Capítulo 6
Ilian
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no has cogido una mesa? —me preguntó Nico.
Se puso a mi lado en la barra y colocó una mano en mi hombro, para apretármelo.
—No lo sé. Me ha dado por venir a la barra —contesté, mirando de reojo cómo la camarera salía de detrás de la barra.
Su compañero continuaba cerca y, aunque la mayoría del tiempo me daba la espalda, de tanto en tanto me buscaba para cruzar las miradas.
Después de los comentarios de las pastillas lo dejé pasar, para no continuar hablando. Ellos lo recibieron bien, se relajaron al instante. Al menos a simple vista.
Mis palabras sobre las pastillas solo habían tenido un propósito, el de alterar un poco más a la camarera. Sabía de sobra que eran medicamentos, por la forma y el tamaño.
—Vamos a la mesa, Zac y Joel han ocupado una —me pidió Nico.
Asentí y lo seguí.
A Zac le había sentado estupendamente el encuentro con Joel y Nico. Desde que estábamos juntos, sus sonrisas y risas eran continuas. Y tenía la esperanza de que continuara siendo de la misma manera, para que mi primo se fuera de aquí con las pilas cargadas y viendo las cosas más claras.
Al final me di prisa para terminar el trabajo y salí del despacho de mi casa media hora antes de lo esperado.
Subí a mi habitación para preparar la mochila para el fin de semana, en la que metí todo lo necesario para el poco tiempo que íbamos a estar aquí.
Zac vino a hacerme compañía y cuando nos dimos cuenta, Nico y Joel habían llegado para recogernos.
Después de los abrazos y de algunas bromas, nos montamos en el coche de Nico y este tomó rumbo al destino que solo él y Joel conocían.
Mi primo y yo no supimos a dónde veníamos hasta que llegamos. El sitio daba igual, porque lo único que queríamos era disfrutar, descansar y estar juntos.
Estaba por ver si yo conseguía hacerlo todo. Lo que tenía claro era que iba a intentarlo, ya que tener conmigo a Zac y de la manera que se encontraba, era más que suficiente aliciente para que dejara apartadas muchas cosas de mi vida diaria.
Independientemente de que nos diera igual el sitio, debía decir que el hotel que habían elegido mis amigos era una pasada.
Se encontraba a pie de playa. El ambiente se sentía muy bueno. Aparte de la playa que solo habíamos visto de pasada, el hotel también tenía dos piscinas grandes.
Era un hotel de lujo, por lo tanto, os podéis hacer una buena idea de todo lo que ofrecía y de las instalaciones que tenía.
Nada más llegar a la cabaña que Nico reservó, dejamos nuestras cosas y nos cambiamos de ropa. Nos pusimos los bañadores, unas camisetas que no daban tanto calor y las chanclas de playa, para estar lo más preparados posible para el día soleado que hacía y para los baños que nos daríamos.
Al terminar, decidimos dar una vuelta por el hotel, para conocer un poco más antes de comer.
Esa idea la sustituimos cuando tomamos un camino desde el que vimos un bar. En ese momento cambiamos de planes y dejamos para más tarde lo de recorrer el hotel. Lo que más nos apeteció fue tomarnos unas bebidas bien frescas, para mitigar un poco el agobio que teníamos.
Yo llegué primero al bar, porque mis amigos y mi primo se quedaron hablando con un empleado que encontramos a unos metros. Ellos comenzaron a hacerle preguntas sobre los horarios y otras informaciones que consideraban importantes, mientras que yo preferí adelantarme.
Y aquí estaba, yendo con Nico hacia la mesa que habían ocupado Zac y Joel, la misma mesa que se encontraba muy cerca de donde estaba en este instante la camarera que me había llamado mucho la atención.
Sucedió nada más verla y, en el momento que habló, potenció mi interés. O más bien mi curiosidad. Aunque no lo había mostrado hacia ella, me había hecho gracia que no se diera cuenta de que había expresado en voz alta sus pensamientos.
Y más me había gustado saber cuáles eran esos pensamientos, con respecto a mí.
Era muy consciente de cómo era mi físico, lo que yo transmitía y lo que provocaba en los demás. Para bien o para mal. Había crecido con ello, encontrándome con situaciones de todo tipo.
Mi cuerpo y mi apariencia me venían de serie, y no era algo que utilizara a mi favor. Todo se lo debía a la genética de mis padres, porque la mezcla de ambos me dio a mí como resultado.
Nunca hacía caso a los piropos o a los halagos. Me daban exactamente igual, ni siquiera les prestaba atención.
Sobre mi estado físico… No me mantenía fuerte por ir al gimnasio, aunque lo estaba. Mi cuerpo bien definido y tonificado no se debía al ejercicio, ya que el deporte no formaba parte de mi rutina diaria.
Nada que ver. Sí, hacía ejercicio, pero de vez en cuando. El ritmo de ejercitarme era en base a cómo me encontraba y nunca para ponerme en forma. Esto último era un extra que conseguía.
