¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 32
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Capítulo 32

Dara

—Entonces, ¿estás contenta, cariño? —me preguntó mi madre.

—Sí, mamá.

—¿Ya has llegado?

—Acabo de estacionar en mi plaza. Ya te contaré la aventurilla que tuve ayer por aparcar donde no debía.

—Ay, ¿te dijeron algo? —se preocupé

—Más que algo —reí, sacando la llave del contacto—. Pero tranquila, todo terminó muy bien.

—Menos mal —suspiró—. Me alegro de que estés tan contenta en el nuevo trabajo.

—Gracias, mamá. Más tarde te digo si me paso por casa, ¿vale?

—Claro, cariño. Que tengas buen día.

—Igualmente, mamá. Te quiero.

—Te queremos.

Sonreí mientras colgaba porque siempre que mi padre no estaba cerca en nuestras llamadas, lo incluía en todo. Hablaba por los dos. No hacía falta, pero a mi madre le salía solo.

Me bajé del coche, lo bloqueé y caminé por el estacionamiento, yendo hacia la empresa.

En cuanto entré me acerqué al mostrador de la recepción, sonriendo.

—Hola, Eva —la saludé.

Estaba de pie y de espaldas, pero al escucharme se giró hacia mí con una sonrisa muy parecida a la mía.

—Hola, Dara. Buenos días.

—Buenos días.

—Llegas pronto.

—Quería adelantarme un poquito —le dije.

—Yo voy a por un café a la cafetería de aquí. ¿Quieres uno?

—Te lo agradezco, pero en el despacho tengo cafetera.

—Lo sé. Era por si no te apetecía liarte a hacértelo.

—No pasa nada.

Ladeé un poco la cabeza, al ver algo muy sutil en ella. Fue casualidad y suerte que me fijara en el cambio que mostró en su expresión, ya que tardó un segundo, quizá menos, en volver a su cara habitual.

—¿Estás bien? —le pregunté, apoyando los brazos en el mostrador.

—Claro —me contestó, demasiado rápido.

—Vale. —Asentí.

No quise tocar más el tema. Por el momento. La observé detenidamente.

—He cambiado de opinión —le dije—. Prefiero tomarme el café contigo, en mi despacho y sola es muy aburrido.

Le hice un guiño.

—Será rápido.

—Sí —le sonreí.

Eva salió del otro lado del mostrador y fuimos a la cafetería del edificio. Era la primera vez que hacía el camino, el que no tenía pérdida.

Entramos a una sala con muchas mesas repartidas por todo el espacio y con una barra larga. Aunque era temprano había muchas personas.

Ocupamos una mesa, pero Eva no se sentó.

—Hay que pedir en la barra —me informó—. Voy yo. ¿Un café con leche?

—Sí —le confirmé.

No me dio tiempo a sacar del bolso la cartera. Eva se fue rápido, hacia la barra.

La observé, aunque me daba la espalda. ¿Era paranoia mía o la veía un poco encorvada?

Sacudí la cabeza, para dejar de pensar en cosas sin sentido.

Y de la nada, poco faltó para que se me desencajara la mandíbula, cuando aparecieron de repente dos chicas y cogieron las dos sillas libres que tenía yo delante. Una era para Eva.

Me levanté de la mía, alucinada por los tirones que les habían dado a las sillas, para arrastrarlas lejos de la mesa. Las llevaban con ellas, aunque no iban a llegar muy lejos.

Me importaba una mierda que una de las sillas no la fuéramos a utilizar, solo por lo que habían hecho quería ambas sillas de vuelta. Sin excepción.

—¿Qué os pensáis que estáis haciendo? —les pregunté, alzando la voz.

Capté la atención de muchas personas, pero me importó otra mierda. Sinceramente.

—¡Os estoy hablando a vosotras! ¡Las ladronas de sillas!

Como ya esperaba, con mis palabras conseguí que se pararan. Se giraron lentamente hacia mí.

