LXIX. Cerrando círculos #2
—He leído su libro antes de la publicación —continuó Elena—.
Me ha gustado muchísimo cómo escribe. Tiene una forma muy poco habitual de explicar conceptos complejos y consigue que todo resulte cercano y muy fácil de seguir sin perder rigor.
Será un placer tenerla en el grupo el próximo año.
Porque ha aceptado la propuesta de nuestro centro, ¿verdad?
«Ay… no. Ahora no». La taquicardia llegó puntual. Notó el pulso en las sienes, claro. Pero la sonrisa no se movió.
—Gracias por la oportunidad. Estoy todavía ordenando algunas cosas aquí dentro —dijo, llevándose par de dedos a la cabeza—, antes de tomar una decisión definitiva, pero me siento muy honrada de que hayan pensado en mí.
Elena asintió con una discreta sonrisa, sin la menor intención de presionarla.
—Tómese su tiempo. Las buenas decisiones suelen hacerlo.
—Eso intento.
Hablaron un par de minutos más hasta que alguien se acercó a saludarla.
Un hombre de treinta y pocos, unos centímetros más alto que ella, con el pelo oscuro peinado sin esfuerzo y unos ojos igual de oscuros, de esos que suelen observar más de lo que dicen.
La sombra de una barba bien cuidada, terminaba de darle su toque de irreverencia.
Llevaba vaqueros, pero la camisa —clara, bien caída— le aportaba una seriedad que contrastaba con lo demás.
—Soy Bruno Cano, neurorradiólogo. Trabajo con la doctora Castillo en el Instituto Cajal.
—Encantada —respondió ella, tendiéndole la mano. Aquel nombre le sonaba de algo—. Soy Sofía. Sofía Robles.
—Lo sé. La doctora Robles. —Le estrechó la mano sin apartar la mirada—. Estuve en su ponencia del congreso. Creo que, si todo va según lo previsto, el año que viene nos tocará trabajar juntos. ¿No es así?
Sofía retiró la mano con suavidad. El encuentro no era del todo incómodo, pero había algo raro… Él parecía que intentaba ir un paso por delante sin moverse del sitio, haciendo control de daños.
—Un tanto… heterodoxos la portada y el título del libro para tratarse de Neurociencia —comentó el hombre, insinuando una sonrisa que, al parecer, prefería quedarse a mitad de camino.
Sofía inspiró hondo, pero dejó que la sonrisa de ella sí ganara terreno.
—Los que creen que la neurociencia es aburrida es porque no la han entendido en absoluto.
Niurka apareció entonces y los interrumpió, para seguir con las presentaciones. Las frases empezaban y se quedaban a medias cada vez que alguien más se acercaba, y la librería, comenzaba a llenarse de verdad.
El murmullo fue creciendo. Algunos se habían quedado en la escalera, ya sin apenas espacio para moverse, y al fondo empezaban a acumularse varias personas de pie.
Cuando Sofía alzó la vista para buscar a sus amigas y dar comienzo a la presentación, su mirada se detuvo de golpe.
Entre la gente, inmóvil, con una bolsa de regalo en una mano y un ramo de flores en la otra, estaba Adam.
Él la saludó con los ojos y ella respondió con un leve ademán de barbilla y una media sonrisa.
***
Niurka le hizo una presentación muy en su línea: clara, bien medida y entusiasmada, pero sin alabanzas.
Habló de los inicios, de cómo al principio habían chocado más de lo esperado — saltaban chispas entre nosotras , decía— y de cómo, casi sin darse cuenta, habían terminado entendiéndose hasta el punto de arrancar otro proyecto juntas.
Aprovechó también para dejar caer lo del siguiente libro sin disimulo, pero con gracia.
Después tomó la palabra la editora, y esta fue más directa.
Comentó lo exigente que había sido trabajar el manuscrito, las vueltas, los ajustes, todo lo que había ido cambiando hasta llegar a lo que ahora tenían entre manos, y reconoció sin rodeos que había aprendido mucho en el proceso.
Antes de terminar, mencionó a Rachel y le agradeció públicamente el trabajo de la portada, lo que provocó un pequeño murmullo y alguna que otra sonrisa cómplice entre las primeras filas.
Y luego le tocó a ella.
Esa noche llevaba un vestido negro de invierno, de cuello alto, ajustado hasta medio muslo, con medias color piel que alargaban la línea de las piernas hasta perderse dentro de unas botas negras a media altura.
Encima, un abrigo gris abierto, de corte limpio, con ese cuello estructurado que le enmarcaba el rostro y le daba ese aire académico que, de repente, sentía que le encajaba.
Las ondas del pelo suelto, los labios rojos y la sonrisa iban por su cuenta, equilibrando el conjunto, recordándole —y recordando a… los demás — que seguía siendo ella.
Tomó el micrófono y se colocó frente a todos. Buscó sin pensar lo que tenía que buscar y lo encontró todo en la primera fila. Allí estaban su hermana y sus amigas. Algo dentro de ella hacía clic . Se limpió una lágrima rápido y... «Venga», se dijo.
Desde ahí empezó.
Isabel ya la estaba grabando con el móvil.
— No juegues con tu mente: Sedúcela —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba, mientras mostraba el libro a los presentes—, no empezó siendo un manuscrito.
