¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 8
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Capítulo 8

—El día está yendo bien —le dije a mi madre, al teléfono.

Me había escrito para asegurarse de que ya había terminado el turno y, en vez de confirmárselo, la llamé.

—Me alegro, cariño.

—Álvaro ya está sentado a la mesa, con Fani y Estela. Vamos a comer.

—Pues colgamos, ya hablaremos en otro momento.

—No va de unos minutos más, mamá —sonreí—. ¿Cómo va por ahí? ¿Qué tal, papá?

Si mis padres vivieran cerca del hotel, vendrían a verme, pero no era el caso.

El hotel no aceptaba la entrada a personas que no tuvieran la estancia reservada, pero sí dejaba acceder a él a los familiares de los trabajadores. Ofrecían tres días a la semana, en los que podían venir a pasar el día aquí.

—Porque aquí todo igual, hija. A tu padre lo tengo castigado en la cocina.

Mi madre y yo reímos.

—¡Te he escuchado! —gritó él.

—¿El qué, amor? Estoy hablando con nuestra hija de cómo le va el día.

—Dara…

—Hola, papá —sonreí.

—Hola, cariño.  ¿Va todo bien?

—Estupendamente. Trabajando y divirtiéndome con mis amigos.

—Bien. Sigue haciendo lo mismo. De lo primero haz lo justo y necesario; de lo segundo ve a tope. Aprovechad, Álvaro y tú, que tenéis ahí a Estela y a Fani. Después tardaréis unas semanas en veros.

—Sí —sonreí.

—Te dejo, cariño. Que tu madre no entra en la cocina, aunque huela a quemado.

—¡No es verdad! —se quejó ella.

Solté una carcajada.

—Protege vuestra comida. Adiós, papá. Te quiero.

—Adiós, hija. Yo también te quiero.

—Hija. Yo también te dejo. Tú tienes que comer y yo ayudar a tu padre, aunque sea sacándole una cerveza de la nevera.

Reímos

—Hablamos en otro momento, con más tiempo. Te quiero.

—Sí, cariño. Te quiero.

Colgué con una sonrisa en los labios.

Dejé el móvil sobre la barandilla de madera de la pasarela, donde apoyé los brazos.

Dirigí la mirada hacia delante, hacia la playa. La tenía justo enfrente, a metros de distancia. Para llamar a mi madre me había apartado de la zona de las mesas, aunque no estaban muy lejos. Quedaban a mi espalda.

Por fin había terminado el turno de trabajo, igual que Álvaro. Como le había dicho a mi madre, íbamos a comer, lo que estaba deseando hacer rápido, para ir a la cabaña a echarme una siesta.

La necesitaba. Notaba que tenía las reservas de energía bajo mínimos.

A pesar de que mis amigos ya habían comenzado a comer, era lo que le pedí a Álvaro que hiciera para que no me esperaran, me tomé unos minutos más para disfrutar de las vistas y de la tranquilidad. Solo escuchaba de fondo las voces de los clientes del bar, pero muy bajo.

Sonreí al imaginarme a mis padres en la cocina.

Podía recrear en mi cabeza lo que estaba sucediendo en este momento.

Mi padre picándola con gracia, ella poniéndole todo por delante, haciéndose la inocente, y él consiguiendo todo lo que quiere.

Entre risas y besos. Obviamente, mi madre se lo daría todo y más.

Los echaba de menos. Hacía dos meses y medio que no los veía. La culpa era mía, porque les dije que no vinieran, por los kilómetros que nos separaban. También porque el trabajo en el hotel era de lunes a domingo, así que Álvaro y yo no podíamos movernos de aquí.

Me separé de la barandilla para ponerme recta. Me guardé el móvil en un bolsillo del pantalón y me giré hacia el bar.

Otra cosa que estaba deseando era quitarme el uniforme de trabajo y ponerme mi ropa, una cómoda y fresquita. El bikini no iba a faltar porque, como cada tarde, tenía pendiente mis baños en el mar.

Cuando más me gustaba bañarme era de noche, aunque también me daba un poquito de desconfianza y cautela, por lo oscura que se veía el agua.

Eso de que no se viera el fondo o al menos se intuyera, no iba mucho conmigo.

Pero hacía excepciones porque la experiencia al final me encantaba y merecía la pena.

Recorrí con la vista la zona de las mesas. Los compañeros que nos habían sustituido a Álvaro y a mí, Carmen y Matías, se movían de una mesa a otra, sirviendo las bebidas.

Dirigí la mirada hacia donde estaban mis amigos. Sonreí al ver a Fani y a Estela reír, mientras Álvaro sonreía por alguna gracia que había hecho.

Mi amigo se acostumbró mucho antes que yo a la rutina del bar. Como ya he comentado en alguna ocasión, lo de este hotel era temporal.

Álvaro y yo decidimos pasar unos meses aquí, poniendo en pausa nuestras vidas, para hacerle un favor a César. Este era nuestro amigo, aunque por lo lejos que estábamos nos veíamos muy poco en persona.

El tema fue que César tuvo que aceptar un gran trabajo. Gran, porque era el de sus sueños. De ahí que no pudiera decir que no.

Cuando llamó a Álvaro para decirle si podíamos ayudarlo en esto, Álvaro le dijo que, si yo aceptaba, él haría el esfuerzo de cubrir su puesto en este hotel, y yo el de su novia. Si no veníamos en pareja, no servía de nada.

No nos costó hacer el cambio. Ese era el motivo por el que estábamos aquí, hasta que César terminara el otro trabajo y pudiera reincorporarse al hotel.

