¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 12
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Capítulo 12

Ilian

—Pues parece que se ha quedado buena noche, ¿no? —preguntó Nico.

—Ya hacía buena noche antes —comentó Zac—. Pero entiendo por qué lo dices. Opino lo mismo. Se ha quedado muy buena noche.

—Definitivamente ha mejorado muchísimo —añadió Joel, con un carraspeo.

No aparté la mirada de mis amigos y de mi primo, con los labios rozando el borde de mi copa.

Bebí un sorbo de vino y dejé la copa en la mesa, despacio, mientras ellos me observaban con expresiones divertidas.

¿El motivo? La camarera que nos había atendido esta mañana había aparecido en el bar y acababa de sentarse a una mesa con sus amigos. En esta ocasión ella había elegido una alejada de la nuestra.

Bueno, el que yo había conocido desde el principio como su compañero, el que siempre estaba muy cerca de ella, no tenía ni idea de si era amigo o qué. Podía ocupar otro lugar en la vida de ella, aunque no me paré mucho en esa posibilidad. La pasé de largo.

Cuando horas atrás, Nico, Joel y Zac, me preguntaron en este mismo lugar sobre lo que pasó con la camarera, les respondí contándoles el pequeño intercambio de palabras que tuvimos en la barra, nada más llegar yo.

Posterior a eso sucedió lo que ellos presenciaron, lo de la carta, cuando me adelanté a cogerla de la mano de la camarera y hubo un instante de tensión. Más las miraditas con ella, hasta que nos fuimos de este bar.

Con eso los había tenido entretenidos el resto del día, entre bromas y comentarios con los que pretendían hacerme saltar. Todavía no lo habían conseguido y continuaría siendo así.

El remate había sido el momento de la playa, a última hora de la tarde.

Estábamos tomándonos unas cervezas en el porche de la cabaña, cuando Zac propuso darnos un baño en el mar. Nos pareció genial la idea para terminar el día y no tuvimos que movernos mucho para llegar.

El tema fue que también observaron los tres cómo me paré al salir del agua, entonces solo tuvieron que seguir la dirección en la que yo miraba.

Allí estaba la camarera, la que los cuatro reconocimos. Aunque parecía una huésped más del hotel, al estar tumbada en una tumbona con un bikini que le quedaba espectacular. Y eso que no pude verla de cerca…

Fue ella la primera en apartar la mirada, mientras yo continué atento durante un rato más. Mis amigos llevaban riéndose de mí desde ese instante, aunque no lo hacían directamente, sino utilizando comentarios para provocarme.

Se cansarían, porque yo tenía claro que no iba a entrar en el juego.

—Ahora que tenéis claro que hace buena noche y que estáis muy satisfechos con ello, vamos a pedir la cena —les dije.

Soltaron una carcajada, mientras que mis labios se curvaban hacia un lado.

—Joder, ¡si hasta te has vuelto divertido! —exclamó Nico.

—No me toques las narices, amigo —le advertí.

—Mi primo es divertido desde siempre, pero se hace el misterioso y el inalcanzable porque lo oculta bajo capas de indiferencia, seriedad y control.

—No sé si darte las gracias o no, Zac —le dije, con una ceja arqueada.

Volvieron a reír.

—Ha sido una defensa increíble —comentó.

—Si tú lo dices… —Negué con la cabeza.

—Pues claro que…

Zac se quedó callado de golpe, cuando la pantalla de su móvil se iluminó sobre la mesa.

Después de ver el nombre de Leo, busqué la mirada de mi primo. Él no me la devolvió, mantuvo la suya fija en la pantalla.

—¿No lo vas a coger? —le preguntó Joel, con mucho tacto.

—No —contestó Zac, tajante.

—¿Estás seguro? —insistió Nico.

—Él lleva ignorándome desde un poco antes de irme de allí. —Negó con la cabeza—. Ahora al que no le apetece escuchar lo que tenga que decirme es a mí.

—Zac… —lo llamé.

—No intentes convencerme —me pidió, encontrándose con mi mirada.

—Solo quiero que medites bien los pasos que das, para que no tengas nada de lo que arrepentirte —le dije.

Apoyé los brazos en la mesa, sin apartar la vista de él.

—Entiendo que estés cabreado, pero a lo mejor lo que necesitas es tener una buena conversación con Leo.

—¿Te crees que eso es lo que va a pasar si descuelgo?

El tono de voz que utilizó no me gustó. Ese no era mi primo.

—No tengo ni puñetera idea de lo que puede pasar, a no ser que me dejes descolgar a mí.

Lo reté, en todos los sentidos, incluso con la forma en la que mi observación y mi postura cambiaron.

—No, Ilian —susurró.

Miró de nuevo la pantalla. La llamada se había cortado, pero volvió a entrarle otra de Leo.

A Zac le salió una mezcla de suspiro y bufido, antes de pasarse las manos por la cara.

—Ve a hablar fuera de aquí —le pedí—. Cuando vengan a atendernos pedimos lo que has dicho que quieres cenar. No tengas prisa.

Hizo una mueca, pero terminó asintiendo.

—Ánimo, tío —le dijo Nico—. Si nos necesitas solo tienes que llamarnos.

—¿Y qué vais a hacer? —le preguntó Zac, con una pizca de diversión y mucha tristeza—. Leo no está aquí.

—¿Y? —intervino Joel—. Igualmente, podemos partirle la cara por el teléfono. Te aseguro que tenemos maneras de dejarlo noqueado.

—Exacto —confirmó Nico, con una sonrisa de medio lado—. Además, no te olvides de que tienes a tu lado a uno de los pocos hombres que es muy difícil vencer: tu primo.

Terminó con un guiño y Zac me miró.

