¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 3
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Capítulo 3

—Joder, cómo echaba de menos estos momentos —me dijo Zac.

Sonreí de medio lado, al entrar en la cocina.

Fui directamente a la cafetera. Cogí una taza y me preparé un café con leche.

—¿Echabas de menos ver mi cara de recién levantado? —le pregunté, de espaldas a él.

—Sí, tío.

Reímos, por la forma en la que me contestó.

Mi primo ya estaba tomándose su café y eran las seis y media de la mañana. Muy pronto para él, teniendo en cuenta que no tenía que madrugar.

Cuando tuve el café hecho fui hacia la isla de cocina, donde estaba él sentado en un taburete. Me paré enfrente.

—¿Qué te pasa? —le pregunté, directo—. Ayer hablamos, pero muy por encima de todo.

Estábamos en mi casa, a la que llegamos la noche anterior pasada la medianoche.

La cena con mis padres y con Jana fue genial, pasamos un rato muy agradable, pero no lo alargamos más porque yo tenía que madrugar bastante, para trabajar.

—Nada —contestó tranquilo.

—Vale.

Me llevé la taza a los labios, para beber el primer sorbo de café, sin apartar la mirada de la suya.

—Te lo pregunto de otra manera —insistí—. ¿Qué te tiene despierto a esta hora, cuando lo normal es que te cueste levantarte de la cama?

—El viaje. Será el cambió.

Arqueé una ceja.

—¿Qué tal con Leo?

—¿Quién es ese? —me devolvió la pregunta.

Dejé la taza en la encimera y apoyé las manos en ella, observándolo fijamente.

—No me mires como si fuera un adversario tuyo y quisieras devorarme —me pidió, riendo.

—No me jodas, Zac. ¿Qué te ha pasado con Leo?

—Que lo nuestro no iba a ningún lado. —Se encogió de hombros.

—¿Qué mierda es esa?

Me crucé de brazos.

—Llevas enamorado de él años, muchos. ¿A qué viene lo que has dicho? ¿Ha pasado algo entre vosotros que te haya hecho echarte para atrás?

—Sí.

—¿El qué?

—Mauro.

Fruncí el ceño.

—¿Quién mierda es Mauro?

—El nuevo jefe de Leo.

—¿Desde hace cuánto?

—Cuatro meses.

—¿Y desde cuándo hace que estáis mal tú y Leo?

—Cuatro meses.

—No me jodas. ¿Estás celoso o tienes motivos?

—No quiero hablar más de eso. No he venido para olvidar, pero espero que en este viaje pueda desconectar tanto que no me acuerde de esos dos.

—Pero ¿por qué no intentas arreglarlo con Leo? Si le cuentas…

—Lo sabe todo, Ilian —me interrumpió.

Desvió la mirada hacia un lado.

—¿Y?

—Y nada. Le da igual cómo me siento yo.

—No te creo.

Rio, pero sin nada de gracia.

—Te lo aseguro. No son mis putos celos los que hablan. Y que conste que los tengo porque son justificados.

—¿Leo ha hecho algo?

—Sí.

Arqueé las cejas.

—Directamente, no.

—Explícate —le pedí.

—Que lo que hace, por ahora y que yo sepa, es no frenar como debería al imbécil de Mauro.

Se encogió de hombros.

—Entiendo. ¿Leo sabe que estás aquí?

—No. Ni lo va a saber.

—Estará preocupado y en algún momento lo sabrá.

—Me importa una mierda.

Bajó la mirada a su taza.

—A él le da igual mi preocupación, si lo paso mal cada vez que Mauro lo acapara solo para él.

—No estás enfocando bien el asunto, Zac.

—No sé hacerlo de otra manera. Al menos por ahora, en caliente.

—Entonces lo de alargar el viaje es por eso.

Asintió, confirmándomelo.

—Trabajarás desde aquí.

—Sí.

—De acuerdo. No hace falta que te diga que puedes quedarte durante el tiempo que quieras y necesites.

—Lo sé.

Nos quedamos en silencio y me jodió ver la tristeza en su mirada.

Zac y yo nos podíamos considerar unos expertos en ocultar nuestros sentimientos y emociones, si así lo queríamos y necesitábamos. Éramos muy parecidos, en muchas cosas.

Y en este instante se había abierto a mí, dejándome ver el dolor que sentí.

Rodeé la isla de la cocina, yendo hacia él.

—Ven aquí —le dije.

Lo agarré de la nuca y lo atraje hacia mí. Apoyó la frente en mi pecho, mientras yo lo abrazaba. Con los movimientos de sus hombros me hizo saber que estaba llorando, aunque no lo escuchara.

—Todo va a ir bien —le dije, acariciándole el pelo—. Sea con Leo o sin él, todo te va a ir bien, Zac. ¿Me oyes?

—Sí —susurró.

—Voy a contenerme por ti, porque tengo muchas ganas de hablar muy claro con Leo.

—No lo hagas, por favor. No quiero que te metas en esto.

—No voy a hacerlo, ya te he dicho que me contendré. Y ya estoy metido, Zac. En el momento en el que tú estás mal, yo ya estoy dentro de lo que sea. Que no se te olvide. Juntos, ¿recuerdas?

