Capítulo 33
—¿Puedo acompañarte? —me preguntó Zac.
—Claro —acepté, sonriendo
Cogió una silla y se puso delante de mí, al otro lado de la mesa.
—¿Llevaste bien la resaca al día siguiente de aquella noche? —me interesé.
—No me lo recuerdes —me contestó con un bufido.
—Te entiendo —le sonreí.
—No te enfades con Ilian.
—No merecía que me hablara como lo ha hecho. —Negué con la cabeza.
—Es el jefe. El dueño de esto.
—¿Y? ¿Eso es suficiente para que me trate mal? No es justificación y como me salga con esas, te puedo asegurar que pueden irse él y su querida empresa a la mierda. Pero muy rápido.
Me acerqué una de las tazas que Eva había dejado en la mesa, por petición de Diego, y le eché azúcar al café con leche.
Lo removí y le di un sorbo, mientras Zac me observaba sonriente.
—¿Qué? —le pregunté.
—Perdona. —Sacudió la cabeza—. Pensaba en ciertas cosas.
Me encogí de hombros, antes de beber un poco más de café.
—¿Trabajas aquí? —le pregunté, para cambiar de tema.
—Sí y no.
—Bastante contradictorio —le dije.
Rio.
—No trabajo aquí. No estoy en plantilla, si es lo que quieres saber. Pero sí que ayudo a mi primo con su trabajo, lo que a mí me sirve para desconectar del mío y salir de su casa. Vengo varios días a la semana, el resto del tiempo lo dedico a lo mío.
Asentí.
—Tendría que haber venido ayer, no hoy, pero se me metió en la cabeza tener el día libre y aquí estoy.
—Hiciste bien. No se puede vivir solo para trabajar —comenté.
—Eso díselo a Ilian —negó.
—Creo que yo seré una parte importante para que cambie. Si no me echa, claro —reí—. Si algo sale mal no me preocupa.
Zac sacó su teléfono del bolsillo del pantalón y buscó mi mirada.
—No me lo digas. Tu querido primo te acaba de avisar y reclama mi presencia en su lujoso despacho.
—Efectivamente —me confirmó, sonriendo.
—Pues dile que si quiere verme tendrá que esperar. Voy a tomarme el puñetero café. —Señalé la taza—. Y después continuaré con el otro, si no viene Eva. Esto lo dudo, seguramente Diego se la ha llevado a que le dé el aire, para que se tranquilice. Lo que le agradezco.
—Parecía muy afectada.
—Sí —susurré—. Espero que tu primo haya echado de la empresa a esas dos arpías, porque no respondo de mí si me las encuentro por el edificio.
Y mucho menos si hacen otra de las suyas.
A saber, cuántas veces le han hecho daño a Eva.
Cada vez que lo pienso… Ayer no me contó nada de lo que he vivido hoy —susurré.
—Porque no quería preocuparte.
Al escuchar a Eva me levanté de la silla.
La abracé y de esa manera estuvimos durante un rato.
—No tendrías que haberte enfrentado a ellas —me susurró.
—Tonterías —le dije, cuando nos separamos—. Me gusta el riesgo y pisotear a quien se lo merece.
Le hice un guiño, antes de mirar detrás de ella y sonreírle a Diego.
—Sentaos con nosotros —les pedí.
Ambos cogieron sillas, pero solo Eva se sentó. Diego fue a la barra a por cafés para él y para Eva. Al final, el que sobraba en la mesa me lo tomaría yo. Falta me hacía.
No tuve ninguna prisa para irme de la cafetería. Parecía que aquí cada día iba a pasarme algo que me retrasaría en el trabajo.
No era mi culpa, necesitaba tranquilizarme y eso fue lo que hice. Hasta que cuarenta minutos después dejamos la mesa y la cafetería, y nos despedimos de Eva.
Ella se fue a la recepción, mientras que Zac, Diego y yo nos dirigimos a los ascensores. Subimos hasta la misma planta y agradecí que Samara y Carolina no estuvieran ya.
Una vez en el pasillo, me dirigí a mi despacho.
—Dara… Ilian debe estar que se sube por las paredes —me advirtió Zac.
—No te preocupes. El deporte siempre es bueno —le dije.
Ignoré su comentario y seguí hacia mi despacho, en el que entré rápido. No cerré con llave, no quería llegar a tanto. La dejé puesta por dentro.
