Capítulo 22
—No lo sabía y tampoco ponía nada. Me he asegurado de mirar bien, antes de dejar el coche —dije, sorprendida por tanto alboroto.
—En la plaza no pone nada —me informó Diego, siguiéndonos—. Era imposible que lo supieras.
—¿Entonces? —le pregunté.
—Entonces sucede que en esta empresa todo el mundo sabe cuál es la plaza de cada uno de los directivos, sobre todo, la del jefe ejecutivo. Ese es el motivo por el que nadie aparca —me explicó, divertido.
—Joder, tampoco se acaba el mundo —me quejé.
Bufé.
—Ay, Dara. No quieres que al jefe se le gire el día, te lo aseguro.
La miré sin terminar de creerme la que estaban montando por una puñetera plaza de aparcamiento. Como si a mí me importara una mierda el carácter del jefe , si se le giraba o no.
A ver, un poco sí que me importaba. Estaba claro, más que nada porque, aunque ya estaba contratada, él era el dueño de la empresa y podía echarme con un chasquido de dedos.
Eso sin contar con que, aparte de trabajar en el departamento financiero, tendría que estar muy cerca de él, dándole apoyo en su trabajo.
Supuestamente trabajaríamos muy cerca del otro, lo que no tenía claro si a ese hombre le gustaba. Por lo poco que sabía de él.
—Espera —le pedí a Eva.
Me paré y esta vez tiré yo de ella, frenándola conmigo.
—Tengo que coger la llave del coche —le dije.
—Joder, es verdad.
Puso los ojos en blanco.
Me soltó de la mano y yo me desvié, yendo hacia mi despacho. Diego y Eva se quedaron en el pasillo, esperándome.
Cuando tuve la llave, me la guardé en un bolsillo y salí dejando el despacho cerrado. Esa llave también me la metí en el pantalón.
—Ahora sí —les dije, al reunirme con ellos.
—Vamos rápido —me pidió Eva.
—Tranquilízate —le pedí yo.
Esquivé su mano, para que se relajara.
—Lo digo en serio —insistí, con un suspiro.
—No pasa nada —dijo Diego, poniéndose de mi parte.
—No quiero que el señor Vera comience mal el día —habló apurada Eva.
Puse los ojos en blanco, después de mirar de reojo a Diego.
Él parecía muy divertido con la situación y con los nervios de Eva, pero no dijo nada. Se mantuvo callado todo el rato.
Bajamos en el ascensor hasta la planta principal, para recorrerla y salir a la calle.
Conforme recorríamos el estacionamiento de la empresa y nos acercábamos a donde había dejado mi coche, comencé a sentir una sensación extraña en mi interior.
Al principio no supe lo que estaba viendo. Para mí fue una imagen cualquiera en la que había un coche parado en medio del carril y un hombre fuera del vehículo, apoyado en la puerta del conductor.
Hasta mis ojos capturaron bien lo que tenía delante, al acortar cada vez más la distancia. Aun así, porque no podía creerme hacia dónde había tirado mi mente, a pesar de todo, me dije que era imposible y que estaba equivocándome al verlo de perfil.
Comencé a caminar más despacio, por lo que Eva y Diego me adelantaron. Fue justo cuando me di cuenta de que tenía una visión perfecta y continuaba sin necesitar gafas.
Contuve la respiración, alucinada, después de reconocer al hombre vestido con un traje de chaqueta que le quedaba como si fuera su segunda piel. Como era de esperar, tratándose de él, parecía salido de un catálogo de moda y de elegancia.
Me paré del todo, de golpe. Mis pies perdieron la habilidad de moverse, ya que mi cabeza se quedó como paralizada.
Por increíble que me pareciera tenía delante de mí a Ilian, el hombre del breve fin de semana que pasó en el hotel de verano, junto a sus amigos. El mismo del que el último recuerdo que tenía era mirándome expuesta para él, tal y como me dejó después del sexo en la cabaña de mis amigas.
Noté como la cara me ardía por la vergüenza, al traer a mi memoria ese momento. A pesar de que no tenía por qué, ya que…
—Mierda —susurré, cerrando los ojos.
Ilian era el jefe ejecutivo de la empresa, por lo tanto, el dueño de ella. El mismo jefe con el que yo tenía que trabajar, dándole apoyo en su trabajo diario.
Tragué saliva, más nerviosa aún, porque no sabía cuál iba a ser su reacción cuando me viera. Y eso estaba a punto de suceder.
—Señor Vera —se dirigió a él Eva.
Ilian apartó la mirada de la pantalla de su teléfono, para levantar la cabeza y observar a su recepcionista.
—Ya lo he solucionado —continuó—. Ha sido un error. Es el primer día de trabajo para la dueña del coche y nadie la avisó de qué plazas no debía utilizar.
Eva estaba frente a él, por lo que Ilian miraba hacia delante. Diego estaba unos pasos por delante de mí. Por suerte me tapaba un poco, o quizá lo suficiente para darme más tiempo para recuperarme.
