¿Y si nos volvemos a ver? Capítulo 1
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¿Y si nos volvemos a ver?

¿Y si nos volvemos a ver?

Por Carlota Manzano

© inepub.com

Capítulo 1

Ilian

Nada más entrar en la habitación, lancé la chaqueta del traje al sillón. Cayó sobre él, pero por muy poco.

Fui directo hacia la cama, pasándome las manos por el pelo.

Había sido un día de mierda. No había otra manera de definirlo, al menos para mí, que era el que llevaba todo el peso de la empresa.

Lo normal, cuando se es el jefe y el dueño de ella.

Nunca me quejaba, tiraba para delante con todo, pero de un tiempo a esta parte me sentía sobrepasado. Había días mejores y otros peores, pero estos últimos eran los que más notaba.

Cuando a uno le van bien las cosas, ni siquiera presta atención a lo bueno.

Y no, no era que me fuese mal la empresa. En absoluto.

Esta funcionaba perfectamente, generando muchos beneficios cada año. Tenía a mucho personal cualificado a mi cargo y hacían su trabajo de manera profesional y eficiente.

Mis calentamientos de cabeza se debían a que sobre mí recaían la mayoría de las cosas, aunque el único culpable era yo.

Mi necesidad por controlarlo todo me llevaba a querer estar al tanto de hasta lo más mínimo que sucedía en mi empresa.

Era un decir, para que me entendáis, porque lógicamente había muchas cosas de las que no me enteraba y ni ganas de ello.

Dentro de esas cosas también estaban las que yo pasaba por alto.

Los cotilleos, las habladurías, los pequeños piques entre compañeros… sobre esto último, siempre que fueran piques sanos y sin maldad, yo no entraba. Otro asunto diferente era cuando se salían de esa línea. Entonces sí que me mantenía informado, para actuar si era necesario.

En definitiva, todo lo importante lo sabía. Lo demás, que no afectara a mi empresa y a mis trabajadores, me daba igual.

Cuando llegué a la cama me senté en el borde. Me desabroché los primeros botones del cuello de la camisa y después continué con los puños, los que doblé para recogerlos un poco.

Me quité los zapatos con los pies y me dejé caer hacia atrás, para quedarme tumbado hacia arriba, sin dejar de tocar el suelo con los pies.

Cerré los ojos despacio y me tomé un tiempo para descansar. Rara vez podía. Mi mente no frenaba. Ni dentro ni fuera de la empresa, siempre enfocado al trabajo.

Solté un bufido cuando sonó la melodía de llamada de mi móvil.

Lo único que moví fue el brazo, para sacarlo del bolsillo del pantalón.

Cuando miré la pantalla vi el nombre de Nico en ella. Descolgué.

—Hola, amiguísimo —me saludó uno de mis mejores amigos.

—¿He pasado el nivel de simple amigo?

Rio.

—Hace mucho tiempo, tío. Eres mi hermano, mi otra mitad, mi…

—Vale, corta el rollo —lo interrumpí porque podía tirarse un buen rato y no terminar.

—¿Qué te pasa? ¿Un día jodido?

—Me pasa lo de cada día, últimamente. No es nada, se me pasará, pero ahora mismo estaba intentando relajarme en mi cama. Acabo de llegar a casa.

—Joder. ¿Estás relajándote? ¿Te he pillado ejercitando la mano bombeando?

—No puedes ser más idiota —me quejé, pero haciendo notar una pizca de diversión en la voz.

Soltó una carcajada.

—¿Entonces no? Qué cortarollos —suspiró.

—No me toques las narices, Nico, si quieres terminar bien el día —le advertí.

—¿Tan mal te ha ido hoy? —me preguntó, serio.

—Solo estoy cansado y con ganas de olvidarme de todas las responsabilidades por un rato. No es mucho pedir, pero no lo consigo.

Me tapé los ojos con un brazo.

—Ilian, no puedes seguir de esa manera. Te lo digo en serio.

—¿Y qué quieres que haga? Tengo una empresa que requiere mi presencia constantemente y da muchos puestos de trabajo. No puedo aflojar.

—Los cojones, no puedes. —Bufó—. Solo tendrías que proponértelo, buscar soluciones, pero quieres acapararlo todo y así te va. Tío, vas a caer enfermo como no te cuides. Te levantas temprano y tu vida es únicamente la empresa, hasta que te acuestas tarde, cuando llegas a casa. ¿No lo ves?

—Te repito. ¿Qué quieres que haga?

—Eres dueño de un titán empresarial, Ilian, y tienes a muchas personas cualificadas a tu cargo. ¿Por qué no delegas? Puedes empezar poco a poco.

—Lo que dices no es suficiente para lo que hago yo.

Suspiró y, aunque no lo veía, sabía que estaba moviendo la cabeza de un lado al otro, negando.

Se quedó demasiado tiempo en silencio, por lo que volví a hablar.

—¿Sigues ahí o me he quedado solo?

—Aquí estoy, pesando y meditando sobre nuestras vidas.

—Qué profundo —sonreí de medio lado.

—¿Qué planes tienes para ahora?

—Voy a quedarme en la cama un rato más, tengo tiempo. Hasta las siete no iré a la casa de mis padres. Hoy toca cena familiar.

—Mañana es sábado y voy a raptarte.

—Que sea a partir de la una de la tarde.

—¿Qué mierda de rapto sería ese? ¡¡No va a ser como a ti te salga de las narices!!

Soltó una carcajada.

—¡Habrase visto! —continuó, quejándose con un bufido—.

He dicho que mañana te secuestraré y te callas.

