Capítulo 28
Dara
Levanté la mirada de los números que llevaba un rato revisando. Ya tenía acumuladas varias carpetas sobre la mesa y no había pasado de la primera. Tampoco me había reunido con Ilian para que me diera parte de su trabajo.
Miré la hora en la pantalla del portátil, sorprendiéndome al comprobar que eran las dos de la tarde. Terminaba la jornada de trabajo en media hora, me quedaba un suspiro para todo lo que quería hacer.
Respiré profundo, mientras me echaba hacia atrás. Apoyé la espalda en la silla y me giré hacia la cristalera.
Mirar la hora que era me había abierto el apetito de golpe, de lo que hasta ahora no me había dado cuenta.
Por suerte me dejé la comida hecha la tarde anterior. Ensalada de pasta fue el plato elegido para hoy. Rápido y apetecible, por el calor que hacía. Ah, y un vasito de gazpacho que entraba de maravilla.
Me levanté de la silla para estirar las piernas y despejar un poco la mente. Fui hacia la pared de vidrio y me paré a un paso de ella, para dejar vagar la vista por todo lo que había fuera.
Era un gran privilegio tener un despacho como este.
Varios golpes en la puerta me sacaron de repente del lugar a donde me había ido y me hicieron girar hacia ella.
—Adelante —dije, lo suficientemente alto para que se me escuchara desde el pasillo.
Quien apareció fue Diego. Sonreí al verlo.
—Ahora que queda poco para terminar el día de trabajo, ya puedes decirme qué te ha parecido y cómo te ha ido.
Dejó la puerta entornada y caminó hacia mi mesa. Yo hice lo mismo. Me paré al otro lado, justo frente a él.
—Estoy contenta, si es lo que quieres saber. Aunque lo estaría más si me hubiera dado tiempo a adelantar más trabajo.
Me encogí de hombros.
—Para ser el primer día está bien. Has tenido que adaptarte a todo.
—No sabes lo que he hecho —le dije, divertida.
—Lo imagino y ya está. —Me hizo un guiño.
Reí.
—¿Tienes planes para comer? ¿Me dejas invitarte?
—Hernán y tú estáis muy espléndidos hoy.
Diego y yo miramos hacia la puerta, al escuchar a Ilian. Ahí estaba él, con los brazos cruzados y dejado caer en el marco.
No lo habíamos oído llegar, yo tampoco me había dado cuenta de que la puerta se abría. Al no estar encajada Ilian había sido muy silencioso al moverla.
—¿A qué viene eso, jefe? —le preguntó con diversión Diego.
Se sentó en el filo de mi mesa, de cara a él.
—Hernán es el de la invitación a desayunar y tú a comer —contestó Ilian, con las cejas elevadas—. No la agobiéis.
—No puedes quejarte. Te hemos dejado las noches para ti —habló serio, para después soltar una carcajada.
—Por si no os habéis dado cuenta estoy aquí —intervine.
—Eso es imposible que se nos olvide, preciosa —me dijo Diego.
Me miró por encima del hombro y me sonrió.
—¿Ya habéis terminado de trabajar? —les pregunté.
Me senté en mi silla, ignorando la sensación que sentía por la intervención de Ilian. No quise pensar en cómo interpreté sus comentarios hacia mí, porque la mente jugaba muy malas pasadas y me sonaron demasiado bien.
Me negaba a darle rienda suelta a mis pensamientos. Debía estar muy centrada cuando Ilian se encontraba cerca.
—Yo sí —me contestó Diego—. Por hoy ya he hecho bastante.
—Estoy planteándome bajarte el sueldo —le dijo Ilian.
Diego soltó una carcajada.
—Recoge —me pidió Ilian—. Para ser tu primer día ya está bien.
—Lo mismo que le he dicho yo —comentó Diego.
Ilian lo miró fijamente. Fue una mirada que me dejó en tensión, pero a Diego no pareció afectarle nada.
—Pero… —carraspeé—. ¿Tú también te vas? —le pregunté a Ilian.
