Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXI. Se me acabó la prueba gratis #2
84%

LXI. Se me acabó la prueba gratis #2

Días después, la misma editora mexicana que había conocido en La Habana y que también había visitado la exposición en Florencia, le escribió a través del Instagram, que le había facilitado Paola, interesándose en editarle un poemario.

Sofía no abrió la puerta del todo, pero sí las ventanas.

Más adelante , contestó. Necesitaba primero que la vida se le aligerara un poco y encontrara su rumbo.

Necesitaba, también, sacarse de una vez y por todas, aquella risa inoportuna del bolsillo.

***

Agosto llegaba a su fin, pero ni siquiera por la noche corría una brisa.

El aire se quedaba suspendido entre las paredes y los muros de una ciudad que parecía derretirse.

La interacción social solía terminar en abrazos amelcochados y olores imposibles difíciles de disuadir, razón por la cual Sofía la evitaba a toda costa.

La única decisión verdaderamente sensata era encerrarse en casa, bajar las cortinas hasta dejar la habitación en penumbra y convertir el piso en una especie de iglú improvisado con los ventiladores funcionando sin descanso y el aire acondicionado rozando las temperaturas mínimas.

Ella seguía tan inmersa en lo suyo que daba la sensación de que el verano estaba sucediendo en otro sitio.

En una playa virgen de las del norte de la Isla o en patios que tenían piscinas techadas y neveras con bebidas frías al alcance de la mano, y, claro, con gente menos responsable y menos obstinada que ella.

Estaba triturando hielo para una limonada frappé  cuando el móvil vibró sobre la encimera.

El sonido se abrió paso entre el estruendo de la batidora, pero no le prestó atención.

Últimamente casi todas las notificaciones pertenecían al grupo de residentes —memes médicos a horas dudosas— o correos electrónicos que podía ignorar sin remordimientos hasta septiembre.

Pero no, esta vez era el director del hospital.

Bajó la potencia de la batidora hasta apagarla. El susto se le atoró en la garganta. Se secó la mano en el pantalón antes de agarrar el móvil y abrió el mensaje.

Dr. Villalobos- Director

Buenas noches, doctora Sofía. Perdone la hora.

La necesito mañana a las 8:00 a. m. en mi oficina.

Por favor, no llegue tarde.

Lo leyó una vez, y otra, quizás también una tercera, esperando que, por pura insistencia, apareciera una línea nueva explicándolo todo.

No hubo suerte ni explicación de contexto ni aclaraciones tranquilizadoras.

Ni siquiera un triste emoji  corporativo que suavizara la orden. «Ocho de la mañana, en pleno agosto».

La batidora seguía sobre la encimera, con restos de hielo deshaciéndose en las paredes del vaso. Sofía la miraba como si pudiera ofrecerle algún diagnóstico diferencial. «A ver, ilumíname, porque obviamente no me está convocando para felicitarme por mi compromiso con la Medicina».

El director había tenido que firmar su carta de solicitud de viaje en algún momento del proceso, y la respuesta debería llegar de vuelta a él, así que estaba clarísimo que lo más probable era que la estuviera llamando para decirle que, como a casi todos los residentes en su situación, la suya también había sido denegada.

Y de pronto el calor dejó de ser lo más incómodo del día.

LXII. La pregunta que debes hacerte es: ¿por qué?

El director estaba serio aquella mañana, aunque la verdad él no era un hombre muy dado a sonreír —su versión cordial consistía en no parecer molesto—, pero ese día tenía el gesto más contraído de lo habitual.

Las ojeras se le marcaban con crudeza y el uniforme quirúrgico que asomaba bajo la bata le hizo pensar a Sofía que probablemente había salido directo de una guardia.

«Maravilloso. Las conversaciones importantes con gente que no ha dormido nunca salen bien».

—¿Cómo van las cosas, doctora? —preguntó él, forzando una media sonrisa cuando la vio detenida en la puerta. Miró el reloj—. Son las siete y cincuenta. Gracias por llegar temprano.

—¿Estaba de guardia, doctor? —indagó Sofía avanzando un par de pasos.

—Sí. Y ha sido extenuante —respondió, frotándose el puente de la nariz—. Siéntese, póngase cómoda.

Él se sentó tras el escritorio, frente a ella, y cruzó las manos bajo el mentón. Parecía el portavoz del infortunio. «Ay, madre». Encontrar el verdadero nirvana en ese instante le parecía a Sofía una utopía.

—Mire, primero quiero felicitarla por su excelente desempeño en el diplomado de Neurorradiología en La Habana.

Creo que no habíamos tenido tiempo de hablar de eso y han pasado ya unos meses.

—Se quitó los lentes y los colocó sobre la mesa antes de estrujarse los ojos—.

Supe por algunos colegas y por Alejandro que al proyecto que presentaron pretenden darle continuidad.

Debí comentarle algo antes, pero, como comprenderá, mi tiempo es bastante limitado. Así que, felicidades.

Sofía asintió con una sonrisa comedida.

—No se preocupe, doctor, lo entiendo. Gracias.

