¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 5
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Capítulo 5

—Ponedme un vaso de agua lleno de ibuprofenos o aspirinas, por favor.

Álvaro y yo nos miramos y reímos, antes de girarnos para encontrarnos al otro lado de la barra a nuestra amiga Fani. Estela estaba a su lado.

Ambas llevaban unas pamelas con las que chocaban cada vez que se movían y grandes gafas de sol. Estas ocultaban sus ojos, protegiéndolos de la luz intensa del día, ya que las lentes eran completamente oscuras.

Se habían arreglado dos vestidos hechos con pareos. Estos les llegaban hasta medio muslo y debajo de ellos se podían apreciar los bikinis.

Iban monísimas y, en cuanto se recompusieran un poco, estarían dispuestas a disfrutar a tope de otro nuevo día.

Eran las once. Habían pasado tres horas desde que Álvaro y yo comenzamos a trabajar. Tres horas que ellas me llevaban de ventaja en el descanso.

—Todo vuestro malestar se os quitaría si os pusierais a trabajar —les dije.

Me incliné hacia la barra, donde apoyé los brazos.

—Perdona, monada, pero nosotras estamos de vacaciones —intervino Estela, señalándose a ella y a Fani.

—Brindaría por eso, pero solo de imaginármelo me entra una angustia… —Suspiró Fani.

—¿Cómo puedes estar tan bien? —me preguntó Estela—. Has madrugado, llevas un rato trabajando y se te ve genial. En cambio, Fani y yo hace pocos minutos que nos hemos despertado y no podemos con nuestras vidas.

—Ya te digo —añadió Fani—. No me quito las gafas porque asusto.

—Que viva la exageración —dijo Álvaro.

—Te aseguro que no quieres verme —rio Fani, pero con una risa muy débil—. Y no voy a dejar que me veas ahora mismo, tengo una apariencia que mantener.

—Te recuerdo que te he visto de todas las maneras, incluso en situaciones bastante comprometidas —habló con diversión él.

—Algún día te haré un lavado de memoria y solo dejaré la parte de nuestra amistad, para que sepas que somos amigos —le advirtió Fani.

—Inténtalo, preciosa. Estoy seguro de que me divertiré mucho durante el proceso.

Álvaro soltó una carcajada y Estela y Fani se taparon las orejas, haciendo muecas.

—Estoy tan genial, según tú, por el trabajo —le contesté a Estela—. Ya os lo he dicho, si llevarais como yo, tres horas detrás de esta barra y atendiendo a los clientes, ya no quedaría rastro de vuestro malestar.

Les hice un guiño e intenté no reír, porque lo que veían ellas, lo que yo aparentaba por fuera hacia todos, no tenía nada que ver con cómo me encontraba realmente.

Había mejorado un poco, pero no lo suficiente como para no querer ir corriendo hacia alguna cama, para dejarme caer en ella y esconder la cabeza debajo de la almohada.

—Anda, id a una mesa —les pedí—. Ahora os llevo los desayunos.

—Gracias, cariño. A ver si comiendo se nos asienta el estómago y nos encontramos un poco mejor —comentó Fani.

—¿Esta noche os echaréis para atrás? —les preguntó Álvaro.

—Uy, ¿y eso? —se interesó Estela.

—Calla. ¿Cómo, qué y eso? Yo no pienso beber más hasta que se me olvide cómo me siento. —Negó Fani—. Y por lo mal que me encuentro, pasará mucho tiempo.

Movió la cabeza varias veces, de lado a lado, por lo que la pamela también. Álvaro rio y Estela le dio un empujón a Fani, para que no chocara su pamela con la de ella.

—Ay, ¡no aguantas nada! —se quejó Fani.

—Es que al paso que vas me metes la pamela en un ojo —le devolvió la queja Estela.

—Lo que has dicho del olvido y del tiempo para volver a beber, no te lo crees ni tú —le dije a Fani y reí.

—Estoy contigo —me apoyó Álvaro—. Os doy unas horas para tener una bebida con alcohol en la mano. ¿Queréis apostar?

—A esos juegos siempre pierdo —comentó Fani.

—Por qué será… —habló Estela.

Nos miramos los cuatro y terminamos riéndonos. Fani y Estela se llevaron las manos a la cabeza, sujetándosela.

Se fueron hacia una mesa quejándose entre ellas, mientras que Álvaro y yo las mirábamos divertidos.

No hacía falta que nos dijeran qué querían desayunar, comían y bebían lo mismo desde el primer día.

—Voy al botiquín, tiene que haber algo que os ayude a soportar el comienzo del día —me dijo Álvaro.

—Eres el mejor —le sonreí—. Pero yo he mejorado mucho, puedo aguantar perfectamente.

—Claro que sí. A mí me lo vas a decir —habló con ironía.

No podía ocultarle nada, por mucho que creyera que estaba fingiendo de maravilla. Álvaro era como un detector de mentiras con respecto a mí.

Me hizo un guiño y se dirigió a la parte trasera de la barra, a la zona privada. El botiquín estaba en el baño que solo utilizábamos los trabajadores.

Mientras él regresaba, me puse a prepararles el desayuno a las chicas. Por el momento, los demás clientes estaban servidos y ninguno de ellos había llamado mi atención, por lo que lo tenía todo controlado.

