¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 20
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Capítulo 20

Quité la llave del contacto, una vez que estacioné en una plaza de aparcamiento. Había muchas libres, por lo que elegí al azar.

Mi móvil comenzó a sonar dentro del bolso y lo busqué con prisa, antes de que se cortara la llamada.

En cuanto lo tuve en la mano sonreí, al ver el nombre de Víctor en la pantalla.

—Hola, guapo —lo saludé, al descolgar.

Salí del coche, lo cerré con el mando y comencé a caminar hacia la entrada del edificio.

—Hola, preciosa. ¿Cómo se presenta la semana?

—La mía cansada, aburrida y desoladora —le contesté echando mano al humor. Después reí—. El que tienes que ponerme al día eres tú, dentro de una hora. ¿Estás nervioso?

Víctor por fin dejó su trabajo. Lo hizo en cuanto entramos en septiembre, tal y como me adelantó.

Durante el verano también cumplió su palabra y vino a pasar un fin de semana al hotel en el que trabajábamos Álvaro y yo. Fue el último que estuvieron Fani y Estela.

Nos lo pasamos genial todos juntos, compartiendo momentos, risas y silencios. A Víctor esos dos días y medio, porque llegó el viernes a primera hora de la tarde y se fue el domingo, rozando la noche, le sentaron de maravilla.

Lo disfrutamos a tope y él se fue con las energías cargadas.

Le había preguntado si estaba nervioso porque en una hora tenía su primera entrevista de trabajo. Yo tenía toda la esperanza puesta en ese puesto de trabajo. Era el ideal para mi amigo y sabía que le hacía mucha ilusión la posibilidad de entrar en una empresa como la que se había interesado por él.

Todo apuntaba a que desde hoy tendría un trabajo de nuevo. Yo lo sentía así, era como un pálpito.

¿Cómo no pensarlo, cuando había sido la empresa la que se había puesto en contacto con Víctor? No hacía falta más para saber lo que iba a suceder y cómo terminaría la mañana.

—Estoy nervioso, sí —me confirmó y sonreí—. Pero presiento que me va a salir bien.

—Claro que sí, yo también. Ya lo verás.

—En cuanto termine la reunión y esté fuera, te cuento cómo me ha ido. Ya lo verás cuando tengas un momento libre.

—Vale —dije animada.

Me paré frente a la fachada impresionante del edificio al que estaba a punto de entrar. Levanté la cabeza para observarla bien.

—Pero tú sí tienes y tendrás que contarme algo importante —me dijo—. ¿Te olvidas de que hoy es el comienzo de una nueva etapa para ti?

Sonreí.

—La diferencia es que yo no estoy nerviosa —reí.

—Cómo te envidio en algunos momentos.

Bufó y terminamos ambos riendo.

—No tienes por qué. Nuestras situaciones son diferentes, yo ya he pasado por lo que pasarás tú en breve.

—En eso tienes razón.

—Hoy es mi primer día y ya conozco a algunos compañeros. No me preocupa lo que me encuentre. Es más, estoy deseando empezar para volver a estar activa.

—¿No te has arrepentido del cambio? —quiso saber.

Volví a moverme, caminando directa hacia la entrada del edificio.

Para entrar había una escalera central y rampas a los laterales. Subí los escalones y la corredera automática se deslizó, dándome paso al interior del edificio.

—Me costó decidirme —le dije a Víctor, como respuesta—. Estaba bien en mi trabajo anterior y el ambiente era inmejorable, con mis compañeros y con mi jefe. Pero no podía rechazar esta oportunidad. Era dar un paso más, un salto a nivel profesional.

—Es normal que no dudaras en aceptar. Vas a tener un cargo importante, de mucha responsabilidad.

Trabajarás en lo que te gusta y continuarás haciéndolo para lo que estudiaste.

El horario es una pasada, hasta el mediodía, y el sueldo ya lo quisiera yo para mí —rio y sonreí—.

Por muy bien que pague la empresa en la que haré la entrevista, no llegará ni a un mínimo de tu sueldo.

—Eso no lo sabes. ¿Y si te ponen unas condiciones especiales? Desde el principio, cuando te llamaron, no tuvimos claro el salario. A saber, lo mismo te llevas una gran sorpresa.

—Ojalá —suspiró—. Entonces sí que sería el trabajo ideal completo.

—Te dejo, guapo. Ya estoy dentro, voy a subir a mi planta.

—Vale, preciosa. Que vaya genial la primera toma de contacto.

—Lo mismo te digo. Olvídate de los nervios. Contrólalos. La entrevista te va a salir rodada y la próxima vez que hablemos me dirás que tienes trabajo. Lo vales, Víctor. Confía en tus conocimientos y en tu trayectoria. Hablamos luego.

—Gracias, Dara. Esta tarde tenemos que quedar para celebrarlo. Da igual como salga lo mío.

—¿Un Helado?

—¡Qué atrevida! —exclamó.

Soltamos una carcajada.

—¡Vas fuerte! ¿Eh?

—Bueno, acepto una cerveza y después el helado —rectifiqué, sonriendo.

—Hecho. Varias cervezas y el helado.

—Ya vas subiendo —le dije con diversión.

