¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 2
5%

Capítulo 2

Saqué la llave del contacto del coche, con la vista fija en la entrada de la casa de mis padres.

Casa, mansión, pequeño gran paraíso…

Mejor lo dejaré en mansión, para referirme a la vivienda familiar. Para mí, era un lugar muy especial.

Tal vez porque crecí aquí y me conocía cada espacio, rincón y escondite, tanto de la vivienda como de los inmensos jardines que la rodeaban. A mí no me parecía tan grande, aunque realmente lo era.

Cualquier persona que veía la vivienda por primera vez se quedaba impresionada. Y mucho más, cuando conocía a mis padres. Cada uno se creaba una idea del tipo de personas que podían encontrarse en una mansión como esta, y normalmente todas esas ideas iban siempre en la misma dirección.

Ese era el error que cometían todos los que encasillaban a mis padres, porque se equivocaban de principio a fin.

Estoy refiriéndome a que, dado el elevado nivel económico que se podía apreciar en toda la propiedad, por las dimensiones del terreno, por los jardines que parecían infinitos y estaban perfectamente cuidados, y, por supuesto, por la joya principal que era la vivienda, la cual era una pasada y se alzaba majestuosa en dos plantas, por todo esto la gente daba por hecho que las personas que vivían aquí debían aparentar y representar ellos mismos el poder, el lujo y el dinero.

Nada que ver. Mis padres, por muchas riquezas que tuvieran, eran dos personas muy cercanas y sencillas a las que no les iban los excesos.

Gracias a ellos crecí aprendiendo lo que era tener los pies en la tierra y a no creerme superior, por tener la suerte de poder disponer de todo lo que quisiera y se me antojara.

Me bajé del coche y me guardé la llave, mientras caminaba hacia la entrada.

No tenía que andar mucho, ya que había dejado el vehículo en la glorieta que servía para cambiar de sentido, hacia el camino de entrada y salida. La glorieta estaba decorada con una fuente que tenía agua, pero que en este momento no estaba funcionando.

Me paré frente a la elegante puerta y pulsé el timbre.

—¡Cariño! —me recibió mi madre, alegre y con una gran sonrisa.

—Hola, mamá.

La abracé y nos dimos un beso.

—Quién diría que estaba detrás vigilando por las ventanas, para ver cuándo llegaba —le dije.

—Pues más o menos —admitió.

Rio y sonreí.

Le pasé un brazo por los hombros y me dejé llevar por ella, por el interior de la vivienda.

Mi madre se llamaba Delia. Era una mujer preciosa, por lo que era normal que mi padre cayera rendido a sus pies en cuanto la vio.

Aunque no se acercó a ella con el propósito de un acercamiento hasta un tiempo después. Mis padres me tuvieron muy jóvenes, por lo que ellos también lo eran.

—Tenemos una sorpresa —me dijo.

—Yo también.

—¿Y eso?

—Mañana me voy con Nico y Joel a pasar el fin de semana a un hotel de playa.

—Hijo, qué ilusión.

Colocó una mano en mi pecho, mientras nos acercábamos al porche.

—Soy tan lineal que una mínima cosa como esa sorprende de mí —comenté, negando con la cabeza.

—No digas eso. Eres un hombre con muchas responsabilidades y obligaciones, de ahí todo lo que has conseguido por ti mismo. Sabes lo orgullosos que estamos de ti, pero no todo en esta vida es el trabajo. Eres joven y tienes que divertirte.

—Los años comienzan a pesar, ¿eh?

—Tendrás valor… —jadeó con sorpresa—. Mira que decir eso… A mí me pesan más.

—Tú estás perfecta, mamá.

—Pues tú también.

Sonreí de medio lado.

—A ver cómo va el fin de semana —dije pensativo—. Lo mismo no puedo llegar a desconectar del todo.

—Ya verás como sí. Con los chicos y la sorpresa que estás a punto de ver, no tengo ninguna duda de que lo conseguirás. Ellos harán todo lo posible para que os divirtáis.

—Me tienes intrigado. ¿Qué sorpresa es?

—Una a la que has echado de menos y estabas deseando ver.

Al escuchar la voz de mi primo Zacarías desde el porche, dirigí la mirada hacia delante.

—Zac…

—Hola, Ilian.

Me separé de mi madre y acorté la distancia con mi primo, saliendo al porche.

Nos dimos un fuerte abrazo que alargamos, por el tiempo que hacía que no nos veíamos.

—Joder. Sí que eres una sorpresa, y de las buenas —dije—. Dime que tardarás en irte.

—Voy a estar unas semanas por aquí. Así que sí, tardarás en perderme de vista.

—Qué bueno.

Lo abracé de nuevo y cuando nos separamos le revolví el pelo, como cuando éramos pequeños.

