Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXVIII. Gratis no será #3
97%

LXVIII. Gratis no será #3

—Bueno, hija… Él dice que tiene un… ¿cómo es que dice? Ah… feeling , eso. Dice que tiene un feeling contigo, Sofi —añadió Rachel, encogiéndose de hombros—. Y que vale todo lo que hace por ti.

Sofía bajó la mirada un momento. «Ya… claro», pensó, sin tener realmente muy claro qué hacer con eso.

Rachel ya estaba sacando el móvil.

—De hecho, le debo una foto.

Rachel se inclinó hacia el centro de la mesa y levantó el móvil.

—Venga, péguense todas.

Se apretaron unas contra otras, sin orden alguno. La foto salió en ese punto justo entre el caos y la felicidad. La envió y dejó el teléfono a un lado.

—Yo adelanté el viaje —continuó—. Me dieron la visa para el veintitrés de noviembre y a Rafa se la concedieron para febrero. Lo hablamos y decidimos que lo mejor era que viniera yo primero para ir preparando el terreno. —Concluyó con un guiño.

Sofía asintió despacio, todavía colocándolo todo en su sitio.

—¿Y tú, Pau?

Paula sonrió, con ese cinismo elegante suyo.

— Que yo soy española, tía  —dijo imitando el acento—. He venido con mi pasaporte, a verte presentar tu libro… y a buscar trabajo aquí. A Cuba no pienso volver por el momento.

Le lanzó una mirada rápida a Rachel.

—Nos quedaremos las dos juntas hasta que llegue Rafa. La tía de Rache nos ha conseguido un piso. Está un poco a desmano, pero bueno… se puede pagar.

—Y tiene tres habitaciones —añadió Rachel, curvando las comisuras.

Sofía soltó una risa.

—Ah, ¿sí?

—Por si acaso —dijo Paula, restándole importancia y guiñándole el ojo.

Sofía las miró a todas otra vez, despacio, como si aún necesitara comprobarlo.

—Es que… de verdad… —Negó, con un entusiasmo que ya no sabía contener—. No me creo que estén aquí.

—Pues estamos —respondió Camila con naturalidad, extendiendo los brazos sobre la mesa—. Y vamos a pasarla de puta madre.

Todas rieron, ya más sueltas.

—¿Y cuánto tiempo se van a quedar ustedes dos? —preguntó Sofía, girándose hacia Sarah y Camila.

—Dos semanas —dijo Camila—. Luego volveremos juntas a Cuba. Estoy viendo con mi hermano lo de la travesía para irnos hacia Estados Unidos… a ver si sale.

—Uf… —Sofía movió despacio la cabeza, todavía encajando piezas. Miró a Sarah—. ¿Y tú?

Sarah sonrió, tranquila, sin esa tensión de antes.

—A mí me está esperando alguien en Puerto Príncipe. Alguien que se está portando… muy bien conmigo. Y me ha ayudado mucho para que pudiera venir. Pero no puedo demorar más de lo previsto pues tengo consulta de seguimiento el diecinueve del próximo mes con el doctor Ernesto en La Habana.

Sofía la miró un segundo más.

—Alejandro.

—Sí —asintió Sarah—. Creo que voy a tomármelo más en serio con él.

«Mira tú, si eres la única que no se ha dado cuenta de lo serio que te lo tomas desde hace rato».

Paula apoyó los codos en la mesa, mirando alrededor.

—¿Soy la única que está un poco asustada de que todo vaya tan bien?

—No —dijo Isabel—. Pero ya tocaba —miró a Sofía—. Y también toca que la ayudemos a aclararse. Tiene una decisión muy importante que tomar.

Casi sin coordinarse, todas se giraron hacia Sofía y ella levantó las manos, casi riéndose.

—Vale, vale… si ya sabía yo que esto iba a salir.

Rachel, sin embargo, estaba mirando hacia la plaza.

—Oye… —señaló—. ¿Ese hotel no es el de la serie?

Sofía siguió la dirección.

—Lo mismo pregunté yo cuando llegué.

—El de la terraza con el suelo de cristal —añadió Paula.

Todas levantaron la vista hacia arriba, al Riu, ahí plantado.

—Y dale con el hotelito… —murmuró Amber—. Que no, que es carísimo.

—No te preocupes —dijo Camila, con una sonrisa tranquila—. No vas a invitar tú. Vamos a subir antes de que acabe el viaje. Como sea. Aunque nos pasamos todo el rato con el mismo coctel con los hielos derretidos en la mano.

Y mientras sus amigas debatían qué pedir —con más opiniones que hambre real—, Sofía buscó el móvil entre sus cosas y abrió la conversación con Cesar.

Sofía:

Cesar, Cesar… ¿qué hago contigo? No puedo decirte lo feliz que estoy.

No puedo explicarte lo feliz que me has hecho. Que hayas ayudado a las chicas a organizar esta sorpresa ha sido el mejor regalo de cumpleaños.

Tenerlas aquí, en un día tan importante para mí, significa muchísimo.

Gracias, de verdad.

Apenas envió el mensaje aparecieron los tres puntos anunciando que él estaba escribiendo. Sofía dejó el teléfono sobre la mesa, pero lo volvió a tomar casi de inmediato. «Venga, disimula», se dijo, sin ninguna intención real de hacerlo.

Un minuto después, llegó la respuesta.

Cesar:

Feliz cumpleaños, doctora. Esta vez no hay vestido negro que estrenar, pero hay un momento glorioso para compartir con la gente que te importa.

Espero que tú y Rachel se hayan dado cuenta de que en este hemisferio ahora es que va a amanecer. Pero las perdono porque me han despertado por una causa justa. Verte reír así, siempre me hace el día más bonito.

Te llamo esta noche antes de que tu día acabe y hablamos un rato.

Hoy tengo un día de trabajo bastante complicado.

Sofía:

Tengo que confesar que por un instante esperé a que salieras tú también por otra esquina.

Cesar:

Ganas no faltaron, créeme, pero qué va… Donde están ELLAS no hay competencia posible y yo no puedo gastar las pocas balas que me quedan siendo tan bruto.

Además, este momento es de ustedes, y solo de ustedes.

Han tenido un año muy intenso. Disfrútense.

Sofía apoyó el codo en la mesa, con el móvil aún en la mano. «Siempre sabe por dónde salir». Levantó la vista un segundo. Las otras seguían hablando, riendo, discutiendo porque con tres tostadas con tomate no iba a alcanzar, aunque fueran grandes.

Volvió al celular. Y sonrió, esta vez sin contenerse.

Sofía:

¡¡¡Gracias, Cesar, en serio!!! Son los mejores veintiocho años que alguien ha cumplido en el mundo.

Cesar:

Tú tranquila, doctora… que gratis, no será.