Asentí hacia él, antes de señalarle su teléfono. Había dejado de sonar otra vez, pero sabía que no tardaría en entrarle otra llamada.

Mi intuición con Leo continuaba siendo buena, porque no estaba dándose por vencido con mi primo.

El problema era lo que sucedería una vez Zac descolgara.

Mi primo sentía demasiada rabia e impotencia como para poder mantener una conversación tranquila. Y, por otro lado, esperaba que la intención de Leo con su insistencia no fuera para algo que le doliera más a mi primo.

Mantenía la esperanza y confiaba en Leo, por lo que lo conocía.

Quise pensar que él se mantendría firme y tranquilo en la conversación, que la dirigiría y la reconduciría si era necesario, para llevar a mi primo por el camino correcto.

Zac se levantó de la silla, con el móvil en una mano, y se alejó de nosotros. Lo seguimos con la mirada, viendo cómo accedía a la pasarela y se apartaba bastante del bar.

Se quedó en un sitio en el que podíamos verlo.

—Qué mierda —dijo Nico.

—Sí —estuvo de acuerdo Joel—. Lo está pasando muy mal.

—Lo sé —comenté, cuando ambos me miraron—. Es algo por lo que tiene que pasar él solo. Nosotros lo único que podemos hacer es darle nuestro apoyo y cariño, estar ahí siempre.

—Joder, tío. Me tienes asombrado —me habló Nico.

—¿Por qué? —le pregunté, con una ceja arqueada.

—¿Por qué? Estás muy calmado, demasiado. Das hasta miedo.

Soltó una carcajada, mientras que Joel sonrió de oreja a oreja.

—Zac me ha pedido que no me meta y es lo que estoy haciendo. Por ahora.

—No te reconozco. —Negó Nico.

—Ni yo —habló con diversión Joel—. Y menos con algo que le afecta tanto a tu primo, de manera negativa. Siempre has sido muy protector con él.

—Y con nosotros —añadió Nico.

Joel asintió.

—No he cambiado. Solo estoy conteniéndome.

Me encogí de hombros.

Miré hacia donde estaba Zac y apreté la mandíbula, al verlo mover una mano al aire demasiado rápido. Estaba dando pasos de un lado al otro de la pasarela.

—Vamos a tener que emborracharlo. No pinta nada bien —comentó Nico, también atento a la situación.

—No te preocupes por él, déjanoslo a nosotros —me pidió Joel—. Tú encárgate del bellezón de la camarera, la que, por cierto, ha mirado varias veces hacia nuestra mesa.

Me hizo un guiño.

—Sus dos amigas también son unas bellezas —añadió Nico.

—Lo sé, pero nuestro amigo seguro que ni las ha visto —rio Joel.

—Tengo ojos en la cara —intervine.

—¿Eso qué quiere decir? ¿Qué esta noche no te importa terminar con alguna de las amigas de la camarera? De ella y de su otra amiga podemos encargarnos Joel y yo.

—Podéis hacer lo que os venga en gana —les dije.

Cogí la copa y vacié el contenido en mi garganta, de golpe.

—Pero… —continué hablando, dejando la copa en la mesa. Los miré, para que tuvieran aún más clara mi postura—. Vosotros sabréis si os interesa y queréis ateneros a las consecuencias de hacer lo que acabas de decir, Nico.

Nos mantuvimos la mirada durante unos segundos, hasta que Joel no pudo aguantar más y soltó una carcajada. Nico se unió a él.

Yo me quedé muy satisfecho, a pesar de que me sentía intranquilo por mi primo y por la camarera.

Necesitaba que Zac regresara, porque mi contención tenía un límite. Por otro lado, el cuerpo me pedía acercarme a la camarera.

Lo último era algo que me desconcertaba, por cómo lo sentía. No llegaba a comprenderlo del todo, aunque a estas alturas del día lo había aceptado. Incluso me había acostumbrado. La sensación me acompañaba desde que la vi la primera vez.

Todo el control que tenía diariamente de lo que me rodeaba, de mis emociones, impulsos y reacciones, se había esfumado al llegar a este hotel de playa.

No poder controlar lo que pasaba a mi alrededor me alteraba mucho, así que no me quedó más remedio que hacer un grandísimo esfuerzo para mantenerme sentado en la silla, para no ir a solucionar yo mismo todo lo que me inquietaba.

Todavía no había llegado el momento, en ninguno de ambos casos.

La aparición del camarero me ayudó a aligerar la tensión. Le dijimos lo que queríamos cenar, incluyendo lo de mi primo, y se fue para regresar rápido con otra botella de vino.

Íbamos a por la segunda.

—Viene tu primo —me avisó Nico, al cabo de un rato.

No dije nada. Joel inició una conversación para que no nos encontrara callados.

Zac ocupó su silla y dejó el móvil en la mesa, con la pantalla bocabajo. Cogió su copa, que todavía tenía vino de cuando se fue, y la vació de golpe.

Me fijé en sus ojos rojos y en su expresión de tristeza, lo que me removió por dentro.

—Estoy bien —nos dijo—. ¿Ya habéis pedido?

—Sí. Hace poco —le contestó Joel, con una pequeña sonrisa.

—No estás bien y no pasa nada por admitirlo entre nosotros —le hablé.

Zac buscó mi mirada, tragó saliva y asintió.

—¿Cómo habéis quedado? —se interesó Nico.

—Le he colgado —contestó Zac.

Se encogió de hombros.

—No quiero hablar más de él. Este fin de semana es mío. Más vino —pidió.

Cogí la botella y le rellené la copa, para después hacer lo mismo con las otras.

—Por una noche de locura —dijo Nico, alzando su copa.

Los demás lo imitamos y chocamos las copas en el centro de la mesa, para beber después.