—¿Qué nos has llamado? —me preguntó la morena.

Soltó la silla y dio un paso hacia mía.

Sonreí de medio lado, para alterarla más. Lo conseguí.

—Lo que sois, ¿o que acaso os habéis acercado a mi mesa para preguntarme si las sillas estaban libres? No, os las habéis llevado a mala leche, solo para quitarlas de en medio. Lo que es un poco ridículo, como vosotras, ya que hay muchas sillas libres alrededor.

Arqueé una ceja y comencé a golpear la mesa con la punta de los dedos.

—¿Qué está pasando aquí?

Me giré hacia Diego.

—¿La pregunta va para ellas o para mí? —quise saber.

—He visto lo que ha pasado —me aclaró y asentí—. He preguntado qué ha pasado —insistió Diego.

—Solo hemos cogido las sillas para sentarnos —dijo la rubia—. Pero esa nos ha insultado llamándonos ladronas y ridículas. —Me señaló.

—Porque lo sois. Ambas cosas. —Elevé las cejas—. Si sigues sin estar de acuerdo, acércate, estoy dispuesta a dejártelo muy claro.

—Dara…

—No me llames de esa manera como si la que tuviera que calmarse soy yo —le advertí a Diego—. Si vas por ese camino, en vez de apoyarme, ya puedes irte por donde has venido. Esas no van a reírse en mi cara, ni a pasar por encima de mí.

—Por favor.

Al escuchar la voz afectada de Eva me giré. Estaba ruborizada, tenía los ojos más brillantes de lo normal y parecía nerviosa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasa? ¿Por favor, qué? —le pregunté.

Leí de los labios de mi amiga lo que estaba pasando aquí. Leí perfectamente el nombre de Samara y Carolina cuando movió los labios, sin emitir sonidos.

—Estupendo, joder —susurré, antes de coger una bocanada de aire—. ¿Te han hecho algo más hoy? ¿Las has visto antes de este momento?

Y entonces lo entendí. Eva sabía que esas dos estaban aquí y algo nuevo debían haberle hecho, porque reconocí lo que no supe descifrar en su expresión cuando me negué a venir a la cafetería.

Eva me había mirado con una pizca de miedo. Eso como poco, aunque había sido brevísimo el instante.

—Por eso querías que viniera contigo —le dije.

—No quería estar sola aquí —susurró, para que solo yo y Diego la escucháramos—. Ya has visto que les da igual cuánta gente haya, hacen lo que les da la gana. Y si quieren humillarme delante de todos, lo harán.

Cerré los ojos, unos segundos.

—Solo necesitaba tomarme un café para comenzar el día. He salido de casa tan rápido que no me ha dado tiempo a pararme para tomármelo allí. —Tragó saliva.

—Diego —lo llamé.

—Dime.

—Hazme el favor y saca a Eva de aquí —le pedí.

—¿Qué? —jadeó ella—. No, no, no… Dara, no vas a…

—Voy a hacer lo que debería haber hecho mucha gente, antes que yo.

Miré a Diego.

—Lo siento. Yo no sabía…

—Tranquilo. Estoy al tanto de que desconocías lo que estaba pasando, al igual que Ilian y Hernán. Ellos se enteraron ayer.

Miré a esas dos de reojo. Una de ellas estaba moviéndose, caminando hacia atrás.

—Pero doy por hecho que muchas personas de esta empresa sabían lo que pasaba —alcé la voz, para que se me escuchara estupendamente—. Muchas personas que habrán presenciado cosas y han mirado para otro lado.

Me giré para quedarme frente a las dos, para continuar hablando.

—Porque esto no es la primera vez que sucede, o cualquier otra cosa que vaya en contra de Eva. Y quién sabe si de alguien más. No lo entiendo, porque si uno no quiere entrar en polémicas, qué mínimo que vaya a contar lo que ha sucedido, a quien corresponde.

—Dara… —me llamó Eva, con la voz temblorosa.

