Capítulo 38
Ilian
Descolgué el teléfono fijo, pulsando una tecla, sin mirar quién me llamaba.
—Ilian.
Sonreí al escuchar a Eva. Le había costado, pero estaba acostumbrándose a dejar lo de señor.
—Dime —le dije.
—Tiene una visita.
Fruncí el ceño y levanté la vista hacia la puerta, aunque sabía que la visita la estaba reteniendo Eva, en la recepción. A esta planta no subía nadie que no tuviera una reunión programada o que fuera una visita aceptada de última hora.
—¿De quién se trata?
—Es un hombre. Se llama Leo.
—¿Viene de parte de…?
Me quedé callado de golpe y giré rápido la cabeza, hacia el teléfono de mesa.
—Has dicho Leo.
—Sí —me confirmó.
—Que te diga su apellido —le pedí.
—Un momento.
Me levanté despacio de la silla, esperando a que Eva me hablara de nuevo.
—Ilian. No me ha dicho su apellido, pero sí que necesita tu ayuda por algo de tu primo Zac.
Sonreí de medio lado.
—Dile que suba.
—Enseguida.
Colgué la llamada y rodeé la mesa, para dirigirme a la puerta. Salí del despacho y recorrí el pasillo, yendo hacia los ascensores.
Al pararme frente a las puertas, esperé impaciente.
—Por fin, joder —susurré.
Unos segundos después, Leo apareció delante de mí. Salió del ascensor, pero se paró a unos pasos de distancia.
Ninguno de los dos habló, mientras nos manteníamos la mirada. Decir que Leo se veía bien era una gran mentira. Parecía cansado. Agotado, más bien. Tenía unas ligeras marcas oscuras debajo de los ojos, señal de que no estaba descansando.
Él fue el primero en romper el silencio.
—Ilian…
—Has tardado bastante, ¿eh? —Sacudí la cabeza—. Me has hecho dudar durante todo este tiempo, cada vez más. He llegado a un punto que ya no sabía si lo que conocía de ti era real o no.
—Lo siento. —Tragó saliva—. Solo le he estado dando espacio a Zac. Sabía que lo necesitaba, sobre todo, para calmarse y ver las cosas de una manera más real.
—Mi primo sigue pensando lo mismo, pero sí que es verdad que se ha relajado. Ven aquí, anda.
No tuve que repetírselo. En cuanto se lo dije, caminó rápido hacia mí y me abrazó fuerte.
Le devolví el abrazo de la misma manera, porque, aunque me jodiera y me doliera lo que estaba sufriendo Zac, Leo también era importante para mí y sabía que, si mi primo hubiese entrado en razón, al menos para verse con Leo, la situación que estaban viviendo habría terminado hace bastante tiempo.
—Vamos a mi despacho —le pedí.
Lo agarré de la nuca, cuando vi la humedad en su cara.
Caminamos en silencio y no lo solté, hasta que le di paso a mi despacho.
—No me hace falta preguntarte cómo has estado —le dije, cerrando la puerta.
—Muy jodido.
—Pues con más motivo me cuesta entender cómo has podido contenerte tanto —comenté, negando.
Caminé hasta el sofá y Leo me siguió. Nos sentamos y nos quedamos de cara al otro.
—No quería joderlo tanto con Zac, tenía miedo de que se rompiera definitivamente lo que teníamos.
Se pasó una mano por el pelo.
—Sabes lo alterado que estaba. No entraba en razón.
—¿Tenía motivos reales?
—Sí —admitió, con un suspiro.
Fruncí el ceño.
—Pero no por parte de mí —aclaró, levantando las manos—. Los motivos venían de mi jefe.
—¿Por qué no lo frenaste?
—Porque necesitaba el trabajo. Sabes lo que me costó conseguir uno. Aunque ya da igual.
—Dejé el trabajo hace unas semanas —me confesó.
—¿En serio? —Asintió a mi pregunta—. ¿Y por qué no has venido antes?
—Porque no me encontraba bien. Venir hasta aquí ha supuesto un desgaste importante de energía.
Cerró los ojos, apoyando la cabeza de lado en el sofá.
—Siento mucho verte así, saber lo mal que también lo has pasado.
—Gracias, Ilian. Sabía que podía contar contigo.
—Siempre que no jodas a mi primo, de manera intencionada y dañina, me tendrás.
—Lo sé. Nunca le haría daño de esa manera a Zac.