—¿Él? —saltó Diego, antes de que Ilian pudiera responder—. No te creas nada de lo que te responda, porque te lo dirá para que te vayas conforme. Es lo que hace siempre.
—¿Por qué no sales de aquí de una vez? —le preguntó Ilian.
—Estoy muy entretenido y a gusto —le contestó, riendo.
—Largo. —Lo echó.
—Joder, jefe. ¡Qué sutil! —se quejó en broma Diego.
Se giró hacia mí.
—Nos vemos mañana, Dara.
—Claro —le sonreí—. Hasta mañana.
—Otro mediodía nos escaparemos a comer sin que el jefe pesado y metomentodo nos vea —me dijo con un guiño.
—Un buen consejo sería que te fueras ya —le advertí y apreté los labios, conteniéndome.
—Sí. ¿Verdad? Gracias, compañera.
Nos sonreímos.
No lo mostré, pero por dentro estaba suplicándole que se quedara. Ilian, yo, y mi despacho no podíamos ser una buena mezcla.
Diego caminó hacia la puerta con las manos en los bolsillos del pantalón del traje y silbando. Cuando pasó por al lado de Ilian, este lo miró de reojo y Diego rio.
Se despidió de él con varias palmadas en la espalda y luego desapareció de mi despacho.
—No te veo recoger —me dijo Ilian.
Se separó de la puerta y caminó hacia mí.
—Queda media hora.
—Pero yo soy tu jefe y te estoy diciendo que puedes irte ya.
—¿A qué hora tienes previsto irte tú? No es que vaya a quedarme si es muy tarde, pero si es una hora más o así…
—Yo salgo a comer ahora, pero después vuelvo. Como cada día. Ya te he hablado de mi ritmo de trabajo.
—Pero pensaba que estando yo, tú podrías…
—Todavía no nos hemos reunido para comentarte lo que quiero que hagas, no sabes qué trabajo mío realizarás. Será mañana, por un día más con el mismo horario no va a pasarme nada.
—Y cuando tengas mi apoyo, ¿cumplirás con el horario de la jornada de trabajo? ¿Terminarás al mediodía? —le pregunté, con las cejas elevadas.
—Lo intentaré, pero si me voy de aquí a las cinco, por ejemplo, ya será un grandísimo logro. Después la culpable serás tú.
—¿Yo? ¿De qué?
—De que no sepa qué hacer con mi vida, con tantas horas libres —me contestó, con una pequeña sonrisa—. Quizá deba comenzar a plantearme ciertas cosas.
Las señales de alerta se habían encendido en mi interior, ya que Ilian se había parado casi rozando el filo de la mesa.
Sí, una superficie rectangular de madera nos separaba, pero no era muy alentador. Más bien provocador.
Joder. ¿Por qué pensaba en lo que no debía?
Ahora Ilian era mi jefe, iba a verlo cada día, seguramente bastante.
Además, aunque no fuera de la manera que acababa de decir, nada me hacía pensar que él quisiera verme terminar la jornada tumbada sobre mi mesa de escritorio, como sucedió en la cabaña de mis amigas, en el hotel de verano.
Esa imagen me vino nítida y con fuerza a mi mente. Tragué saliva, sintiéndome… Dios, no podía analizar lo que había provocado en mi cuerpo.
Por ese motivo le hice caso y dejé de resistirme. Me puse a recoger, como me había pedido.
Metí las hojas en su carpeta, sin pararme a colocarlas bien para que siguieran el orden correcto, y guardé la carpeta en un cajón. Las demás las coloqué en otro diferente.
Apagué el portátil, bajé la tapa y me levanté, bajo su atenta mirada. Estaba poniéndome muy nerviosa, pero aguanté con la boca cerrada, como pude.
Con el móvil en una mano fui hasta el armario, para coger el bolso. Me lo colgué al hombro, después de lanzar dentro el teléfono.
—¿Te has aclarado bien con el programa informático? —me preguntó, mientras caminaba hacia él.
—Sí. Por ahora no he necesitado ayuda —le contesté y asintió.