—Papá.

Mi padre, Darío, era un hombre con una planta impresionante que llamaba siempre la atención.

Estaba sentado en un sillón, a nuestro lado. Zac se había levantado de otro sillón que mi padre tenía a su izquierda.

Le hice un gesto a mi padre, para que no se levantara, y me incliné para darle un abrazo y un beso.

Mi madre fue a sentarse en una silla, al otro lado de mi padre, pero él se adelantó para agarrarla de una mano y ponerla sobre sus piernas.

También crecí viendo en ellos un amor y una pasión muy difíciles de encontrar.

Siempre que compartían el mismo espacio se mantenían muy cerca el uno del otro, como si necesitaran sentirse de alguna manera.

Por lo que ver a mi madre sentada de lado sobre las piernas de mi padre era algo muy habitual en ellos, cotidiano. Como poco.

Arrastré otro sillón para mí, acercándolo al que ocupaba mi primo. Me senté con ellos.

—Ilian.

Al escuchar a Jana, me giré sonriendo.

—Hola, mi niño.

Me puse en pie para abrazarla y darle un beso en la cabeza.

—Hola —le correspondí, con cariño.

—¿Qué os apetece tomar? —nos preguntó, animada.

—No te preocupes, Jana —le dijo mi padre—. Yo me encargo.

Se levantó, incorporando también a mi madre.

—Voy a traer una botella de vino y las copas. Ponte cómoda con nosotros. Vamos a celebrar este encuentro, y que Zac nos ha sorprendido con su visita que alargará unas semanas.

Jana le sonrió y asintió.

Mi padre entró en la vivienda y ella ocupó el sillón que yo le acerqué al lado del de mis padres.

Jana se encargaba de la cocina y de que todo en la casa estuviera bien, aunque no era ella la que limpiaba y organizaba. Para eso mis padres tenían contratado un servicio de limpieza que venía dos veces por semana. Siempre era el mismo equipo de trabajo, por lo que los conocíamos muy bien, de años.

Jana básicamente era la reina de la cocina. Quitando eso, el resto del tiempo lo utilizaba para sus cosas y para pasar tiempo con mi madre, yendo de un lado al otro con ella. Muchas veces mi madre también ayudaba a Jana con las comidas, al menos en lo que Jana la dejaba.

Para nosotros era una más de la familia y para mi madre su mejor amiga. Jana fue mi niñera desde que nací, el gran apoyo que necesitó mi madre, sobre todo, durante los primeros meses, después de tenerme. Mi madre lo pasó muy mal, por problemas de salud.

—¿Por qué no me has dicho que venías? —le pregunté a Zac.

—Porque era una sorpresa —me contestó.

Arqueó una ceja y yo sonreí.

—Te quedas aquí, ¿verdad? —le preguntó mi madre—. Hace muy poco que ha llegado, todavía no nos ha dado tiempo a hablar de nada —me dijo a mí.

Asentí.

—No quiero ser una molestia, tía.

—¡Por Dios! ¡¿Qué tontería es esa?! —exclamó mi madre.

—La vivienda es tan grande que, si no hiciéramos por vernos, no nos daríamos cuenta de quién hay aquí —comentó Jana.

Reímos.

—Lo que quería decirte Zac es que no se queda aquí porque se viene a mi casa, a molestarme a mí —dije.

Mi primo me miró con una sonrisa pícara y solté una carcajada.

—Qué mínimo, ¿no? Tenemos que ponernos al día de nuestras vidas, porque cuando me vaya volveremos a echarnos de menos —comentó.

—Te doy la razón, pero te recuerdo que, como mínimo, nos llamamos una vez a la semana y hablamos durante bastante rato.

—No es lo mismo que hacerlo cara a cara —me dijo con un guiño.

—Cuando tienes razón, la tienes.

—Joder, ya van dos de dos. No me lo creo —rio.

—Entonces ya está. Aclarado —comentó mi madre, sonriendo.

A ella le hacía más ilusión que estuviéramos juntos, que mi primo se quedara aquí, por lo unidos que habíamos estado siempre.

Eso no había cambiado, a pesar de la distancia. Zac y yo seguíamos siendo igual de cercanos.

—¿El qué está aclarado? —preguntó mi padre.

Llegó al porche cargando con una bandeja, en la que llevaba una botella de vino que ya había abierto y una copa para cada uno.

Zac se levantó para acercar una mesa baja y redonda, para dejarla cerca de los sillones que ocupábamos. En ella colocó mi padre la bandeja.

—Que Zac se queda con Ilian, en su casa —le contestó mi madre a mi padre.

—Estupendo —sonrió él—. Yo lo tenía claro.

Le hizo un guiño a mi madre, mientras servía el vino en las copas.