LXV. Auch #5
—Yo no entiendo por qué tengo que estar aquí de vacaciones obligadas —decía mientras ahogaba un churro en el chocolate con gestos dramáticos—. Si yo tenía un futuro prometedor en el sector de ventas.
—¿Te despidieron de la tienda…? —preguntó Sofía, con media sonrisa.
No llevaba ni tres semanas en ese trabajo.
—Me despidieron porque soy una persona honesta. ¿Qué culpa tengo yo de cuidar los intereses del prójimo y decirle a una señora que ese set de botecitos para viajar de Primor, no le iba a durar ni dos lavados de cabeza?
Isabel soltó una carcajada y su hermana rodó los ojos.
—La sinceridad no vende, queridas. Tomen nota —se defendió Amber ladeando la cabeza.
—¿Pero tú no sabías eso? —espetó Sofía.
***
Por fin llegó el gran día. Sofía despertó antes de que sonara la alarma. Agarró el móvil y vio que su centro de mensajes estaba repleto. Las chicas le deseaban lo mejor, con audios cariñosos incluidos.
Mamá:
He puesto una vela esta mañana.
Estoy muy orgullosa de ti, hija. Lo vas a hacer maravilloso.
El profesor Fernando había dejado también un email:
Cierra los ojos, pequeña. Respira por la nariz y busca un punto fijo en el auditorio al que mirar. Piensa que me lo cuentas todo a mí y déjate llevar. Y lo más importante: disfrútalo. Todos acá estamos muy orgullosos de ti.
Sofía inhaló profundo y comenzó a vestirse. Isabel se levantó para ayudarle y prepararse también para el día que venía. Justo cuando terminaba de acomodarse las ondas del pelo sobre los hombros sonó otra notificación.
Cesar:
Destrúyelos, tesoro. Lúcete.
Y dile a Isa que tome fotos.
Ella sonrió, se colocó frente al espejo y le envió una foto.
Sofía:
Tú yo tenemos mucho de qué hablar, pero será después.
De momento dime… ¿cómo estoy? ¿Me recojo el pelo?
Cesar:
Wow. Estás deslumbrante, elegante y poderosa.
Muy Sofía. Déjate el pelo suelto.
Y entonces se miró de verdad, y se sonrió a sí misma. «Académica… pero sensual».
***
El IFEMA Madrid destacaba por su arquitectura de cristal y acero.
Adentro, pasillos amplios que parecían no terminar nunca, mostradores de acreditación donde las cintas de identificación se acumulaban sobre las mesas, pantallas con el programa del congreso, carteles señalando salas y voces en distintos idiomas mezclándose en el aire.
Sofía e Isabel se incorporaron un poco tarde a la conferencia de inauguración, que estaba repleta de personas, pero iba bastante aburrida, por cierto.
Dos horas después Niurka las recibió en la parte trasera del salón de conferencias con un abrazo rápido.
Le indicó a Isabel cómo entrar al auditorio y agarró a Sofía por el brazo.
—Ven. Tengo una cosa para ti.
La llevó hasta una esquina y sacó de una carpeta un ejemplar de su libro.
—Tu editora no pensaba soltarlo ni de broma —comentó divertida—. Al final la convencí diciéndole que era una excelente estrategia de marketing . Así que, cuando termines la ponencia, acuérdate de mencionar la presentación. Y le extendió el libro mostrándoselo por la contraportada.
A Sofía se le inundaron los ojos de lágrimas cuando lo vio. Era la primera vez que lo tenía entre las manos. Lo giró de inmediato y luego lo sostuvo con genuina emoción contra su pecho. Lo hojeó, lo olió… La portada que su amiga había hecho era preciosa.
Minutos después ya estaba en la zona reservada para ponentes, habitando aquella inquietante antesala repleta de teorías y juicios.
Una doctora estaba terminando su conferencia.
Disertaba con seguridad sobre los circuitos neurobiológicos implicados en la modulación del miedo, de conectividad funcional, de neurotransmisores y de estudios longitudinales.
Sofía sintió el suelo inestable bajo los tacones. Ella solo era doctora en Medicina. Ni siquiera especialista aún en Neurología. No tenía categoría docente consolidada ni años de carrera académica a sus espaldas. «Madre mía, ¿yo qué hago aquí?» Miró sus manos. Temblaban y sudaban al mismo tiempo.