—No, gracias a ti. Has sido una buena influencia para mi sobrino.

—La verdad es que aprendimos mucho. —«Y vaya que se me da bien lo de babysitter »—. Él estudió muchísimo. Trabajó duro para que saliera bien.

—Ya… —dijo el director, bajando las manos al escritorio—. Pero esta no es la razón por la que te cité.

Sofía sostuvo la mirada. «Ya lo sé. Venga.

Dispare». El corazón le dio un golpe seco contra las costillas y las palmas buscaron la tela de la bata para disimular el sudor.

Apretó el labio inferior —que le temblaba lo suficiente como para no notarlo— y movió los pies bajo la silla, intentando que la inquietud no subiera más arriba.

—Ayer recibí esta carta desde La Habana —dijo el director, extendiéndole un papel.

«Ya nos vamos a enterar».

—Créame que me sorprendió bastante —añadió.

Sofía tomó el documento con cuidado y empezó a leer.

Encabezado oficial: Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de La Habana.

Fue bajando.

Asunto:       Propuesta formal de incorporación profesional – Dra. Sofía Robles

Cuerpo de la carta:  Interés formal en su incorporación… Ampliación institucional… Inauguración del Departamento de Neurorradiología en abril del próximo año…

Y entonces lo vio.

La Dra. Sofía Robles es la candidata prioritaria para asumir la jefatura del servicio una vez obtenga el título de especialista en Neurología . Parpadeó.

Firmado por: Dr. Alberto Domínguez - Jefe del Servicio de Neurología/ Dr. Juan Miguel Santisteban-Director General del INN

«La madre que me parió». Sofía alzó la vista despacio. El director parecía un poco contrariado.

«¿Y Alberto en qué momento pasó a ser jefe de Servicio?», pensó, todavía con el membrete bailándole delante de los ojos. «Bueno. Detalles estructurales. Ahora mismo hay otro incendio».

—Como comprenderá, esto me ha tomado por sorpresa —dijo él, sin apartarle la mirada—.

Básicamente han redoblado mis apuestas y yo no puedo ofrecerle más de lo que ya hemos hablado con anterioridad.

Solo me queda esperar a que no tenga intenciones de abandonar la provincia —hizo una pausa intencional—.

Aunque, a su edad, me resulta poco probable que no quiera hacerlo.

Ahí estaba. La mezcla precisa entre reproche y resignación. Sofía bajó la vista hacia el documento y notó el calor subirle por las mejillas. Su mandíbula se contrajo.

—No se sienta presionada, doctora —añadió el director recolocando unos papeles que no necesitaban ser recolocados—, ni comprometida. Sé que es una oportunidad de oro, y a eso venimos, a superarnos y levantar el vuelo. Además, aún tiene tiempo para pensarlo.

«Levantar vuelo», se repitió en su cabeza. «Curioso uso de la frase después de insinuarme que no debería hacerlo».

—La verdad es que estoy bastante sorprendida yo también —dijo ella al fin—. No tenía ni idea de esto. Me mencionaron algo cuando fui, pero fue de manera muy informal. No pensé que…

Dejó la frase suspendida. Porque… ¿qué era realmente lo que no había pensado? ¿Que Alberto cumpliera su palabra? ¿Que el mundo se moviera sin pedirle permiso?

El director asintió con una parsimonia fingida que no terminaba de resultar neutral.

—No se preocupe. Aunque se compliquen las cosas, siempre es bueno tener más de una opción. ¿Quiere un café?

Hizo una seña leve hacia la secretaria, como si aquello fuera una reunión rutinaria y no una conversación que acababa de desplazarle el eje a alguien.

—No, gracias —respondió Sofía.

El café habría sido un error poco conveniente. Con el pulso que llevaba, podría haber diagnosticado su propia taquicardia sin necesidad de electrocardiograma.

—Bien, pues eso era todo. A trabajar.

Así, sin música de fondo, sin redoble dramático. A trabajar.

Sofía se levantó con el documento aún entre los dedos. «Jefa de Departamento», pensó mientras se dirigía a la puerta. Y le pareció una responsabilidad demasiado grande para llevarla en la mano.

—Ah, doctora, espere. Esto también es suyo. Lo había olvidado.

Sofía ya tenía la mano en el pomo cuando se detuvo. Regresó y el director le tendió otro documento, doblado con la pulcritud burocrática de las cosas importantes.

Lo abrió.

Ministerio De Salud Pública.

La taquicardia amenazaba con transformarse en fibrilación.

Notificación de aprobación de solicitud de viaje

«¡Que qué!!!».

Por medio de la presente, se notifica al Director del Hospital Provincial de Puerto Príncipe que ha sido aprobada oficialmente la solicitud de viaje presentada en nombre de la Dra.

Sofía Robles, Residente de tercer año de la Especialidad de Neurología, a partir del día primero del mes de noviembre, por un plazo de sesenta (60) días.

La presente autorización le permite realizar salidas fuera del territorio nacional, conforme a las disposiciones vigentes y dentro del período previamente solicitado. (…)