Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXVI. Podemos elegir no responder desde la herida #2
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LXVI. Podemos elegir no responder desde la herida #2

—Cuando recordamos algo, nuestro cerebro no abre un cajón y saca una fotografía intacta.

Nos gusta pensar que funciona así, pero no.

Lo que hacemos es reconstruir ese recuerdo cada vez, y en esa reconstrucción se cuela de forma inevitable todo lo que hemos vivido después.

Por eso, durante unos minutos, el recuerdo se vuelve maleable y debemos dudar un poco de lo que sea que nos transmita.

Abrió las manos, como enfatizando una evidencia obvia.

—En ese momento interviene la región del cerebro que regula las emociones, que estoy segura de que usted conoce perfectamente, doctor —«porque fuiste tú mismo quien me enseñó a identificarla y fuiste tú mismo quien se ocupó de desestabilizar la mía después»— y se conecta con las áreas donde se almacenan los recuerdos.

De modo que, si entrenamos esa regulación…

con terapia, con conciencia emocional, con práctica, podemos modificar la carga afectiva que acompaña a lo que recordamos.

Y así, lo que antes activaba miedo, rabia, ansiedad, tristeza o…

arrepentimiento —y claro que la última palabra cayó con un matiz casi venenoso— empieza a perder intensidad.

Algunos asentían mientras la escuchaban; otros parecían buscar algo propio en aquellas palabras, como si tantearan recuerdos todavía sensibles.

Sofía volvió a mirarlo, esta vez de frente, sin rodeos.

—Podemos cambiar la forma en que un recuerdo sacude nuestro sistema nervioso, doctor.

Claro que sí. Podemos hacer que ya no nos acelere el corazón, que no nos quite el sueño, que no nos empuje a huir o a atacar…

—Esbozó una media sonrisa sin apartarle la vista—.

Lo que no podemos hacer, es borrar lo que alguna vez nos importó.

A menos que un proceso traumático, tumoral, vascular o degenerativo lo haga por nosotros, claro está.

Se encogió de hombros y dejó que la mirada se le fuera al público.

—Nuestro pasado no desaparece. Lo que cambia es la relación que tenemos con él.

Podemos entrenarnos para reaccionar distinto frente a nuestros recuerdos.

Podemos dejar de repetir ciertos patrones.

Podemos elegir no responder desde la herida y eso no significa que el recuerdo pierda su valor… significa que deja de gobernarnos.

El movimiento de la garganta de Adam hizo acuse de recibo y la sala estalló en aplausos. Él tardó un segundo más en unir las manos. En realidad, tardó varios latidos. No estaba aplaudiendo todavía, la estaba mirando. Todas las cicatrices que creía tener bajo control comenzaban a arderle sin piedad.

¿Había conseguido lo que pretendía con aquella pregunta? Vaya usted a saber. Pero Sofía le respondió con una precisión tan hierática que le contrajo los pulmones y le dejó el aire atrapado en el pecho un tiempo más largo de lo que le hubiera gustado.

Le respondió como neuróloga, sí. Pero también como la mujer que lo había amado con todo su ser y que él no había sabido sostener.

—Nuestra mente aprende, señores —añadió Sofía cambiando la frecuencia de las ondas cerebrales que acababa de transmitir—.

Ella se deja enseñar. Eso de que no podemos cambiar suele ser más bien un límite autoimpuesto…

y, a veces, una cómoda excusa para no levantarnos del sofá.

Pero ese es otro tema del libro. Así que los espero el sábado a las seis en…

—¡La librería Atenea! —dijeron varios a la vez entre risas.

Sofía asintió, divertida.

—Eso, eso mismo. Ahí nos vemos.

***

Algunas personas se quedaron al terminar la conferencia para saludarla y felicitarla.

Sofía respondió con gratitud, todavía envuelta en la energía bonita de los grandes acontecimientos.

El auditorio comenzaba a vaciarse poco a poco, pero Adam, sin embargo, seguía sentado.

Inamovible. Él iba a esperar paciente hasta que ya no quedara nadie más.

Cuando la última persona se apartó por fin, él se levantó y caminó hacia ella… y en cada paso que se acercaba, las palpitaciones de Sofía retumbaban con más fuerza dentro de su pecho.

Llevaba una camisa azul clara, ajustada a los hombros y un tanto entallada a su abdomen, combinada con unos pantalones oscuros de corte elegante.

El pelo, algo más corto de lo que Sofía recordaba, dejaba ver mejor las líneas firmes de su rostro.

Había en él algo distinto —tal vez el tiempo, tal vez el silencio que habían acumulado— algunas canas en las patillas y una arruga nueva insinuándose en la comisura de los párpados.

Pero sus pupilas conservaban la misma capacidad insolente de atravesarle la mente y bloquearle el camino de regreso.

Se detuvo frente a ella y durante unos segundos que parecieron siglos, ninguno habló. Sofía sintió que el aire del auditorio, que hacía un momento le había parecido tan amplio, se volvía, de pronto, demasiado pequeño para los dos.

Él seguía teniendo ese no sé qué  que era muy suyo y no se podía replicar.

Negarlo no serviría de nada. La comisura izquierda le temblaba, de una forma tan ínfima que habría pasado inadvertido para cualquiera, pero ella sabía que ese temblor solo aparecía cuando estaba nervioso.

Y le tranquilizaba notar que ella no era la única a la que aquel encuentro le estaba trastocando el pulso.

Aunque, siendo honestos, el verdadero problema era otro.

Adam seguía estando alucinantemente guapo.

Lo suficiente como para que a Sofía le costara pensar con la misma claridad científica con la que había dado la charla hacía apenas unos minutos.

Isabel, que se había puesto incómoda desde que lo reconoció cuando hizo la pregunta, los miraba a los dos desde una esquina, sorprendida y alarmada al mismo tiempo… pero decidió apartarse un poco con discreción para dejarles espacio, aunque no lo suficiente para que sus oídos se desconectaran.

Sofía y Adam estaban otra vez respirando el mismo aire. Se miraron un segundo. Los ojos de ambos se humedecieron al mismo tiempo, en una reacción inmediata, anticipada a cualquier efecto consciente.

—Ven aquí —le dijo él, abriendo los brazos.

Y entonces se abrazaron, fue inevitable. El tiempo que había pasado entre ellos se plegó en ese gesto.

Y joder, el perfume era el mismo. Aquello era una emboscada neurológica. La memoria emocional se activaba fácilmente a través de la vía olfatoria, y eso era implacable. Lo sabían bien los dos.

Cuando por fin se separaron un poco para mirarse de nuevo, Sofía lo observó con melancolía y una especie de susto raro que no lograba ubicar en su cuerpo. «Ufff… tengo calor».

—¿Pero y tú qué haces aquí? —le preguntó ella al fin, más para romper el hielo que por verdadera curiosidad.

Adam entornó los ojos.

—Casualidades de la vida —respondió.

Sofía lo miró de lado, con una media sonrisa cargada de escepticismo.

—No sé por qué tengo la sensación de que esta casualidad se parece mucho a la intención.