Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXVII. Joder, Universo… #3
95%

LXVII. Joder, Universo… #3

La comida llegó poco después, y cenaron sin prisa, comentando de vez en cuando sus impresiones sobre la comida española y la sorprendente seriedad con la que en aquel país se tomaban algo tan aparentemente simple como una croqueta.

Cuando retiraron los platos, el camarero volvió con la carta de postres.

Sofía la observaba indecisa entre la crema catalana y la tarta de queso.

Fue entonces cuando Adam habló, sin previo calentamiento.

—Lo siento, Sofía —dijo, inclinándose hacia ella con aquellos ojos llenos de tal vez  que llegaban bastante tarde—. Te juro que yo tampoco he pensado en ese para siempre  con nadie más.

Ella le hizo acuse de recibo con una mirada tierna, dio un sorbo largo hasta vaciar su copa y la dejó sobre la mesa junto al menú de postres.

Adam se cubrió los labios durante un segundo y terminó apoyado sobre los antebrazos en la mesa. Buscaba una postura cómoda, pero no la encontró.

—Me arrepentí desde el primer momento.

Sofía se mordió el interior del labio inferior, pero no apartó la mirada.

—Me arrepentí de haberme casado con Julia —continuó—. Me arrepentí de no haber luchado más por ti. Me arrepentí de haber sido tan cobarde. Me arrepentí de haberme ido sin insistir más.

Sofía tragó en seco. Llenó la copa otra vez y dio otro sorbo, más largo que el anterior.

«Claro que te arrepentiste».

—Ya debes saber que lo de Julia no llegó a ningún sitio.

Ella se fue literalmente con otro hombre antes de que yo volviera y, si te soy franco, yo me sentí más aliviado que traicionado.

Además de que no había forma posible de que lo nuestro tuviera un final feliz —continuó Adam, bajando el tono—.

Estuve a punto de volver a Cuba para ir a buscarte, pero para cuando lo decidí, William me contó que estabas en una relación…

que estabas feliz. —Se encogió de hombros—, y pensé que se me había hecho tarde, que ya no era mi momento.

«Estabas claro. No lo era». Sofía no dijo nada.

Se limitó a mirarlo y presionar el surco entre su nariz y el labio superior, con el dedo índice flexionado en un gesto de contención.

Por dentro, dos respuestas luchaban por imponerse.

La que deseaba decir, y la que sabía que debía decir. Dio un tercer sorbo.

Adam recorrió la piel de su frente con los dedos.

—No dejo de pensar en qué habría pasado si las cosas no hubieran sido así —añadió—. En qué habría pasado si hubiera vuelto a buscarte.

Sofía miró su copa vaciarse otra vez, y luego a la botella. Ya no quedaba vino. La dejó sobre la mesa y entonces, habló.

—Pensar en eso no tiene sentido. Lo que hubiera pasado…

ya no puede pasar —«y si hubieras vuelto tal vez no habría vivido todo lo bonito que me pasó este año porque no sé si habría tenido coraje para dejarte ir otra vez…

aunque, pensándolo bien, ahora estás aquí, frente a mí y nada de taquicardia»—.

Ya está, Adam. Hay trenes que pasan una sola vez en la vida.

Si no te subes a tiempo, estás obligado a cambiar de destino.

Durante unos segundos ninguno habló hasta que Adam extendió la mano sobre la mesa y tomó la de ella. Sofía no la retiró, pero… le molestó bastante que le resultara tan fácil reconocer el calor de ese tacto sobre su piel. La memoria sensorial, que al igual que la olfatoria, también era una cabrona.

Y sí, seguía sintiendo algo por él, solo que desde otro lugar. Una admiración profunda, quizás cariño. Un afecto tranquilo que ya no exigía nada. Pero no era aquel amor. De eso estaba segura.

—Nuestra oportunidad pasó, Adam. Ya no podemos sacarnos un final feliz debajo de la manga, ¿no crees? —dijo con suavidad—. Pero gracias por decírmelo. No cambia nada de lo que pasó... pero sí cambia la forma en la que voy a recordarte.

Bajó la mirada un instante.

—Muchas veces pensé que no había sido lo suficientemente importante para ti…

—No tienes idea de lo importante que has sido… y eres para mí, Sofía —le respondió apretando su mano un poco más—. No he vuelto a enamorarme de nadie. Y la verdad dudo que eso vuelva a suceder —la voz se le quebró un poco—. Sé que te resulta difícil creerme, pero te juro que no te miento.

—Te creo —dijo ella, devolviendo la presión de su mano mientras le dedicaba una sonrisa—. Te está temblando la comisura izquierda. Y eso solo te pasa cuando estás diciendo algo que supera tu control emocional.

Adam sonrió por lo bajo. Tenía los ojos brillantes.

—No sabes cuánto siento que tengas tan claro que no hay vuelta atrás, Sofía—. Frunció los labios un momento antes de continuar—. Pero tendré que creerle… doctora , eso de que sí podemos cambiar la forma en que los recuerdos nos sacuden el sistema nervioso.

Sofía sostuvo su mirada.

—¿Acaso no lo estamos haciendo ahora?

—No juegues con mi mente, Sofía.

Ella intentó hacerle un guiño para disimular la melancolía que le había provocado escuchar aquella frase, un guiño que, por supuesto, le salió de todo menos sensual.

Y entonces, con ese sentido del humor impiadoso que a veces parece tener el destino, empezó a sonar la voz de Pablo Alborán en los altavoces del restaurante.

♪Vuelves en cada sueño que tengo, caigo de nuevo en tu red…

Sé que tarda un tiempo, curarme de ti de una vez.

(…)

En Saturno… viven los hijos que nunca tuvimos…♪ [59]