Podía pasarme semanas sin entrar en el gimnasio que tenía en mi casa y sin salir a correr. Ambas cosas me sentaban bien cuando mi nivel de estrés estaba por todo lo alto.
Era en esas ocasiones cuando echaba mano del deporte, para sentirme mejor y liberarme de la carga de la empresa, al menos por un rato y en cierta manera.
Volví a contener la diversión cuando pasé por al lado de la camarera. Ella se dio cuenta y me miró de reojo, en alerta. Yo continué mi camino, como si nada.
—Perdona —le dijo Zac a la camarera.
Mientras me sentaba, sonreí de medio lado al escuchar el bufido de ella. Estaba seguro de que se debió a que pensó que yo tenía algo que ver con la llamada de mi primo.
—¿Sí? —preguntó ella, al pararse a un paso de la mesa.
Evitó mirarme, lo que yo no hice. Aproveché para observarla a conciencia.
—¿Nos traes cuatro cervezas? —habló Joel.
—Joder, sí que vais fuertes por la mañana —rio Nico.
Miré a mis amigos y a mi primo, pensando lo mismo que Nico, pero no fui en contra de lo que había pedido Joel.
—Hemos venido a disfrutar con todo —comentó Zac.
Al decirlo, mi primo buscó mi mirada y se la mantuve, hasta que asentí hacia él muy sutilmente. Zac se dio cuenta y sonrió.
—¿Algo más? —preguntó la camarera.
—Por ahora no —le contestó Joel.
—Si pudiera traernos la carta… —Le habló Nico.
—Claro —le sonrió ella.
Se giró para ir hacia una mesa que estaba sin ocupar y que quedaba un poco alejada de la nuestra. De ella cogió una carta y regresó junto a nosotros, para dársela a Nico.
A mi amigo no le dio tiempo a moverse. Yo fui más rápido que él y la cogí antes, sorprendiéndolo. Se la quité de la mano a la camarera, aunque me costó porque no la soltó. Nos quedamos sujetando la carta, cada uno por un extremo.
Entonces, sí pareció verme, cuando en realidad no me había perdido de vista, por el rabillo del ojo.
—Gracias —le dijo Nico.
La curiosidad, el desconcierto y una pizca de diversión, bailaron en la voz de mi amigo. Sabía que si miraba a Joel y a Zac estarían observándonos a la camarera y a mí, como lo hacía Nico. Había despertado el interés de los tres; sin embargo, yo continué con ellos como si nada.
—Enseguida vuelvo —dijo la camarera, con prisa.
Se dio la vuelta rápido, de la misma manera que se alejó. Yo bajé la mirada a la carta y me entretuve echándole un vistazo.
—Aquí pone que en este bar ofrecen los servicios de desayuno, comida y cena —les dije—. Por las noches también es un bar de copas. No tenemos que ir muy lejos, a no ser que nos apetezca variar. Estamos cerca de la cabaña.
No hicieron ningún comentario, por lo que, ante el silencio que se prolongó de los tres, levanté la cabeza, lentamente.
—Eso está genial —fue Zac el primero en reaccionar—. Tenemos reservados hoy y mañana, los días completos, ¿no?
—Sí —le confirmó Joel—. Si queremos podemos irnos el lunes por la mañana.
—Vosotros sois libres de hacer lo que queráis, pero yo me voy mañana.
Si hace falta bien entrada la noche, me da igual, pero aquí no me quedo.
Por mí no os preocupéis y os lo digo muy en serio.
El lunes quiero estar temprano en la empresa y de aquí a nuestra ciudad hay un poco más de dos horas de trayecto.
—No digas tonterías —me quitó la intención Zac—. Nos vamos los cuatro juntos, como hemos llegado.
Me hizo un guiño y nos sonreímos.
—Estoy de acuerdo. Podemos irnos después de cenar, para aprovechar el día al máximo —dijo Joel y todos asentimos—. ¿Os apetece picar algo ahora, antes de la comida?
Le di la carta, para que la mirara.
—Me han llamado la atención varias opciones —les informé.
—Son las once y media y vamos a tomarnos las primeras cervezas. Vamos a empezar muy pronto, por lo que yo opto por pedir varias tapas para picar —comentó Zac—. No tengo hambre, pero no quiero salir a rastras de aquí y perderme parte del día, si me quedo cao —rio.
Viniendo hacia el hotel, a medio camino, aproximadamente, habíamos parado para desayunar.
—En parte hemos venido a eso —le dijo Nico a mi primo—. Así que no te preocupes, vamos a dejarnos llevar con todo. Por cierto —me miró—. ¿A qué ha venido el numerito de la carta con la camarera y el cruce de miraditas con ella?
Arqueó las cejas.
—Ha sido muy curioso —carraspeó Joel.
—Bastante —añadió Zac, con diversión.
Me encogí de hombros, como si nada.