LXVII. Joder, Universo… #2
—En fin… —cambió de rumbo con elegancia—. Hoy has estado brillante en la conferencia. En serio, eres una excelente neuróloga.
Sofía negó con una pequeña sonrisa.
—Todavía no soy neuróloga. Me falta el examen.
—Ah, claro —asintió él despacio—. William me comentó que lo harás cuando regreses. Pero eso para ti es pan comido.
Sofía sostuvo la copa entre las manos un momento, valorando si abrir aquella puerta. Pero tal vez él podía aportar algo bueno a su incertidumbre.
—De hecho… —dijo al fin—, estoy en una disyuntiva tremenda.
—¿Y eso? —preguntó Adam, cruzándose de brazos.
—Pues… tengo una propuesta de trabajo muy buena en el Instituto en La Habana, otra en el hospital de Puerto Príncipe y…
—¿Y? —se adelantó él.
Ella dio un pequeño sorbo de vino antes de continuar.
—Me ha surgido un máster y un puesto como investigadora aquí, en Madrid. Pero, si acepto eso último, no puedo volver a Cuba a presentarme al examen estatal porque después no me darán permiso para volver y…
—Y si no vuelves a Cuba, no puedes graduarte de neuróloga —terminó Adam por ella.
—Exacto.
Él torció un poco el gesto y dejó salir el aire con calma.
—Uff… ¿y qué piensas hacer, Sofía?
Ella bajó la mirada un momento hacia la bebida. Cuando volvió a levantarla, los ojos le brillaban.
—¿Sabes que pasé el susto de mi vida en el avión cuando venía a Madrid? —dijo en voz baja—. No he tenido tiempo de comentarlo con casi nadie, pero… por unos minutos que parecieron horas pensé que iba a morir joven.
Adam se inclinó hacia delante sobre la mesa.
—¿Qué dices? —preguntó con preocupación— ¿Qué pasó?
—Una despresurización brusca en la cabina. Al final todo se resolvió y no pasó nada grave… —Sofía giró la copa entre los dedos, buscando las palabras—. Pero el asunto es que tuve una especie de revelación, Adam.
Él volvió a alzar las cejas, escéptico y hundió los dedos en su cabello antes de mirarla de nuevo.
—Te voy a hacer una pregunta —continuó ella—. ¿Qué harías tú en mi lugar?
—¿De verdad quieres saberlo?
Sofía asintió. Adam entrelazó las manos sobre la mesa.
—Yo volvería a Cuba. Haría el examen, me graduaría… —enumeró con calma metódica la conducta a seguir—. Al fin y al cabo, llevas tres años dejándote la piel para conseguirlo. Después podrías encontrar otra forma de salir. Las oportunidades como esta aparecen y desaparecen todo el tiempo.
—Adam… —Sofía inspiró profundo poniendo los ojos en blanco—, llevas mucho menos tiempo fuera de Cuba que todo el que viviste en ella. Sabes que ahí dentro estas oportunidades no aparecen con facilidad.
—Ya. Pero… —mantuvo su expresión inflexible—, si fuera yo, volvería.
Sofía sonrió y lo miró con condescendencia.
—Te diré lo que dicen en las series americanas. —Apoyó el codo en la mesa y la barbilla sobre su mano para proseguir con sarcasmo—: of course you do .
Adam movió la cabeza de derecha a izquierda, contrariado.
—Bueno… tú me preguntaste. Solo he sido sincero.
Sofía asintió despacio, muy despacio. Acababa de corroborar algo que en realidad sabía desde antes de formular la pregunta. En sus labios apareció una sonrisa trémula, pero con ese punto torcido que rozaba la ironía.
—Sí, y te agradezco la respuesta frontal —le aseguró—. Lo cierto es que, yo aún no sé qué hacer. No he tenido tiempo de analizarlo. Y la verdad, te pregunté más para confirmar si tu idea de la felicidad siempre va a terminar en la orilla opuesta de la mía.
Adam se frotó las sienes. La frase tardó un momento en procesarse en su corteza cerebral.
—No digas eso, Sofía.
Ella se encogió de hombros y chasqueó la lengua contra el paladar.
— It is what it is . Pero eso no significa que uno de los dos esté mal. Significa que no vemos la vida de la misma manera. Y eso, créeme, me da mucha paz ahora mismo.
Adam se humedeció el labio inferior con la lengua, incómodo.
—¿Y por qué te da paz?
«Porque estuve mucho tiempo preguntándome si debí haber luchado más, si había hecho lo correcto alejándome de ti».
—Porque me deja claro que estuvo bien que tomáramos caminos diferentes —respondió al fin—.
Si en algo tuvo razón Julia era en que… —«en que tú y yo nunca habríamos sido felices porque cuando no tienes control absoluto se te llena de ruido el cerebro»— bueno, da igual.
La vida tiene maneras bastante eficaces de colocar las cosas donde tienen que ir —dejó salir un poco el aire—.
De lo único que aún te culpo es del miedo que le he cogido al para siempre.
En ese momento el camarero se acercó a la mesa con la libretita de anotar en la mano, interrumpiendo la conversación con discreción, consciente de que las pausas estratégicas también formaban parte del servicio.
Como Sofía no tenía demasiada hambre, se dejó aconsejar por el joven y pidió un entrecot a la plancha con ensalada y una ración de croquetas de jamón.
Adam, después de mirar la carta unos segundos más, se decidió por una paella de mariscos.