandé los ojos.
—El tiempo de espera en el hospital ha dado para mucho. Gracias a las cámaras de seguridad del estacionamiento de la empresa sabemos que un tío se tiró al suelo, debajo del coche de Eva, y manipuló algo. El mismo tío que se montó en el coche que conducía Samara.
—Mierda.
Cerré los ojos con fuerza.
—Pero ¿qué les pasa a esas dos con Eva? ¿Qué mierda quieren y por qué? —pregunté alterada.
—Shhh… Ya da igual. Samara está detenida por intento de homicidio, al igual que su pareja.
A Carolina la están buscando, porque Samara la ha delatado.
Participaron los tres en eso. Samara habló rápido cuando la policía la presionó.
Los han cogido porque Diego llevó a la policía las grabaciones de primera hora del día de hoy, las de las cámaras que enfocaban a la plaza de estacionamiento de Eva.
—Joder, menos mal.
—Puede que nunca sepamos los motivos que han llevado a esas dos impresentables a odiar tanto a Eva, de esa manera tan dolorosa, pero tal vez es mejor así porque como sea solo por envidia…
—Es muy fuerte. Pobre Eva.
—Siento mucha rabia porque eso ha sucedido en mi empresa.
—Tú no puedes saberlo todo. Es imposible que tengas el control absoluto. Me duele la cabeza.
—No te esfuerces más. Tienes que descansar.
Me dio un beso en la frente y cerré los ojos.
—Dime que esas arpías ya no están en la empresa, porque como me las encuentre en algún sitio…
—Las eché justo después del numerito de la cafetería, no esperé ni un minuto más. Se me pasó decírtelo.
Nos quedamos en silencio y noté las caricias de Ilian. En las manos, en los brazos, en la cara…
—Ilian…
—¿Sí?
—No quiero que te vayas.
—No voy a irme a ningún lado, cariño. Vas a tenerme pegado a ti durante mucho tiempo. Años.
Quise responderle a esas palabras tan bonitas, pero no fui capaz.
Lo último que sentí fue el roce suave de sus labios sobre los míos y después su presencia me acompañó en mis sueños.