¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 23
58%

Capítulo 23

—¿Podéis dejar de mirarme como si me hubieran salido dos cabezas, de repente? —les pedí a Eva y a Diego.

Nos paramos cuando llegamos a la recepción.

—Joder, es que no te puedes hacer una idea de lo increíble que es lo que ha pasado —dijo Eva, todavía sorprendida.

—Pues yo no veo nada raro. —Me crucé de brazos—. El hombre ha sido muy amable y ha tenido un bonito detalle ofreciéndome su plaza.

Miré de reojo hacia la entrada, controlando que Ilian no apareciera. En cuanto se asomara a lo lejos, yo saldría a la carrera. Estuviera con quien estuviera.

Aún me temblaba el cuerpo por lo que acababa de pasar, aunque aparentara estar fuerte y muy entera. Necesitaba mi tiempo a solas, con urgencia, y, a poder ser, encerrada en mi despacho. Con llave. Aunque si pudiera elegir me hubiera largado ya de aquí.

Tenía que recuperarme de la impresión.

—¿De qué conoces a Ilian? —me preguntó directamente Diego.

Eva se sorprendió.

—¿Cómo? ¿Conoces al jefe? —quiso saber ella.

La voz le salió aguda.

—Chicos, no soy de contar mi vida privada, pero todavía menos si eso implica a otra persona. Esto no quiere decir nada, simplemente que conozco a Ilian y a él le pertenece también estar presente. Y ahora mismo no estoy preparada para eso —reí—. Necesito reponerme del susto.

Bufé.

—Qué fuerte. El jefe te ha dejado que continúes en su plaza —dijo Eva, mirando hacia la entrada del edificio.

—Solo os puedo decir que sí, conozco a Ilian.

Me encogí de hombros y después continué hablando.

—Voy a mi despacho, a encerrarme en él y a tirar la llave. Podéis pasarme sobres de comida por debajo de la puerta.

Mientras hablaba caminé de espaldas.

Eva rio, mientras que Diego me siguió, sonriendo.

—Nos vemos para desayunar —me dijo Eva.

Asentí hacia ella, antes de darme la vuelta y caminar hacia delante. Fui directa al ascensor, con Diego a mi lado.

Lo miré de reojo. Él tenía la vista hacia el frente, pero su expresión era contenida.

Solté un suspiro.

—Suéltalo —le pedí.

—Voy a respetar tu decisión del silencio, pero…

Las puertas se abrieron y entramos junto a una persona más.

Diego pulsó el número cuatro y el hombre que nos acompañaba el dos. Comenzamos a subir.

—Pero ¿qué? —insistí.

—Pero sé que entre… —Se calló a tiempo, antes de meter la pata—. Sé que entre ese tío y tú ha habido algo. Y ese algo ha sido más que unas palabras. En cuanto os habéis visto, vuestra reacción ha sido muy evidente y clara.

Nos paramos en la segunda planta y le dijimos adiós al hombre. Este salió y nos quedamos solos.

—Créeme, conozco lo suficiente a Ilian como para saber cómo suele comportarse. Ahí fuera, en el estacionamiento, ha estado muy lejos de como suele actuar. Ha sido como si no se encontrara y de repente no supiera qué hacer. Y ya te digo que, hasta antes de que sucediera, eso era algo imposible.

—Su reacción no tiene nada de extraño —lo justifiqué—. Ha sido una sorpresa para ambos. No esperábamos vernos —dije de forma distraída, sin querer parecer que le daba importancia.

—Eso ha quedado claro. Tu reacción de sorpresa no la he visto, estabas a mi espalda, pero la de Ilian sí.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la cuarta planta, fui la primera en salir. Estaba agobiada.

—¿Estás huyendo de mí? —me preguntó Diego, con un tono de voz divertido.

—¿Lo has notado? Bien, porque era precisamente lo que pretendía.

Diego soltó una carcajada y yo puse los ojos en blanco.

—Tengo que extender el rumor de que en esta empresa la seriedad es muy selectiva —suspiré.

Él continuó riendo y a mí no me quedó más remedio que sonreír, al escucharlo.

—¿Puedes hacerme un favor? —le pregunté, al acceder al pasillo de los despachos.

—Claro. Dime.

—¿Sería mucho pedir si me traes un paquete de hojas, un bolígrafo, un lápiz y una goma? Es solo para empezar. Lo demás ya iré a buscarlo yo.

—Lo vas a tener bastante difícil para no coincidir con Ilian. Es la persona que hace más horas en esta empresa.

—Maravilloso —suspiré—. Pero no pretendo vivir escondida. No tengo motivos para ello. —Elevé las cejas—. Solo es ahora, porque necesito estar sola y no cruzarme con nadie.

—Anda, ve a tu despacho. Picaré tres veces a la puerta.

—Muchas gracias, Diego.

Negó con la cabeza, sonriéndome.

Nos separamos en direcciones opuestas y me apresuré para llegar a mi despacho. Frente a la puerta, la abrí y cerré casi de un portazo y con llave. Me sentí protegida y a salvo, por el momento.

Con la espalda apoyada en la puerta, cerré los ojos. Continué de esa manera, hasta que fui al sofá.

Me senté en él, mirando hacia la puerta. No quería ponerme cómoda porque Diego aparecería en cualquier momento. Tampoco quería dejarme llevar por el malestar que sentía, porque mi estrenado compañero me lo notaría.

Lo último que quería y necesitaba era tener encima a Diego, preguntándome si me encontraba bien o si necesitaba que me trajese algo.