—Diego —le dije, para que se la llevara.

—Por favor, Eva. Colabora —le pidió él, cuando ella se resistió a irse—. Vamos a ayudar a Dara, facilitándole la situación. No estará tranquila si tú estás aquí. Deja los cafés en la mesa.

Eva debió entrar en razón, porque escuché sus pasos y los de Diego, alejándose.

—No voy a dejar esto así —les dije.

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó la morena, con superioridad.

Pensaba que había ganado.

—Todo lo que sea necesario —le contesté, con una sonrisa falsa.

—Sarama. Carolina. Subid a la cuarta planta y esperad a que yo llegue.

La voz autoritaria, seria y fría de Ilian me hizo dar un pequeño respingo, en el sitio.

Lo busqué con la mirada y lo encontré sentado a una mesa. Estaba con su primo. Lo reconocí sin problema.

¿Llevaba ahí todo el rato? ¿Lo había escuchado y presenciado todo?

—Ya —volvió a hablarles Ilian, cuando no se movieron.

Fue una orden de un jefe enfadado.

—Señor Vera, ha sido un malentendido —le dijo la rubia, nerviosa.

—Como pierda un segundo más de mi tiempo repitiéndome, no os gustarán las consecuencias —les advirtió.

—Sí. Claro —reaccionó la rubia.

Esta comenzó a caminar con pasos rápidos, hacia la salida. Su amiguita la morena no tardó en seguirla. Yo me negué a perderlas de vista, y menos cuando me observaron con desprecio al pasar cerca de mí.

Por si os lo estáis preguntando, las imité.

¿Qué les pasaba a esas? No entendía por qué se metían con Eva y por qué la dejaron de lado, para convertirse en lo peor para Eva.

Cuando salieron de la cafetería y las perdí de vista, me senté en la silla en la que había estado sentada.

—Contigo también quiero hablar, Dara —me dijo Ilian.

Me sorprendió porque me habló estando al lado. No me di cuenta de que se levantó y se acercó, por lo que me sobresalté de nuevo. Su primo estaba a su lado, sujetando una taza.

—¿Por qué? —le pregunté, con los ojos un poco entrecerrados—. Yo no he hecho nada, solo defenderme y conmigo, a la situación también.

Me crucé de brazos.

—Si digo que quiero hablar contigo, obedeces y punto.

Arqueé las cejas.

—Yo la acompañaré a tu despacho dentro de un rato. Avísame —le pidió su primo.

Ilian y yo nos quedamos observándonos fijamente. Los murmullos que habían cesado volvieron a escucharse a nuestro alrededor.

Hasta que Ilian apartó la vista y se fue de la cafetería.

—Listillo —dije cabreada, con un bufido.

—Lo es.

—¿Qué? —le pregunté a su primo.

Me dio igual que pudiera decírselo a Ilian.

—Que Ilian es muy listo. Tiene un cociente intelectual bastante superior a la media —me informó.

—Por mí como si lo tiene bajo mínimos.

Puse los ojos en blanco y su primo soltó una carcajada.

—Me llamo Zac —dijo, ofreciéndome una mano—. Soy el primo de Ilian, aunque ambas cosas las sabías.

—Lo siento. No me acordaba de tu nombre —sonreí, con timidez.

—Es curioso.

—¿El qué?

—La fuerza y la entereza que has mostrado, y ahora te ruborizas porque no te acordabas de mi nombre.

Reí.

—Tienes razón. —Negué con la cabeza—. Pero es que cuando me enfado y me siento atacada me cuesta pensar, antes de actuar.

Me encogí de hombros.

—Yo soy Dara, aunque tú también debes saberlo.

—Sí —me confirmó, con una sonrisa.

—Me alegra conocerte, por fin. No tuve la oportunidad en el hotel, en verano. La noche de la playa la bebida me tumbó, literalmente —sonrió—. Y al día siguiente nuestros planes se estropearon, porque tuvimos que irnos antes de tiempo.