¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 35
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Capítulo 35

Bajé la mirada hacia donde estábamos unidos y me maravillé al vernos encajados en el cuerpo del otro. Me acogía y me apretaba de una manera tan deliciosa… resbalaba tan jodidamente bien…

Noté un sudor frío recorriéndome la espalda, por el esfuerzo que estaba haciendo.

Continué entrando y saliendo de la misma manera, sin prisa, durante unos buenos minutos. Quise disfrutar de todas las sensaciones, hasta que no pude evitar acelerar para que mis embestidas tomaran un ritmo frenético.

Nuestros cuerpos comenzaron a chocar insaciables. Mis testículos golpeaban sus nalgas, cada vez que me enterraba en lo más hondo de su cuerpo, mientras nuestros jadeos y gemidos subían de intensidad e inundaban el despacho.

Poco me importó si pasaba alguien por el pasillo y lo que pudiera escuchar. A partir de hoy, todo con respecto a Dara iba a cambiar mucho, siempre y cuando ella estuviera de acuerdo.

Aunque no iba a engañarme, si por cualquier cosa a ella no le parecía bien algo, iba a ir a por todas para hacerla entrar en razón.

Tenía muy buenos métodos para conseguirlo. Eran infalibles y estaba dispuesto a llevarlos a cabo con ella, todos.

Dejé de pensar, para concentrarme en el encuentro que estábamos teniendo.

Dirigí varios dedos hacia su sexo y comencé a acariciárselo. Le robé más gemidos en el momento que le presioné el clítoris y me entretuve en llevarla al límite, mientras la embestía con energía.

Justo cuando noté que iba a correrse, dirigí mis dedos húmedos hacia su entrada trasera y presioné la punta de un dedo, empujándolo hacia dentro.

Dara soltó un gemido entre el placer, la sorpresa y el miedo, con los ojos abiertos al máximo.

Sonreí de medio lado, sin dejar de presionar, hasta que estalló en un orgasmo que pareció no tener fin.

Le retiré el dedo de atrás, del que solo le había colado la punta, y la agarré de las caderas, para impulsarme hacia ella con mucha más fuerza y rapidez.

La embestí como un loco, notando cada vez más cerca como mi orgasmo se acercaba. Me corrí con intensidad, entre gruñidos y gemidos. Tardé en poder parar de balancearme, después de alargar el placer y de saciar mi necesidad.

Cuando paré, dejé mi miembro llenándola, mientras nos mirábamos fijamente.

—Hoy no tengo que salir corriendo, ni es una despedida —le dije, con voz ronca.

Le acaricié los muslos.

—No —susurró—. Aunque lo de correr… al ritmo que voy hoy tampoco haré gran cosa. —Negó con la cabeza, con una sonrisa preciosa—. Y creo que tú tampoco, como no salgas y te alejes.

Se lamió los labios.

—Me he quedado con ganas de probarte. Así que…

—Joder —siseé—. ¿Cómo quieres que me vaya diciéndome eso? No eres muy buena negociando.

Soltó una carcajada y sonreí.

Di un paso hacia atrás, lo que me obligó a salir de su interior. Me deshice del condón, en el que hice un nudo antes de enrollarlo en un trozo de papel.

En ese momento me di cuenta de que no me había parado ni a quitarme la chaqueta del traje, por la urgencia que había tenido. Sacudí la cabeza, por ese motivo.

—¿Qué? —me preguntó Dara.

Se había bajado de la mesa y ya tenía el tanga puesto. Era lo único, por lo que, después de subirme el bóxer y abrocharme el pantalón, me puse delante de ella y la rodeé con los brazos.

Bueno, para ser sincero, la rodeé con los brazos para colocar las palmas de las manos en sus nalgas desnudas. Se las apreté, acercándola a mí.

—Si quieres que te preste atención, primero debes vestirte. No puedes hablarme desnuda —susurré sobre sus labios.