Da gracias a que te estoy avisando para que no te suba la tensión, por apartarte de tus obligaciones —dijo con diversión—.

Cuando colguemos hablaré con Joel. Será mi apoyo para pasar un fin de semana de lujo y de escándalo.

Joel era nuestro amigo, el tercero del trío inseparable que formábamos desde el instituto. Hacía muchísimos años que estábamos juntos, que éramos amigos.

—¿Hablas del fin de semana completo? ¿Te has vuelto loco? —le pregunté—. Se te ha ido la cabeza. Con todo lo que te he dicho, y me sueltas que serán más de unas horas mañana. No te lo crees ni tú.

—Por supuesto, y si hace falta te amordazaremos. Te callas, lo aceptas y punto. Joder, qué complicadito eres, tío. Con razón te temen a la hora de hacer negocios. Eres implacable y no das tu brazo a torcer, pero con Joel y conmigo no podrás durante el fin de semana.

Rio.

—Nico, ni se os ocurra organizar algo para los dos días. Como mucho, estoy dispuesto a parar mañana sábado. Si madrugo más, puedo dejar de trabajar a las once, en vez de a la una, tal y como te he comentado. El domingo tengo una reunión por videollamada con un empresario de Berlín.

—No pasa nada. Donde estemos tendrás wifi, cargador, enchufes y tu móvil —dijo con diversión—. Es tu elección si te llevas también el portátil, pero solo para esa videollamada. Olvídate del resto, no se va a terminar el mundo porque tengas la reunión en el hotel de una playa.

—Playa —repetí, apartando el brazo de los ojos.

—Eso mismo —me confirmó, riendo—. ¿Qué te parece?

—Hace muchísimo que no voy a una playa.

—Así estás, más blanco que la leche —dijo, con diversión—. No te preocupes, yo llevaré todo tipo de protecciones, para el sol y para el placer.

Soltó una carcajada y sonreí.

Me ahorré hacer algún comentario al respecto, porque igualmente, haría lo que quisiera.

—Así que, con más razón, vamos a ir a disfrutar de un fin de semana en un hotel que esté a la orilla de una playa —continuó con sus planes—. Ya te toca. Yo me encargo de todo.

—Joder, Nico.

—Sí, eso también entra en el plan perfecto —rio—. Claro que vamos a joder. Sobre todo, tú, porque llevas una rachita…

—¿Qué sabrás tú?

—A no ser que lleves una doble vida muy bien escondida…

Pero ¡ya me dirás cuándo! Oye, ¿no estarás tirándote a alguna empleada o directiva de la empresa?

Voy a tener que hacer un trabajo de investigación y controlar cuántas personas entran y salen de tu despacho, calculando los tiempos.

No descarto a nadie, porque hay más de uno que te comería enterito.

—Definitivamente eres idiota. —Negué con la cabeza—. Déjate de trabajitos de investigación y de tonterías. No juegues en la empresa.

—Vale, aguafiestas —suspiró, con dramatismo—. ¿Entonces qué? ¿Te hace un poco de gracia el plan que acabo de idear? A mí me hace mucha ilusión, tío. Ya hace demasiado que no pasamos unos días juntos, Joel, tú y yo, fuera de lo rutinario. Ni me acuerdo del último viaje que hicimos, ni si fue corto.

—No me convence mucho por el tema del trabajo, pero como podré estar conectado…

Me quedé pensativo y seguí.

—Y claro que me apetece, Nico. Quiero estar con vosotros e intentar desconectar lo máximo posible. Es solo que me cuesta dar el paso para aceptar, por todo lo que tengo a mis espaldas. El último viaje que hicimos fue hace seis años, a Irlanda. No fue corto, estuvimos quince días.

—Joder, es verdad. Ya no me acordaba. Y fueron tantos porque a ti te interesaba, para cerrar unos negocios —rio y sonreí.

—Lo importante es que estuvimos alejados de aquí.

—Sí, tío. Oye, has dicho que estarás conectado con el trabajo este fin de semana, pero no las veinticuatro horas. Eso quítatelo de la cabeza, que te estoy viendo venir.

—En cuanto Joel y tú os toméis unas copas de más no podréis hacer nada contra mí —comenté, con humor.

—Así me gusta, que te animes —alzó la voz.

Sonreí de medio lado.

—No sé cómo irá o si tendré que venir a casa antes de tiempo, pero voy a intentar pasar un fin de semana de desconexión con vosotros.

—No sabes cómo me alegra escuchar eso, tío. Estoy emocionado y todo.

—Eres muy tonto.

Reímos.

—Te dejo para que puedas descansar un poco más, antes de irte a la casa de tus padres. Dale un fuerte abrazo al bellezón de tu madre y un besazo que la deje temblando. Tu padre con un apretón de manos tiene suficiente.

Soltamos una carcajada.

—A ver si eres tan valiente el día que estés delante de él —le dije.

—Cuando esté cara a cara con tu padre besaré el suelo que pisa, como hago contigo cuando estás cabreado o tienes un día de mierda —habló entre risas—. Uno debe saber cuándo hay que arriesgar la vida y cuándo no.

—No tienes remedio.

—Te he alegrado un poco el día y con eso me basta. Nos vemos mañana, tío. ¿Irás a la empresa o trabajarás desde casa?

—Estaré en casa.

—Pues a las once y media estaré ahí con Joel, para recogerte y poner rumbo al paraíso. Tú solo tienes que hacer una pequeña maleta y despreocuparte por todo lo demás. Entre Joel y yo vamos a organizar el fin de semana perfecto.

—Miedo me dais.

—Ya lo sabes, haces bien en temernos —rio—. Hasta mañana.

—Hasta mañana.