Fui hacia el armario para dejar el bolso y después caminé hasta la mesa, con el móvil en una mano. Encendí el portátil y mientras arrancaba, saqué la carpeta con la que trabajé el día anterior.
En cuanto me senté, la puerta del despacho se abrió de golpe. En el pasillo apareció Ilian, molesto y enfadado. Al menos lo parecía.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
—¿Qué haces? —le pregunté, al ver que echó la llave y se la guardó en un bolsillo.
Nota mental: no volver a dejarla en la cerradura.
—¿Qué haces tú? Llevas casi una hora de retraso, desde que avisé a Zac para que fueras a mi despacho.
Se cruzó de brazos.
—Es mi decisión.
—Te equivocas.
—No he hecho nada para que me trates de esta manera, y mucho menos para cómo me has hablado en la cafetería. No tenías ningún derecho y me da igual lo que pienses u opines sobre lo que has visto.
Me levanté de la silla, despacio, antes de continuar.
—¿Quieres echarme por una injusticia? Adelante, no me preocupa. Así que desde ya te digo que a mí no vas a doblegarme hablándome mal delante de más personas. Sin motivo y sin merecerlo.
Levanté la barbilla, para dejarle más clara mi postura.
—Si te he hablado como lo he hecho, ha sido para protegerte. Siempre corrijo a mis empleados, sin excepción, cuando algo no está bien hecho. De igual manera que cuando sucede algo entre varias personas, hablo con cada parte afectada.
Hizo una pausa, con la vista fija en la mía.
—Por lo tanto, si yo hubiera actuado de otra manera, dejándolo estar hacia ti porque no has tenido la culpa de nada, entonces sí que más de uno se habría extrañado y se habría interesado en hablar sobre ti.
—No vas a hacerme cambiar de opinión. Me da igual. No he hecho nada malo para que tuvieras que corregirme —insistí.
Bufé.
—Te acabo de decir que todos los que se encontraban en la cafetería esperaban una reacción clarísima de mí, para que yo reaccionara ante la situación. Lo normal, aunque por suerte no tengo que intervenir mucho. Hacía bastante tiempo, desde la última vez.
—Pues muy bien, por hacer lo que toda esa gente esperaba de ti. Pero a mí no me convence ni me gusta. Si no veo justo algo, no vas a hacerme verlo de otra manera. Lo de aparentar no va conmigo, y lo de aguantar injusticias mucho menos.
—Dara…
—¡No me hables así! —Lo señalé—. Como si fuera una niña pequeña que no entra en razón.
Arqueó una ceja.
—Vete a la mierda, Ilian, aunque sea un rato. Joder.
Bufé.
—O sales de mi despacho o me voy yo —le exigí.
—No puedes. He cerrado con llave.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué haces? —le pregunté.
Me puse en alerta, cuando comenzó a rodear la mesa.
—Arreglar este lio.
—¿Y para eso tienes que acercarte tanto?
Di un paso hacia el lado, separándome de la mesa. El rumbo que estaba cogiendo este momento era muy peligroso para mí. Demasiado.
—¿Qué haces? —repetí.
—Ya te he respondido.
Un ligero temblor me recorrió todo el cuerpo. Era el efecto que me provocaba este hombre y su cercanía. Lo que estaba viendo en su mirada, en su cara…
—Párate —le pedí.
Mi voz no sonó fuerte, pero me escuchó perfectamente y me obedeció al instante. Se quedó a menos de dos pasos de mí.
—Esa expresión… —susurré—. La recuerdo.
—¿Sí? —Ladeó un poco la cabeza—. Mi expresión te está diciendo lo molesto que estoy por tu actitud, porque no entras en razón. Pero al mismo tiempo te grita lo cachondo que me tienes.
Contuve la respiración, mientras mi cabeza se movía de un lado al otro, negando como si tuviera un muelle.
—Joder —dijo de repente.
Me sorprendió pasándose las manos por el pelo, antes de darse la vuelta. De espaldas a mí, caminó hacia la cristalera, poniendo distancia entre nosotros.
—Lo siento, Dara —me dijo, con la voz ronca.
Esa manera de hablar… Dios, se me erizó toda la piel.
