Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXIX. Cerrando círculos #3
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LXIX. Cerrando círculos #3

Sofía asintió y agradeció como pudo, todavía desbordada, mientras el cumpleaños feliz  terminaba entre aplausos y alguna broma suelta desde el fondo.

Adam aprovechó y se acercó primero a saludar a las chicas. Ellas lo recibieron irreverentes, sin llegar a ser frías, pero tampoco más agradables de la cuenta. Un par de sonrisas rezagadas, algún comentario breve, y ya.

Se puso el último en la fila, sin llamar la atención, como si no tuviera ninguna prisa. Cuando le llegó el turno, dejó el ramo de rosas blancas sobre la mesa y le extendió a Sofía una bolsa de regalos.

Ella levantó la vista al verlo y sonrió, más tranquila de lo que había estado en toda la tarde.

—Gracias por venir.

—Es un honor para mí estar aquí —respondió él con los ojos brillosos—. Feliz cumpleaños, Sofía.

Las chicas contemplaban la escena, como guardianas a la espera de la señal de combate.

Ella lo miró, con curiosidad, y antes de firmarle el libro abrió la bolsa sin darle muchas vueltas.

Dentro había un estuche profesional de exploración neurológica que contenía lo imprescindible: el martillo de reflejos, el diapasón, la linterna clínica, el pin de sensibilidad, las tarjetas de evaluación visual…

cada cosa en su sitio dentro de un estuche elegante, listo para usarse.

Se quedó un segundo mirándolo. «Vale…», pensó. Aquello no necesitaba explicación. Era muy obvio. Una manera muy a lo Adam  de recordarle el camino que él creía que ella debía seguir. Cerró la caja.

—Gracias. Es un regalo precioso.

Tomó el libro de su mano, abrió en la portadilla y sin pensarlo mucho, escribió:

Para Adam:

Este libro tiene mucho de todo lo que fuimos juntos. Ojalá lo disfrutes…

«Jugando» siempre con tu mente

Sofía

Él lo leyó despacio y la melancolía se le subió a los ojos. Sabía que aquello era una despedida contundente.

—¿Puedo darte un abrazo? —preguntó.

—Claro.

Ella se levantó de la silla y se abrazaron por encima de la mesa. Adam cerró los ojos e inspiró despacio el aroma de su pelo, como había hecho en el pasado, tantas veces, reteniendo el aroma antes de apartarse y dejarle un beso en la coronilla.

—Mañana me vuelvo a Buenos Aires —dijo—. Me ha encantado verte, Sofía… y verte así, grandiosa. Pero estoy seguro de que esto es solo el principio.

Ella asintió con una sonrisa plena.

—Gracias, Adam. Ha sido bueno reencontrarnos… —Agarró su mano y la apretó con cariño—. Y, ojalá, además de todo lo que ya has conseguido, encuentres algo más, aparte de la Neurocirugía, que también te haga feliz ahí fuera.

Adam comenzó a andar hacia la puerta de salida, con el eco de aquella frase retorciéndose en sus entrañas. Pero ya no estaba muy seguro de que esa otra forma de felicidad de la que hablaba Sofía fuera para él. Hacía tiempo que había aceptado que no todos encajaban en el mismo tipo de vida.

—¡Joder, pero qué fuerte! —se apresuró a decir Rachel acercándose a su amiga—. Otro cierre brutal queridita, no te puedes quejar.

—Esto hacía falta —suspiró Sofía— viéndolo marcharse. Esto ME hacía falta.

—Y bueno… ¿nos vamos por los ibéricos y un vinito al Corte Inglés de Callao? —cortó Amber, abriendo una ventana en un espacio sobrecargado.

Todas asintieron sin pensarlo demasiado.

—¿Y las flores? —preguntó Paula—. ¿Las vas a dejar aquí?

Sofía las miró un segundo, todavía sobre la mesa, intactas. Pasó los dedos por un par de pétalos. Sonrió en paz.

—Sí… aquí quedan mejor.

—Esa es mi chica —dijo Paula, curvando las comisuras.

Salieron juntas, con los libros ya guardados en los bolsos, dejándose llevar por la noche de Madrid. Pero a pesar de que todo había salido bien, la expresión que se le quedó a Sofía en el rostro era un poco más seria de lo esperado.

—¿Y esa cara, Sofi? —preguntó Isabel al notarlo.

—Es que… —Se pellizcó los labios antes de continuar—. Estoy dándole vueltas al regalo de Adam… es un set de exploración neurológica.

Paula puso los ojos en blanco y Rachel soltó un resoplido.

—Muy en su línea, ¿no? —dijo esta última—. Todo trabajo, trabajo… De verdad, que comprar un perfume caro tampoco era tan complicado. Ya que estamos…

—Es que me estaba dejando un mensaje.

—¿El qué? —preguntó Camila, frunciendo el ceño.

—Que vuelva a Cuba a terminar la Especialidad. Para él, ese es el compromiso más importante que tengo conmigo misma.

Hubo un silencio corto.

—Ay… es que no puedo con él —soltó Rachel, sin filtro—. Tan mal que me cae. ¡Diosss…!

Sofía soltó una risa nasal… pero seguía algo contrariada.

—¿Tanto te importa lo que piense él? —preguntó Paula sin rodeos.

—No, para nada… —farfulló Sofía—. A estas alturas… —negó con la cabeza—. No es eso. Es que… ¿y si quedándome aquí estoy dejando algo muy mío a medias?

