Capítulo 7
Dara
—Si no dejas de mirarlo, vas a delatarte —me dijo Álvaro.
—No estoy mirando a nadie.
—Claro, no lo haces desde hace casi una hora.
—Estoy pendiente de todas las mesas para asegurarme de que los clientes no necesitan nada —dije, a modo de queja.
—Y da la casualidad de que cuando tu vista recae en cierta zona, o más bien, en cierta mesa, se te olvida que tienes que apartar la mirada. Claro, lo entiendo perfectamente.
Bufé.
Moví el paño de cocina con más fuerza, secando un vaso.
Álvaro me lo quitó de las manos y lo alejó de mí.
—A ver si todavía tenemos que ir a urgencia. Eres capaz de romper el vaso y cortarte.
Negó con la cabeza.
—¿Qué te pasa con ese hombre?
—¿En serio me lo preguntas? Has estado conmigo cuando él estaba al otro lado de la barra.
Me crucé de brazos.
—Ya… A mí también me han molestado ciertas cosas de él, pero ya ha pasado tiempo suficiente para que se me pase la sensación. No lo veo con maldad, creo que le ha pasado como a ti. Los dos habéis estado muy subiditos para no quedar por debajo del otro.
Elevó las cejas.
—¿Te ha dicho algo las veces que has ido a su mesa? —me preguntó.
—No. Quitando la primera vez que ha estado pendiente de mí, cuando uno de sus amigos me ha llamado, después, las siguientes, ni ha notado mi presencia cuando he ido a llevarles la bebida y más tarde la comida que han pedido para picar.
—Entonces es eso lo que te pasa —sonrió de medio lado.
—¿El qué?
Fruncí ligeramente el ceño.
—Que te está ignorando. Que pasa de ti.
—No es verdad. Lo agradezco, no me gustan los pesados.
—Estoy seguro de que con él harías una excepción —comentó con diversión.
—Joder, ¡qué no! —me quejé.
—Cada vez me das más la razón, te delatas sola —rio.
Cogió el paño que yo había dejado en la barra y me dio con él en el trasero, cuando pasó por mi lado.
—¿Por qué te mientes a ti misma?
—Uy, ¿en qué se miente?
Al escuchar a Estela, me giré hacia ella. Fani estaba a su lado.
Acababan de darse un baño, venían mojadas para comer. La mañana había pasado bastante rápido, a pesar de que mi cuerpo me pedía a gritos que descansara de una vez.
Álvaro pasó un dedo por el hombro de Fani y se lo llevó a la boca, para probar si estaba salada.
—Buen baño en la playa —dijo, haciendo reír a Fani.
—Os queda poco para que podáis daros uno —comentó animada Fani—. A nosotras nos ha sentado de maravilla.
—Queda un poco más de media hora y no os imagináis las ganas que tengo de terminar el turno —suspiré.
—En nada os estáis sentando con nosotras a comer. Ya mismo son las dos —habló Estela—. Pero vamos a lo importante. ¿Por qué te mientes a ti misma y en qué? No lo entiendo.
—¿Qué no nos has dicho? —añadió Fani, mirándome con curiosidad.
—Nada. Todo es perfecto. La vida es maravillosa y lo será aún más cuando sacie el hambre y pueda descansar —les dije con un guiño.
Por sus caras supe que no coló, hubiera sido demasiado fácil.
Álvaro rio, negando con la cabeza. Pasó por mi espalda para ir a atender a unos clientes que entraron para ocupar una mesa.
—Luego os lo cuento bien, cuando estemos comiendo.
—Pero ¿estás bien? —quiso saber Estela.
—Claro. Ya os he dicho que todo es perfecto —sonreí—. ¿Se os ha quitado todo el malestar?
—Sí —me confirmaron ambas.
—Ahora lo que necesitamos es comer y una buena siesta, para terminar de resurgir del todo —rio Estela.
—En unos minutos comienza la hora de la comida. Id a coger una mesa, antes de que se llene más.
—Saca dos cervezas —me pidió Fani.
—¿No eras tú la que no ibas a tomar más bebidas con alcohol, hasta que pasara un buen tiempo? —le pregunté, divertida.
Me desplacé unos pasos para servirles las cervezas.
—Y nosotras somos las que no la hemos creído —dijo Estela.
Soltamos una carcajada. Que ninguna de las tres hiciéramos muecas al reírnos y al escucharnos, era una muy buena señal.
—Correcto —afirmó Álvaro, al llegar.
Puse los vasos de cerveza frente a las chicas y después llené otro vaso, como me pidió Álvaro. Él sacó una lata de refresco y preparó un vaso con hielo, el que puso en una bandeja, junto al vaso que le di yo.