—Te acompaño —se ofreció—. Bajo contigo.
No me dio opción a decir nada, cuando ya me esperaba en la puerta. Se movió rápido. Lo seguí después de soltar un suspiro.
Cerré el despacho con llave y caminamos por el pasillo, en silencio.
—Antes me he acordado de que no te he preguntado por Nico, Joel y Zac. Da igual que Nico hable con Estela, yo ahí no me meto. Tú me has preguntado por mis amigas y yo no he caído en…
—No pasa nada, Dara —me interrumpió—. Los tres están bien.
Como siempre —sonrió de medio lado—. No te haces una idea de las bromas que voy a tener que aguantar de ellos, por lo que ha pasado hoy.
Hasta que los mande bien lejos. —Sacudió la cabeza—.
Si te pitan los oídos será por las veces que te nombrarán.
Reí y me miró de reojo.
Fuimos hacia los ascensores y pulsó el botón para que pararan en la planta.
—Gracias —le dije.
—No hay de qué. —Asintió.
Fue lo poco que nos dijimos. Nos quedamos en silencio y de esa manera bajamos hasta la planta principal.
Estuvimos solos en el ascensor, cada uno con la espalda apoyada en una de las paredes.
Pensé que la tensión me aflojaría las piernas de un momento a otro, mientras que el interior del ascensor se cargaba de demasiadas cosas. No dejamos de mirarnos.
Cuando pasé cerca de la recepción me despedí de Eva, hasta el día siguiente. Ella no tardaría en irse, también.
Agradecí el aire de la calle, a pesar del calor.
Como ambos íbamos hacia el estacionamiento, continuamos nuestro camino juntos. Hasta que llegamos a mi coche, ya que el suyo estaba más alejado. Por mi culpa.
—Nos vemos mañana —le dije, después de abrir la puerta del coche para que saliera el calor concentrado.
—Claro. A no ser que quieras abandonar…
—No —reí.
—Tampoco te dejaría.
—No podrías evitarlo.
—No estés tan segura —sonrió de medio lado.
—Mañana tendrás tu plaza libre —le dije, notando mucho calor.
Y no tenía que ver con la temperatura que hacía.
Antes de que pudiera decirme algo al respecto, volví a hablar.
—Por cierto, ¿qué más plazas están ocupadas fijas? No lo sé.
Miré hacia los lados.
—¿En cuál puedo apartar sin problema?
—Tú tienes una fija, Dara. Pensaba que Hernán o Diego, o incluso Eva, te lo habrían dicho.
—No sé nada.
—Ven.
Sin esperármelo, me agarró del brazo y tiró de mí. Me llevó con él, hacia el centro del carril.
—La cuarta, contando desde la mía —me informó.
Señaló en esa dirección y vi una plaza vacía, a la sombra porque estaba techada, como la de Ilian.
—¿Por qué no has aparcado ahí?
—Porque no sabía ni lo que hacía, después de encontrarme contigo. Me he quedado bastante loco.
Giré la cabeza hacia él y nos reímos.
—Que aproveche y descanses, Dara.
—Igualmente. Lo que puedas.
Asintió.
Durante unos segundos nuestras miradas volvieron a quedarse enganchadas, hasta que él rompió el momento al dar un paso hacia atrás.
—Hasta mañana —se despidió.
—Hasta mañana —lo imité, pero susurrando.
Ilian me dio la espalda y comenzó a caminar por donde habíamos venido. Se fue en dirección contraria a su vehículo.
—¿Y tu coche? —le pregunté, alzando la voz.
Reaccioné tarde, ya se había alejado.
—He venido a acompañarte. Siempre como en el restaurante que está a una calle de aquí —me contestó, mirando hacia atrás.
—Ah. Vale.
Lo último que vi, antes de que volviera a darme la espalda, fue su sonrisa.
Me quedé como una tonta en medio del carril del estacionamiento, hasta que, pasado no sé cuánto tiempo, conseguí reaccionar para montarme en mi coche.