Separó la cabeza y asintió, sonriéndome con tristeza.

—Te he echado de menos.

—Y yo a ti. Tendrías que haber venido antes.

—Ya… Bueno, lo importante es que he terminado aquí.

—Y no sabes cómo me alegro. Anda, vamos a tomarnos los cafés.

—¿Vamos al porche? Me vendrá bien que me dé el aire.

—Claro —le confirmé.

Cogimos nuestras tazas y salimos de la cocina, para recorrer el gran salón. Fuimos directos a la corredera, para salir al porche.

Una vez en él, nos sentamos a la mesa rectangular. Zac eligió una silla cómoda, yo me puse en el banco con asiento acolchado.

—¿Tienes mucho trabajo? —me preguntó.

—Tanto que no lo acabaría en semanas —contesté, sacudiendo la cabeza—. Pero esta mañana solo voy a ponerme a responder los correos electrónicos más urgentes.

—Vale.

—¿Tú ya has preparado la ropa que vas a llevarte para el fin de semana?

Ayer, en casa de mis padres, les conté a todos lo que le adelanté a mi madre. Les hablé de que Nico se había empeñado en sacarme de casa este fin de semana y que, junto a Joel, iba a organizar una escapada de dos días a un hotel de playa.

Todos reaccionaron como mi madre. Aparte, mi padre me dijo que ya era hora que me diera un respiro y me comentó que a mi regreso quería hablar conmigo del tema.

Me esperaba una buena charla que tendría como propósito que yo frenara un poco.

—Anoche no tuve ganas. Ahora lo haré —me dijo.

Asentí.

—Al entrar en mi vestidor, en el armario de la pared de la derecha tengo lo de viajar. Ya lo verás: maletas y mochilas de varios tamaños y más cosas. Coge una mochila o lo que necesites, para ir más ligero de equipaje —le pedí.

—Sí —sonrió—. No es plan de ir con la maleta grande con cuatro cosas dentro.

—Te sentará genial desconectar con Nico y Joel. Son exactamente lo que necesitas —dije convencido.

—No te excluyas. No sería lo mismo sin ti.

—Como si yo fuera el alma de la fiesta —comenté, con una sonrisa de medio lado.

—Cuando quieres, lo eres —rio y mi sonrisa se amplió—. Lo que pasa es que tienes tantas responsabilidades importantes, desde hace tanto tiempo, que se te ha olvidado como relajarte y serlo.

Hizo una mueca.

—Ni se te ocurra entrar en ese tema de conversación —le advertí.

Levantó las manos entre nosotros y, a partir de ese momento, nos tomamos los cafés en silencio.

Yo no pude estar el tiempo que me hubiera gustado con él, a pesar de que sabía que Zac me necesitaba, aunque fuera en silencio. No pude retrasar más el trabajo, para no hacer esperar a Nico y Joel, cuando vinieran a recogernos.

A mis amigos les informé la noche anterior de que seríamos cuatro, antes de desconectar el móvil para dormir. Al igual que yo, Nico y Joel se llevaron una gran sorpresa al saber que Zac estaba aquí.

Mi primo llevaba viviendo en la otra punta del país desde que se fue a cursar un máster. Allí conoció a Leo y después, una cosa llevó a la otra, y ya solo regresaba para las épocas de las vacaciones.

Cuando me terminé el café, le dije que me daría prisa para acabar el trabajo y me fui hacia la habitación que tenía convertida en un despacho. Desde él trabajaba en casa.

Recorrí el salón, pero me paré unos segundos para mirar hacia el porche.

Zac seguía sentado. Había cerrado los ojos y se frotaba la frente, alternándolo con pasarse una mano por el pelo.

Apreté la mandíbula.

Su situación me había cabreado y entristecido, a partes iguales. Conocía muy bien a Leo y desde el primer momento me cayó genial. Congeniamos muy bien y nos llevábamos de la misma manera.

Por eso, al conocerlo y al saber cómo pensaba, cómo era su manera de actuar, me parecía una broma de mal gusto lo que me había contado mi primo.

Si algo tenía claro, desde que estaban juntos, era que Leo quería y adoraba a Zac.

¿Eso había cambiado por el tal Mauro? ¿Hasta qué punto era cierto?

—¿Qué estás haciendo, Leo? —pregunté a la nada, susurrando—. La estás cagando, pero bien.

Sacudí la cabeza y continué mi camino hacia el despacho, cabreado con la situación.

Me encerré en él y, sentado frente al portátil encendido, miré la pantalla, sin verla realmente, mientras no podía dejar de pensar en mandar a la mierda la promesa que le había hecho a Zac, la de no intervenir entre él y Leo.

Tuve que concentrarme en el trabajo para evitar la tentación. Comencé a redactar el primer correo electrónico importante, el más urgente de la lista que me había propuesto terminar.

Al cabo de una hora, Zac picó a la puerta y sonreí cuando lo vi con una taza de café con leche.

Entró en silencio, la dejó en mi mesa, y se fue como llegó.

Y por primera vez en mucho tiempo, tanto que ni me acordaba, deseé dejar de trabajar ya y no tener tanto peso sobre los hombros, para olvidarme del trabajo y las obligaciones, y así poder estar con mi familia y amigos.