LXVII. Joder, Universo…
—Pero ábrelo ya, mujer. ¡Ábrelo ya!
Eran casi las cuatro de la tarde y ellas estaban en la sala del apartamento.
Isabel llevaba un buen rato mirando el sobre amarillo con una concentración impropia para un simple pedazo de papel.
Sofía terminó cediendo ante la presión ambiental y lo abrió con cuidado.
Sacó primero un documento de varias páginas.
El encabezado aparecía impreso con una sobriedad inequívocamente institucional. Bajó la vista y leyó en voz baja:
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
Facultad de Psicología
Máster Universitario en Neurociencias Cognitivas y Neuropsicología
Resolución de admisión
Se comunica que la doctora Sofía Robles ha sido admitida en el Máster Universitario en Neurociencias Cognitivas y Neuropsicología, impartido por la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid.
La admisión ha sido resuelta favorablemente por la Comisión Académica del Máster, una vez valorada la documentación aportada y su trayectoria académica y profesional.
(...)
Fecha de inicio del programa: 8 de enero de 2019
Modalidad: Investigación y formación avanzada.
Duración: Un curso académico.
La incorporación al programa queda supeditada a la formalización de la matrícula dentro de los plazos establecidos por la Universidad Complutense de Madrid.
Sofía levantó las cejas mientras releía las primeras líneas, todavía intentando encajar en lo que tenía delante.
—Pero… ¿y esto cómo es posible? Niurka me ha inscrito en un máster sin decirme, porque esto no lo he buscado yo.
Isabel ya estaba inclinada sobre su hombro, leyendo con la ansiedad de quien temía perderse algo importante.
—A ver, a ver… ¿qué más pone? ¿Hay algo más ahí dentro?
Sofía sacó el segundo documento del sobre.
INSTITUTO CAJAL
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Departamento de Neurobiología Funcional y de Sistemas
Propuesta de incorporación al grupo de investigación
(…)
Estimada Dra. Sofía Robles:
Me complace comunicarle que, tras valorar su trayectoria clínica y académica, así como la formación complementaria acreditada en el ámbito de las neurociencias y la neuroimagen aplicada, deseo ofrecerle su incorporación como investigadora colaboradora al grupo de investigación que dirijo en el Instituto Cajal (CSIC).
Su participación se orientará al desarrollo de proyectos centrados en la regulación emocional, el control cognitivo y las interacciones funcionales (…).
Asimismo, se propone su integración, bajo la supervisión científica del Dr. Bruno Cano, en la línea de investigación dedicada a técnicas avanzadas de neuroimagen, participando en el diseño experimental, la adquisición y el análisis de estudios de resonancia magnética estructural y funcional dentro de proyectos de investigación traslacional actualmente en desarrollo.
La incorporación al grupo será compatible con la realización del Máster Universitario en Neurociencias Cognitivas y Neuropsicología de la Universidad Complutense de Madrid, favoreciendo la integración de la actividad investigadora con su formación académica de posgrado.
La presente propuesta queda supeditada a su aceptación y a la posterior formalización de los trámites administrativos correspondientes.
Fecha prevista de incorporación: 8 de enero de 2019.
Reciba un cordial saludo.
Dra. Niurka Castillo
Investigadora Científica
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Instituto Cajal
Sofía dejó los documentos sobre la mesa, apoyó las manos en las caderas y empezó a caminar alrededor de la mesita del salón mientras intentaba ordenar lo que acababa de leer.
—Isabel…
—Joder, Sofi, pero esto es fenomenal —dijo su hermana, inclinada sobre los papeles y repasándolos otra vez.
Sofía se detuvo.
—Pero, Isa… —Levantó la vista hacia ella con los ojos húmedos—. ¿Y la Especialidad?
***
La tarde se le fue en una maraña de pensamientos que no lograban encontrar ni orden ni lógica.
Aquello era una oportunidad extraordinaria, sí, pero no iba a salir gratis.
Sabía muy bien que, si volvía a Cuba y se presentaba al examen estatal de la Especialidad, el Ministerio de Salud Pública podría retenerla allí durante años.
El profesor Fernando se lo había advertido sin rodeos; podían ser hasta cinco.
Una semana antes, tener que pasarse cinco años más en la Isla no le quitaba el sueño, formaba parte del camino previsto. Pero ahora la situación era otra. Ahora tenía ante sus ojos una propuesta inesperada y, con toda probabilidad, irrepetible.
¿Han oído eso que suele decirse de que las buenas oportunidades traen renuncias incorporadas?… pues bien, ahí estaba la prueba.
***
Hacía un frío que cortaba y, cuando una ha crecido en el trópico, el otoño madrileño ya se vive con respeto; quince grados empezaban a parecer un experimento polar y aquella noche el termómetro no tenía pinta de mostrarse generoso.
Pasó un buen rato frente al espejo… pero no porque quisiese impresionar a nadie, ¡qué va!
Aquella noche ella estaba dispuesta a doler, de hecho, lo necesitaba.
