¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 11
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Capítulo 11

Cuando terminé de secarme el pelo fui a la habitación de Fani, para vestirme.

Cogí de la silla donde tenía mis cosas un pantalón corto de lino y un top palabra de honor.

La braga ya la tenía puesta y era lo único que llevaría de ropa interior, ya que el top estaba protegido a la altura del pecho por almohadillas, para darle forma y cierta sujeción.

Después de vestirme me calcé unas sandalias de cuña, de las que estaba enamorada por lo bonitas y cómodas que eran.

Volví al baño para cepillarme el cabello y me lo dejé suelto. Era el único momento del día, de noche, en el que podía arriesgarme a no llevarlo recogido.

No me maquillé, ya que tenía un color de piel muy bonito. Me pinté los labios y me eché perfume, antes de ir al encuentro de mis amigas.

Después de coger el móvil salí de la habitación, para ir al salón. Como cada noche, no me llevaba nada más. No lo necesitaba.

Todo lo que tomáramos Álvaro y yo iba a nuestra cuenta de empleados del hotel, y lo descontaban cada final de semana de nuestros sueldos.

De manera que, sin la necesidad de llevarme la cartera ni las llaves de la cabaña, ya que de eso se encargaba siempre Fani, yo podía olvidarme de cargar con el bolso.

—¡Qué guapa! —me dijo Fani y sonreí.

—Tú también. —Le hice un guiño.

Mi amiga se había puesto un vestido cortito y atado al cuello que le quedaba genial. Era una monada, tanto el vestido como ella.

—Estela está a punto de terminar —me informó.

Asentí, sentándome a su lado en el sofá.

—Álvaro no tardará en llegar —comenté.

Me ofreció el botellín de cerveza del que estaba bebiendo y le di un trago que me sentó de maravilla.

—¿Tú crees de verdad que Víctor se animará a venir? —me preguntó.

—Sí —contesté con seguridad—. Lo he notado, aunque no he escuchado su voz. No me habría dado esperanzas si no lo pensara.

—Tienes razón. Hasta ahora, cada vez que se lo hemos propuesto, su negativa ha sido rápida —sonrió—. Joder, qué lejos veo ahora que estuviera enamorada de él —suspiró.

—Y en secreto la mayor parte del tiempo —dije pensativa.

Negué con la cabeza, antes de beber otro trago de cerveza.

—Tú y él empezasteis a enrollaros cuando yo ya lo quería.

—Pues con más motivo tendrías que habérmelo contado —le sonreí—. Habría cortado esa parte con él.

—Víctor nunca se ha fijado en mí como deseaba antes. Para él soy una amiga y de ahí nunca me ha movido. Y ahora lo agradezco porque he conseguido verlo como él a mí y lo entiendo.

—Ay, Fani. Pero lo pasaste mal un tiempo.

—Porque quise —rio.

—Ya… —Hice una mueca.

Varios golpes en la puerta nos hicieron mirar hacia ella. Me levanté para abrirle a Álvaro, quien entró dándome un beso en la mejilla.

Dejó a un lado del sofá la bolsa en la que traía todo lo necesario para quedarse a dormir y para ir a trabajar al día siguiente. Esta noche dormiría fresco, gracias al aire acondicionado de la cabaña.

Saludó a Fani, después se sentó y yo me puse encima de él, sentada de lado sobre sus piernas.

—No te quejes. Me has quitado el sitio —le dije, con diversión.

—¿En qué momento me has visto tan loco como para quejarme de tener a una mujer preciosa encima de mí? —me preguntó con una ceja arqueada.

—Ya me has dejado atontada —hablé haciendo un puchero.

Soltamos los tres una carcajada.

—Estáis preciosas las dos.

—Gracias, guapetón —le devolvió Fani—. Tú no te quedas atrás. Ya verás la que se lía cuando estés más de cinco minutos en un sitio. Como moscas van a ir a por ti…

Reímos.

—Lo mismo os digo —sonrió de medio lado.

—¡Ya estoy!

Nos giramos hacia Estela.

—Como siempre, la última —la picó Fani.

—Oye, que no tengo la culpa de que solo haya un baño —se quejó Estela—. Me he duchado la última.

—Porque has querido, ya que tanto Fani como yo te hemos preguntado varias veces si querías ir primero —le dije, divertida.

—Encima que soy generosa y buena amiga…

Bufó.

—¡No te hagas la víctima! —exclamó Fani y rio—. Cuando te enganchas al móvil no hay quien te separe de él.

—Me entretengo porque me aburro. Es para pasar el tiempo.

Se cruzó de brazos, de pie junto al sofá.

Estela también estaba impresionante. Había elegido una minifalda de color rosa, con lentejuelas del mismo tono, y un top que le llegaba hasta la mitad de la barriga. Iba subida a unas sandalias con cuñas muy parecidas a las mías.

En cambio, Fani, había optado por unas sandalias con tacón alto y fino. Era la más arriesgada y aventurera de las tres. Yo ese tipo de tacón solo lo utilizaba en mi trabajo real, aunque no siempre.

Sí, mi profesión era muy diferente a la de camarera. Había hecho un parón más que merecido para hacerle el favor a nuestro amigo César, para ocupar el lugar de su novia en este hotel. Lo mismo le sucedía a Álvaro.

—Vamos a cenar —dijo Álvaro.

Al levantarse, me puse en pie y me hizo un guiño.

—Sí. Tengo una fiesta montada en la barriga… —habló Estela.

—Desde que estás aquí se te ha abierto mucho el apetito —comentó Fani, incorporándose también del sofá.

