¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 26
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Capítulo 26

—Gracias —le dije al chico que dejó delante de mí la taza de café con leche y un bocadillo vegetal pequeño—. Mmm… ¿Esto lo consideráis aquí pequeño? —Señalé el bocadillo.

—Sí —me contestó con un guiño.

—Pues no quiero saber cómo será el tamaño grande.

Puse los ojos en blanco.

—Quién sabe, lo mismo te animas a probarlo otro día —dijo sonriendo.

—No —reí.

—¿Los demás vamos a tener que esperar mucho más?

La pregunta de Ilian nos tomó por sorpresa al chico y a mí. Lo miré sin creerme lo cortante que había sido. Ilian continuó con la vista fija en el camarero.

—Perdón. Enseguida les traigo los dos desayunos que faltan —dijo de manera apresurada.

Se fue hacia el interior de la cafetería.

—Sí que tienes hambre hoy —habló Hernán.

—Mucha —fue la respuesta escueta de Ilian.

Desde que el camarero desapareció el centro de su atención era yo, por lo que, para controlar los nervios y la lengua, sobre todo, la última, bajé la mirada a la taza de café.

Me entretuve en endulzarlo, poniéndolo a mi gusto.

—Cuando termines no te acordarás del tamaño. Te habrá sabido a poco —dijo Eva y rio.

Le sonreí.

—Menos mal que sabemos que estás refiriéndote al bocadillo —soltó Hernan.

Nos pilló por sorpresa a los tres.

—¿Qué? —preguntó él—. Tengo que quitarle a Eva la idea preconcebida que tiene sobre mí.

Reí.

—Me gusta —le dije.

Levanté una mano y Hernán me imitó. Las chocamos en el centro de la mesa.

—Vaya… —Fue todo lo que le salió a Eva.

—Lo habitual es que se comporte —comentó Ilian—. Pero hoy está claro que ya se ha desviado varias veces —dijo, dejando ver una pizca de diversión.

—Cuando estemos solos me castigará —rio Hernán.

Ilian sonrió de medio lado.

—Aquí tienen —dijo el camarero.

Les dejó los desayunos a Ilian y a Hernán, y se fue haciéndome un guiño. Pretendió ser disimulado, pero un par de ojos lo observaron todo. Incluso mi contención para no reírme.

Busqué a Ilian con la mirada y me encontré rápido con la suya. Los ojos se me fueron a sus labios, los que movía al estar masticando. Algo dentro de mí dio un vuelco, al recordar a esos mismos labios haciendo otras cosas. Más concretamente, en mi cuerpo.

Cogí la taza y me la llevé a los labios, para beber un sorbo de café. Lo había pedido templado, por lo que tenía la temperatura perfecta para beber.

La llamada que sonó en su móvil me salvó de decir cualquier tontería.

—Un momento —nos dijo.

Se levantó de la silla y se alejó unos pasos de nosotros. Se puso al otro lado de los maceteros que delimitaban la terraza de la cafetería.

Como bien había dicho Hernán, había ventiladores por todos lados y algunos de los que estaban colgados pulverizaban agua, de vez en cuando. Se estaba genial, a pesar del calor que hacía.

Habíamos tenido suerte de encontrar una mesa libre a la sombra de los toldos.

Le di un bocado al bocadillo, mientras veía a Ilian hablar por teléfono. Tenía una mano en el bolsillo del pantalón del traje y con la otra sujetaba el móvil. Miraba hacia la carretera, por lo que nos daba la espalda.

—Dara.

—¿Sí? —me giré hacia Eva.

—No reaccionabas —me dijo, divertida.

—Las vistas son muy interesantes, ¿no? —me preguntó Hernán.

Sonreí de medio lado.

—No lo sé —le contesté—. ¿Tú crees que lo son?

Elevé las cejas. Hernán rio, mientras Eva pasaba la mirada de uno a otro. Le hice un guiño, antes de beber un sorbo de café.

—¿Vienes con alguien a diario, a desayunar? —le pregunté a Eva.

No sabía si tenía un grupo de compañeros e incluso amigos con los que solía estar cada día de trabajo. Tal vez hoy, por ser mi primer día, se había apartado de ellos para estar conmigo y dedicarme tiempo.

—No —negó, sorprendiéndome.

—¿No vienes con nadie? —insistí, como si no la hubiera escuchado.

—No. ¿Tan raro es?

—No, Eva —le contesté rápido, para no hacerla sentir mal—. Si es la mejor opción que tienes, es maravilloso. De verdad —le sonreí—. A mí también me gusta estar sola e ir por libre. No te sientas mal porque no ha sido mi intención.

—Tranquila —me sonrió—. Hace unos meses dejé de juntarme con otras dos compañeras. Estuvimos bastante, un año, aproximadamente, contando las unas con las otras. Hasta que se cansaron de mí, de repente.

—¿Eso qué quiere decir? —Fruncí el ceño—. ¿Cómo que se cansaron de ti?

Hernán estaba muy atento a la conversación, mientras desayunaba en silencio, observándonos. Ilian continuaba hablando por teléfono.