—Yo también lo sé, pero he mantenido la esperanza. ¿Para cuánto tiempo has venido?
—No voy a irme hasta que no lo arregle con Zac y vuelva con él a casa. O si quiere quedarse aquí, me da igual. Tengo que buscar trabajo de todas maneras.
—No te preocupes por eso. Aquí, en mi empresa, siempre tendrás trabajo.
—Ilian, yo…
—No digas nada más. Llegado el momento, ya lo hablaremos. Ahora lo que más te urge es hablar con Zac y coger fuerzas.
Asintió.
—¿Cuándo has llegado?
—He venido directamente del aeropuerto.
—¿Por qué no me has avisado? Habría ido a por ti.
—Siempre estás muy ocupado. No quería molestarte. Además, no sabía si era bienvenido.
Se encogió de hombros y yo sacudí la cabeza.
—Cuántos problemas nos ahorraríamos si lo hablásemos todo —comenté, pensativo—. ¿Tienes hotel?
—He viajado sin programar nada, pensaba buscarlo una vez estuviera aquí.
—Olvídate. Zac está en mi casa y no seré yo el que fuerce un encuentro entre vosotros.
Voy a llevarte ahora a la casa de mis padres y te quedas allí, hasta que decidas entrar en acción.
Mis padres estarán encantados, te mimarán y te guardarán el secreto.
Y Jana conseguirá levantar tus energías, con sus comidas.
Asintió, emocionado.
—Anda, vamos.
Me levanté del sofá y caminé hasta la mesa.
—¿Puedes pausar el trabajo? —me preguntó.
—Es algo a lo que estoy acostumbrándome útilmente y para mi sorpresa, no me está costando nada.
—Joder. Sí que han cambiado las cosas por aquí.
—Ni te lo imaginas —le dije con diversión—. Pero de eso también hablaremos en otro momento.
Dejé el portátil apagado, con la tapa bajada, y la mesa recogida. De mi despacho fuimos a los ascensores y bajamos hasta la planta principal. Yo pensando en la suerte que había sido que hoy no le tocaba venir a Zac.
Aunque tampoco habría sido un problema, me habría visto en la calle con Leo.
Pasamos por recepción, donde Leo dejó su equipaje, para subir a mi despacho. Tirando de él salimos del edificio y recorrimos el camino hasta mi plaza de estacionamiento.
Metimos las maletas en el maletero y nos montamos. En cuanto me incorporé a la carretera y me alejé de la empresa, tomé la dirección de la casa de mis padres.
Llegar nos llevó unos quince minutos, a buen ritmo y sin tráfico.
Mis padres se sorprendieron al ver a Leo, pero también se emocionaron, por lo que significaba que estuviera aquí.
Me quedé con Leo, acompañándolo, mientras les contaba a mis padres y a Jana su versión de la historia y cómo la estaba viviendo. Bien jodido, no hacía falta aclaración sobre eso. Solo había que mirarlo.
—No te eches más preocupaciones encima —le pidió mi padre—. Esta es tu casa, hasta que decidas irte.
—Sí —lo confirmó mi madre—. Te queremos mucho, Leo. No te imaginas lo tranquilos que nos has dejado, al contarnos tu versión. No entendíamos cómo podía hacerle daño a Zac, tan descaradamente.
Me levanté de la silla y los dejé hablando con calma.
Me dirigí a la cocina, con Jana detrás de mí.
—¿Me estás siguiendo? —le pregunté, cuando entramos en la cocina.
—Sí —rio y sonreí.
Negué con la cabeza, antes de darle un beso en la frente. Saqué un vaso y lo llené de agua, para bebérmelo de una vez.
—¿Comes bien, hijo?
—De maravilla. —Le hice un guiño.
—Ya me gustaría verte por un agujerito.
—No te lo recomiendo. Te escandalizarías —le dije con un guiño.
Agrandó los ojos y me dio un golpe en el brazo, haciéndome reír.
—Déjate de bromas.
—No era una.
—Pues no me pongas nerviosa. Hay ciertas cosas que no quiero saber.
Puso los ojos en blanco.
—Estás más delgado, no me lo puedes negar.
—Como de maravilla y me sació, pero sí que es verdad que con tanto calor tengo menos apetito. A lo mejor es por eso. Es temporal.
—Puedo ir a prepararte las comidas.
