LXVIII. Gratis no será #2
El flujo de gente iba y venía sin parar.
Turistas mirando hacia arriba, parándose en seco para hacer fotos a cualquier edificio con pinta bonita —hasta al McDonald’s, que parecía un restaurant de lujo— y madrileños esquivando sin mirar, con la prisa de los que ya se sabían el camino de memoria y no les quedaba nada por revelar.
Para Sofía, aquel paseo tenía algo de descubrimiento y de golpe de realidad al mismo tiempo.
No era solo estar allí, por fin. Era reconocer un sitio que llevaba años viendo en pantallas, en fotos y en historias ajenas…
y que, según las propagandas socialistas de la televisión nacional en su país, tampoco tenía tanto que ofrecer .
Miraba a la gente al pasar: caras serias, otras distraídas, algunos hablando solos con el móvil.
Lo normal. Y aun así había algo distinto: una falta de miedo difícil de explicar.
«Viven en sus mundos, en sus líos, en su estrés…
pero sin ese peso en la mirada. Esta gente sabe que no se les va a ir la electricidad y que algo podrán comer al final del día».
La comparación le vino inevitable. En las calles de Cuba los rostros eran otros.
Eran los de la angustia y la desesperanza. Le incomodó reconocerlo.
—Qué bonito es el mundo —masculló al fin, más para sí misma que para las otras dos—. Cuánto nos han ocultado.
Isabel asintió agarrándola por el codo.
—Bueno, Sofi, y hablando de lo bien que se ha portado la vida contigo… —soltó Amber, sin mucho rodeo—. ¿Has decidido algo sobre la propuesta de la doctora Niurka?
Sofía negó, mirando al frente.
—No. Aún no.
Amber chasqueó la lengua, rápida.
—Yo lo veo clarísimo. ¿Y tú, Isa?
Sofía giró la cabeza hacia su hermana.
—Yo también lo veo claro —dijo Isabel—, pero tiene que decidirlo ella.
Sofía soltó el aire por la nariz, molesta.
—Joder, que no es tan fácil. Llevo tres años estudiando, trabajando y dejándome los sesos para ser especialista en Neurología. No puedo hacer como si nada.
—No es hacer como si nada — Amber bajó un poco el ritmo, ajustándose a su lado—. Esos tres años son justo los que te han traído hasta aquí. Igual, el camino sí lo tenías claro y lo que no estaba tan claro era hasta dónde podías llegar.
Sofía apretó los labios un segundo. «Claro, dicho así parece fácil». Pero no dijo nada. Siguió andando mientras intentaba ordenar las ideas que llevaban días girando en su cabeza.
—No lo sé… No lo sé —masculló al fin, dejando escapar un suspiro largo—. La idea de investigar me fascina, pero…
Llevaban unos quince minutos caminando cuando Gran Vía empezó a ensancharse y el horizonte se abrió de golpe. Frente a ellas apareció Plaza de España, con el imponente Edificio España presidiendo el extremo de la plaza y la Torre de Madrid elevándose a su lado.
Amber no dudó.
—Aquí tienen que hacerse fotos.
Las guio hasta la estatua de Cervantes, con don Quijote y Sancho donde había una fila larga de turistas aguardando.
Se colocaron a un costado. Ya borrarían después las siluetas que sobraran en la imagen.
—Ven, Isa, esta es para mamá —dijo Sofía animada.
Ajustaron las poses y repitieron la foto por si acaso . Lo normal.
Al terminar, Sofía levantó la vista casi sin querer y se quedó fija en el Edificio España.
—Espera —dijo, extendiendo el cuello—. Ese de ahí… arriba está la terraza de cristal, ¿no? La de la serie Valeria .
Entrecerró los ojos un segundo, como si así pudiera confirmarlo. Amber siguió la dirección de su mirada.
—Sí, claro. La del Hotel Riu Plaza España.
Sofía sonrió con una mezcla de recuerdo y melancolía.
—La misma a la que dijimos que íbamos a subir todas juntas algún día.
—Sí, ahí mismo… —Amber alzó las cejas, mirando hacia arriba—, pero eso no está al alcance de nuestros bolsillos ahora.
Tendremos que esperar a estar todas y hacer bote, como antes.
Y aun así… ya veremos. —Soltó una risa breve—.
Además, también dijimos que nos veríamos en Manhattan y nos tomaríamos un Cosmopolitan cuando yo, que soy la más joven, cumpliera treinta y cinco.
Todo muy solemne, muy en plan Sex and the City …
¡Por Dios! Y pensar que ustedes veneraban esa serie como si fuera una Biblia para la treintena.
—Tú, que eres una aburrida —protestó Sofía—. Esa serie tiene unos subtextos buenísimos.
—Parece mentira que seas tan profunda y puedas decir eso. Pero, en fin —continuó Amber señalando hacia unas mesas al aire libre al otro lado de la plaza—, para el rooftop del Empire State todavía nos quedan unos siete años, según el plan. El Manhattan que nos toca ahora es ese.
Se sentaron en una de las mesas vacías con sobrilla amplia. Sofía miró alrededor un segundo, ubicando cuerpo y mente en aquel lugar tan distante de su propio centro. Luego apoyó los brazos en la mesa y le agarró una mano a cada una.
—Aunque echo mucho de menos a las otras arpías… estoy muy feliz de tenerlas aquí.
Apretó un poco, sin exagerar y Amber resopló, ladeando la sonrisa.
—Qué intensidad, de verdad.
Sofía no soltó las manos.
—Deberíamos hacer una videollamada, ¿no?
Amber soltó una risa corta.