Por esta vez para él también estaba siendo temporal, pero todos confiábamos en que tendría suerte y que volverían a llamarlo, para contratarlo definitivamente.

Por eso no podía permitirse el lujo de perder el trabajo en el hotel, porque no sabía cómo le saldría la jugada.

No faltaba mucho para que César y su novia regresaran. Se fueron juntos, ya que César había viajado por el otro trabajo y ella lo había acompañado.

Debo decir que la experiencia de Álvaro y la mía aquí estaba siendo muy buena. Desde el principio la sentimos de esa manera y la estábamos disfrutando mucho.

¿Cómo no? Quitando las horas que trabajábamos, después era como si estuviéramos de vacaciones. Así llevábamos dos meses y medio, tiempo en el que Fani y Estela habían venido varios fines de semana, para quedarse en el hotel.

Desde hacía días estaban disfrutando de sus vacaciones y ninguna de las dos dudó en el destino. Eligieron este hotel para estar con Álvaro y conmigo.

Fani levantó un brazo y me pidió con gestos que fuera, cuando me vio mirando hacia ellos.

Sonreí y comencé a caminar por la pasarela, hacia el bar.

Me moví entre las mesas, sorteándolas, con la vista fija en mis amigos. No quería que los ojos me traicionaran y se me fueran hacia la mesa de al lado de ellos.

De esa manera llegué a la silla que estaba junto a Álvaro, aunque con la sensación de notar el peso de una mirada puesta en mí.

Me senté y cogí el vaso de agua, para beber un sorbo.

A pesar del calor que hacía se estaba muy bien, ya que bastante antes de que llegaran Carmen y Matías para sustituirnos, Álvaro y yo abrimos los toldos que estaban sobre las cabezas. Los nebulizadores remataban el trabajo, siendo otra parte muy importante. Espolvoreaban agua cada pocos minutos.

—¿Qué tal tus padres? —me preguntó Fani.

—Como siempre. Los he dejado liados en la cocina.

—¿Cómo de liados exactamente? —quiso saber Estela, con una sonrisa pícara.

—Mucho —contesté riendo.

—¿Has hablado con tu madre? —me dirigí a Álvaro.

—No me lo ha cogido —respondió, encogiéndose de hombros.

—Pues pon el móvil en silencio si vas a echarte una siesta —le aconsejó Estela—. Siempre elige los momentos menos oportunos para devolverte las llamadas —comentó con diversión.

—No se me olvida —le dijo él, con un guiño.

—¿Habéis pedido la comida? —les pregunté.

—Sí —me confirmó Fani.

—Perfecto. —Asentí.

Como cada día, los primeros dos platos eran para compartir y después, para el tercero, cada uno pedía la comida que más le apetecía. Aunque siempre terminábamos cogiendo de los platos de los otros.

Antes de salir a llamar a mi madre le dije a Álvaro lo que quería comer hoy, para mi plato individual.

—¿Vas a venir a la cabaña cuando terminemos aquí? —le pregunté a mi amigo.

—En el apartamento estoy muy tranquilo, gracias —contestó con diversión. —. Cuando estéis despiertas me llamáis.

—Vale —sonreí.

—Qué cobarde —intentó picarlo Estela, riendo.

—Lo que tú quieras, preciosa —le dijo Álvaro, con tranquilidad—. Pero para tu información, lo que soy es muy listo al escaparme un rato de vosotras.

Le hizo un guiño.

Fani rio, Estela hizo una mueca y yo sonreí de oreja a oreja.

Cuando Matías nos trajo los primeros platos de comida para compartir, aproveché la distracción para observar de reojo la mesa de al lado.

Me llevé una sorpresa al darme cuenta de que estaba vacía. No había rastro de los cuatro hombres que llevaban horas en ella.

Miré por toda la zona de las mesas, pero no encontré a quien buscaba. Aunque no pasó mucho tiempo, apenas unos segundos, para que eso cambiara.

Mientras hacía la última pasada visual, me encontré con unos ojos fijos en mí.

Entreabrí los labios, en un impulso de decir algo, pero no supe el qué. Tampoco iba a escucharme desde donde se encontraba.

Estaba parado en la pasarela que daba acceso al bar, pero alejado de la entrada.

Me pregunté qué estaba mirando, o esperando. No entendía el comportamiento de ese hombre, aunque el mío no era muy diferente al suyo. Cosa que hacía él, yo se la devolvía de la misma manera.

Tenía las manos en los bolsillos del bañador. Qué decir tiene que, con el bañador y una camiseta de tirantes anchos, más unas chanclas, parecía que, en vez de estar preparado para un día de playa, fuera a desfilar por una pasarela muy diferente a la que pisaba él en este instante.

—¡Dara! —me llamó Estela, alzando la voz.

—¿Qué? —me giré hacia ella, sobresaltada.

—¿Qué haces? Te hemos hablado los tres y no reaccionabas.

—Joder, no os he escuchado —dije, sorprendida.

Miré a Álvaro y fue peor, porque mi amigo se lo estaba pasando en grande con lo que me pasaba. No me hacía falta preguntarle ni que él hiciera algún comentario. Supe que sabía el motivo que me había despistado tanto.

En cambio, Fani y Estela esperaban una explicación.

Antes de empezar a contarles y de hablarles del cliente del bar, con libertad y tranquilidad porque él ya no estaba, devolví la atención a la pasarela, justo donde el hombre había estado.

No lo encontré. Se había ido.