Capítulo 30
Ilian
Bajé los escalones rápido, para llegar cuanto antes a la entrada de mi casa.
Acababa de salir de la ducha y solo me había dado tiempo a enrollarme la toalla a la cintura. Iba hacia la puerta principal descalzo y mojado.
Zac no estaba, llegaría en un rato de la casa de mis padres.
Quien picaba como si quisiera fundir el timbre seguía haciéndolo, por lo que cuando abrí la puerta, de golpe, no lo hice con mi mejor cara ni de buenas maneras.
—Joder, tío. Das miedo, y eso que vas solo con una toalla —dijo Nico, con un silbido.
—¿Qué hacéis aquí y por qué narices tanta insistencia? —les pregunté, sorprendido al ver a mis amigos.
Joel también estaba. Eran las nueve de la noche.
—La culpa es tuya. No puedes soltarnos por mensaje la bomba de Dara, con poquísimas palabras, y salir de la conversación para olvidarnos —se quejó Nico.
—He esperado unos segundos, pero como no habéis aparecido en la conversación me he metido en el baño.
Nico pasó por mi lado y entró en mi casa. Joel se encogió de hombros, sonriente.
—Estoy de acuerdo con él. Si nos hubieras dado más datos Nico no se habría presentado en mi casa, para arrastrarme hasta aquí —comentó Joel.
—Ya os vale… ¡Voy a pasarte la factura del timbre, como se estropee! —grité para que Nico me escuchara bien.
Oímos sus risas.
—¿Y Zac? ¿También está duchándose? —me preguntó Joel.
—No. Está en la casa de mis padres, no tardará en llegar —le informé y asintió.
—Anda, ve a terminar —me pidió—. Nosotros vamos preparando la comida en los platos.
Cuando lo dijo, me fijé en las dos bolsas que había en el suelo, a un lado del marco de la puerta. Joel se agachó para cogerlas y entró. Yo cerré la puerta, negando.
—¿Os he invitado a cenar y no me acuerdo? —les pregunté, cuando llegué al salón.
Ambos estaban en el centro, de pie.
—Qué gracioso estás hoy —dijo Nico, riendo.
Arqueé una ceja y me crucé de brazos.
—Te hemos quitado un calentamiento de cabeza. Ni Zac ni tú tenéis que meteros ya en la cocina —hablo Joel, moviendo las bolsas de la comida—. Nos lo vas a agradecer.
Me hizo un guiño, antes de ir hacia la cocina. Nico lo siguió, mirándome con una sonrisa pícara.
Puse los ojos en blanco y los dejé que hicieran lo que quisieran. Me dirigí hacia las escaleras y las subí, para volver a mi habitación.
Una vez en ella entré en el baño, me quité la toalla y me sequé el cuerpo. Lo último fue pasarme la toalla por el pelo, para quitarle el exceso de agua.
Al terminar, fui desnudo al vestidor, donde me puse un bóxer y un pantalón corto de pijama. Nada más, de esa manera y descalzo, bajé a la planta principal para reunirme con mis amigos.
—Huele bien, ¿eh? —me preguntó Nico, en cuanto entré en la cocina.
—Sí —confirmé.
Me acerqué a la isla, para ver bien qué habían traído. Por lo menos habían elegido estupendamente, se me abrió el apetito de golpe.
—¿Has comido este mediodía? —me preguntó Nico.
—Claro. He ido al bar —le contesté y ambos asintieron—. ¿Podéis dejar de preocuparos por todo lo que hago o dejo de hacer?
Negué con la cabeza.
—No —respondió rápido Nico—. Así que deja de decir tonterías. Esto ya está.
Agrupó los envases vacíos y los metió en la bolsa que le dio Joel, justo cuando escuchamos cómo se abría la puerta de la casa. Zac vino directo a la cocina y también se sorprendió al ver a Nico y a Joel.
—Vaya sorpresa —dijo mi primo.
—Ya ves —se dirigió a él Nico—. La noche lo merece —rio.
Zac lo miró sin entenderlo y después a mí. Me encogí de hombros.
—¿Cenamos en el porche? Esta noche no siento tanto agobio como las anteriores —comentó Joel.
—Cuando iba a por ti he escuchado en las noticias que las intensas temperaturas iban a darnos una tregua, durante unos días —contó Nico—. Vamos a disfrutarlo.
—Pues al porche —dijo Zac.
Mientras mi primo iba un momento al baño y a su habitación para ponerse cómodo, Joel, Nico y yo limpiamos la mesa del porche y sacamos todo lo necesario para comer.
Lo último fueron los platos con la comida, con los que nos ayudó Zac. Colocamos sobre la mesa la variedad de comida que habían traído.
Una vez que nos sentamos, comenzamos sirviéndonos individualmente.
