LXVIII. Gratis no será
Era el primer día desde su llegada a Madrid en que Sofía abría los ojos después de las nueve de la mañana, circunstancia que, lejos de responder a la pereza, tenía más que ver con el enredo caótico de los husos horarios cuando uno cambiaba de continente.
En España vivía seis horas en el futuro respecto a Cuba, de modo que su versión europea había cumplido veintiocho años antes que la cubana, detalle que justificaba la celebración improvisada en el piso que rentaban la noche anterior en la que Amber se había adueñado del karaoke empeñada en arañar la puntuación más alta en tanto seguía descorchando botellas de vino y empujaba la conversación por territorios cada vez más imprevisibles —la foto en el kilómetro cero, un viaje a Toledo de ida y vuelta, la incertidumbre agradable de los primeros días, la emigración, la familia que quedaba atrás, las vasectomías— hasta que el reloj superó la medianoche, momento en que le cantaron el primer cumpleaños feliz con una cerilla encendida clavada entre las raciones de croquetas a modo de vela improvisada.
Unos minutos después, por fin apareció Nelson para recogerla.
El primer mensaje que abrió en el móvil al despertar era un audio de Marcel. Compartían huso horario, lo cual alineaba sus ciclos circadianos.
Marcel:
🎙️ Mensaje de voz:
Feliz veintiocho cumpleaños, cari… mmm… Sofía, mejor Sofía. ( Se escuchó una risa nasal ).
Sé que tendrás el día más fantástico en mucho tiempo… Tienes tu regalo en Cuba bajo la custodia de Samir. Lo envié hace dos semanas Ojalá haya acertado.
Espero que vaya genial hoy la presentación del libro; en cuanto esté disponible online lo compraré.
Que sepas que todavía te pienso mucho, pero siempre, siempre…
desde lugares muy bonitos en mi mente.
Te deseo, hoy y siempre, toda la felicidad que mereces.
También encontró un mensaje de su madre, lleno de cariño, prometiéndole una llamada en cuanto se despertara.
Otro era de Eddy, deseándole toda la suerte del mundo.
Le juraba que la echaba muchísimo de menos, que las cosas empezaban a mejorar y que estaba seguro de que muy pronto volverían a abrazarse.
Y, por supuesto, había varios mensajes de las chicas en el chat de ¿Y ahora qué hiciste?
, enviados unas tres horas antes, escritos en ese tono burlón y cariñoso que solo ellas dominaban y que, como era de esperar, giraban alrededor de la inesperada aparición de Adam en el evento.
Camila se encargó de recordarle que no se podía quejar de las bondades del universo , puesto que Adam no había presenciado la presentación de su tesis, pero sí algo más grande .
Comentario que Sofía leyó con una sonrisa irónica en tanto echaba en falta la videollamada habitual con la que solían esperar juntas las doce cuando no coincidían en el mismo lugar para recibir los cumpleaños.
Aquella pequeña ceremonia improvisada, convertida ya en costumbre, no había ocurrido esta vez.
Los malditos husos horarios que son capaces de abrir abismos invisibles pero nefastos, entre los que se quieren.
Era difícil sincronizarse. Cuando ella desayunaba, sus amigas estaban en pleno sueño profundo, probablemente perdidas en enredos oníricos que, horas después, cuando ella se tomara el café de la tarde —y sus amigas el del amanecer— comenzarían a reconstruir para buscarles algún significado espiritual.
Pero tampoco podía lamentarse demasiado.
Amber se había entregado a la tarea de complementar sus ausencias con un entusiasmo desmedido y, a juzgar por el recuerdo difuso de las canciones, los brindis y las carcajadas acumuladas la noche anterior, había cumplido el papel con notable eficacia.
Sin embargo, el verdadero premio al mejor regalo del día lo había ganado la doctora Niurka Castillo al colocarle ante sus ojos, envuelta en un sobre amarillo, la tremenda decisión que debía tomar con respecto a su futuro y que aguardaba en silencio desde hacía tres días.
Tenía que elegir qué hacer en un plazo absurdamente breve.
Ante ella se abrían tres caminos tentadores.
El primero: hacerse especialista y dirigir su propio departamento de Neuroimagen en el hospital de Puerto Príncipe, el lugar que la había formado y donde había pasado buena parte de su vida, uno de sus sitios preferidos en el mundo.
El segundo: hacerse especialista y mudarse a la capital para liderar ese mismo departamento en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía.
Y el tercero: renunciar a la especialidad de Neurología y quedarse en Madrid, viviendo como ciudadana libre, l-i-b-r-e, por primera vez en veintiocho años, cursar un máster en Neurociencias y dedicarse a la investigación —algo que también le fascinaba—, aunque eso implicara alejarse de los pacientes y de la práctica médica cotidiana que había marcado cada uno de sus años de formación.
La idea le arrancó un suspiro doloroso que le dejó el aire atascado a medio camino.
Se quedó mirando a través de los cristales de la ventana de la habitación, en silencio, esperando que en cualquier momento apareciera el genio de la lámpara para ofrecerle una cuarta opción, una que no exigiera elegir entre vocaciones, afectos, carencias y dignidades.