—Llevo muchos años en la empresa —me contó, con un rubor muy bonito en las mejillas—. Al poco de entrar conecté muy bien con Mariam, pero ella se fue hace tres años.

Cogió una bocanada de aire.

—Cambió de trabajo porque a su novio lo trasladaron en el suyo. Él tenía un trabajo de mucha responsabilidad por el que cobraba tres veces más que Mariam. Por ese motivo ni se lo pensaron.

Hizo una pausa para beber un sorbo de café.

—Ella dejó el trabajo para buscar otro en la nueva ciudad. A pesar de la distancia todavía somos amigas. Viajamos para vernos e incluso planeamos algunas vacaciones juntas. Su novio también se viene. Él es muy simpático y me cae genial. Son una pareja increíble.

Cogió su tostada, pero no para darle un mordisco. Jugueteó con el borde.

—Después de Mariam no intenté hacer amistad con nadie más. Me refiero a profundizar, porque hablar, hablo con todos. Hasta que Carolina y Samara se acercaron a mí. Ya hace casi dos años.

—¿Y qué pasó con esas dos? —le pregunté.

—Todavía no sé por qué me apartaron —rio, pero no con alegría—. Fue de un día para otro. Un día estábamos riéndonos y contándonos nuestras cosas aquí mismo, en esta terraza, y al otro, cuando vi que no llegaban las llamé. Primero a una y después a otra, pero ninguna descolgó mi llamada.

Se encogió de hombros.

—Nunca más desayuné con ellas.

Entrecerré los ojos.

—Qué mierda… —susurré.

—Y muchas mañanas las tengo que ver aquí, en otra mesa. —Negó con la cabeza—. Fíjate si soy tonta, que incluso cuando llevaban días alejándome de ellas, en el momento que las vi aquí me acerqué, para hablar.

Desvió la mirada y observó fijamente la taza. Antes de hacerlo pude ver su mirada brillante, por las lágrimas contenidas.

—¿Qué pasó? —preguntó Hernán, interviniendo por primera vez.

—Que me echaron y se rieron —le contestó Eva. Tragó saliva—. Me dijeron si no entendía que no era bienvenida, que no querían verme cerca. Nunca más.

—No lo entiendo… —dije, desconcertada.

—Da igual. Desde ese momento las mandé a la mierda y es como si no existieran. Cuando me cruzo con ellas ni las miró.

—Me encanta —sonreí de medio lado—. Aunque yo habría aplicado varias cosillas más.

—Has dicho que se llaman Carolina y Samara —habló Ilian.

Nos sorprendió a todos. No nos habíamos dado cuenta de que se había acercado y estaba escuchando la conversación.

Su semblante era serio. Más de lo normal.

Se sentó despacio, sin desviar la atención de Eva.

—Sí —le dijo ella.

—¿En qué plantas trabajan? Quiero saber el departamento en el que están.

—Yo… No lo he contado con ningún propósito. No quiero problemas —comentó apurada y nerviosa.

—Sé muy bien que no era tu propósito, pero las personas que has mencionado trabajan en mi empresa, se mueven por mi edificio y están bajo mi cargo.

Mis empleados llevan el respeto y la profesionalidad por delante, así que no tolero, ni voy a tolerar, comportamientos como el que acabo de escuchar.

Las crías malcriadas o envidiosas que se quedan lejos de mi vida. Punto.

—Dale la información, Eva —le pidió Hernán.

Le habló muy pausado y calmado, para no ponerla más nerviosa.

—Ilian no va a provocar ningún enfrentamiento entre esas y tú, va a llevar el tema por otro lado —continuó—. El tema que elija no tendrá nada que ver contigo, por lo que ellas ni pensarán en ti.

Eva me miró a mí, como si necesitara mi aprobación, o asegurarse de que no iba a meter la pata.

Yo asentí, animándola a que le dijera a Ilian lo que él necesitaba saber.

Estaba segura de que Ilian podía conseguir la información por él mismo. Y muy rápido, además. Al igual que Hernán, ya que él era el director de Recursos Humanos y tenía acceso a los datos del personal.

Pero era un detalle que ambos le dieran la oportunidad a Eva, contando con ella.

—Las dos trabajan en la segunda planta —contestó al fin ella.

—De acuerdo. —Asintió Ilian—. Gracias. Cuando termine con el asunto te informaré.

—Gracias —susurró Eva.

Hernán le dio un giro al momento, cuando comenzó a hablar de cosas graciosas. Para mi sorpresa, tenía muchas que contar. Este hombre y Diego estaban siendo unos grandes descubrimientos. Estaba encantada con ellos.

Desayunamos con calma. Me sentí muy a gusto y más, al ver como poco a poco Eva volvía a ser la que conocí horas atrás.

Me había dado mucha rabia como la trataron Samara y Carolina. Todavía estaba planteándome si localizarlas y plantarme delante de ellas. Iba a dejar actuar primero a Ilian, después, si lo creía oportuno, me lanzaría yo.

Tal vez no hiciera falta, pero en mi mente comencé a idear cómo sería.

Debo decir que me encantó la reacción de Ilian, como actuó ante lo que escuchó de Eva.

Algo me decía que ambas podíamos estar muy tranquilas.