—No —le quité la idea rápido, con una ceja arqueada—. Te lo agradezco, pero como mucho me llevaré comida cuando venga aquí. Ya está.
—No me cuesta nada ir —insistió.
—Puedes ahorrarte el esfuerzo, no voy a cambiar de opinión —sonreí.
—¿Crees que Zac y Leo se arreglarán? Dos personas que se quieren tanto no pueden vivir separadas —habló preocupada.
—No lo creo, lo sé —dije con seguridad—. Ya lo verás.
—Ojalá sea así. Ayer hice limonada. ¿Quieres un poco?
—¿Y me lo dices ahora que me he llenado con el agua? —le pregunté haciéndome el molesto.
Alargué la mano con el vaso, para dejarle claro que quería limonada. Jana rio, de esa manera abrió la nevera y me sirvió.
Nos sentamos en los taburetes de la isla y disfrutamos bebiendo limonada. Estaba de vicio.
—Espera —le pedí, para que dejara de contarme sus últimos días.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón y descolgué, al ver en la pantalla el nombre de Hernán.
—Hola —lo saludé.
—Hola —me correspondió.
—No estoy en la empresa. He tenido que salir por un asunto personal, pero no tardaré en regresar.
—No te llamo por nada del trabajo. O sí, porque está relacionado.
—No te entiendo.
Fruncí ligeramente el ceño. Jana se levantó del taburete y se acercó a mí, como si intuyera algo.
—Ilian, Dara y Eva han tenido un accidente de coche.
—¿Qué?
Apreté el agarre del teléfono, con la mano.
—¿Cómo? —exigí saber.
—Acaba de informarme un familiar de Eva.
Por lo visto, su teléfono salió ileso del accidente y como la he llamado, extrañado porque no estaba en su puesto de trabajo, ha descolgado su hermano.
Unos quince minutos antes de la hora del desayuno, Eva me pidió permiso para salir antes, ya que la tarde anterior le dieron el coche nuevo y quería darle una vuelta a Dara.
—¿Cómo mierda ha sido el accidente, Hernán? Era un puñetero coche nuevo.
—Aún no se sabe, pero es raro. No ha habido más coches implicados.
—No me jodas —siseé—. ¿Qué tan grave ha sido? ¿Cómo están? ¿Has hablado con Dara o Eva? ¿Sabes algo de ellas?
—Por lo que me han dicho el coche ha quedado destrozado.
Agrandé los ojos, mientras él continuaba hablando.
—Recién salido de fábrica y ya no vale. Joder, a mí me lo ha enseñado Eva esta mañana.
Hemos coincidido en el estacionamiento y estaba muy ilusionada.
Lo único que sé de las dos es que las están atendiendo en el hospital general, y que, dentro de lo grave que ha sido el accidente, ellas han tenido mucha suerte porque están más o menos bien. No corren peligro.
—Voy para el hospital. Hoy ya no volveré a la empresa.
—Tranquilo, Diego y yo nos quedamos a cargo.
—Gracias. Hablamos.
—Sí. Cuando sepas algo, cuéntamelo —me pidió.
Me había dado cuenta del interés que tenía Hernán por Eva, por lo que le aseguré que en cuanto supiera algo, se lo haría saber.
Me despedí de él y colgué. Cuando me di cuenta estaba cerca de la puerta de la casa y Jana debía haber avisado a todos, porque los cuatro estaban cerca de mí y me observaban preocupados.
—Dos trabajadoras de mi empresa han sufrido un accidente de coche.
No sé qué mierda ha sucedido, porque el vehículo estaba recién salido del taller.
Era nuevo. De las dos, una es la mujer con la que estoy saliendo —les conté—.
Ya hablaré con vosotros con calma, pero quiero traerla aquí para que la conozcáis.
Mi madre y Jana recibieron la noticia con sorpresa. Mi padre asintió serio, pero por la situación. Y Leo me observó con curiosidad.
—Cariño —me dijo mi madre, con una mano en el pecho—. A nosotros nos encantará conocerla. Invítala aquí cuando quieras.
Asentí.
Los cuatro dimos por hecho que tanto Dara como Eva estaban bien e iban a salir pronto del hospital. No podía ser de otra manera, me negaba a pensar que Dara pudiera estar grave por el accidente. Bloqueé los peores pensamientos.
—Te llamo más tarde —le dije a Leo.
—Cuando puedas.
Me despedí de todos, prometiéndoles que compartiría con ellos la información que consiguiera.