Capítulo 4
Dara
—Buenos días, preciosa.
Mi primera reacción fue soltar un bufido, directo hacia mi amigo.
Álvaro soltó una carcajada, al mismo tiempo que me lanzó un trapo que no me dio tiempo a esquivar.
—Joder —me quejé, cuando este cayó de mi cara a mis manos—. No me empeores más el día porque eres tú el que saldrás perdiendo —le advertí.
Le devolví el trapo, lanzándoselo con rabia, pero él estaba muy fresco y no tuvo problema en cogerlo antes de que le diera.
—¿Cuánto bebiste anoche? —me preguntó.
—Buenos días —le dije con retraso, con mala leche.
Álvaro rio.
Apoyé los brazos en la barra, justo donde estaba él al otro lado.
—¿Bebiste tanto que no te acuerdas de que tienes que estar a este lado? —me preguntó, con diversión.
—Muy gracioso.
Puse los ojos en blanco. Después me giré para comprobar que todas las mesas del bar estaban vacías.
—No hay ningún cliente. Puedo tomarme un poco más de tiempo —le dije.
Me encogí de hombros y me senté en un taburete.
Álvaro negó sonriendo. Me dio la espalda y yo también sonreí, porque me había ganado que mi amigo me preparara un café con leche.
Este era nuestro trabajo temporal. Éramos camareros del bar principal, y con más movimiento de clientes, de un hotel de lujo que estaba a pie de playa.
Yo no tendría que estar aquí. Mi vida no tendría que ser esta, porque tuve otros planes antes que este. Aun así, no iba a quejarme porque, quitando las horas de trabajo, el resto del tiempo vivía como una reina.
Tenía la estancia pagada, acceso a absolutamente todo, los precios eran muy bajos para todos los que trabajamos en el hotel, y podíamos disfrutar de todas las instalaciones, siempre y cuando cumpliéramos con nuestros horarios de trabajo y lo realizáramos bien.
Eran pocas las condiciones para todo lo bueno que nos daban. Aparte, el sueldo de mi amigo y mío era muy bueno. No podíamos quejarnos.
Álvaro y yo teníamos la suerte de trabajar en el turno de mañana, desde las ocho hasta las dos de la tarde. Un total de seis horas que siempre se nos pasaban volando. Después teníamos el resto del día libre, para hacer lo que más nos apeteciera.
En mi caso, anoche, fue estar de fiesta con mis amigas Fani y Estela. Como yo trabajaba aquí, ellas estaban pasando las vacaciones en este hotel, para disfrutar juntas de todo el tiempo que pudiéramos.
En unas dos horas las tendría por aquí, porque ellas tenían la gran suerte de dormir hasta hartarse y de llevar la resaca de una manera muy diferente a la que me esperaba a mí.
En fin, era lo que tenía estar de fiesta, beber sin parar y tener que trabajar desde temprano.
Estela y Fani estaban en una de las cabañas que se encontraban más próximas a la playa, sobre la arena. El acceso más cómodo a las cabañas era por pasarelas de madera, si no querías tocar la arena de la playa.
El hotel se dividía en esos alojamientos y en apartamentos que se encontraban en varios edificios pequeños, de dos alturas. Además de todas las instalaciones que ofrecían servicios para los huéspedes.
Desde que mis amigas estaban aquí, yo me quedaba con ellas en la cabaña. Cuando se fueran, regresaría al apartamento que compartía con Álvaro. Este era perfecto para dos personas, pequeño y acogedor.
El bar dentro de poco comenzaría a llenarse de clientes que venían para desayunar. Al igual que en los restaurantes que se encontraban en el edificio principal del hotel, aquí también servíamos desayunos, comidas y cenas, con el extra de que aquí se podía disfrutar de estar al aire libre.
Lo único cubierto que había en el bar era la zona de la barra y la parte de atrás de esta, que era privada. Ahí teníamos un baño para los trabajadores, una sala de descanso y la cocina para servir a los clientes.
El resto del bar estaba descubierto. En el horario de los desayunos era una gozada, por la temperatura tan buena que hacía. Los mediodías eso cambiaba, pero lo solucionábamos con toldos plegables que protegían del sol y con nebulizadores que espolvoreaban agua.
La sensación era muy agradable y mucho mejor recibida. Por las noches sucedía lo mismo que por las mañanas. Era una maravilla cenar, picotear o tomarse una copa bajo el cielo estrellado.
Sí, cuando acababa el horario de las cenas, el bar se convertía en uno que servía copas y cócteles de todo tipo, con el sonido de las olas rompiendo en la orilla, a tan solo unos metros de distancia, mezclado con la suave música.
Al menos al principio, porque conforme avanzaba la noche todo subía de nivel y de ritmo.
—Gracias, guapo —le dije a Álvaro, cuando dejó mi café con leche en la barra.
Lo endulcé y le di el primer sorbo, sabiendo que me lo había preparado para no quemarme. El café me gustaba un poco templado, si no era así, me sentaba mal. Más bien le sentaba mal a mi estado de ánimo, porque se me cruzaba el día y la vida.