—Estoy en ropa interior —dijo con humor.

Arqueé una ceja.

—¿Hace falta que te diga que lo que llevas puesto y nada, es lo mismo?

—No —contestó riendo.

—Ya veo… —Ladeé un poco la cabeza—. ¿Lo has hecho a propósito? ¿Te has puesto este conjunto por mí?

Acerqué de nuevo los labios a los suyos, para atraparle el superior. Se lo succioné, haciéndola suspirar.

—¿Cómo iba a saber que sucedería esto? —me preguntó, susurrando.

Sus labios acariciaron los míos al hablar.

—Sé que algo he tenido que ver —sonreí de medio lado.

—Te lo tienes muy creído.

Puso los ojos en blanco. Le apreté más las nalgas.

—¿No es como he dicho? —insistí.

—Creo que sí, pero no me lo he puesto conscientemente —susurró.

Se encogió de hombros.

—Me vale con eso —le dije, con un guiño.

—Ilian…

—¿Sí?

—Para ser un jefe tan responsable, no lo estás siendo mucho. El trabajo se nos está acumulado y si no me sueltas…

—No puedo tener las manos en mejor sitio que en tu trasero. Para empezar.

—No —rio.

Forcejeó para que la soltara y lo consiguió porque se lo permití. La miré divertido y no aparté la vista de ella, mientras se vestía rápido.

—Ya está —sonrió.

—Te invito al mediodía a comer.

—Vale.

Me encantó que no tuviera que pensárselo.

—En mi casa —aclaré, para ver su reacción.

Se mordió el labio inferior y se pasó varias veces las manos por el pantalón.

—¿Nerviosa?

—No —contestó muy rápido.

Sonreí de medio lado.

Le retiré un mechón de la cara y se lo coloqué detrás de la oreja.

—Tengo piscina y en ella, mientras tú y yo estemos solos, no acepto trajes de baños.

—¿Y tu primo? Zac está aquí y también irá a comer.

—No, si le digo que no aparezca.

—Por mí no lo hagas. Si quieres te invito yo a mi casa. Allí estaremos solos y también tengo piscina. Voy a hacer cumplir la misma norma, siempre que te tenga para mí sola.

La besé atrapando sus labios con agresividad y fuerza. Fue un beso breve, pero muy intenso. Nos dejó con las respiraciones aceleradas.

—No hay peligro de que nos vean. Por si tienes dudas —añadió.

—Me apunto al cambio de planes, si dejas el tema de la comida en mis manos.

—¿Vas a cocinar para mí? —me preguntó.

—No. Voy a encargar la comida, para recogerla cuando salgamos de aquí.

Rio.

—¿Esa risa qué significa? Perdona, pero me defiendo muy bien en la cocina —le dejé claro.

Elevé las cejas.

—Tengo que verlo para creerlo —me dijo.

—Hecho. Cuenta con ello otro día. No solo lo verás, sino que lo probarás. —Le hice un guiño.

—Estupendo.

Comencé a caminar de espaldas, sin perderla de vista. Se había ruborizado y le sentaba genial.

—Si no te importa, cuando salgamos de aquí y antes de ir a por la comida, me gustaría pasar por mi casa para llevar a Zac y cambiarme de ropa. Quiero ponerme cómodo.

—¿Cómo va a importarme?

—Perfecto, entonces. —Asentí.

Cuando choqué la espalda con la puerta busqué a tientas el pomo y giré la llave en la cerradura.

—Hoy no creo que pueda coincidir contigo en el desayuno —le dije.

—No pasa nada —sonrió.

—Tengo varias reuniones y trabajo acumulado.

—Lo último, por qué será…

—Ni idea. ¿Tú lo sabes? —le pregunté.

Reímos.

—En una hora o así ven a mi despacho —le pedí—. Te pondré al día del trabajo con el que quiero que me ayudes.

—Claro. ¿Te das cuenta?