Cogí una bocanada de aire y cuadré mi posición para quedarme bien colocada a la espalda de Diego. Necesitaba alargar el tiempo, para reorganizar mis pensamientos.
Al menos pude moverme. Algo era algo. Ya había podido reaccionar, aunque no del todo como necesitaba.
—El primer día… —dijo Ilian. Sonó extrañado—. ¿En qué planta? Mi información no encaja con lo que me has dicho.
—En la suya, señor Vera. La dueña del coche es la directora financiera y un apoyo para usted, en su trabajo.
—Pensaba que era un hombre.
El comentario de Ilian me sorprendió. Me dejó con la boca abierta.
¿Quién mierda le había informado de mi incorporación? ¿Se había interesado siquiera en saber los detalles?
—Esto continúa fatal —susurré.
Debí hablar más alto de lo que pensé, sin darme cuenta, porque fue suficiente para que Diego me mirara por encima del hombro.
Me hizo un guiño y me lo tomé como algo tranquilizador. Después habló, mirando hacia delante, y dejé de respirar por unos segundos.
—Ilian —le dijo Diego, hablando por primera vez.
Se notó cierta complicidad, en la manera de dirigirse a él. Lo hizo con familiaridad.
—Por lo visto ha habido más de un malentendido. —Caminó hacia él—. Tú pensabas que la nueva incorporación era un hombre, cuando en realidad, es una mujer. Y ella no tenía ni idea de que esta era tu plaza para estacionar. Podía haber elegido cualquier otra, ha sido al azar.
Agradecí la explicación de Diego porque me allanaba el camino, pero no necesitaba que me defendiera de nada ni de nadie. De todos modos, me mantuve callada.
—¿Me ves preocupado? ¿Alterado?
—No —le contestó riendo Diego—. Solo estaba aclarándote lo que ha pasado, uniéndolo a lo que te ha dicho Eva.
Y pasó. Sucedió de golpe y sin que yo estuviera todavía preparada.
Ilian miraba hacia Diego, y Diego estaba en la misma dirección que yo. Él me tapaba, pero no lo suficiente porque Ilian se dio cuenta de mi presencia.
Miró por encima del hombro de Diego y me localizó a unos metros de distancia. Diego se dio cuenta y le facilitó la visión, apartándose.
Ilian y yo nos quedamos mirándonos sin ningún obstáculo entre nosotros. La tensión de mi cuerpo no podía ser mayor.
En un principio no reaccionó. Se quedó observándome serio, sin relacionar lo que estaba viendo, hasta que lentamente fue haciéndolo.
Sus ojos fueron abriéndose cada vez más, cuando se dio cuenta de a quién estaba mirando.
Durante unos largos segundos, quizá minutos, no hicimos otra cosa que observarnos fijamente.
Yo me empapé de lo guapísimo que estaba, de lo bien que le quedaba el traje a su cuerpo y la cara tan perfecta que tenía, con el pelo colocado de una manera que parecía un poco despeinado, cuando en realidad no había ni un mechón fuera de lugar.
Aproveché porque dudaba que pudiera mirarlo de la misma manera, en cuanto este momento terminara.
Es tu jefe, por Dios , gritó una voz en mi cabeza. Una voz que acallé diciéndole que no era nadie para meterse en lo que no le incumbía.
El único que podía estropearme este momento era Ilian.
Notaba las miradas de Diego y Eva, aunque no tenía ni idea de qué cara tenían, al vernos a Ilian y a mí. A saber, cómo se veía desde fuera la situación.
—Dara… —dijo casi en un susurro.
Se impulsó del coche, separándose de él, y se giró por completo hacia mí.
—Hola —imité su tono de voz.
—Sí. Ella es la propietaria del coche —habló Eva, para ayudarme—. Enseguida lo quita.
—Claro —reaccioné.
Comencé a caminar rápido hacia mi coche, pero las siguientes palabras de Ilian me frenaron de golpe.
—No hace falta —dijo con voz firme y alta—. Por esta vez lo dejamos estar.
—¿Está seguro, señor Vera? —insistió Eva—. A Dara no le cuesta nada cambiar el coche de plaza.
—Ni a mí buscar otra. Como he dicho, no hay problema —insistió.
Terminó con un carraspeo, apoyando una mano en el techo de su coche.
Durante la breve conversación con Eva, Ilian no apartó la vista de mí, y así continuó durante un tiempo más.
Hasta que abrió la puerta de su coche y se metió dentro, ocupando el asiento del conductor. Desde él, miró en mi dirección, otra vez, como si todavía no se creyera que yo estuviera presente, compartiendo el mismo sitio.
Y más que íbamos a compartir, si no me despedía.
Respiré profundo cuando se fue, acelerando despacio. Lo seguí con la vista unos metros, pero enseguida dirigí la atención hacia Eva y Diego.
—Estoy flipando —dijo ella.
Diego estaba muy atento a mí, dejando ver su curiosidad. Por lo visto era mucha.