Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXVI. Podemos elegir no responder desde la herida #3
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LXVI. Podemos elegir no responder desde la herida #3

Adam dejó escapar esa sonrisa suya, la de la primera vez que la vio, la misma que la condujo antes al abismo sin escaleras para regresar a la superficie.

—¿No viste la lista de invitados del evento? —preguntó—. Yo siempre reviso los de Cuba cada vez que voy a uno, y la verdad es que vi tu nombre antes de inscribirme… pero no supe hasta hoy que darías una conferencia.

Sofía soltó el aire despacio. La verdad era que ni por un segundo había contemplado la posibilidad de que el universo fuera tan cabrón.

«¿Cómo no se te ocurrió, Sofía, mirar la lista de participantes?».

—No… la verdad es que no lo revisé —admitió—. Ni se me pasó por la cabeza que esto pudiera ocurrir.

Adam se pasó la lengua por los labios antes de chasquearla contra el paladar.

—El sábado es tu cumpleaños.

—Sí. Veintiocho ya.

—Y también es la presentación de tu libro.

—Así es.

Adam frunció los labios.

—En la librería Atenea. —Se rio.

—En la librería Atenea —repitió ella y se mordió el labio inferior por dentro para disimular la sonrisa.

—¿Estoy invitado?

—Invité a todos los presentes —respondió tocándose la nariz.

Él sonrió entonces de verdad. Los hombros se le relajaron, liberados de la tensión que había estado sosteniendo sin darse cuenta. La miró con complicidad.

—¿Me aceptarías una invitación a cenar esta noche?

Ella retornó la mirada que había comenzado a desviar y arrugó el ceño.

—No sé si suene muy fuera de lugar —continuó Adam—, pero me gustaría conversar contigo un rato. Tranquilos. Sin ruido.

—No creo que sea buena idea, Adam.

—¿Por qué no? —preguntó él con esa calma suya, tan exasperante—. Hemos madurado. Podemos tener una velada civilizada… ¿o no? Es la primera vez que nos vemos desde que… me fui de Cuba.

—Hace un año y un mes —especificó ella.

«¿Pero qué haces, loca? ¿Y esas cuentas mentales expuestas?».

Se pasó las manos por el pelo y, al levantar la vista, vio a Isabel haciendo pantomima desde su sitio para que dijera que no. Soltó un suspiro.

—Vale. Pásame la ubicación del sitio y nos encontramos allí.

—¿A qué hora te viene bien? —preguntó él.

—A las nueve está bien.

Adam asintió.

—A las nueve, entonces. —Miró el reloj—. Mierda, me tengo que ir. Tengo que dar una conferencia en quince minutos en el Auditorio Norte.

—Uyyy —dijo Sofía con sorna—, según vi en el mapa es uno de los más grandes.

—Pásate si tienes tiempo. Voy a dar una charla sobre neuromodulación espinal avanzada para el dolor crónico. La información es muy reciente.

—Vale, lo intentaré.

Se despidieron con una última mirada que todavía tenía demasiadas cosas sin decir.

Adam se apartó unos pasos y, al pasar junto a Isabel, la saludó.

—Hola, Isa.

A ella no le hizo ninguna gracia así que le respondió con un gesto escueto y cara de pocos amigos. Esperó a que él se alejara lo suficiente y entonces se volvió hacia su hermana.

—Pero… ¡la madre que me parió! ¿Qué ha sido todo esto? ¿Qué hace este aquí? —le preguntó a Sofía con la decepción plasmada en el rostro.

Sofía abrió la boca para responder, pero en ese momento, la doctora Niurka las interrumpió.

—Enhorabuena, Sofía —dijo con una sonrisa satisfecha—. Has estado magnífica. Incluso cuando olvidaste el nombre de la librería. Al final eso resultó ser también una excelente estrategia de marketing .

Sofía soltó una risa nerviosa y levantó las manos para enseñárselas.

—No fue intencional. Lo juro —masculló—. Todavía estoy temblando.

«Por muchas razones estás temblando tú».

—Bueno —añadió la doctora—, creo que tu día aún no termina.

Sacó de una carpeta un sobre amarillo y se lo tendió.

—Por favor, revisa estos documentos con calma cuando tengas un momento. Y antes de que termine el mes, me gustaría tener una respuesta.

Sofía parpadeó, desconcertada, y giró los ojos hacia el sobre con curiosidad.

—¿Qué será, doctora? ¿Qué será?

Niurka se encogió de hombros con una media sonrisa socarrona.

—Quién sabe… tal vez una sorpresa.

***

Sofía le dio libertad a su hermana para que saliera a pasear por Madrid y le prometió que abrirían juntas el sobre en casa por la tarde. Ella prefirió quedarse para asistir a otras conferencias que tenía apuntadas y, de paso, cómo que no, aprender algo sobre neuromodulación espinal.

Cuando llegó al Auditorio Norte, el doctor Adam Figueroa ya estaba sobre el escenario, con la chaqueta del traje puesta y la corbata bien ajustada, caminando de un lado a otro con una naturalidad desconcertante y hablando con el mismo tono con el que conversaba con colegas de toda la vida.

Aquello resultaba irritante. Ese hombre ni siquiera parecía nervioso.

Se le veía tan… tan seguro, tan concentrado, tan suyo .

Tan como siempre, pero más. El auditorio no estaba lleno —seguramente cabrían más de mil personas—, pero sin dudas habría cerca de quinientas.

Sofía se sentó en una de las últimas filas, hacia una esquina en penumbra, para que ni por casualidad pudiera verla, pero escuchó la conferencia hasta el final…

y, aunque se fue antes de que se abriera la ronda de preguntas, salió de allí tranquila al confirmar, que él seguía transitando el camino de sus sueños con extrema lealtad y devoción.

«Tan inteligente el muy cabrón».