Pero los genios de las lámparas no existían y la vida, en el fondo, siempre terminaba reducida a lo mismo: elegir con la mayor lucidez posible.
Así que volvió al presente y alzó la voz hacia el salón del piso, a través de la puerta entreabierta.
—¡Isaaa! Tráeme café… —el resoplido de su hermana fue tan sonoro que casi hizo que se movieran las cortinas—. Sin quejitas, ¡eh!, que hoy es mi cumpleaños.
Isabel, que hasta ese momento había permanecido hundida en el sofá mirando el móvil, se levantó y fue directo a la cocina, colocó una cápsula en la cafetera y, segundos después, el aparato empezó a llenar el piso con el olor compacto del café recién hecho.
Fue hacia la habitación y le alcanzó a su hermana una taza de expreso humeante que a esta le supo a gloria.
Sofía apenas terminaba de bebérselo cuando Isa se dejó caer sobre la cama y empezó a buscarle canas en el pelo dada su cercanía con los treinta.
—Todavía estás a salvo… —bromeó—. Y bueno, qué piensas para levantarte. Amber debe estar al llegar.
Sofía frunció el ceño.
—¿Amber otra vez, tan pronto?
—¿Cómo que otra vez? —Su hermana abrió las palmas como señalando lo obvio—. Quedamos en que hoy nos íbamos de brunch a un sitio en Plaza España por tu cumpleaños. No tenemos nada que hacer hasta la presentación a las seis y ella ayer hizo la reserva.
—¿Te parece poco? Tengo que prepararme para la presentación.
—Venga, Sofía, déjate de drama. Tienes tiempo de sobra. Además, ¿qué vas a decir que ya no sepas? —volvió a resoplar fingiendo indignación—, solo tienes que bañarte, acomodarte y salir. La librería está bastante cerca de aquí. Llegamos en diez minutos caminando, que ya busqué en Google Maps .
Señaló la puerta del baño con un gesto breve.
—Anda, arréglate, que es tu cumpleaños. Vamos a hacer un brunch en Madrid como Dios manda.
Sofía eligió unos vaqueros azul claro de pata ancha, un poco gastados a propósito, un suéter blanco de cuello alto que contrastaba con la luz fría de la mañana y unos aros grandes en las orejas.
Dejó que el cabello suelto cayera con naturalidad sobre los hombros.
Gafas negras cuadradas y unas zapatillas blancas lo bastante cómodas como para caminar sin lamentaciones por una de esas ciudades que, sin lugar a duda, se leían con los pies.
Bajó las escaleras con la ligereza de quien ya se había lucido dando una conferencia de Neurociencias ante más de doscientos desconocidos y había salido ilesa de un encuentro inesperado con el hombre que, durante casi tres años, había sido catalogado —con mayor o menor justicia— como el amor de su vida.
A unos veinte metros Sofía detectó la silueta de Amber frente a la entrada del Metro de Gran Vía y se sintió increíblemente afortunada.
La mañana había amanecido con ese frío seco y afilado que formaba parte del carácter de Madrid, aunque el sol se empeñaba en brillar como si pudiera compensarlo.
No lo conseguía, pero al menos daba esperanza a los optimistas y hacía que el día pareciera bonito para salir a descubrir la vida por aquellas calles bonitas y empedradas.
Recorrieron la Gran Vía con Amber caminando medio paso por delante. Parecía que había firmado un contrato invisible para guiar la expedición.
—Ese es el edificio Telefónica —dijo Amber sin frenar, señalando a la derecha justo antes de girar a la izquierda—. El de Las chicas del cable .
Sofía alzó la vista recordando la serie. Detrás, Isa se acercó lo justo para que Amber no la oyera.
—Nos faltan los auriculares —murmuró, torciendo la boca en un gesto burlón— y tenemos visita guiada gratis.
—Y este… —dijo Amber casi un minuto después, deteniéndose en una esquina— es el hotel Pestana, de Cristiano Ronaldo.
Sofía arqueó una ceja. No comprobó el dato; la entusiasmaba más la convicción de su amiga que la propia veracidad del asunto. Aunque, bueno… en la entrada de aquel edificio blanco y elegante de los años veinte decía bien grande CR7.
Atravesaron la plaza Callao entre pantallas que no descansaban y anuncios que cambiaban demasiado rápido para prestarle atención a ninguno. En medio de esta, varios operarios colocaban unas figuras de mujeres, rígidas, casi irreales, como muñecas a medio montar.
—Aquí venimos esta noche —dijo Amber, señalando hacia arriba del edificio donde estaba el cartel—. A la terraza del Corte Inglés. A probar el jamón ibérico… cien por cien bellota . Dicen que es el mejor.
Sofía la miró entornando los ojos.
—Y seguro que también el más caro —añadió, divertida.
Amber hizo una pausa para ajustar las expectativas en tiempo real.
—Aunque sea una lasquita.
Isabel rio por lo bajo.
—Plan austero, ¿eh?
—Plan coherente —corrigió Amber, encogiéndose de hombros.