Cuando sonaron los tres golpes en la puerta fui a abrirle a Diego. Entró y cerré, dejándonos aislados dentro.

Diego tuvo el detalle de no reírse, pero no pudo ocultar su gran sonrisa.

—A ver qué te parece esto, para empezar —me dijo—. Puedes cambiar lo que no te guste, sin problema.

—Gracias.

Me senté en mi silla y me acerqué a la mesa, para sacar de la bolsa de tela que había dejado encima, todo lo que me había traído.

Sonreí al ver un organizador de escritorio de color plateado y bastante amplio, un par de lapiceros, bolígrafos, lápices, goma de borrar, sacapuntas, varios blocs de notas adhesivas, unas tijeras, algunos fluorescentes, clips y pinzas de varios tamaños y formas, una grapadora, una calculadora grande, una alfombrilla para el ratón, dos paquetes de hojas, uno para la impresora y otro para lo que lo necesitara.

También me había traído una libreta grande y otra pequeña.

Lo último que saqué fue un soporte para el móvil.

Cuando lo tuve todo sobre la mesa, miré a Diego.

—Te ha cundido mucho —le dije, sonriendo.

—Sabía lo que coger.

—Ya veo. Me gusta todo. Gracias.

—Pues ahora me voy, que ya toca que comience a trabajar. Mi extensión es la cuatrocientos cuatro. Por si me necesitas para cubrirte.

Me hizo un guiño y reí.

—Aunque te adelanto que escapar o esconderte de Ilian no te servirá de nada. Siempre termina encontrando lo que busca.

—No, si me propongo que no lo haga —le dije convencida.

—Eso me gustaría verlo —rio.

—Hasta otro momento, Diego.

—Hasta pronto, Dara.

Lo acompañé a la puerta y, en cuanto me quedé sola de nuevo, cerré con llave y me relajé. Por fin.

Solté un suspiro, mientras me giraba hacia la mesa. La vista se me fue hacia la gran cristalera que hacía de pared.

Durante unos segundos la mirada se me perdió más allá del vidrio, hasta que reaccioné y volví junto a mi mesa de trabajo.

Comencé colocando hojas en la impresora y después dejé una buena cantidad de ellas en el segundo cajón. El resto las llevé al armario bajo que tenía en un lateral del despacho.

Ocupé de nuevo mi silla y me dediqué a organizar todo lo que Diego me había traído, muy amablemente, haciéndome un favor.

Mientras lo ponía todo a mi gusto, mi cabeza no paró de pensar en Ilian, en la gran casualidad que había unido otra vez nuestros caminos, y en todo lo que representaba la posición de él en esta empresa, y la mía.

Estaba completamente abocada al fracaso. Mi antiguo jefe aplaudiría de alegría si estuviera a mi lado.

Solté un suspiro y apoyé la espalda en el respaldo, observando lo bien que me había quedado la mesa.

Dirigí la vista al portátil, antes de acercarme a él. Levanté la tapa, lo encendí y, mientras arrancaba, busqué en la agenda la contraseña.

Después de teclearla y de activar el ordenador, lo primero que hice fue cambiar la contraseña. Puse una personal, muy acorde con la situación en la que estaba, y al terminar, accedí al video que explicaba el funcionamiento y manejo del programa informático.

Cuando este se cargó y comenzó, lo puse en pausa porque el móvil me vibró en el bolsillo del pantalón. Sonreí de oreja a oreja, al ver que Víctor me había escrito.

Víctor: Hola, preciosa. Todavía no he terminado la entrevista, pero aprovecho que el jefe y dueño de la empresa me ha dejado solo para decirte que ¡estoy dentro!

Joder, a los diez minutos de estar aquí ya me ha dicho que estoy contratado si continuaba interesándome, después de todo lo que me ha explicado.

Víctor: Al aceptar, me ha pedido si podía quedarme unas horas. Por supuesto, he aceptado. Quiere enseñarme bien la empresa, el funcionamiento, y mi despacho, ya que mañana se va de viaje para terminar unas negociaciones.

Víctor: Cuando yo me incorpore él no estará. No sabe cuánto tiempo le llevará regresar, así que me quedaré bien con todo hoy, para moverme con libertad en unos días. Por cierto, te estoy hablando de Samuel. Así se llama mi nuevo jefe y me ha caído genial. Por ahora no puedo estar más contento.

Víctor: Comienzo a mitad de semana. El miércoles, de ocho de la mañana a dos y media de la tarde. Ese será mi horario, de lunes a viernes.

Víctor: Joder, Dara. Aún no me lo creo. Parece que estoy viviendo un sueño.

Víctor: ¡Tengo un despacho! Ja, ja, ja…

Sonreí de oreja a oreja, muy feliz por mi amigo.

Dara: Me alegro tantísimo, Víctor. Joder, qué alegría más grande.

Ahora sí que vamos a celebrarlo esta tarde, te dejaré pedirme todas las cervezas que quieras.

Ja, ja, ja… Me vendrá bien por cómo me está yendo el día.

¡Quiero emborracharme! Y está claro que el helado será con muchas bolas.

Ja, ja, ja… El motivo de lo mío te lo cuento por la tarde.

En este momento no te escribo más, céntrate en tu nuevo trabajo. ¡Enhorabuena!

Salí de la aplicación de mensajes sin poder dejar de sonreír. Víctor me había arreglado la mañana, aunque fuera de manera provisional.