—Discúlpame —me pidió y sonó realmente apurado—. No sé qué me ha pasado. Yo…
—Está bien —le dije, hablando más bajo—. No pasa nada. No tienes que disculparte ni sentirte mal por nada.
—No volverá a ocurrir. Te lo aseguro.
Y le creí. Lo dijo con tanta firmeza y seguridad, que supe que estaba hablando muy en serio.
Ilian no iba a acercarse más a mí, como segundos antes, con una intención muy clara y la excitación y el deseo reflejados en su mirada. ¿Me gustaba la idea? En absoluto. Pero ¿era lo mejor? Hasta hace poco hubiera respondido que sí, pero ahora mismo no tenía ni idea.
Una sensación extraña, como de miedo, me asaltó.
¿Era mejor que Ilian se olvidara de mí, que no me prestara ninguna atención? La respuesta llegó muy clara y alta a mi cabeza. Ese fue el motivo por el que caminé de puntillas hacia la mesa, para que los tacones no me delataran.
No me paré a pensar que era una puñetera locura, simplemente actué por un gran impulso y necesidad.
Mientras él continuaba dándome la espalda, perdido en sus pensamientos mientras observaba por la cristalera, yo fui lo más silenciosa posible cuando me quité el pantalón y la camiseta monísima que elegí para venir a trabajar.
Me desvestí con prisas, con mucha urgencia, porque quería que cuando volviera a verme fuera de una manera muy concreta. Como el último recuerdo que se llevó de mí, meses atrás. Tal y como me pidió él.
Era una locura, lo sabía, pero me dio exactamente igual. Me tragué la vergüenza y los nervios y me quedé únicamente con los zapatos de tacón y la ropa interior.
De esa manera, aparté la única carpeta que me había dado tiempo a sacar y me subí a la mesa, sentada, para después tumbarme sobre la superficie de madera.
Mirando hacia el techo, cerré los ojos con fuerza, cuando subí las piernas y las flexioné, para apoyar las suelas de los zapatos hacia los lados de mi cuerpo.
Por suerte, la mesa era lo suficientemente ancha y todavía sobraba espacio por encima de mi cabeza.
Me aseguré de quedarme bien abierta de piernas hacia él. Estaba casi desnuda, porque la puñetera casualidad volvía a jugar con nosotros, ya que al ducharme esta mañana había elegido un conjunto de ropa interior que no solía ponerme.
Tal vez lo había hecho de manera subconsciente, sabiendo de alguna manera que podía venirme bien utilizar el sujetador y el tanga con transparencias. De hecho, la tela no ocultaba gran cosa de lo que había debajo.
Todo era visible: mis pezones, que ya se marcaban en la tela, y mi sexo, del que tendría una visión perfecta en cuanto se girara hacia mí.
Me quedé callada, sin atreverme a hablar. Bastante tenía con estar ofreciéndome de esta manera, aunque llevaba tiempo deseando que sucediera.
—Es mejor que me vaya —dijo ante mi silencio, pero no lo escuché moverse al principio. Continuó de espaldas—. En algún momento de la mañana te llamaré para que vengas a mi despacho, para hablar del traba…
Y ahí estaba. Acababa de girarse hacia mí.
Cerré los ojos con fuerza, mientras notaba una fina capa de sudor cubrirme el cuerpo, a pesar del aire acondicionado. Era tanto el calor que sentía, al saber que estaba observándome fijamente…
Tragué saliva, aguantando mi necesidad, sin atreverme a mirarlo.
—No quiero que te vayas —conseguí decir, con voz débil—. Aunque esto no significa que te perdone, por cómo me has tratado en la cafetería. Que quede claro —carraspeé—. ¿Qué me dices? Joder, dime que es una puñetera locura, que he perdido la cabeza por completo. Pero dime algo.
Ilian no abrió la boca, por lo que interpreté que la había cagado, pero bien. Comencé a pensar en cómo salir de esta situación, sin pasar más vergüenza. No me quedaba otra que levantarme, evitando cruzarme con sus ojos, para vestirme a la carrera y después salir corriendo del despacho.
Comenzó a faltarme el aire, en el momento que moví las piernas para prepararme para irme.
Fui a incorporarme, para bajarme de la mesa y tocar el suelo con los pies, pero no llegué a hacerlo porque de repente, tuve a Ilian casi encima de mí, sujetándome con fuerza de los tobillos.
Solté un jadeo por la impresión.