Capítulo 25
Dara
Dejé de golpear la mesa con la punta del bolígrafo y aparté la mirada de la pantalla del portátil, para dirigirla a la puerta de mi despacho.
Tragué saliva y me puse en tensión, agarrando con fuerza el bolígrafo. Fue una reacción instintiva, de segundos e impulsiva, por la posibilidad de quién estaba en el pasillo.
Solo había una persona que podía ponerme de esta manera: Ilian.
Desde que me encontré con él en el pequeño incidente de primera hora de la mañana, en el estacionamiento privado de la empresa, no había vuelto a cruzarme con él.
Normal, cuando no me había movido de mi despacho.
Eso cambiaría en breve, ya que faltaban pocos minutos para que fueran las diez y media, hora en la que había quedado con Eva en la recepción, para ir a desayunar.
Chasqueé la lengua y puse los ojos en blanco, en cuanto recuperé el control de mi cuerpo. Estuve a punto de reírme por mi comportamiento.
Me levanté de la silla, para ir hasta la puerta. La tenía cerrada con llave, por lo cual no me quedó más remedio que moverme.
Me venía bien.
—Hola —saludé a Hernán, cuando abrí y lo vi en el pasillo.
—Hola, Dara —me saludó, sonriendo—. Perdona que no haya venido hasta ahora a saludarte y a darte la bienvenida, en tu primer día de trabajo.
—No pasa nada —le sonreí.
Me aparté para que pasara y cuando entró, observó que en la mesa ya no solo estaba el portátil.
—También venía a preguntarte si necesitabas algo, pero ya veo que lo has solucionado sola —comentó, sonriente.
—Ha sido cosa de Diego. Me ha ayudado con todo.
—Me alegro. —Asintió—. Puedes contar conmigo también.
—Lo sé.
—¿Te apetece un café?
—A las diez y media he quedado para desayunar con Eva, la recepcionista.
—Pues perfecto, nos da tiempo a tomarnos uno rápido. Así me cuentas cómo te ha ido hasta ahora.
—Vale. Aunque no tengo mucho que decir, por el momento. Voy a aburrirte.
Me encogí de hombros, rodeando la mesa.
—Lo dudo mucho.
Bloqueé el portátil, bajé la tapa, y cogí el móvil, para dirigirme al armario. Busqué dentro del bolso la cartera, de la que saqué un billete. Lo metí en un monedero pequeño que no era rígido y podía llevarlo perfectamente en un bolsillo del pantalón.
Por suerte me acordé de meterlo la noche anterior, anticipándome a estas salidas en las que no necesitaba cargar con el bolso.
Llevaba un pantalón largo que, aunque era de tela fresquita y suelta, en la calle me sobraba. Pero era lo que había. Arriba lo combinaba con una camisa que nada tenía que ver con las tradicionales.
Había querido venir arreglada mi primer día, pero sin perder el toque moderno e informal. Ambas prendas quedaban geniales e iba muy cómoda.
Fui hacia Hernán, quien me esperaba sonriendo.
Salimos de mi despacho y, una vez cerré con llave, recorrimos el pasillo mientras él me contaba la reunión que había tenido a primera hora.
Su entusiasmo fue nulo en todo momento, por lo que nos reímos cuando terminó de hablar del tema.
—Definitivamente tengo que cambiar la manera en la que os ven los empleados —dije, negando con la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Que según lo poco que me dijeron al llegar a la empresa, de los que trabajáis aquí, pensaba que iba a encontrarme con caras largas y serias —reí—. Y para nada. Sois graciosos, simpáticos y cercanos. Al menos hablo por ti y por Diego. Y me basta y me sobra.
—Es como suelen vernos, sí —confirmó, con una media sonrisa—. Pero ya has podido comprobar la realidad —me dijo con un guiño.
—Y tanto. No sabes la paz y la tranquilidad que me da. Me hacéis sentir muy bien.
—Me alegro. Aunque debo decirte que, en un día malo, cuando nos veas muy serios a Diego y a mí, es mejor que nos ignores e incluso que no te cruces en nuestros caminos.
—No te creo —le dije, divertida.
—Ya no puedes decir que no te advertí —rio.
—Vale, vale…
Cuando llegamos frente a los ascensores no tuvimos que esperar mucho para que las puertas se abrieran frente a nosotros. Entramos y enseguida estuvimos bajando.
—Por mi parte te aviso también de que en mis días malos no soy muy buena compañía —le dije, divertida.
—No te creo —me imitó, al decir lo mismo.
Solté una carcajada.
—Te invito a comprobarlo el primer día que cortocircuite. —Le hice un guiño.
—Me arriesgaré. Aquí donde me ves, me van las emociones fuertes.
Nos miramos serios durante unos segundos y después soltamos una carcajada.
De esa manera llegamos a la planta principal. Arrastré a Hernán hacia el mostrador de la recepción, mientras nos calmábamos.
—Eva —la llamé.
—Hola —nos saludó, con una gran sonrisa.
Le correspondimos al saludo y yo también con la sonrisa.
—Voy con Hernán a tomar un café. ¿Dónde vamos? —le pregunté a él.
—Donde te apetezca. A mí me da igual. Aquí hay una cafetería y en la calle, cerca de la empresa, hay otra.
—¿Salimos a que nos dé un poco el aire? —le propuse.