—Ahora sí, ya más calmado, os digo que podéis venir todas las noches que queráis —les dije a mis amigos, después de masticar—. Pero como vuelvas a hacer lo mismo con el timbre, eso será lo primero que te tragues. Avisado estás —le advertí a Nico.
Él soltó una carcajada.
—No veas como se ha puesto tu primito, por una tontería —le dijo Nico a Zac, entre risas.
—Me imagino la situación. Estoy seguro de que tú no eres inocente —Zac habló convencido y sonreí.
Cogí la copa y le di un sorbo al vino. Las únicas ocasiones en las que abría las botellas de vino era cuando estaba acompañado, ya que cuando comía solo tenía la costumbre de beber agua. Esa era la bebida que me había pedido en el bar, al mediodía.
Las cervezas quedaban aparte de esa norma. Esas sí que las consumía cuando me apetecía.
—Te he dicho que nos agradecerías lo de la cena —me dijo Joel, con un guiño.
—A ver, cuéntanos desde el principio lo de Dara porque nos has dejado locos con el mensaje tan breve que has enviado al grupo —me pidió Nico, antes de llenarse la boca con una carne que se deshacía sola.
—¿Qué mensaje? ¿Dara? Joder. ¿Qué me he perdido? Estaba con mis tíos y no he estado pendiente del móvil. No he visto nada —comentó Zac—. Ahora he dejado el móvil en la habitación.
—Es mejor que te estés enterando ahora. Créeme —le dijo Nico, riendo.
Carraspeé, para comenzar a hablar.
—El resumen es que, al llegar a la empresa me he encontrado con que un coche había estacionado en mi plaza.
He llamado a Eva, la recepcionista, para que averiguara de quién era, y al cabo de un rato han aparecido ella, Diego y Dara.
Sí, hablo de la Dara del hotel en el que pasamos un breve fin de semana en verano —le aclaré a Zac, por cómo me miró.
Mi primo agrandó los ojos.
—Al verla me costó reaccionar. Joder, no esperaba tenerla delante.
Sacudí la cabeza.
—Qué puñetera casualidad que ella eligiera tu plaza para dejar su coche. Es una locura todo —comentó Nico.
—Así que Dara ha sido el contratiempo que te has encontrado esta mañana… —me dijo mi primo—. El contratiempo por el que me has dicho que iba a flipar.
Asentí y ambos sonreímos.
—Con razón estabas tan contento —rio Zac.
—¿Y cómo es que trabaja para ti? —me preguntó Joel.
—Hernán la ha contratado para cubrir el puesto de directora financiera y para darme apoyo a mí, en mi trabajo. Con su ayuda espero liberarme de bastante trabajo, para comenzar a tener más tiempo para mí.
—Mierda, lo último ha sonado a orgásmico —soltó Nico.
Reímos.
—Lo digo en serio. No sabes lo contentos que estamos de que hayas tomado esa decisión —añadió Nico.
—No hace falta que me lo digáis. Lo sé. —Asentí.
—Hay una cosa que no entiendo —dijo Joel—. Nos dijiste hace unos días que Hernán tenía a la persona perfecta para el puesto, pero hablaste de un hombre.
—Era lo que yo creía, así que imaginaos la sorpresa que me he llevado al saber que era Dara. He ido de sorpresa en sorpresa.
Bebí otro sorbo de vino, antes de llenarme la boca de comida. Cuando tragué, continué hablando.
—Estaba convencidísimo de que Hernán se refirió a un hombre cuando me informó del tema. Así se lo he dicho esta mañana. En aquel momento debía estar tan liado y agobiado que no le presté la atención suficiente.
Moví la comida con el tenedor.
—El caso es que Dara está dentro de mi empresa y, después de ver su currículum y de saber su trayectoria profesional, más toda la información adicional, puedo decir que estoy más que satisfecho porque Hernán ha acertado de pleno con su contratación.
—Joder, tío, qué puñetera coincidencia. Es que cuanto más lo pienso… —dijo Nico.
—¿Habéis hablado? —quiso saber Zac—. Porque ella ha debido quedarse peor que tú, al darse cuenta de que trabaja para ti.
—¿Y eso es malo? —le pregunté, con una ceja arqueada.
—Para nada —rio mi primo—. Estar en tu empresa es lo mejor que le ha podido pasar. Se dará cuenta rápido, de lo bien que tratas a tus empleados y lo que los valoras, gratificándolos como se merece cada uno —lo arregló con un guiño.
—Sí, hemos hablado —les confirmé—. Hemos desayunado juntos, con Eva y Hernán, y después nos han dejado solos para ponernos al día.
Eva y Hernán no saben la breve historia de Dara y mía, lo mismo que pasa con Diego.
Dara y yo no hemos hablado de ello, pero los chicos no han necesitado mucho para darse cuenta de que había algo.