Capítulo 21
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la cuarta planta, lo primero que me encontré fue el rellano vacío y a unos metros de distancia, la entrada a la planta. Esta estaba separada por una puerta.
Iba sola en el ascensor, por lo que no tuve que despedirme de nadie.
Salí de él, haciendo sonar enseguida los tacones con cada pisada, yendo hacia la puerta de la planta.
Tiré de ella y accedí.
Cada planta del edificio era diferente. Esta, en la que se concentraban todos los directivos de los departamentos y el director ejecutivo, se distribuía en una gran sala que te encontraba nada más entrar, en los despachos que daban al exterior y ocupaban una buena parte del espacio, en dos salas de reuniones y en una sala especial en la que se guardaba información confidencial y a la que pocas personas tenían acceso.
Según me dijo Hernán, el director de Recursos Humanos que me hizo el recorrido por toda la empresa, enseñándomela, a esa sala solo accedía el director ejecutivo y sus personas más allegadas y de confianza, dentro de la empresa.
Lo que se resumía a que en total tenían acceso él y dos personas más. Se acabó.
Si sabías a qué se dedicaba la empresa podías hacerte una buena idea de qué tipo de información confidencial se guardaba aquí. Lógico y normal.
Recorrí la sala principal y solitaria, mientras mis tacones seguían sonando en el silencio que había. Muy discreta no podía decir que era.
Al llegar al pasillo en el que estaban todos los despachos, seguí mi camino sin fijarme en la puerta de ninguno. Sabía dónde estaba el mío, ya que fue el segundo sitio que me enseñó Hernan. El primero fue su despacho.
Cuando me quedaban pocos metros para llegar, saqué la llave del bolso. Abrí y sonreí, al encontrármelo tal y como lo vi días atrás.
Cerré la puerta tras de mí, con la espalda apoyada en ella, y solté un suspiro, mientras recorría con la vista el espacio.
En mi anterior empresa también tenía un despacho, pero no era comparable a este. En el que me encontraba era muy espacioso. Tenía un sofá de tres plazas en un lateral, con una mesa ovalada enfrente y a los lados dos sillones.
En el lado opuesto había dos muebles rectangulares, pero uno alto y otro bajo alargado. En una parte del alargado había una cafetera y todo lo necesario para prepararse cafés.
Me dirigí hacia allí y comencé a abrir las puertas del armario bajo. El interior estaba vacío. Lo que buscaba lo encontré al final del armario, rozando el alargado. Escondida había una nevera en la que había varios tipos de leches, en envases individuales.
Abrí las puertas del armario alto y dejé el bolso dentro, después de sacar el móvil.
En el centro del despacho se encontraba la gran mesa rectangular en la que pasaría muchas horas de trabajo. Cuando llegué junto a ella acaricié la superficie de madera con la yema de los dedos. Hasta la mesa lucía distinta, tenía un brillo especial.
Miré hacia la pequeña parte de la fachada acristalada que protegía mi despacho del exterior. Me dirigí hacia ella y me paré a un paso, para observar lo que había al otro lado, sin entrar en pánico.
El despacho tenía mucha luz gracias a la pared de cristal y daba una sensación de infinito increíble. Los días de lluvia debía ser una pasada observar cómo el agua impactaba en las cristaleras, como si tuvieras el agua al alcance.
Solté un suspiro y regresé a la mesa. Las ruedas de la silla se deslizaron con mucha facilidad, cuando ligeramente la toqué.
Me senté en ella y apoyé la cabeza en el respaldo, con la vista fija en la puerta. Aún no me creía la suerte que tuve cuando me llegó la oportunidad de este puesto de trabajo.
Iba a trabajar de directora financiera y dándole apoyo constante al jefe ejecutivo. Yo no solo podía trabajar en este puesto, sino que estaba más que capacitada para centrarme en otros. De ahí que me eligieran a mí.
Por lo que pude interpretar de todo lo que me contaron Hernán y Diego, ambos directores de sus áreas, el jefe ejecutivo era una de esas personas a las que les gustaba centralizar todo el trabajo más importante en él mismo. No delegaba, por lo que su ritmo era de locura.
También supe por Diego y Hernán que la simple posibilidad de ocupar mi puesto ni siquiera la contemplaba el jefe ejecutivo.
Hernán y Diego estaban más que sorprendidos porque mi presencia aquí era un hecho, de lo que se alegraban.
Esto último también lo tuve claro, porque noté enseguida el respeto, la admiración y el cariño que sentían por el jefe ejecutivo.
No sabía nada de este último. Diego me dijo que era mejor que lo conociera en persona, antes de hablarme de él. Anteriormente, Hernán ni siquiera sacó el tema y yo no pregunté.
Sinceramente, me era indiferente quién fuera el director ejecutivo, o lo que era lo mismo, el dueño de la empresa. Yo, mientras mantuviéramos el respeto por ambas partes y fuéramos correctos, tenía más que suficiente para ser feliz haciendo mi trabajo.
Miguel, mi antiguo jefe, estaba deseando que me fuera mal aquí. No penséis lo que no es. Se alegró mucho cuando le dije el cambio que iba a dar a nivel profesional, ya que era crecer para mí. Me apoyó en todo momento, pero eso no quitaba que no le gustara.