—El lugar y los momentos ayudan.

Todos estuvimos de acuerdo con Estela.

—Lo importante es que cuando regreses a casa mantengas el ritmo que has cogido —le dije, mientras caminábamos hacia la puerta—. Aunque te cueste y tengas que obligarte. Si no te alimentas bien, a la mierda las fuerzas, Estela.

—Ya… No es algo que haga a propósito.

—Ya lo sabemos, cariño. —La abrazó Fani, por el costado—. Poco a poco.

Salimos de la cabaña en silencio, cada uno volviendo a los recuerdos especiales que teníamos de Marina, la madre de Estela. Sabía que todos nos centraríamos en los buenos, dejando encerrados los malos.

La mujer falleció siete meses atrás debido a una enfermedad y tanto Estela como su padre, Alfonso, lo habían pasado muy mal. Los demás también, pero no podía comparar el dolor entre unos y otros.

Todavía era muy reciente, aunque la pérdida de una madre y una esposa siempre se llevaba muy dentro de uno, sin importar el tiempo.

Estela hacía un mes y medio, aproximadamente, que parecía que había salido de la espiral de tristeza en la que se sumió.

Se esforzaba cada día por encontrarse mejor, reía, sonreía y hacía bromas, tanto que para las personas que no la conocían no aparentaba que estuviera recuperándose de un golpe tan duro.

Su padre y ella saldrían adelante, con el bonito recuerdo de una mujer que fue la vida para ambos. Sus amigos poníamos todo de nuestra parte para que fueran avanzando, aunque dieran pequeños pasos.

Además, Alfonso podía contar con los padres de Fani, los míos y la madre de Álvaro. Tenían una bonita amistad y quedaban con frecuencia, gracias a que sus hijos estaban muy unidos. O sea, mis amigos y yo.

Álvaro solo tenía a su madre, Elisa. Su padre los abandonó cuando mi amigo era muy pequeño y desde entonces no había dado ninguna señal. Después de tantos años, ella seguía sola.

Elisa no pensaba ni se planteaba la posibilidad de encontrar una pareja. Una vez que se recuperó, eligió centrarse únicamente en su hijo. Álvaro fue su salvación, el empuje que necesitó para salir adelante.

Con el tiempo, desde que mi amigo se independizó, ella vivía disfrutando de sus salidas con sus amigas. Como tenía más que merecido. Madre e hijo se llevaban de maravilla. A Elisa había que quererla, era un amor de mujer. Yo la adoraba, tenía una relación muy bonita con ella.

De manera que el hombre que los abandonó no existía para Álvaro. Así de simple y, como decía mi amigo cuando salía el tema, él no tenía padre. Nunca había llorado por ese motivo, ni se había puesto triste.

En cuanto pisamos la primera pasarela, Álvaro me rodeó los hombros con el brazo y le sonreí. Enseguida comenzamos a pasar de una a otra, yendo hacia el bar en el que trabajábamos.

Ya era de noche, por lo que las luces que lo decoraban se verían muy bonitas. Era un privilegio poder cenar cerca del mar, escuchando el murmullo que hacía, mezclado con la suave música instrumental que se ponía durante la cena.

Después, cuando llegaba la hora de las copas, se subía un poco el volumen y se cambiaba por otro tipo de música más movida y animada.

También estaba el extra de cenar al aire libre. Era una gozada.

Miré hacia el cielo y sonreí. En las pasarelas, los farolillos adornaban todo el recorrido, a lo largo de ellas iluminando el camino, pero la luz no era lo suficientemente fuerte como para no apreciar el cielo estrellado que teníamos sobre nuestras cabezas.

En el bar también se veía muy bonito y se apreciaba de maravilla. Cuando el servicio de la cena terminaba y daba paso a la diversión, la única iluminación que quedaba era la de las velas que decoraban las mesas, para aportar más magia al momento y al lugar.

Nada más llegar a la zona de las mesas del bar, supe que iba a ser una noche muy, pero que muy larga.

Como si tuviera un imán que me arrastrara hacia él, mis ojos se cruzaron con los del único cliente y huésped que me alteraba. Había muchísimas posibilidades de encontrármelo de nuevo aquí. Debería haberlo supuesto.

Pero no había sido así, por lo que no me había hecho a la idea y los nervios se apoderaron de mí de golpe. Me sentí desnuda ante él, con la distancia que nos separaba. Completamente expuesta, ante la manera en la que sus ojos me atrapaban y me observaban.

—No desaproveches la oportunidad —me dijo Álvaro, cuando se fijó en lo mismo que yo.

—No está en mis planes —susurré.

—Como si pudieras evitar que esos planes salten por los aires, de repente —habló con diversión.

—¿Qué hacéis? —nos preguntó Estela, a nuestra espalda.

Álvaro y yo nos habíamos parado al inicio de las mesas.

Fue mi amigo el que les pidió que disimularan, mientras les contaba por qué no nos movíamos. Mis amigas se emocionaron al instante, al saber que el hombre que me subía la temperatura estaba de nuevo en el bar.

Lo de la temperatura eran palabras de Fani, aunque no podía negarlo porque era una gran verdad.

Mis amigas comenzaron a decir todas las posibilidades que les vino a la cabeza y yo terminé poniendo los ojos en blanco y negando, mientras me dirigía hacia una mesa. Tiré de la mano de Álvaro, para llegar rápido.

Nuestros compañeros que trabajaban de noche, Rita y Marcelo, se acercaron a saludarnos. Nos dimos un abrazo rápido, antes de ocupar la mesa.