Se fue a la mesa de los clientes que había atendido.
—Ahora nos vemos, cariño —me dijo Fani.
Asentí, antes de que se fueran con sus vasos hacia la mesa en la que comerían.
Marga y Roberto ya habían llegado a la cocina. Eran los refuerzos, para las comidas y las cenas. También para algunas mañanas en las que los desayunos se nos descontrolaban a Álvaro y a mí.
Podíamos con ello, pero en las ocasiones en las que las mesas se llenaban de golpe, nosotros dos no dábamos abasto para atender a todos los clientes en el menor tiempo posible, ni para preparar los pedidos.
—Se quedan a comer —me dijo Álvaro, cuando regresó.
—Como cada día desde que llegaron —hablé con diversión.
—No me refiero a Fani y a Estela —rio—. Los que se quedan a comer son los de la mesa a la que, según tú, no has estado atenta.
Hice una mueca.
—Si es que se te da fatal disimular.
Me pasó un brazo por los hombros y me pegó a él. Apoyé la cabeza en su cuerpo.
—Lo sé —admití con un suspiro, provocando que volviera a reír.
—¿Has visto qué mesa han elegido Estela y Fani?
El tonito divertido con el que me habló me anticipó que no iba a gustarme. Y así fue, solté hasta un jadeo por la sorpresa, al verlas sentadas a la mesa que estaba justo al lado del grupo de cuatro amigos que se sentían muy cómodos como para buscar otro sitio para comer.
El hombre que me tenía alterada eligió ese instante para dirigir la vista hacia mí. Nuestras miradas se encontraron en la distancia y nos las mantuvimos. En la suya me pareció notar algo diferente, aunque al final decidí que había sido imaginación mía, por el espacio que nos separaba.
—¿Por qué mierda tiene esos ojos?
La pregunta me salió sola. Álvaro rio y yo puse los ojos en blanco, ruborizada.
—Esos ojos, esa boca, esa cara, esa voz, ese pelo, y ya, si pasamos a su cuerpo… Creo que te has fijado estupendamente en lo bien hecho que está. Todo él.
—Es una gran injusticia. ¿A que sí?
Hice un puchero.
—Oye, que tú no tienes nada que envidiarle.
Levanté la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Te has ganado que te perdone.
—Ah… No sabía que me merecía tu perdón. ¿En qué momento? —Arqueó una ceja.
—Sí —reí—. Por lo pesadito que te has puesto con ese hombre.
—Si aceptaras lo evidente, habría hecho muy pocos comentarios —dijo con diversión.
—Cállate. No lo estropees —suspiré.
—Anda, vamos a entretenernos que ya mismo llegan Matías y Carmen y somos libres.
Me hizo un guiño, antes de separarse un poco de mí y darme un beso en la mejilla.
Le sonreí y me propuse continuar con los vasos del lavavajillas, porque no dábamos tiempo para que se secara todo lo que metíamos. Una vez finalizado el programa de lavado, lo abríamos para vaciarlo y llenarlo de nuevo.
Antes de continuar con el trabajo, la vista se me fue de nuevo a la mesa de la de al lado de mis amigas.
Para mi sorpresa, volví a encontrarme con los mismos ojos. El cliente no había dejado de mirarme en ningún momento y me pregunté qué quería. Qué buscaba con tanta atención sobre mí.
Por mi parte, ya había aclarado mis desafortunadas palabras y no tenía nada pendiente con él.
Mentira, una cosa y la otra , dijo una vocecilla en mi cabeza.
No me quedó más remedio que asumir que era cierto, ya que yo no pude hablar más de lo que se me escapó por error. Fue él quien me hizo sus aclaraciones, dándome datos y detalles de su vida. Breves, pero ahora yo sabía más de él, que él de mí.
Y también debía reconocer que me encantaría tener algo pendiente con él, y, a poder ser, una y otra vez. No estaría nada mal, solo de pensarlo me entraba más calor del que ya tenía.
Esa era la verdad, la mía y la de todas las personas que debían sentirse atraídas por ese hombre. Estaba segura de que la lista era muy larga.
Su presencia me ponía nerviosa y que estuviera atento a mí, mucho más, pero cuando nos mirábamos fijamente, sin apartar la mirada del otro, notaba un vuelco en alguna parte interior de mi cuerpo y mi respiración se descontrolaba. Ya fuera porque contenía la respiración o porque se me alteraba.
No entendía cómo tenía ese poder sobre mí.
A lo que sí me negaba era a preguntarme qué mierda significaba todo lo que sentía y me sucedía con él. No quería saber hacia dónde me llevaba todo ello.