—Contigo se me sube todo a la fuerza —comentó en broma.

—Eres muy tonto —dije y volvimos a reírnos.

Hacía meses, desde antes de que me fuera en verano al hotel para trabajar, que Víctor y yo no intimábamos.

No nos habíamos acostado desde entonces y ni falta que nos había hecho. El sexo se había quedado olvidado entre nosotros, como en un segundo plano, o tercero, o cuarto… daba por hecho que él tampoco pensaba en ello.

Ni siquiera nos acostamos el fin de semana que vino a pasarlo al hotel. Esos breves días los aprovechamos al máximo con Álvaro, Fani y Estela.

Estábamos de maravilla con la nueva normalidad que habíamos creado, disfrutando únicamente de nuestra amistad y de todos los buenos momentos que compartíamos. Solos o con nuestros amigos.

Cada vez era más habitual que quedáramos. Ya no pasábamos largas semanas sin vernos.

—Ahora sí que te dejo. ¡Eres muy pesado! Los nervios no te sientan bien —le dije, entre risas.

—¿Yo? Tendrás valor…

—¡Si has sido tú el que me ha tentado con el helado!

—Ni hablar. Esa has sido tú, yo he tirado directamente hacia las cervezas.

—Es verdad.

Reímos.

—Hablamos dentro de unas horas y ya quedamos para la tarde.

—Hecho. Muchísima suerte, aunque no la vas a necesitar —le dije, sonriendo.

Colgué después de la despedida. Guardé el móvil en el bolso, respiré profundo, y volví a caminar.

Me había parado a unos pasos de la entrada.

Me dirigí hacia la recepción, para presentarme. Iba a trabajar en este edificio, a pasar muchas horas aquí, por lo que entraría y saldría en varias ocasiones. Al inicio de la jornada laboral, entre medio y al final.

Por lo tanto, quería tener un primer acercamiento con la recepcionista.

El primer día que vine a la entrevista y el posterior, cuando Hernán, el director de Recursos Humanos, me acompañó por toda la empresa para enseñármela y después me dejó un rato con Diego, el director de Marketing , ese día, la recepción estaba vacía y no vi a la chica hacia la que me dirigía.

—Hola —la saludé, parándome frente al mostrador.

—Hola. Buenos días —me devolvió el saludo, sonriente—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Me llamo Dara y hoy es mi primer día de trabajo —me presenté, ofreciéndole una mano.

—Vaya. Encantada, Dara —dijo, aceptando mi gesto.

Se levantó de la silla.

—Gracias —sonreí—. Mi despacho está en la cuarta planta.

—Mmm… donde están todos los directivos y el jefe.

—Sí —reí.

—Yo soy Eva.

—Encantada —la imité.

—¿Qué puesto ocupas?

—Directora financiera, aparte de darle soporte al director ejecutivo.

—Vaya… Enhorabuena. De por sí no es fácil optar a un puesto en esta empresa y si es para un cargo tan importante… debes ser muy buena.

—Gracias, pero no es para tanto —reí nerviosa—. Lo mismo digo de ti, estás dentro.

Le hice un guiño y sonrió de oreja a oreja.

—Me gustas. Eres muy cercana.

—¿Y eso es raro aquí? —pregunté con curiosidad.

—Es una empresa muy seria y recta. ¿Entiendes?

Arqueé una ceja.

—Lo normal es que los demás no traten como tú. Vas a ser una excepción muy clara, destacable. Espero que no te corten las alas y te hagan actuar como el resto —suspiró—. Sería una pena.

—¿Cortarme las alas a mí? No hay en este mundo nadie que se atreva siquiera —reí—. Tú también me gustas. Me has caído muy bien.

—Pues ya tienes con quien ir a desayunar o a quien llamar, cuando necesites desahogarte por algo —me dijo.

—Perfecto. Me encanta. —Asentí—. Una cosita…

—Dime.

—¿Qué has querido decir que esperas que no me hagan actuar como al resto? ¿Es que acaso hay alguna imposición en esta empresa?

—No, no… —movió las manos entre nosotras—. Ha sido una manera de hablar para decir que todo se contagia.

—Ah, vale —sonreí—. No te preocupes, eso no va a suceder. Más bien seré la que los vuelva locos a todos, por lo que me has contado.

Le hice un guiño y ella soltó una risilla.

—Te dejo, voy a subir. Diego, el director de Marketing , debe estar pendiente de que llegue. Quedamos así el último día que nos vimos.

—Diego es muy amable.

—Lo sé. Al menos por lo poco que me ha dejado ver de él. A partir de hoy tendré tiempo de sobra para conocerlo bien.

—Te espero a las diez y media aquí. Es la hora del descanso. En el edificio hay una cafetería, pero a mí me gusta ir a la que está en esta misma calle, hacia arriba. Me viene bien que me dé el aire.

—Opino lo mismo. No quiero quedarme encerrada en el edificio. Nos vemos a las diez y media.

Le dije adiós con una mano y con una gran sonrisa, y me dirigí hacia los ascensores.

Me paré frente a las puertas y cuando se abrieron las de uno, entré, una vez salieron las tres personas que lo ocupaban.