Capítulo 34
Ilian
Tuve que cerrar los ojos y abrirlos, varias veces, para asegurarme de que la visión más perfecta que tenía delante, a pocos metros de distancia, era real.
No podía creerme que Dara, aprovechando mi silencio y mis comentarios, se hubiera acercado a la mesa, para desvestirse y quedarse únicamente en ropa interior. Manteniendo los zapatos de tacón en sus pies.
Me costó reaccionar. Joder, y tanto. Era demasiado bueno para ser verdad y me trajo muchos recuerdos de meses atrás. Pero en cuanto se movió encima de la mesa, con la clara intención de terminar el momento al que había dado pie, no me lo pensé y recorrí la distancia que nos separaba.
La agarré de los tobillos, impidiéndole que se moviera más, y le subí de nuevo los pies a la mesa. De esa manera la dejé, de nuevo tan abierta y perfecta para mí.
El jadeo que soltó Dara por la sorpresa me devolvió más recuerdos. Mi miembro se puso más duro y se movió por dentro de mi ropa.
—Tienes razón, es una locura y se nos está yendo la cabeza, a ambos. Pero la verdad es que ahora mismo me importa una mierda todo, menos lo que tengo entre manos —le dije—. Es una maravilla. Tan perfecta y preciosa como recordaba.
Gimió, arqueando la espalda, cuando le acaricié el sexo de arriba abajo con varios dedos, por encima de la tela casi transparente del tanga.
Podía ver todo lo que tapaba, que no era nada porque no escondía de la vista sus partes íntimas. Lo mismo sucedía con sus pechos, sus pezones rosados con las puntas erectas me llamaban a gritos para que me lanzara hacia ellos.
Bajé la mirada hacia lo que estaba tocado. Dara movía la cadera para tener más fricción y contacto con mis dedos, mientras yo continuaba jugando con esa parte de su cuerpo tan necesitada.
Había mojado la tela con su excitación y esta se había movido y desplazado, por lo que por los laterales de la tira del tanga sobresalían gran parte de sus labios inferiores.
No dejé de acariciarla entre las piernas, cuando me incliné hacia delante y le succioné un pezón. Lo hice por encima de la tela, para después tirar de él con los dientes.
Dara jadeó, agarrándome del pelo con fuerza. Al mismo tiempo curvó la espalda, levantando más el pecho hacia mi boca.
Le di lo que quería, me sacié todo lo que pude de sus pechos. Pasé de uno a otro, escuchando sus sonidos de placer. Por ese motivo y por muchos más, la urgencia de mi cuerpo me llevó a apartarme de sus pezones, con un último tirón en cada uno.
Bajé haciendo un camino de besos por su barriga, hasta que llegué a la goma del tanga. La agarré con los dientes y tiré de ella hacia abajo.
Dará levantó el trasero de la mesa y juntó las piernas, para facilitarme el trabajo. Yo me ayudé con las manos, para librarme del tanga lo más rápido posible. En cuestión de segundos la dejé solo con el sujetador.
La miré a los ojos, con las manos apoyadas en sus rodillas, y sin apartar los ojos de los suyos, fui abriéndole despacio las piernas.
Cuando la tuve como quería, como al principio y sin ninguna barrera, bajé la mirada hacia su sexo bien expuesto para mí.
—Eres una puñetera delicia, Dara.
No reconocí mi propia voz, de lo ronca y grave que me salió.
Le separé los labios y me tomé mi tiempo para memorizar cada pequeña parte de ella. Lo que no pude hacer cuando tuvimos sexo en la cabaña del hotel de verano.
—Estás tan excitada… —continué hablando, provocando que se estremeciera—. Tan perfecta.
Busqué sus ojos otra vez, antes de agacharme entre sus piernas.
Contuvo la respiración cuando acerqué su silla y me senté en ella. Le subí las piernas a mis hombros y la elevé del trasero, hasta colocarla a la altura ideal para perderme en su sexo.
Eso fue lo que hice. Después de varias pasadas lentas con la lengua, saboreándola y desesperándola. Me lancé a su sexo hambriento, dispuesto a devorarla.
Lengua, labios, dientes, succiones, tirones, embestidas con los dedos… Fui alternándolo todo mientras Dara me regalaba los gemidos más maravillosos.
Al cabo de poco rato, por la intensidad, no pudo soportarlo más y se corrió. No me aparté, recibí todo lo que me dio de un grado, dispuesto a repetirlo muchas más veces.
Cuando se quedó relajada sobre la mesa y con los ojos entrecerrados, me separé lamiéndome los labios. Dara se mordió el labio inferior, sin apartar la mirada.
Me levanté y puse una mano en su barriga, cuando quiso incorporarse también.
—No te muevas —le pedí, o más bien le ordené.
Me importó una mierda cómo sonó.
—Voy a mi despacho a por un condón —le informé, introduciendo dos dedos en su interior.
Dara se puso en tensión y dejó los labios ligeramente abiertos.
—Cuando vuelva, quiero que continúes así. Tranquila, me llevo la llave después de cerrar desde el pasillo y cuando vuelva, está claro que no entraré si hay alguien cerca en el pasillo. Confía en mí. Esto no va a verlo nadie más.
Le cubrí el sexo con la mano e hice presión.
—¿He sido claro?
—Continúo pensando que eres un mandón —susurró.
