Capítulo 24
Ilian
Desde que saqué la llave del contacto del coche no me había movido. Continuaba dentro del vehículo.
La melodía de mi móvil comenzó a sonar y eso fue lo que me hizo reaccionar. Lo saqué de un bolsillo de la chaqueta del traje y después descolgué la llamada de Zac.
Mi primo vino a pasar con nosotros los meses más fuertes de calor, julio y agosto, pero estábamos en septiembre y Zac no se planteaba todavía regresar.
El problema continuaba siendo su relación con Leo, o más bien la inexistente relación que había entre ellos.
Unos días atrás me dejó caer que estaba pensando en contratar una empresa de mudanzas, para que recogieran todas sus cosas del piso que había compartido con Leo.
Lo dijo con dolor, intentando disimular, pero estaba de acuerdo con que debía avanzar. Si lo que había entre ellos ya estaba perdido y ninguno de los dos quería esforzarse por arreglarlo, no tenía sentido que ambos siguieran esperando que el otro diera el paso definitivo.
Por mi primo seguía manteniéndome al margen, aunque no había sido nada fácil contener las ganas de ir a ver a Leo, para plantarme delante de él. Aunque todavía no había descartado esa posibilidad, solo estaba dejando el tiempo pasar, viendo cómo se desarrollaba todo.
—Hola —lo saludé.
—Hola —me correspondió, animado—. ¿Me necesitas hoy en la empresa?
Para que estuviera entretenido y se despejara de su trabajo, el que realizaba a distancia desde el portátil, le ofrecí que me ayudara en la empresa cuando le apeteciera. Al final decidió venir varios días a la semana. Hoy era uno de ellos.
Todavía no nos habíamos visto, yo me había ido de mi casa antes de que él se despertara.
—Ya sabes que no tienes la obligación de venir —le recordé—. ¿Qué tienes pensado hacer?
—Nada —me contestó y rio.
Arqueé una ceja.
—Así se vive bien —dije, negando con la cabeza.
—Quiero tomarme el día libre.
—Pues disfrútalo. Hace mucho que no te tomas un descanso y últimamente trabajas los fines de semana.
—¿Por qué no te apuntas y te unes a mí?
—Porque no puedo —le contesté, sonriendo.
Dirigí la mirada hacia el edificio de mi propiedad.
—Todavía no he entrado en la empresa, estoy dentro del coche. Tengo mucho que hacer y presiento que va a ser una mañana muy interesante.
—Joder, ¿qué haces en el coche todavía? ¿Qué hora es?
A la última pregunta respondió él mismo.
—Son pasadas las ocho y media. Es muy tarde para ti. ¿Te has dormido?
—Me he despertado a mi hora, como siempre. Lo que pasa es que he tenido un pequeño contratiempo al llegar, pero no ha sido nada… importante. —Volví a mirar hacia el edificio—. Iba hacia la empresa ya; sin embargo, aquí sigo porque me has llamado.
Abrí la puerta y salí. Más que nada porque comenzaba a asfixiarme dentro del coche, por el calor. En la calle, al menos, no se notaba tanto agobio al estar al aire libre. Era temprano todavía.
Comencé a caminar hacia el edificio.
—¿Qué contratiempo? —quiso saber.
—Uno con el que vas a flipar. Ya te lo contaré, ahora no puedo alargarme.
—Joder. ¿Estás bien?
—Estupendamente. Creo que mucho mejor que cuando salí de mi casa —sonreí de medio lado—. Te dejo. Voy camino de mi despacho, hablamos más tarde. Disfruta de tu día de no hacer nada, alguno de esos me apuntaré a la aventura.
Zac rio.
—Ya lo puedes decir, que para ti estar sin hacer nada es una aventura extrema. No te canses mucho e intenta no llegar tan tarde a casa. Aquí estaré, esperándote para que me expliques ese contratiempo y por qué suenas tan contento.
Solté una carcajada que mi primo no entendió, pero que a mí me sentó de maravilla. Colgué y me guardé el teléfono.
En cuanto entré en el edifico noté la mirada de Eva, la recepcionista. Al pasar cerca de ella asentí y me sonrió. Continué mi camino hacia el ascensor, sin pararme.
Ya le di los buenos días cuando llegué y la llamé para avisarla de lo del coche estacionado en mi plaza. Y la había visto más que cualquier otro día, a esta hora, con todo lo que había pasado.
Me monté solo en el ascensor y, al pulsar el número cuatro, el de la planta en la que estaban todos los despachos de los directivos, más el mío, me vino a la mente que Dara estaría en uno de ellos.
Todavía no me había hecho a la idea. Imposible, por lo reciente que era y lo sorprendente de la situación.
Mientras el ascensor subía, saqué el teléfono y marqué el número del director de Recursos Humanos, Hernán.
—Ilian. Buenos días —me saludó.
—Buenos días.
—¿Necesitas algo? —me preguntó, ante mi repentino silencio.
—Sí —contesté, pensativo—. Me gustaría saber por qué me dijiste que la persona que habías contratado era un hombre, para el cargo de director financiero y como respaldo para mí, para proporcionarme ayuda en el día a día y así, rebajarme el trabajo y la responsabilidad.
Resulta que me he enterado el último y por sorpresa, hace muy poco, de que se trata de una directora, una mujer.
—No puede ser —habló sorprendido—. Te dije que era una mujer y una muy bien cualificada para ambos puestos de trabajo. Elegí la mejor opción, no tuve ninguna duda al respecto. Y menos desde el momento que la entrevisté.
—No voy a entrar en discusiones de lo que me dijiste, pero te aseguro que me diste a entender que era un hombre.
