LXVI. Podemos elegir no responder desde la herida
«¿Pudo ver el papiledema, doctora?» «¿Y si fueras tú con quien quiero compartirlo todo?» «No seas bélica, Sofía» «Tú tampoco luchaste tanto» «Es verdad, nos casamos» «Pase lo que pase».
Las imágenes, las palabras, las promesas y todo lo que nunca fue…
pasaron ante sus ojos en un microsegundo como un latigazo que amenazaba con desintonizarlo todo.
Aquel auditorio, de repente… parecía estar a punto de estallar.
«Soy el doctor Adam, neurocirujano». ¡Y sí!
Ahí estaba Adam… con sus ojos cobrizos brillando.
En calma absoluta. Haciéndole a Sofía huecos profundos en su autocontrol.
«Esto no es verdad. No puede estar aquí. No puedo hacer esto con él ahí sentado mirándome de ese modo. No puedo».
Un puño atravesado en la garganta enviaba señales indecorosas a sus lagrimales.
Las piernas estuvieron a punto de cederle y tuvo que apoyar una mano en el atril.
Durante una fracción de segundo temió que el temblor de sus dedos delatara el desvanecimiento que le recorría todo el cuerpo.
Cerró los párpados y, entonces… llegó aquella voz, la de antes, a encenderle las luces en la mente.
***
Interferencia
Vamos… respira. Acaricia el techo del paladar con la lengua para que esas lágrimas no se desborden… respira de nuevo.
Llevas más de un año sin necesitarme, Sofía.
En este tiempo has crecido y te has construido a ti misma con una precisión inquebrantable.
No dobles las rodillas ahora. Esta es la oportunidad de tu vida…
¿me oyes? Él no está ahí para que te rompas.
Él está ahí para verte inmensa, grandiosa, libre y dueña de ti.
Está ahí para que lo mires a los ojos y, mientras tanto, solo seas Sofía. La misma Sofía que él no supo sostener.
***
Abrió los ojos. Frente a ella había más de doscientas personas aguardando: investigadores, médicos, estudiantes, colegas llegados de distintos países.
Gente que había elegido sentarse en ese preciso auditorio para escucharla hablar sobre aquello que la apasionaba y llevaba años estudiando.
Una parte de ella seguía sintiendo el golpe feroz en la boca del estómago que le provocaba aquella presencia inesperada.
Otra, en cambio, se apresuró a organizar su respuesta al estímulo con la disciplina que le había permitido llegar hasta ese escenario.
Entonces lo miró, y no pudo evitar que se le escapara una media sonrisa. Decidió que el momento no podía ser más perfecto, que todo estaba justo donde tenía que estar. El auditorio, el silencio expectante, la tensión que aún recorría su espina dorsal… incluso, Adam.
Si había aprendido algo de la propia charla que estaba a punto de dar, era que el cerebro no eliminaba las emociones, pero podía aprender a reinterpretarlas y usarlas a su favor.
Así que enderezó la espalda, el temblor de las piernas se fue disipando poco a poco, y la seguridad en sí misma volvió a recorrerle las arterias.
Aquella iba a ser su primera conferencia internacional y no perdería el placer de disfrutarla por nadie. Ahora solo se había sumado otra razón para hacerlo extraordinariamente bien.
Él le hizo —sin derecho, pero con buenas intenciones— ese gesto con la barbilla de ¡vamos, tú puedes!, y ella volvió los ojos hacia el centro del auditorio.
Localizó un punto fijo y decidió empezar tal cual lo había planeado. Con una pregunta.
—Bien… —dijo, recorriendo al público con la mirada—. Levanten la mano si alguno de ustedes ha perdido la oportunidad de su vida por no saber manejar una emoción demasiado fuerte.
En el público surgieron sonrisas y murmullos contenidos. Unos cuantos levantaron la mano.
—Estoy segura de que al menos uno de los aquí presentes —y en un microsegundo, fulminó a Adam con la vista que seguía de brazos cruzados observándola con la sonrisa rezagada en el rostro— ha perdido alguna vez lo que más quería por no saber gestionar bien sus emociones.
Por eso hoy quiero hablarles de los últimos estudios relacionados con el efecto inhibitorio de la corteza prefrontal sobre la amígdala…
y de cómo podemos entrenarnos para ejercer ese control de manera consciente.
Así que —señaló la imagen al fondo con el puntero láser— la propuesta es esta: aprender a seducir la mente en lugar de jugar con ella.
***
La conferencia fue dinámica e interactiva.
Durante instantes aleatorios, Sofía logró olvidar que Adam estaba allí.
La sonrisa orgullosa de su hermana, sentada en la fila central, la anclaba y le daba fuerzas para continuar.
También lo hacían las miradas atentas de muchas de las personas que tenía delante.
Aunque, siempre había algunos que parecían mirar hacia cualquier lado, aburridos y ajenos a todo lo que estaba diciendo.