Amber se paró en seco en mitad de la calle y la hizo detenerse con ella.

—¡Hey! ¡Ya está bueno! —La miró de frente, sin suavizarlo—. Te estás apretando demasiado. Estás actuando como si le debieras ese título a todo lo que has hecho. Y no va por ahí.

Sofía no dijo nada.

—Te hemos visto estos tres años de residencia —siguió Amber, ya sin ningún reparo—.

Y sí, ha habido sacrificio… pero también te lo has pasado bien, has aprendido una barbaridad y has crecido.

No todo lo que cuesta alcanzarse es una deuda que tengas que pagar hasta el final.

—Hizo un gesto pequeño con las manos, como intentando ordenar el pensamiento—.

¿Y si todo este tiempo no era solo para convertirte en neuróloga?

Que, ojo, todas aquí, menos tú, tenemos clarísimo que ya lo eres.

A lo mejor todo esto solo formaba parte del camino. Y ya. ¿Por qué no empiezas a verlo así?

Sofía suspiró y retomó el paso, un poco más despacio. Las demás se adaptaron a su ritmo sin decir nada, acompañándola. La noche estaba fría, pero ya no molestaba.

«No es eso, no es por el título», pensó sin deseos de explicarlo, pero aun así no conseguía soltar la incertidumbre del todo hasta que se le coló, sin avisar, aquel momento en el avión. La sensación de que todo se iba a acabar ahí, de golpe. Lo que pensó entonces. Lo que sintió.

Amber habló otra vez, más tranquila, pero igual de clara.

—No es lo que piense Adam, ni lo que pensemos nosotras.

Eres tú. Y ya. Es lo que te digas a ti misma cuando dejes de intentar quedar bien con todo el mundo.

Esa voz es la única que no puedes silenciar —añadió—.

Los de fuera siempre vamos a opinar, siempre vamos a empujar…

pero no somos quienes tendremos que vivir con las consecuencias de tus decisiones.

Se hizo un pequeño silencio un tanto incómodo.

— ¡Wow!  —soltó Paula, torciendo la boca y dándole un par de palmaditas en el hombro a Amber—. España te ha sentado fenomenal, ¿eh? ¡Qué proud  estoy de ti!

—Tú cállate —le reclamó Amber—, que cada vez que me acuerdo de que dejaste a Tote con la loca de tu vecina rodeada de gatos me dan ganas de bloquearte. El pobre perro se me va a despersonalizar, en cualquier momento maulla.

Y ahí ya no se aguantaron. Todas rieron.

—Sofi —la llamó Sarah, agarrándola del brazo y bajando un poco la voz—.

Date permiso para elegir desde donde te apasiona…

Eres una doctora increíble y lo vas a seguir siendo, pero te conozco desde que nací y sé bien que tu pasión, aparte de escribir, siempre ha sido entender la mente.

Tú misma no parabas de decir que estudiabas Medicina porque el cerebro te parecía un misterio.

Sofía apretó los labios y la miró con cariño.

—Entonces… —continuó Sarah —, como lo ha decretado nuestra querida Elvira Sastre: hagas lo que hagas, busca el latido .

—¿El latido, Sari? —Se mordió las mejillas por dentro, mirando hacia la calle—.

El latido aparece cuando tengo tiempo para escribir, cuando aprendo cosas nuevas, cuando me imagino ayudando a la gente de otra manera…

—Se encogió un poco de hombros—. Pero también aparece cuando estoy con mis pacientes y me sonríen aliviados.

Se le quebró apenas la voz.

—Es que no es justo tener que elegir.

Sarah le pasó el brazo por los hombros, acercándola.

—¿Me lo vas a decir a mí? —murmuró—. Nada lo es.

***

Anduvieron unos diez minutos haciéndose fotos y descubriendo detalles arquitectónicos —eso era un plus de tener arquitectas en el grupo— hasta que llegaron a la plaza de Callao, abarrotada de gente y tan viva, como Amber les había prometido.

Pantallas gigantes cambiando de anuncios sin parar, luces por todas partes, el ruido de las conversaciones mezclado con el tráfico y una marea de personas cruzándose en todas direcciones.

Era ese caos tan propio de Madrid que, por un momento, parecía capaz de agotarlo todo y, al siguiente, de hacer que uno quisiera quedarse un rato más.

Y en medio de todo aquel jaleo, como si alguien hubiera decidido plantar algo solemne en mitad del espectáculo, estaban ellas: Las Meninas de Antonio Azzato.

[60]  Gigantes, cubiertas de color, con brillo de juguete caro y una personalidad imposible de ignorar.

Conservaban la elegancia de la figura clásica, pero reinterpretada.

Tal parecía que habían decidido escapar del cuadro de Velázquez para recordarle a todo el mundo que también se puede honrar la tradición reinventándola.

Repartidas por la plaza sin ningún orden evidente, pero se notaba que estaban puestas con intención.

Cada una con su frase directa y reveladora.

De esas que una lee casi sin querer y terminan deteniéndote los pasos y, si te descuidas, hasta el pulso.

—¡Qué maravilla…! —murmuró Paula, acercándose a una.

Pero duró poco la reflexión. Porque, claro, comenzaron a hacer lo que hace cualquier persona normal en pleno siglo xxi .

—Vale, foto aquí —dijo Rachel—. Pero posen bien, eh, que después no dejan subirla a las redes por la mueca de alguna.