Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXIX. Cerrando círculos
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LXIX. Cerrando círculos

En el salón del piso de Isabel y Sofía no cabía nada más. Bolsos abiertos, chaquetas colgadas donde podían, el secador enchufado en el suelo y Camila repitiendo por quinta vez que había perdido un pendiente.

Quedaba una hora para la presentación en la librería Atenea, y ese tipo de cuenta atrás siempre acababa igual: todo el mundo ocupando más espacio del que le correspondía.

Sofía estaba sentada en la alfombra, con las piernas dobladas y el móvil boca abajo a su lado.

Rachel, detrás, le pasaba la plancha intentando hacerle ondas en el cabello.

—No te muevas más mujer —dijo, tirando con suavidad de un mechón—. Si te quemas, no va ser culpa mía.

—Auch… —Sofía frunció la cara—. Que duele.

—Pues deja de moverte.

Paula apareció escarbando en su bolso sin abandonar su copa de vino a medio terminar.

—Antes de que se me olvide…

Sofía levantó la cabeza lo poco que Rachel le permitió.

—Dime.

—Tu madre te mandó el portátil pues pensó que podrías necesitarlo y Samir me pidió que te entregara esto.

Le entregó el equipo y luego le puso un paquete en las manos: papel crema, lazo dorado. Demasiado bien cerrado para venir de cualquiera que no cuidara los detalles.

—Es de Marcel —añadió.

Rachel dejó la plancha suspendida en el aire, sin decir nada, mientras Sofía tiraba del lazo. Cedió fácil. Dentro había un ¿libro? ... Mmm ¡no! Era un álbum. En la portada una reproducción de Vida : ella, de espaldas, mirando la bahía de Matanzas.

Sofía pasó el pulgar por el borde, despacio. El título estaba integrado en el muro en ruinas que la separaba del mar:

La vida que me diste

por Marcel de la Torre

Por un instante se olvidó de respirar.

—¡Vaya! Esto no me lo esperaba.

Las chicas se habían quedado mudas observándola, esperando sin interrumpir ese momento que ya no era solo suyo.

Abrió la primera página.

A la mujer con el nombre más lindo del mundo, por recordarme lo bonita que es la vida.

La emoción le llegó sin filtro, sin margen para prepararse. Se le humedecieron los ojos y se enjugó la lágrima con el pulgar.

—Joder…

Pasó página y entonces lo vio todo junto. En las páginas frontales, había reproducciones de las pinturas de Marcel y, a la derecha de cada una, un poema suyo. Debajo, pequeñas notas, breves, donde él explicaba la emoción que había querido capturar y la técnica utilizada.

Siguió pasando las páginas despacio, deteniéndose donde algo le tiraba más de la cuenta, volviendo atrás alguna vez sin dar explicaciones.

Se le escapaban pequeñas risas entre lágrimas, de esas que uno no sabe muy bien de dónde salen, pero que alivian.

Las demás la miraban en silencio, respetando el momento, hasta que Camila, muy bajito, no pudo evitarlo:

—Madre mía… qué hombre, de verdad.

Sofía no respondió. Tampoco hacía falta. Un par de suspiros alrededor confirmaron que no era la única pensando lo mismo. Pero ella siguió hojeando hasta el final.

Agradecimientos:

A Sofía (mi Sofía), por dejarse querer y por quererme de vuelta…

Para que siempre recuerde que es un prejuicio, una ley insulsa: el amor no tiene nada que ver con el tiempo que dura.

Y esa frase fue suficiente para dejarla ahí, quieta, con las pupilas fijas en la página, enviando señales a ese sitio profundo de la mente donde los recuerdos se duermen hasta que un estímulo preciso llega a despertarlos.

Le vinieron imágenes sin orden, momentos sueltos, sensaciones exquisitas.

Instantes en los que, al lado de él, ella había sido feliz.

Muy feliz. «Joder, Marcel… esto no se hace».

Apretó un poco el álbum entre las manos y, al cabo de unos segundos, lo cerró contra su pecho.

No hizo falta nada más. Sarah fue la primera en acercarse, sin decir nada; Rachel apagó la plancha, la dejó a un lado y también se sumó.

El abrazo salió como salen las cosas espontáneas, torpes al principio, pero salvadores al final. Era justo lo que tocaba.

—Es que… esto es muy fuerte, esto es muy… —empezó Sarah, pero se quedó ahí, sin encontrar una palabra que no se quedara corta.

Rachel se secó una lágrima con la manga.

—Ay, no… que yo no soy de llorar.

—Ya… —Sofía soltó una risa nasal—. Oigan a esta. Que no es de llorar, dice.

—Es que, de verdad, es un cierre precioso —añadió Rachel, recomponiéndose un poco—. Para todo lo que vivieron juntos.

—¡William Levy ni William Levy! —remató Paula chasqueando la lengua y sacando pecho.

Y con la frase bastó para que se rompiera la melancolía, como cuando alguien abría una ventana y entraba aire de golpe.

Las risas salieron solas, desordenadas y agradecidas.

Sofía apoyó la frente un segundo en el hombro de Rachel, cerrando los ojos un instante, y luego se separó, recolocándose rápido.

No quería quedarse demasiado tiempo en ese sitio.

Dejó el álbum sobre la mesita con cuidado y miró a su amiga.