Hice dos tostadas que puse en dos platos planos y grandes, y añadí todo lo demás con lo que las acompañé.

Estaba concentrada en ello cuando noté una presencia al otro lado de la barra.

Al levantar la cabeza, me encontré con unos ojos increíbles y con una cara varonil de escándalo. Eso por no hablar de lo poco que podía ver de su cuerpo, de la parte de arriba…

Por lo visto, me despisté tanto observándolo bien que cuando volví a encontrarme con sus ojos, tenía las cejas elevadas.

—Hola —conseguí decir.

—Hola.

Joder, ¿cómo podían existir hombres así? ¿Dónde estaban en mi día a día? Parecían sacados de una película o de una novela. Personajes completamente ficticios e inexistentes en la vida real, que conseguían que te temblara todo el cuerpo con solo una mirada. Y ya, cuando entraban en acción…

De repente, la vida me regalaba la visión de uno de esos hombres por los que se te abría tanto la boca que la barbilla te llegaba al suelo.

Era un decir, para que captéis el momento y cómo estaba sintiéndome.

—No sé cómo me estás viendo —dijo.

Escucharlo de nuevo me sobresaltó. Di un pequeño bote en el sitio.

—Pero en mi mundo existen muchos hombres iguales que yo.

Continuó hablando y agrandé los ojos. Se me abrieron tanto que creí que tendría serios problemas para volverlos a su sitio, mientras notaba un calor intenso en la cara.

—¿Lo he dicho en voz alta? —pregunté, en un susurro.

—Sí —me confirmó, serio.

—Mierda, joder. —Cerré los ojos unos segundos—. Debía haberse quedado solo en mi cabeza.

La sacudí, queriendo que el momento bochornoso fuera una ilusión.

—¿Te diriges a los clientes con ese tipo de palabras? ¿Es lo normal aquí o solo para ti? No me parece muy correcto.

Arqueó una ceja y, como respuesta, yo entrecerré los ojos.

Durante un breve tiempo ninguno de los dos habló, nos mantuvimos observándonos. Él, serio y frío. Yo a punto de saltar por encima de la barra para caer encima de él.

Eso es lo que tú querrías , me dije.

Para mi tranquilidad, retuve ese pensamiento en mi cabeza.

Fui a contestarle, pero no llegué a pronunciarme porque él se adelantó para continuar hablando.

—Como decía, conozco a muchos hombres como yo. Ya que tienes dudas al respecto, te lo aclaro. Y también que no salimos de ninguna ficción ni de la imaginación de nadie. Somos de carne y hueso, palpables, para los que se dejen. ¿Te he hecho temblar?

—¿Qué? —pregunté alzando el tono, con voz aguda.

—Has dicho que alguien como yo, según tú, te haría temblar de los pies a la cabeza con solo una mirada.

—No sigas —le pedí.

No quería que llegara al punto de entrar en acción. Faltaba muy poco para que la vergüenza me hiciera perder el control y yo y los nervios no nos llevábamos nada bien. Era una mezcla de la que podía salir cualquier cosa.

—Solo estoy resolviendo tus dudas —repitió, insistiendo—. Eres muy curiosa.

Abrí los labios dispuesta a decir algo ingenioso para callarlo, pero no se me ocurrió nada. Tenía la mente completamente en blanco, por el efecto de este hombre.

—Ya está.

La presencia de Álvaro fue mi salvación, aunque al escucharlo pegué otro bote en el sitio.

Giré la cabeza hacia él cuando se paró a mi lado.

Álvaro me miró con las cejas elevadas, por mi reacción, y algo vi en mis ojos, que automáticamente dirigió su atención al hombre que estaba al otro lado de la barra.

Se quedó mirándolo por lo que me parecieron largos minutos, cuando en realidad solo fueron segundos.

—¿El qué está? —le pregunté, para que se centrara en mí.

Álvaro volvió a mirarme y, sin apartar el contacto visual, escuché algo cayendo en los platos de los desayunos para Fani y Estela.

Cuando bajé la mirada, vi las pastillas para el malestar de nuestras amigas. Sonreí.

—¿Todo bien? —quiso saber Álvaro.

—Estupendamente —le contesté, sonriendo.

—¿En qué puedo ayudarlo? —se dirigió al cliente.

Este no se había movido, atento a nosotros.

—Me estaba preguntando si lo de esas pastillas es algo parecido a las palabras malsonantes que acabas de decir —le respondió a Álvaro, pero con la vista fija en mí—. ¿Es un servicio de aquí o es cosa tuya? Ahora me dirás que son medicamentos.

El tonito que utilizó no me gustó nada y lo que acababa de insinuar, mucho menos.

—¿De qué vas, tío? —lo encaró Álvaro—. No te pases. Son simples ibuprofenos para dos personas que lo necesitan mucho.

—¿Para mí tienes?

—No —contesté tajante—. Si te duele algo, apáñatelas solo. Estas pastillas son una excepción para nuestras amigas.

Levanté la barbilla.

Los labios de él se curvaron poco a poco, hacia un lado.

No supe qué significaba ni lo que estaba pensando. Me hubiese encantado meterme en su cabeza.

Y en otros sitios , me dije.