El nerviosismo apareció un par de veces, discreto pero reconocible: en algún gesto demasiado rápido, en los ejem…
amm, que se escapaban como piedrecitas en los zapatos de algunas frases, en esos momentos incómodos en los que las palabras decidían esconderse.
Pero, en conjunto, la charla fluyó clara, entretenida y sorprendentemente objetiva.
Cuando llegó al final, respiró hondo contemplando el auditorio en un estado genuino de paz.
—Y que no se les olvide… Conocernos no es otra cosa que encender la luz en una habitación que siempre ha sido nuestra… pero que solo habíamos habitado a oscuras.
Hizo una pausa y les sonrió a sus espectadores.
—Alguien de quien aprendí mucho de neurociencias, me dijo una vez —giró la vista curvando las comisuras hacia Adam— que la máxima forma de poder que tiene el ser humano es el conocimiento…
, hoy yo los invito a usarlo desde el valor incómodo de mirarnos por dentro.
Ya lo dijo Carl Jung: «Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta» .
Los aplausos comenzaron. Y, uno tras otro, todos se pusieron en pie, incluso los que no habían atendido a la charla. «Bueno…, parece que he salido viva de esta».
—Bien… y si quieren ahondar en el asunto, quedan todos invitados a la presentación de mi libro. Será el próximo sábado, veintisiete de noviembre, a las seis de la tarde, en la librería… —carraspeó. El nombre se había evaporado de su cabeza con una eficacia insultante—. En la librería… ejem…
—En la librería Atenea, en la calle Caballero de Gracia. —Se escuchó entonces la voz de la doctora Niurka a través de los altavoces.
Sofía no pudo evitar sonreír.
—Gracias por este rescate, doctora Castillo —respondió, divertida.
Las risas recorrieron el auditorio. Adam también rio, apoyando el mentón en el dorso de la mano mientras se mordía el labio en ese típico gesto que le provocaban las gratas sorpresas.
—Pues bueno… esto ha sido todo. ¿Alguna pregunta?
—añadió Sofía, mientras por dentro le encendía todas las velas disponibles a la Divina Providencia o a cualquier santo académico que pudiera evitarle una pregunta capciosa de esas que solían usar los catedráticos para terminar respondiéndose a sí mismos y ser el centro de atención.
Dos o tres manos se levantaron de inmediato.
Una mujer de la tercera fila quiso saber si el libro incluiría alguna guía práctica para personas sin conocimientos previos de neurociencia que quisieran aplicar lo que Sofía había explicado.
Un chico con aspecto aplicado preguntó por qué vía exacta la meditación podía influir en ese proceso de regulación de la amígdala y a través de qué circuitos.
Y otra muchacha, que parecía muy joven, con lo que semejaba un cuaderno de anotaciones en la mano, se interesó en los procesos neurológicos que se activaban para que los ejercicios de respiración nasal tuvieran efecto real en la regulación emocional de la que había hablado.
Sofía escuchó las preguntas con creciente alivio. Nada de trampas. Nada de iluminados intentando desmontarla en público. Solo genuina curiosidad. «Bueno. De esto sí sé hablar».
Sofía respondió con calma a cada uno, agradecida por el interés, pero cuando ya pensaba dar por terminada la presentación, otra mano se levantó en la primera fila.
¡Cómo no! Allí estaba el catedrático erudito, siempre dispuesto a alterar sus constantes vitales en público.
La mano era la de Adam. Obvio. ¿De quién si no?
Y no, no estaba sonriendo. Adam nunca sonreía cuando iba a hacer una pregunta difícil.
«Trágame tierra y escúpeme en las islas griegas».
—Doctora… —dijo él cuando ella le cedió la palabra—, usted ha hablado de ese breve lapso que existe entre el estímulo y la reacción; de cómo, si aprendemos a reconocer o predecir ese instante, el cerebro puede empezar a reconfigurarse.
Hizo una pausa durante la cual ella asintió, mirándolo con seriedad.
«Hoy tú no sales vivo de aquí». Lo conocía lo suficiente como para saber que aquella pregunta no acababa de ocurrírsele: la estaba ensayando desde el principio, lo sabía.
Venía a desafiar a la Sofía neuróloga, sí…
pero sobre todo a la otra. A la Sofía de la que él se había enamorado.
—Si eso es cierto… —continuó Adam—, ¿podemos entrenarnos también para que los recuerdos nos afecten de otra manera? No para olvidarlos, no queremos eso, sino para que dejen de interferir en cómo nos sentimos… y en las decisiones que tomamos después.
La sala quedó en silencio. Sofía se ajustó los espejuelos con calma y luego inclinó ligeramente la cabeza, apoyando las palmas en el atril mientras lo observaba con fingida condescendencia.
—Sí —dijo por fin—. Podemos.
Se apartó del atril y comenzó a caminar despacio, como si pudiese ordenar las palabras con los pies.