—Imposible, Ilian. No me escucharías bien. El día que te lo conté estabas muy estresado, debería haber esperado a otro momento.
Las puertas del ascensor se abrieron, mientras yo negaba con la cabeza. Intenté recordar ese momento, el instante justo que Hernán me comunicó que había encontrado a la persona perfecta para el trabajo.
Confiaba plenamente en él, llevaba muchísimos años trabajando en mi empresa y lo consideraba un amigo. Por todo ello no le pedí que me diera datos. No me acordaba de lo que le dije, pero seguramente sería algo parecido a: muy bien, buen trabajo .
—Lo siento. Puede ser que estuviera tan estresado que no te prestara la atención necesaria y en mi cabeza se formó una idea errónea —le dije.
—No pasa nada. Eso significa que has conocido a Dara —confirmó—. ¿Hay algún problema con ella? Espero que no, porque tiene un currículum increíble y me pareció una mujer estupenda, muy profesional. Pero si no te gusta…
—Sí. He conocido a la nueva directora financiera. Bastante bien —le contesté, interrumpiéndolo.
Una sonrisa fue formándose en mis labios, mientras caminaba por el pasillo que llevaba a mi despacho.
—No hay ningún problema con Dara, todo está correcto —continué—. Te he llamado porque me ha sorprendido encontrarme con ella. No te imaginas cuánto. —Sacudí la cabeza—. Pásame su currículum y toda la información que tengas. Quiero echarle un vistazo a todo, antes de llamarla a mi despacho.
—Enseguida.
—Hablamos más tarde.
—Claro.
Colgué la llamada, cuando me paré frente a la puerta de un despacho que no era el mío. La puerta no tenía todavía una placa identificativa, pero en breve eso cambiaría.
Al final del día de hoy, la madera estaría decorada por esa placa en la que pondría: Directora financiera, Dara. Su apellido le seguiría a su nombre.
Me quedé unos segundos observando la puerta de su despacho, hasta que volví a moverme para ir al mío.
Antes de llegar ya me había llegado el correo de Hernán, con la información que le había pedido sobre Dara. Y antes de sentarme en mi silla, ya estaba leyendo su currículum.
—Puñetera coincidencia —susurré, cuando terminé.
No cabía duda de que Dara era una persona más que cualificada para el cargo de directora financiera e incluso para llevar todo mi trabajo, si así se lo proponía.
Su historial era intachable y la carta de recomendación de su jefe no daba margen a la duda.
Sobre todo, cuando leías la última parte de la carta en la que el exjefe de Dara, Miguel, dejaba claro que, si no era contratada, mejor para él y para su empresa, ya que eso significaría que volvería a tener el privilegio de tenerla de nuevo en su equipo.
Miré el informe que había adjunto y, cuando terminé, tenía claro que quería a Dara en mi empresa, independientemente de lo que pasara entre nosotros en el pasado. Hablaba como empresario y dueño.
Hernán tenía razón, en todo. Como era de esperar, porque como ya he comentado me fiaba de él y de su criterio. Plenamente.
Dejé el teléfono en la mesa y me giré con la silla, para quedarme mirando hacia la cristalera.
Solo había unos problemillas: el tirón que había sentido en mi interior al volver a verla y las ganas de acercarme a ella que había contenido. Lo había notado con tanta intensidad…
Al principio me costó reaccionar cuando me encontré con una mujer de pie en medio del carril del estacionamiento de la empresa, como mi coche y yo.
Me quedé muy bloqueado en ese instante, como si mi mente no procesara que era Dara la que estaba a unos metros de mí y que la conocía. Eso fue exactamente lo que sucedió, hasta que todo se puso en su sitio.
Ella tampoco supo qué hacer, tan sorprendida, descolocada y desconcertada como yo.
Salí de mis pensamientos y volví al despacho.
Apoyé el codo en el reposabrazos y la barbilla en varios dedos, con la vista perdida en el exterior de la cristalera.
El tema que cada vez cogía más fuerza en mi cabeza era, ¿esta nueva situación estallaría en algún momento o ambos seríamos capaces de sobrellevarla profesionalmente?
¿Yo quería realmente que sucediera la última opción, que ninguno de los dos nos desviáramos de lo profesional? O mejor aún, ¿yo iba a ser capaz de controlarme, después de las sensaciones que había sentido y de cómo me encontraba todavía, por el reencuentro?
Ni siquiera nos habíamos acercado al otro y yo ya estaba de esa manera.
—Mierda.
Con el poco tiempo que había pasado desde que no veía a Dara, y el mínimo rato que habíamos compartido desde la distancia, y casi sin hablarnos, yo ya estaba deseando volver a tenerla delante.
¿Cómo podía ser, con el tiempo que había pasado? ¿Qué tenía esa mujer que me afectaba de una manera que no alcanzaba a comprender? Desde el primer instante en el que la vi fue así.
No iba a aguantar una mierda, lo tenía claro. Y menos teniendo que verla a diario y muy cerca, ya que parte de su trabajo era estar conmigo, para delegarle ciertas cosas de mi trabajo.
Mandaba narices. ¿Cuántas probabilidades había para que Dara fuera la elegida por mi empresa y tuviera conocimientos más que suficientes para ocupar cargos de alto nivel ejecutivo? Todas las puñeteras posibilidades suyas y mías se habían unido.
Si lo hubiéramos sabido meses atrás, cuando ella estaba dentro de la barra, mirándome como si quisiera exterminarme del bar en el que trabajaba, y yo buscaba picarla, porque algo dentro de mí ya se había encendido, aunque no fuera consciente de ello…
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás, en el respaldo. Jodido.