—¿De qué? —Fruncí ligeramente el ceño.

—Has hecho planes para salir al mediodía de la empresa y no vas a volver. ¿Desde cuándo no lo hacías?

—No me he dado cuenta —dije, sorprendido. Fruncí el ceño—. Eres muy mala influencia, ni siquiera he pensado en el trabajo, solo en invitarte a comer y en pasar el resto del día contigo.

Negué con la cabeza.

—¿Perdona? ¿Yo mala influencia? —Se señaló—. Eres tú el que nos has llevado a este momento.

—¿Estás segura? —le pregunté, con una sonrisa de medio lado—. Porque yo recuerdo pedirte perdón por mi atrevimiento del principio y decirte que no iba a volver a pasar.

Ladeé la cabeza, al mismo tiempo que abría la puerta del despacho.

—Y lo mejor de todo, si quieres te recuerdo cómo te he encontrado cuando estaba dispuesto a irme. Yo no voy a olvidarlo nunca. Lo tengo aquí. —Me toqué la cabeza—. Y echaré mano de mi memoria cada noche.

—Joder, no puedo saber tanto. Déjalo —me pidió, con un color más intenso en las mejillas—. ¿No tenías prisa? ¿Mucho trabajo? ¿Reuniones? Vete ya, jefe. ¡Eres muy pesado! —habló de manera apresurada, por la vergüenza.

Solté una carcajada y riendo, después de hacerle un guiño, salí al pasillo y dejé la puerta cerrada.

Me dirigí a mi despacho, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa de oreja a oreja.

¿Y yo quería negarme esto? Debí estar desvariando cuando pensé que lo mejor era mantener a Dara fuera de mis límites.

Esta vez, cuando entré en mi despacho, me encontré a Zac sentado frente a su mesa pequeña. Por suerte nos habíamos ahorrado ambos el momento condón y yo sus bromitas.

Desde ese puesto de trabajo provisional me ayudaba en todo lo que le pedía. Ahora mismo debía estar trabajando en lo que se dejó pendiente el último día que vino.

—Eh… —me dijo.

—¿Cómo lo llevas? —quise saber.

—Estoy entretenido.

Sonreí y asentí.

Me senté en mi silla.

—A ti te ha pasado algo —soltó, al cabo de un rato en silencio.

Lo ignoré, con la vista fija en la pantalla del portátil. Lo desbloqueé y accedí al archivo con el que estaba trabajando antes de ir al despacho de Dara.

—Joder, y tanto que sí. Estás pasando de mí —dijo divertido.

Apoyé la espalda en la silla, después de bajar la tapa del portátil.

—Me ha pasado que me he liado con Dara, cuando he ido a pedirle explicaciones de por qué estaba ignorándome.

—Lo sabía —dijo satisfecho y rio—. Qué poco te ha durado el control sobre la situación, ¿eh? ¿Horas?

—Le hemos dado buen uso a su mesa y te informo ya de que la he invitado a comer en casa, aunque al final iremos a la suya.

Podrás moverte tranquilo por casa, te dejo solo.

Una vez que salgamos de aquí, vamos a pasar el resto del día juntos.

Ah, y en una hora o así vendrá al despacho.

Voy a comenzar a delegarle una parte de mi trabajo.

—Estoy alucinado —dijo, sorprendido—. Dara ha conseguido en unas horas, lo que no hemos hecho tus padres, los chicos y yo, durante todas nuestras vidas.

—Un poco exagerado, ¿no? —le pregunté.

Arqueé una ceja.

—A vosotros también os hago caso —añadí.

—Cuando te interesa —rio—. Pero no sabes cómo me alegro de lo que está sucediendo—. Disfrútalo, Ilian, quiero seguir viéndote así de feliz.

—Lo mismo te digo. Yo también quiero verte feliz, vivo.

Nos quedamos observándonos durante un largo rato, hasta que le pedí que dejara de perder el tiempo y terminamos riendo.