Por un segundo —solo uno— pensó en darse la vuelta y salir corriendo por el pasillo lateral.
Nadie notaría su ausencia hasta que anunciaran su nombre.
Siempre podría alegar algo: un imprevisto, un malestar.
Pero entonces apretó el libro contra su abdomen.
Respiró y cerró los ojos. Había casi doscientas cincuenta personas ahí sentadas, dispuestas a escucharla.
Eso debería ser suficiente para agarrar fuerza y darle la cara al desafío.
Una voz femenina, firme y clara, comenzó a anunciar la próxima presentación:
—A continuación, tenemos el placer de recibir a la doctora Sofía Robles, médica cubana, residente de tercer año de Neurología y escritora.
Actualmente se encuentra, además, a las puertas de su primera maestría en Neurociencias del Comportamiento.
En esta ponencia compartirá una reflexión sobre cómo determinados procesos de entrenamiento cognitivo y regulación emocional pueden modular la reactividad cerebral y fortalecer los circuitos implicados en una respuesta más consciente y adaptativa frente al estrés.
—Se volvió hacia la entrada del escenario y la recibió con una sonrisa y un gesto abierto de la mano—. Doctora Robles, el auditorio es suyo.
Sofía arrugó la ceja detrás del panel donde esperaba. «Pero ¿qué me estás diciendo? ¿De qué maestría me estás hablando? Te has pasado, Niurka. Te has pasado diez pueblos».
Niurka le dio dos palmaditas firmes en el hombro.
—No me mires así —dijo la doctora, enarcando una ceja—. La primera impresión también cuenta en la ciencia. Venga. Respira. Lo vas a hacer muy bien.
Sofía asintió, se ajustó el blazer y enderezó los espejuelos.
Su pelo negro, ondeaba sobre los hombros; el flequillo le daba ese aire fresco que contrastaba con la severidad del traje y los labios, por supuesto, rojos, se abrieron para dibujar una sonrisa hermosa…
Salió con lentitud disimulando el miedo escénico.
Se plantó frente al atril. El micrófono hizo un chirrido agudo, traicionero.
«Perfecto». Colocó el libro sobre el soporte que le habían dispuesto y ajustó la altura del micrófono.
—Buenos días a todos. Soy la doctora Sofía Robles y vengo de Cuba. —Hizo una pausa—. Es mi primera vez en un evento de este nivel… así que ténganme paciencia.
El público rio en complicidad, y ella sintió que le abrían las puertas. Volteó ligeramente el rostro buscando a Niurka tras las cortinas. La vio de pie, con los brazos cruzados, haciéndole un guiño de entusiasmo, al cual ella respondió con un leve asentimiento.
Hizo un último barrido con la mirada hacia el público buscando un punto fijo donde situar mentalmente el rostro de su profesor Fernando, antes de comenzar a hablar.
Las luces estaban tenues, la temperatura agradable.
De derecha a izquierda: filas de sillas…
casi todas ocupadas. Bien. Todo normal. Pero…
, espera, ¿qué había sido eso? Su mirada retrocedió hacia la derecha y entonces el mundo perdió su eje.
Una punzada sorda en la sien la sacó de órbita.
El aire dejó de entrar con normalidad en sus pulmones, el murmullo del auditorio se volvió lejano, y su propio nombre —todavía flotando en la sala— perdió contorno.
Ahí, en la primera fila de la derecha, había una presencia espectral.
Tenía que ser eso, una alucinación resultante de su estado de nervios, un espejismo sentado con los brazos cruzados mirándola absorto con aquella calma irritante.
La vida no podía ser tan maquiavélica, pero sí, a veces lo era.
Sofía sintió que el corazón se desprendía dentro del pecho, y que golpeaba torpe contra las costillas intentando encontrar una salida.
«Es el nerviosismo que tengo, que me tiene alucinando, esto no es real».
El proyector se encendió detrás y la portada de su libro apareció en la pantalla gigante.
Sobre un fondo color noche, la imagen de un cerebro estilizado en azul y plateado, que parecía guiñar un ojo recreado en uno de sus surcos, lanzaba una sinapsis al vacío como un relámpago elegante, acompañado del título de la conferencia, que era también, el del libro.
No juegues con tu mente: Sedúcela.
Y entonces el espectro de la primera fila sonrió, ladeando la cabeza, cubriéndose los labios con una mano.
Sí, era su sonrisa. La misma de toda la vida. Era él.