Por ese motivo, porque me quería con él, me había insistido varias veces en que, si algo iba mal, no dudara en ir a él, porque en su empresa siempre habría un trabajo acorde a mí. Así tuviera que crearlo.
Esas palabras me emocionaron, tanto que terminé llorando cada vez que me las dijo. Lo que le eché en cara, como un chantaje emocional. Después llegaban las risas.
Varios golpes en la puerta me hicieron abrir los ojos, los que en algún momento se me cerraron.
—Adelante —dije por primera vez, en esta nueva etapa.
Diego, el director de Marketing , apareció sonriente al abrir.
—Buenos días, Dara.
—Buenos días, Diego.
—Te sienta genial estar al otro lado de la mesa —comentó, al pararse a unos pasos—. ¿Te hago una foto?
Solté una carcajada, pero sí, acepté su ofrecimiento.
Cogí el móvil de la mesa, lo desbloqueé y entré en la aplicación de la cámara. Se lo entregué preparado.
—No sé por qué os ven serios y aburridos. Ahora has sido muy divertido —le dije.
—¿En serio nos ven así? ¿A quiénes? —se sorprendió.
—En realidad, a todos los que trabajáis aquí —le contesté, divertida—. Me han dicho que sois muy serios y rectos, que no sonreís ni con un chiste.
Apreté los labios, conteniéndome.
—En todos los años que llevo en esta empresa, y son muchos, nunca me han contado un chiste. ¿Cómo se puede opinar así?
Reí de nuevo.
—No es malo ser serios y rectos, siempre y cuando se enfoque en la profesionalidad. Eso está genial, aunque las sonrisas, la simpatía y la alegría siempre vienen bien y son un extra añadido. Más de uno debería incluirlas en su día a día.
—Creo que voy a aprender mucho contigo —sonrió de medio lado.
Yo imité su gesto, encantada por lo fácil que me lo estaba poniendo.
—Yo también. No tengo ninguna duda al respecto. Ambos aprenderemos del otro.
Asintió.
—En el primer cajón te dejé una agenda nueva. Al final tienes toda la información de interés.
Abrí el cajón y la saqué, para comprobar lo que acababa de decir.
Vi muchos números de extensiones y al lado el nombre de la persona a la que correspondían. Localicé a Eva, la recepcionista. No fue un gran logro, ya que estaba entre las primeras.
Al pasar las hojas me encontré con la contraseña del portátil.
—La primera vez que accedas a él debes cambiarla y no dejarla escrita en ningún lado —me dijo y asentí.
—Correcto —le confirmé.
—El programa interno es muy intuitivo. Igualmente, te he dejado en la pantalla de escritorio un video que explica muy bien los pasos básicos, para moverte por él.
En poco tiempo lo tendrás dominado, no me cabe duda.
Aun así, si necesitas alguna aclaración o te surge algún problema, solo tienes que pedirme ayuda y te la prestaré encantado.
—Gracias por todo —sonreí.
—No hay de qué. Tengo que quitarte la idea que te has hecho sobre mí —me dijo, con un guiño.
—Créeme, desde que has empezado a hablar no creo que tenga delante a un hombre serio, distante y recto —reí—. Otra cosa es que te escondas muy bien en el trabajo.
—Me gusta mantener las distancias —me confirmó lo que ya había intuido yo.
—Entiendo —le dije, para no continuar con el tema.
—Ven —me pidió que lo acompañara y añadió un gesto de la mano, para que me levantara—. Voy a llevarte a la pequeña sala en la que guardamos todo el material de oficina.
—Vale —le dije, incorporándome.
Me metí el móvil en un bolsillo del pantalón.
—En esa sala encontrarás todo lo que necesitas para tu mesa de escritorio y para trabajar.
—Estupendo.
Salimos de mi despacho y lo seguí hacia la sala que me había comentado.
Cuando estábamos a punto de entrar, en el momento en el que Diego tenía la mano en el pomo para girarlo, la voz de Eva a nuestra espalda, la recepcionista, nos sorprendió a ambos.
—¡Dara!
—¿Qué? —le pregunté, una vez me giré hacia ella.
—Perdona —se disculpó, con una mano en el pecho.
Se quedó en silencio unos segundos, para recuperar la respiración. Fruncí el ceño, al ver como estaba.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —le pregunté.
—¿Tu coche es de color rojo fresa, tirando a frambuesa?
Arqueé una ceja.
—¿En serio? ¿Ese tono existe? ¿Cómo encuentras la diferencia entre la fresa y la frambuesa? —le pregunté, antes de reírme.
Diego nos observaba sonriendo, contenido.
—¡Por supuesto que existe! —jadeó, sorprendida—. Ya hablaremos en otro momento de eso.
Para tener más información, le dije la marca de mi coche y el modelo, cuando me lo preguntó.
—Tenemos un problema. Has aparcado en la plaza del director ejecutivo.
Agrandó los ojos y me agarró de una mano, para tirar de mí cuando comenzó a caminar.