—Esto de que no duermas en el apartamento no es divertido. No puedo controlarte.
—Como si alguna vez hubieras podido —reí.
—Algo más que ahora sí —me dijo, con un guiño—. ¿A qué hora os fuisteis a la cabaña a dormir?
—No me acuerdo muy bien. Debían ser sobre las cuatro o así.
Me encogí de hombros.
—Vamos, que no te acostaste hasta las cinco, como mínimo. Porque entre el tiempo que os llevaría llegar y todo lo demás…
Negó con la cabeza.
—A saber. No me extraña que esté deseando que llegue el mediodía, para irme a dormir —suspiré.
Le di un sorbo largo al café.
—¿Qué tal la resaca? ¿Te has tomado algo?
—Una pastilla para la cabeza. Cuando me he despertado parecía que estaban tocando el bombo dentro.
Bufé y él rio.
El sonido me hizo encogerme un poco.
—Es normal que estés así. Con todo lo que beberías…
—Joder, menudo día me espera —suspiré—. Me siento como si llevara una eternidad sin descansar.
—Os pensáis que sois jóvenes y es lo que pasa.
—¡Oye! ¡Te has pasado!
Me impulsé en la barra y apoyé el cuerpo en ella, doblándome hacia el otro lado. Tuve mala suerte porque mi coordinación no era buena, por todos los motivos anteriores que he comentado, y no logré ni rozarlo.
Mi arranque desapareció rápido, cuando dejé caer mi trasero en el taburete.
—Me duele todo —me quejé.
Apoyé un brazo en la barra y la cabeza en él.
—El ritmo que llevas no vas a poder soportarlo muchos más días.
—Eres muy exagerado. Estaré como nueva al final de la tarde, en cuanto me despierte de haberme echado en la cama después de comer. ¿Esta noche estarás con nosotras?
—Sí.
—¿De verdad?
Levanté la cabeza de golpe e hice una mueca, por lo mal que me sentí con tanto movimiento rápido.
—¿Ya se ha ido tu primo? —quise saber.
Desde que llegó Pedro, que así se llamaba su primo, Álvaro había estado desaparecido durante su tiempo libre.
Y se lo agradecía. En parte lo había hecho por mis amigas, pero, sobre todo, por mí.
Pedro había estado unos días en el hotel, junto a tres amigos. Yo que pensaba que no podía haber nadie más insoportable, desagradable y arrogante que el primo de Álvaro. Pues me equivocaba, porque me había llevado una gran sorpresa con los tres amigos de Pedro: eran iguales que él.
La frase de, «no entiendo cómo podéis ser familia. ¿En qué os parecéis?», se repetía entre Álvaro y yo, cada vez que algo del primo de mi amigo salía a relucir en nuestras conversaciones.
De verdad, no comprendía cómo podían ser tan distintos. Todos los defectos se los llevó Pedro. Yo siempre decía en broma que algún antepasado se la jugó.
—No sé si ya, pero dentro de poco sí —me confirmó.
—Joder, estoy por mandar a la mierda como me encuentro y abrir una botella de vino, para que brindemos por la buena noticia.
Álvaro soltó una carcajada con la que tuvo el detalle de no alzar mucho el volumen.
—¿Cómo te fue ayer con ellos?
Me referí a su primo y los amigos de este.
—Como las tardes y las noches anteriores, desde que llegaron.
—Santa paciencia tienes.
Puse los ojos en blanco.
—Me debes unas cuantas por haberlos alejado de ti y de las chicas.
—Ya te digo —sonreí.
—¿Preparada?
Me giré hacia las mesas, justo cuando una pareja se sentaba a una mesa.
—Qué remedio —suspiré—. ¿Me queda bien?
Me volví hacia Álvaro, señalándome la sonrisa por la que le había preguntado.
—Para mí es muy falsa, pero los demás que no te conocen pensarán que te sienta de maravilla —dijo con diversión.
—Gracias, hombre —comenté a modo de queja.
—De nada, preciosa. A tus pies.
—A mis pies te voy a dar yo a ti…
La sonrisa pícara de mi amigo fue lo último que vi, antes de alejarme de él y de la barra.
Tocaba comenzar a trabajar, no quedaba otra, por lo que no borré la sonrisa mientras me acercaba a los clientes.
Una vez me dijeron lo que querían desayunar volví a la barra, dispuesta a ayudar a Álvaro a prepararlo. Lo dejé en un intento, porque fue como si soltaran a todos los huéspedes de golpe.
De esa manera entraron, yendo directos a las mesas.
Yo me quedé fuera atendiendo y sirviendo, mientras que Álvaro se movía con agilidad y habilidad detrás de la barra, preparando los pedidos.
Hice una pequeña pausa para encender el equipo de música y, en cuanto la primera canción empezó a sonar, caminé moviendo de manera natural la cadera, sin llamar la atención ni querer hacerlo.
Entre pausa y pausa fui bebiéndome el café con leche.