Empezó en consultas aleatorias, en preguntas que me hacían mis pacientes o incluso yo misma, y en esa manía que tengo de querer entendernos un poco más allá de lo que nos dicen que somos…
Y menos mal, porque igual no estamos muy conscientes aún, pero hay muchas cosas que somos y que nadie nos ha contado.
Hizo una pausa breve, lo justo para mirar un poco más allá de las primeras filas.
—Durante mucho tiempo pensamos que funcionamos de una manera fija, como si ya viniéramos programados…
y no. La mente aprende, se entrena, se revisa y se expande.
Podemos entender por qué reaccionamos como reaccionamos, por qué repetimos ciertas cosas, y también cómo podemos cambiarlas.
No rápido, no siempre fácil… pero se puede.
Se encogió de hombros esbozando una sonrisa tranquila.
—Este libro va un poco de eso. De dejar de pelearte contigo todo el rato y empezar a escucharte mejor. Que a veces es bastante más útil.
Y así fue enlazando ideas sin perder el hilo, pasando por los distintos temas del libro con naturalidad, como si en vez de una presentación estuviera teniendo una conversación larga y pendiente con todos los que estaban allí.
Habló de hábitos, de emociones mal entendidas, de comportamientos que creemos inevitables y no lo son tanto… y poco a poco, fue cerrando.
Se hizo un silencio reflexivo, y luego llegaron los aplausos, creciendo poco a poco hasta llenar la sala. Asintió, agradecida, y aprovechó ese momento para respirar antes de seguir.
—Y ahora quiero dar las gracias… —empezó, desplegando esa sonrisa que ya no intentaba contener en lo absoluto—.
Gracias a mi padre, que desde algún lugar del universo me transmite su fuerza y protege mis pasos.
Gracias a mi familia. A mi madre, que no está aquí hoy, pero me verá en ese video que está grabando mi hermana y se sentirá muy orgullosa.
Tú has hecho esto, mamá. Tú me has traído hasta aquí.
Se le quebró un poco la voz, pero siguió.
—Y a ti, Isa… gracias por empujarme siempre hacia donde soy feliz, por ser la lucecita de mis días.
Buscó a sus amigas con la mirada, tenía lágrimas en los ojos.
—A mis amigas… de verdad, no me imagino mi existencia sin ustedes. Le han dado vida a mi vida… y siempre, siempre… me dejan ese sabor tan necesario de tener un sitio a dónde volver… ¡Pase lo que pase! —Alzó la vista hacia Adam y él hundió los ojos en el suelo.
—A mis profesores —continuó sin pausa—, por todo lo que me enseñaron. En especial a mi profesor Fernando, por ayudarme y animarme a estar aquí hoy. A la editorial Ínsula por la oportunidad, a Roxana por la edición, a la doctora Niurka Castillo por confiar en mí y por guiarme.
Giró un poco la cabeza.
—A Rachel… gracias, Rachel. —La señaló, sin disimular—.
Sé que he sido insoportable y muy intensa —y aprovechó para localizar al casi pedante doctor Bruno que estaba recostado a la baranda de la escalera, observándola con los brazos cruzados—, pero qué pedazo de portada tan… heterodoxa y original has hecho.
Él se rio con los hombros y ella desvió la mirada al vacío antes de continuar.
—Y a Cesar… que tampoco está aquí hoy, pero ha estado siempre. Gracias por ponerle luces a este sueño cuando yo lo veía tan imposible … y por estar —miró a la cámara de su hermana—, incluso todas esas veces que te he dicho que no hacía falta.
Se secó otra lágrima sin detenerse.
—Y, para terminar, creo que no sería justa si no agradezco también, a la Sofía que he sido una y mil veces… y a esta que, mientras tanto, sigue creciendo.
Los aplausos estallaron sin contención. Las chicas, en primera fila, ya estaban llorando sin remedio, y al fondo, entre la gente de pie, Adam se secaba la cara con el dorso de la mano en un gesto fugaz, creyendo que nadie iba a notarlo. Pero Sofía lo vio, y él vio… que ella lo vio.
La librería se movió casi sola hacia lo siguiente.
Alguien organizó una mesa, aparecieron bolígrafos, y en cuestión de minutos todo estaba listo para la firma de ejemplares, pero justo cuando iba a sentarse, con el primer libro ya en la mano, pasó algo que no había previsto en ningún guion.
Desde el fondo apareció Roxana con un pastel azul con velas encendidas, avanzando con cuidado entre la gente, y antes de que pudiera reaccionar, empezaron a cantarle el cumpleaños feliz , primero algunos, luego casi todos, sin demasiada coordinación, pero con bastante buena vibra.
Sofía se quedó en shock por un segundo, completamente frizada, notando cómo se le subía todo de golpe y las lágrimas le llegaron sin filtro, sin negociación posible.
Se llevó una mano a la cara, riéndose y llorando a la vez, sin saber muy bien qué hacer con tanta gente a su alrededor que, sin conocerla, estaban entregándole tanto.
—De verdad… —intentó decir, pero no le salió nada coherente.
Niurka fue la primera en acercarse, y la abrazó con alegría.
—Tranquila —le dijo cerca—. Disfruta tu momento. Te lo mereces.