—Lo soy, así que lo primero que quiero ver cuando vuelva es tu sexo brillante por tus fluidos y mi saliva.
Me mordió con fuerza el labio interior, antes de asentir.
—Cuando me haya ido gírate en la mesa, para quedarte hacia la puerta —le pedí—. No tardo nada.
Me incliné sobre ella, para atrapar su labio entre mis dientes. De esa manera conseguí que lo soltara, con un suspiro entrecortado.
Cuando me incorporé, me obligué a alejarme de ella. Solo lo conseguí por la recompensa de dentro de un rato.
Abrí con llave y después de asegurarme de que no había nadie cerca, tiré de la puerta y salí al pasillo. Me apresuré a echar la llave otra vez y después de pasarme la mano por los labios, caminé lo más tranquilo posible, por si alguien me veía.
Esperaba que no, porque el bulto que presionaba la bragueta de mi pantalón me delataba. Más duro no podía estar, me sentía al límite.
En el trabajo esto era impensable para mí, pero mi contención y precaución saltaron por los aires desde el mismo momento que vi a Dara sobre la mesa, para mí.
Por suerte no encontré a nadie en mi camino, ni siquiera a Zac.
Llegué a mi despacho sin problema y en cuanto cogí de mi cartera el condón que llevaba en ella, algo a lo que mi padre me acostumbró a llevar encima desde la adolescencia, salí cerrando con llave y volví sobre mis pasos hacia el despacho de Dara.
Frente a su puerta, me aseguré de que el pasillo estaba despajado en ambas direcciones y abrí con llave, para entrar rápido y cerrar de la misma manera. Dejé cerrado por dentro.
Apoyé la espalda en la madera, observando fijamente cómo me esperaba Dara. Tal y como le había pedido. Continuaba con la suela de los zapatos sobre la superficie de la mesa, las piernas flexionadas y abiertas y con su zona íntima gloriosamente desnuda.
—Como me hagas esperar mucho más… —me dijo y sonreí de medio lado.
—¿Alguna queja?
Me impulsé y caminé hacia ella.
—Yo diría que no —volví a hablar, antes de que le diera tiempo a ella—. Esto sigue estando tan perfecto como lo dejé. Mmm… ¿Te has tocado? Dime —le pedí.
Le froté el clítoris, provocándole varios jadeos.
—Dime si no has podido evitar deslizar tus dedos por aquí.
Arrastré los míos, de arriba abajo, varias veces, llenándomelos de sus fluidos.
—O tal vez te has embestido con ellos, para después torturar tu clítoris. Mmm… ¿Qué ha sido?
—Tardabas mucho y para que la espera no fuera tan larga…
Contuvo la respiración, cuando le pellizqué el clítoris.
—Diosss… —gimió.
—No he tardado nada, casi he venido corriendo —le dije.
—Pues se me ha hecho eterno —suspiró.
—¿Tantas ganas me tienes? —le pregunté en tono bajo.
—Lo estás tocando y notando. ¿A ti qué te parece?
Se mordió el labio inferior.
Después de varias pasadas más por su sexo, retiré los dedos para desabrocharme el pantalón. Lo dejé abierto y me bajé el bóxer, lo suficiente para liberarme.
Dara abrió más las piernas, para ver cómo me rodeaba con fuerza el miembro. Comencé a mover la mano, arriba y abajo, mientras yo veía el deseo que sentía.
Eso me excitó más y me llevó al límite, mientras mi mano me estrujaba con fuerza y velocidad, bajo su atenta observación. Era evidente las ganas que tenía de ser ella la que se encargara de mi miembro.
Llegaría el momento, de eso no tenía duda, porque este encuentro, lo que estaba sucediendo entre nosotros, no se limitaría a un instante en su despacho. Ni hablar.
Pero ahora mismo me urgía estar dentro de ella y olvidarme de los juegos. Debido a ello, saqué el condón del bolsillo del pantalón, rompí el sobrecito y lo cogí para colocármelo.
Dara no se perdió detalle de nada y cuando estuve preparado, la agarré de las caderas y tiré de ella hacia mí, para colocarle el trasero en el filo de la mesa.
Ambos jadeamos cuando la punta cubierta de mi miembro resbaló por su sexo.
No le di tiempo para prepararse. Al llegar a su entrada, me impulsé para entrar de una embestida certera, rápida y profunda.
Dara gimió. Yo apreté la mandíbula, al mismo tiempo que le clavaba los dedos en las caderas.
—Quiero esto cada día —le dije.
Ella agrandó los ojos, sorprendida.
—Cada puñetero día —repetí, remarcando el mensaje—. Esto solo es el comienzo.
Me deslicé hacia atrás, muy lentamente, disfrutando de la sensación de cada centímetro de mi erección en contacto con su interior. Hasta que quedó dentro solo el glande y volví a embestirla, esta vez con más fuerza, clavándome por completo en ella.
Dara gimió. Quiso mover las piernas, pero al ver sus intenciones no la dejé. Le solté las caderas y le sujeté las rodillas, estirándoselas hacia los lados, para mantenerla muy abierta para mí.
Ella se movió inquieta sobre la mesa e impulsó la cadera más hacia mí, para que mi miembro hiciera mucha más presión en su interior.
Tuve que hacer varias respiraciones profundas, para no perder el control demasiado rápido.