—Claro. Tiene terraza. Hay una zona grande con toldos y ventiladores repartidos entre las mesas y colgados.
—Haber empezado por ahí —reí—. No hay más que hablar.
Sonrió.
—¿Cuándo sean las diez y media te vienes para allí? —le pregunté a Eva.
—Vale —aceptó animada.
—¿Has visto? —le pregunté a mi nueva amiga, señalando la cara de Hernán.
Hice un gran esfuerzo para no reírme, mientras Eva lo miraba con curiosidad. Hernán nos observó divertido, sin perder la sonrisa.
—¿Qué? —terminó preguntando Eva.
—¡Qué está sonriendo! Por él mismo, sin obligarlo —le dije, como si fuera un gran descubrimiento—. Ya verás ahora. Hernán, ríete.
Él, al entender lo que estaba haciendo y al comprender que Eva era la que me había avisado de la seriedad que había en esta empresa, soltó una fuerte carcajada que dejó a Eva con la boca abierta.
No pude retener por más tiempo la risa. Incluso me doblé un poco, mientras Eva nos miraba alucinada.
—¿Qué es tan divertido?
Pocas palabras y las suficientes para ponerme recta y rígida, sin rastro de diversión.
Ilian estaba a la espalda de Hernán y a la mía. Me había confiado demasiado, pero tampoco podía alargar el momento de estar cara a cara con él.
Nos debíamos una conversación, como poco, dado que ahora yo era su empleada.
Me giré despacio hacia él. Hernán ya lo había hecho y tenía apoyada una mano en el hombro de Ilian. Este me miraba a mí.
—Hola —dije, levantando una mano.
Ilian arqueó una ceja, pero conteniendo una sonrisa.
—Hola —me correspondió.
—Nos estábamos riendo porque acabo de demostrarle a Eva, la que me ha caído genial y es mi nueva amiga, que en esta empresa no sois tan estirados, altivos, serios y rectos, como todo el mundo cree.
Me encogí de hombros.
Nadie más habló e incluso pude notar cómo Eva contenía la respiración. La miré de reojo y lo confirmé. Hernán nos observaba con mucha curiosidad, exactamente como Diego lo hizo con anterioridad.
Ellos dos conocían más a Ilian y, por lo visto, no estaban acostumbrados a ver ciertas actitudes de su jefe. Era toda una novedad para ambos.
—Ya veo —dijo Ilian, con un carraspeo—. También he visto cómo te los has ganado a ellos dos y a Diego.
Ladeó un poco la cabeza.
—¿Qué puedo decir? Soy increíble. Tengo un imán para la buena onda y las buenas personas —le dije, con un guiño.
Eva no salía de su asombro, por cómo le hablaba yo a su jefe.
Por mi parte me alegré y me sentí mucho mejor, al volver a ser yo. Comenzaba a reconocerme, aunque aún necesitaba sentirme más segura.
Esa seguridad llegaría cuando tuviera la conversación pendiente con Ilian.
—Voy a invitar a Dara a un café. Vamos a la cafetería de fuera. ¿Te apuntas? —le preguntó Hernán.
Contuve la respiración, evitando mirarlo porque él no había dejado de observarme a mí en ningún momento.
—Sí.
Fue una confirmación muy breve, para todo lo que significaba para mí. Sonó con mucha fuerza.
—Estupendo —dijo Hernán—. Puedes venirte con nosotros, Eva. ¿No? —se dirigió a Ilian.
—Claro. Sin problema —contestó él, dándole permiso.
—Gracias, señor Vera.
—Por favor, llámame Ilian. No es la primera vez que te lo digo.
—Lo siento. Es que me sale solo —sonrió ella, con timidez.
—La intimidas demasiado —le dije a Ilian.
—¿Perdona? —Arqueó las cejas.
—No, no… usted no ha hecho nada para que yo…
—¿Ves? —Señalé a Eva, con una sonrisa triunfal—. Ya ha vuelto a hablarte de usted —suspiré—. No sé cómo narices os mostráis los altos cargos a todo el mundo, pero está claro que no os ven como realmente sois.
Puse los ojos en blanco.
—¿Y tú lo sabes bien? —me preguntó Ilian.
Se cruzó de brazos.
A pesar de su posición, no estaba para nada a la defensiva ni contraatacando. Yo tenía claro que estaba divirtiéndose con la situación.
—Por lo visto, mucho más que los demás que trabajan aquí. Sí —sonreí.
—Yo… —dijo Eva.
—Tranquila —se dirigió a ella Hernán, sin perdernos de vista de reojo a Ilian y a mí—. Tanto el jefe como yo estamos muy relajados y tranquilos. Estás viendo que somos más accesibles de lo que pensabas.
—Sí. Vale —susurró Eva.
Ella le sonrió, roja como un tomate.
—Vamos ya a la cafetería —nos pidió Hernán.
Fue el primero en moverse. Comenzó a caminar hacia la salida y Eva se apresuró a coger lo que necesitaba. Después fue detrás de él, dejando su puesto de trabajo para ir a desayunar.
Ilian se movió el último, ya que esperó a que lo hiciera yo.
Nos mantuvimos callados, por el momento, pero hablaba por mí al decir que con su presencia no necesitaba nada más, ya que lo llenaba todo de una manera inexplicable y reconfortante.