Eligió entonces una versión elegante, pero abrigada, de sí misma.
Una gabardina de lana color café —que había comprado extra el día que fueron a Zara— caía con peso sobre los hombros; una bufanda heredada de su madre, de cuadros intercalados en tonos tierra, descansaba suelta sobre el pecho; y el cabello recogido en un moño bajo con ese descuido irreverente que, en realidad, exigía más pericia de la que parecía.
Debajo llevaba un suéter negro de punto largo, pantys color piel con pequeñas arañas negras en relieve y botas altas que afinaban el contorno de sus piernas. Los labios… bueno, ya saben.
***
En una calle discreta, después de seis minutos andando, estaba La Tasquita de Enfrente, uno de esos restaurantes pequeños donde la gente que conocía Madrid entraba con confianza y salía satisfecha.
Sofía llegó unos minutos antes de la hora pactada, pero Adam ya estaba dentro.
Ella se detuvo un instante en la puerta antes de entrar.
Desde allí lo vio sentado a una de las mesas, inclinado hacia delante deslizando el pulgar por la pantalla del móvil, con esas ínfulas de neurocirujano buenorro pero inaccesible.
Llevaba una gabardina marrón de corte clásico sobre un jersey beige de cuello alto que le daba un aire sensual y sobrio, combinado con pantalones oscuros entallados y botas de cuero color caqui.
Y ahí estaba frente a ella el doctor Adam otra vez, ocupando el espacio sin necesidad de hacer ruido para arrastrar las miradas a su alrededor.
A Sofía la invadió una nostalgia sutil, de esas que no arañaban, pero dejaban un hueco incómodo detrás del esternón.
Durante un momento lo miró con incertidumbre e intentó localizar en sus recuerdos el instante exacto en que dos personas capaces de entenderse tan bien habían terminado viviendo en orillas tan distintas.
Lo encontró…, no fue difícil y una ráfaga de ira la hizo apretar el puño con fuerza.
Volver a estar frente a él, compartiendo la intimidad de una cena para dos, en una ciudad tan absurdamente mágica como Madrid, a miles de kilómetros de todo lo que había sido y de lo que no resultaba bastante difícil de gestionar.
«Joder, Universo… ¿no te cansas de ponerme a prueba? ».
Adam levantó entonces la cabeza y sus ojos se encontraron con los de ella. Y ahí mismo a ella se le desordenó todo el guion que había ensayado para la velada.
Él se puso de pie al instante, y Sofía avanzó hacia la mesa con pasos tranquilos.
—Hola —dijo Adam mientras apartaba una silla para ella.
—Hola —respondió Sofía, inclinándose para darle un beso en la mejilla.
La iluminación tenue del restaurant envolvía cada mesa en una atmósfera íntima.
El aroma del aceite de oliva y del pan recién tostado impregnaba el aire, mientras una antigua pared de piedra y ladrillo visto aportaba carácter a un salón donde las mesas negras, las copas de cristal y las butacas de terciopelo oscuro componían un ambiente elegante y acogedor.
Pidieron una botella de vino y, durante los primeros minutos, hablaron de asuntos que no exigían demasiado al corazón: viajes, congresos, proyectos profesionales.
Adam le contó que trabajaba y estudiaba más que nunca y que, fuera de Cuba, se abría un mundo entero por descubrir en la medicina contemporánea.
Él hablaba y giraba su copa entre los dedos, porque claro, la irreverencia del vino también formaba parte de sus explicaciones; Sofía lo escuchaba apoyada en el respaldo de la silla, reconociendo ese entusiasmo innato que suele desbordarse en la gente cuando está hablando de lo único que realmente le importa.
—Voy saltando de una certificación a otra —dijo satisfecho—, de un entrenamiento al siguiente. Pero al menos ya abrí mi propia consulta.
—¿En Buenos Aires?
—Sí… aunque casi nunca estoy allí. —Se encogió de hombros—. Tengo un buen equipo que se encarga cuando viajo.
Sofía seguía observándolo con atención, tratando de redescubrir los contornos de la persona que tenía delante. Pero no tardó en comprender que, en lo esencial, Adam seguía siendo el mismo. Su verdadera historia de amor, la más larga y sólida, había sido, era y seguiría siendo con la Neurocirugía.
—Me alegra mucho que seas feliz… que estés haciendo lo que te gusta. No todo el mundo tiene la suerte de ver florecer sus pasiones —dijo, sorprendiéndose al oírse parafrasear a Cesar.
Adam dejó escapar una sonrisa que le movió los hombros.
—Bueno… la verdad es que no todas mis pasiones han florecido.
Sofía enarcó una ceja.
—Tal vez porque no todas han sido lo suficientemente fuertes… o porque no a todas les has puesto el mismo empeño.
—Sofíaaa… —dijo él, con cara de no vayas por ahí .
—Adaaam —respondió ella con expresión de has empezado tú .
Él jugó unos segundos con el borde de la copa sin poder borrar la sonrisa. Después levantó la vista.