—Sofía, en Cuba son las cinco de la mañana. Como despiertes a Paula, te quedas sin amiga. Sin derecho a juicio ni nada.
—Uy, tienes razón —dijo Sofía—. Siempre se me olvida. Pero igual podríamos intentarlo… solo por molestar.
—Ni se te ocurra —se apresuró Amber a responderle—. No pienso ser cómplice de eso.
Se hizo un pequeño silencio mientras cada una sacaba el móvil y escaneaba el QR del portavasos. Sofía frunció un poco el ceño. «Esto ya es oficial en el mundo moderno: si no sabes usar el QR, no comes».
Amber, de pronto, dejó el móvil y empezó a rebuscar en el bolso.
—Eh… tu regalo.
Sofía levantó las cejas.
—¿Mi regalo? ¿No es este brunch ?
—Cierra los ojos.
Sofía dudó medio segundo, pero obedeció, entre curiosa y divertida.
—Como me hagas algo raro…
Amber no dijo nada. Seguía a lo suyo, y Sofía terminó de cerrar los ojos, ya sin trampa.
Hubo un pequeño movimiento alrededor de la mesa, pero Sofía no vio nada, aunque algo de ruido percibía. «¿Qué estarás tramando?».
—Como sean unos mariachis no te hablo más. Quedas advertida.
Isa se levantó a su lado y, sin que Sofía lo viera, alzó tres dedos. Uno. Dos. Tres. Y de pronto, sin aviso, estalló un cumpleaños feliz desordenado, alto y agudo, imposible de ignorar.
Sofía abrió los ojos de golpe. Se quedó quieta un segundo, totalmente fuera de sitio, y luego soltó un grito ahogado que hizo girarse a media terraza.
—¡Joderrr! ¿Pero qué está pasando aquí?
Miró alrededor, todavía recolocándose. Y entonces las vio. Allí estaban. Todas.
Rachel, Paula, Sarah y Camila, justo al lado de Amber e Isa, con esas sonrisas de dicha y los ojos brillando como luciérnagas. Sofía parpadeó, como si necesitara confirmarlo. «No puede ser». Pero sí. Era.
—¿Pero… ustedes qué hacen aquí…?
La frase se le rompió a la mitad. Sofía ya estaba llorando cuando se levantó, y no llegó ni a dar un paso.
Se le vinieron todas encima. El abrazo fue inmediato, de los que no se piensan.
Brazos por todos lados, risas mezcladas con lágrimas y cuerpos apretándose en medio del restaurante.
Cualquiera que las viera pensaría que llevaban meses sin verse.
Pero no se trataba del reencuentro. Se trataba de estar todas juntas allí... y en una fecha tan especial.
Nadie intentó ordenar aquello. Tampoco hacía falta.
Sofía se quedó dentro del abrazo, unos segundos largos, respirando como podía, todavía sin creérselo del todo.
Cuando consiguió sacar la cara de aquel nudo, buscó a Sarah casi por instinto y la abrazó más fuerte que al resto, sin disimulo.
Sarah traía su pelo natural muy corto, pero inesperadamente sensual, y su sonrisa amplia le iluminaba todo el rostro.
En su expresión había algo distinto esta vez: esperanza.
—Es que esto es… —Sofía se separó y volvió a mirarlas a todas—. ¿Estoy soñando o qué?
Se secó la cara con el dorso de la mano, pero sin mucha precisión.
—Esto es surreal. ¿Qué hacen aquí? ¿Cómo han podido venir las cuatro?
Las miraba una por una, como si fueran a desaparecer si no lo comprobaba.
—De verdad… pellízquenme o algo, porque… —Negó, riéndose entre lágrimas—. Es que no me lo creo.
Entre carcajadas y un pequeño caos, fueron arrastrando sillas de otras mesas todavía vacías hasta juntarse todas.
En cuestión de segundos, aquello dejó de ser un lugar desconocido a sentirse como territorio propio.
Siempre pasaba igual cuando estaban juntas.
El mundo podía acabarse, pero ellas estaban seguras de que sobrevivirían.
—Tal parece que llevamos siglos sin vernos —dijo Camila haciendo un mohín.
—Y ha sido solo una semana —aclaró Sofía.
Hubo un segundo raro, de esos en los que todas estaban pensando lo mismo y nadie lo decía. Sofía respiró.
—Bueno… ahora sí. ¿Cómo demonios han logrado venir?
Rachel levantó la mano, teatral.
—Es una historia larga.
—Y bonita —añadió Paula, guiñando un ojo.
—Y romántica —dijo Sarah.
—Y complicada —remató Camila, con una seriedad que no se creía ni ella.
Amber las miró, apoyando el codo en la mesa.
—Ay, por favor. Menos tráiler y más acción.
Sarah se inclinó hacia la mesa y extendió la mano para apretar la de Sofía.
—¿De verdad pensaste que nos íbamos a perder la presentación de tu libro?
Sofía notó cómo se le volvía a remover algo dentro, pero esta vez la sonrisa llegó antes que las lágrimas.
—Vale —entró Rachel—. Versión corta, y luego ya adornamos. Resulta que hay un ingeniero en Nueva York al que le sigues importando bastante.
Sofía tardó un segundo.
—Cesar.
«Otra vez Cesar. Siempre Cesar».
—Sí, Cesar —confirmó Rachel—. En cuanto supo que te dejaban viajar, me llamó. Se empeñó en montarte esta sorpresa y movió contactos para las visas de turismo de Sarah y Camila.
Sofía negó despacio, mirándolas y todavía procesando.
—Es que… no lo entiendo. De verdad.