—Venga, termina ya, que no llegamos a tiempo.

Rachel resopló, pero volvió a lo suyo.

***

Cuando por fin estuvieron listas, el salón se quedó en ese mutismo raro que suele aparecer después de las prisas.

Siete estilos distintos, siete maneras de plantarse ante el frío de Madrid, y aun así todas encajaban con genialidad en las versiones que tenían de sí mismas, estuvieran donde estuvieran.

Abrigos largos, botas pisando con intención, algún labial que rozaba lo excesivo…

pero lo que de verdad encandilaba era la insinuación de sus sonrisas, a punto de estallar.

—Vale —dijo Camila, mirándolas a todas—. Somos oficialmente ese grupo.

—¿Qué grupo? —preguntó Amber, ajustándose la manga.

—El que da un poco de rabia y un poco de envidia.

—Pues lo justo —murmuró Paula divertida—. Ese siempre ha sido el objetivo.

Bajaron del piso cuando faltaban veinte minutos para las seis, con esa energía medio contenida de los días importantes, en los que todo parece suceder más rápido de lo normal.

La calle Caballero de Gracia estaba animada: gente entrando y saliendo de tiendas y bares, una pareja discutiendo en voz baja, evitando en vano que se les notara la mala vibra, y un repartidor de pizzas zigzagueando entre peatones con bastante poca paciencia.

Caminaron unos minutos que pasaron sin darse cuenta, intercambiando comentarios inocuos y miradas cómplices.

En medio del grupo, Sofía iba con los nervios bastante a la vista, intentando disimular sin demasiado éxito.

«Respira, Sofía, respira. Esto está pasando de verdad… y es algo bueno. Muy bueno».

Entonces vio el letrero, en la esquina: Librería Atenea .

Y se le quedó la mirada ahí, congelada… La fachada era estrecha y cuidada, con un ventanal amplio que invitaba a fisgonear desde fuera, enmarcado en madera clara, y un rótulo dorado sin ningún exceso.

No llamaba la atención a lo grande, pero tampoco se perdía en la calle.

Las siete se detuvieron un segundo en la entrada, necesitaban conectar con la realidad antes de cruzar. Estar ahí no solo era un sueño cumplido para Sofía, era un premio de vida para todas.

La luz del interior era cálida y hacía que todo pareciera más cercano.

Estanterías altas, libros colocados con un orden que intentaba parecer casual, madera clara por todas partes y varias mesas con novedades bien distribuidas.

No era una librería enorme, pero tampoco pequeña, más bien íntima, invitaba a quedarse a los curiosos.

Al fondo se intuía la segunda planta con una barandilla interior, a la que se accedía por una escalera ancha.

Algunas sillas ya estaban ocupadas, con gente hojeando, hablando bajo y un murmullo constante que dejaba claro que aquello ya estaba en marcha.

Y entonces los vieron. En una mesa justo frente a ellas, varias copias del libro de Sofía, colocadas en filas limpias, ordenadas y demasiado reales. Se agarraron las manos.

Rachel fue la primera en reaccionar, avanzando un paso.

—¡Wow, wow, wow…!  —agarró un libro entre sus manos—. La verdad es que me he pasado con esta portada.

Las demás soltaron la risa.

—Sí que lo has hecho —añadió Paula—. Preséntate en la editorial, a ver si cuela. ¿Te imaginas que ser diseñadora editorial sea tu primer trabajo en Madrid?

Fueron cogiendo ejemplares casi sin darse cuenta, pasando las manos por la cubierta, girándolos, comprobando.

Fue Sarah la que agarró a Sofía por el codo.

—Entra ya —dijo, empujándola un poco—. Antes de que me emocione yo más que tú y hagamos el ridículo.

Sofía respiró hondo una vez y echó a andar, sin prisa, hacia el fondo, donde localizó enseguida a Niurka.

A su lado estaba Roxana Acevedo, su editora, más seria en persona que en las videollamadas…

o simplemente más real. Al pasar, le sonaron algunas caras.

«De la conferencia, seguro», pensó. De ese día en el que todo había empezado a tomar forma y sin tiempo para planteárselo, había salido de su zona de confort.

Niurka fue la primera en acercarse.

—Sofía —dijo, sonriendo—. Ya estás aquí.

Roxana fue directa, dos besos y un gesto práctico.

—Qué bien conocerte por fin en persona.

—Igualmente —respondió.

Le explicaron rápido cómo iba a ir todo. Quién hablaba primero, dónde colocarse, cuánto tiempo tenía. Sin vueltas.

Ella asintió, quedándose con lo justo. «Ya improvisaré sobre la marcha».

La gente seguía entrando. Saludos, manos, nombres nuevos que parecían importantes e intentaba archivar en su memoria sin mucho éxito.

Niurka la fue llevando de un grupo a otro, pero con cuidado de no agobiarla.

—Mira, ven —dijo en un momento.

Se pararon frente a una mujer de pelo rubio corto, elegante pero sencilla, con esa expresión segura de los que estaban acostumbrados a ser presentados.

—Para que os conozcáis, Elena —dijo Niurka dirigiéndose a la desconocida—. Ella es la doctora Sofía Robles.

La mujer sonrió al momento, interesada.

—Encantada, doctora Robles —dijo, dándole dos besos—. Soy Elena Monteagudo.

Sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual. «Vale. Esta es», pensó.