LXI. Se me acabó la prueba gratis #3
En el mundo de Sofía sucedió algo extraño.
No dejó de girar, pero desapareció el ruido.
«Sesenta días». «Primero de noviembre». «Autorizada».
Sintió cómo la vista se le nublaba. Las palabras tropezaban en su garganta, pero no lograban salir y tuvo que parpadear para reenfocar. El papel le temblaba entre los dedos.
«Está aprobado. Está aprobado de verdad».
—No lo puedo creer… —murmuró con la voz entrecortada.
—Ya —respondió el director, apoyándose en el respaldo de la silla de brazos cruzados—. No me cabe la menor duda de que usted nació iluminada. Talento le sobra, eso está claro, pero lograr algo así en estos tiempos es más difícil que obtener el propio título de médico.
La secretaria dejó el café sobre el escritorio sin provocar sonido alguno. Él tomó la taza y añadió, casi con una resignación que no terminaba de disimular:
—En fin. Disfrute de su viaje, dondequiera que vaya.
Sofía salió del despacho del director con la adrenalina disparada y subió las escaleras a toda velocidad. Corrió hasta el salón de conferencias, donde el doctor Fernando esperaba para comenzar un seminario con los residentes de primer año. Necesitaba contárselo.
***
—Enhorabuena, chiquita —le dijo el profesor con los ojos húmedos, en cuanto ella terminó de contarle, todavía desbordada—. Tenía miedo de que no saliera bien. Las cosas están muy feas. Ahora tienes que solicitar pronto la prórroga del examen estatal.
La abrazó con fuerza y le besó la coronilla, en ese gesto suyo que mezclaba el orgullo con la melancolía de las suposiciones.
—Estoy muy orgulloso de ti. Nunca lo olvides.
Sofía sintió algo distinto en aquel abrazo. Fue más largo, más apretado. Como si él ya estuviera seguro de algo que ella todavía no entendía.
—Gracias, profe. Muchas gracias por ayudarme.
—No ha sido nada —respondió él, separándose apenas para mirarla mejor—. Todo sea para que puedas disfrutar de lo que has logrado.
Ambos se miraron a los ojos como si estuvieran contándose algunas cosas del futuro, cosas que ella aún no tenía muy claro de qué iban, pero de las cuales, el profesor Fernando, parecía estar muy convencido.
***
Esa tarde, cuando llegó a casa, Sofía lo contó todo en la cocina, mientras se tomaba un café en compañía de su madre y de su hermana.
—Qué bueno, hija —dijo la madre, con el rostro suavizado por un orgullo que no necesitaba filtros—. Te dije que todo iba a salir bien, que sí te lo iban a aprobar.
Sofía negó con la cabeza, todavía incrédula.
—Todavía no sé ni cómo. A casi todos los demás residentes que han pedido permiso se lo han denegado.
—¡Ay, nos iremos juntas! —gritó Isabel, imitando un aplauso infantil que hizo eco en los azulejos—. Así te acompaño en el viaje y puedo estar en la presentación de tu libro.
Sofía viró los ojos y luego la miró con una mezcla de ternura y logística.
—¿Y tu novio? ¿No se va con nosotras?
—No, él lo está planeando todo para irse en diciembre. Su beca comienza después que la mía.
—¿Y no es la misma beca?
—Es en la misma universidad, pero en cursos diferentes… Yo iba a irme con él, pero con estas noticias, me adelanto.
La madre ya estaba de pie, reorganizando la despensa.
—Voy a preparar un arroz imperial —anunció—. Esto hay que celebrarlo como Dios manda.
—Y yo voy por una botella de vino al mercado —añadió Isabel, ya buscando las llaves.
Sofía asintió, todavía atravesada por la euforia inevitable que traían las buenas sorpresas, y caminó hacia su habitación con el teléfono en la mano. Cerró la puerta con el pie y abrió el chat de Y ahora qué hiciste.
Tecleó sin pensarlo demasiado:
Sofía:
Chicas, es un hecho. Me voy en noviembre a España, a la presentación de mi libro.
Las notificaciones empezaron a estallar en la pantalla. Emojis descontrolados, corazones, signos de exclamación que parecían saltar fuera del móvil.
Amber:
Como comprenderán, yo soy la más feliz ahora mismo en este grupo.
Sofía:
Uyyy… si resulta que sí puedes dar muestras de amor
Nos vemos pronto, arpía.
Sofía:
Chicas, voy a contarle a Cesar, que lleva semanas prendiendo inciensos para que esto se me dé.
Rachel:
Ah, porque esta vez nos tocó de primeras. Ja, ja, ja, ja!
Eso, eso, llámalo y cuéntale.
Entornó la puerta un poco más, se sentó en la cama y le hizo una videollamada. Él respondió al tercer tono.
—Tesoro…
Tenía los audífonos puestos y esa sonrisa de publicidad que siempre llegaba antes que sus palabras.
Sofía levantó la carta frente a la cámara, incapaz de disimular.
—Viaje aprobado. Voy a presentar mi libro en España y a participar en ese evento internacional.
Cesar abrió los ojos, exaltado por la emoción y de alivio.
—Uffff, qué bueno, Sofía. Tremenda noticia. ¡Por fin! Felicidades.
Frunció los labios con ternura, pletórico.
—Estoy tan feliz, Cesar.
—No es para menos. ¿Y ahora entonces…? ¿Qué vas a hacer con el examen estatal?
—Hoy mismo solicité la prórroga. Es posible que tenga que hacerlo en enero.
—Bueno, pues todo indica que el universo anda conspirando a tu favor, doctora.
—Eso parece —respondió ella, todavía incrédula.
—¿Y qué día es la presentación oficial del libro en Madrid?
—El 27 de noviembre, creo.
—Genial. Happy birthday in advance , como dicen aquí.
Sofía sonrió.
—Y eso no es todo. Me voy con Isa.
—¿Con tu hermana?
—Sí. Tiene la visa por lo de su beca en Barcelona y me va a acompañar a la presentación.
Cesar asintió despacio.
—Pues nada que no te merezcas. Estoy tan feliz como tú, pero… —chasqueó la lengua y curvó las comisuras en una media sonrisa mientras giraba la pantalla del móvil hacia el escritorio—. Estoy trabajando todavía, tesoro. Hoy tocó overtime. Tengo que colgar.
Sofía asintió.
—Vale, hablamos después. Solo quería contártelo.
—Gracias por avisarme, Sofía.
La pantalla se oscureció.
Cesar se quedó con la mirada perdida en los techos de los edificios al otro lado de la ventana y curvó los labios con esa autosuficiencia que aparece cuando las cosas salen justo como uno las estaba esperando.
Exhaló despacio. Entonces abrió el chat de Ernesto.
Cesar:
Supongo que gracias.
Ernesto:
Solo espero que seas correspondido y que esa mujer se case contigo algún día.
Cesar soltó una risa nasal.
Cesar:
Pero qué dices, hombre. Solo quería ayudarla.
Los tres puntos de escribiendo… aparecieron y desaparecieron dos veces antes de que llegara el mensaje.
Ernesto:
Sí, eso me ha quedado muy claro.
La pregunta que debes hacerte es: ¿por qué?
Cesar apagó la pantalla. Y siguió sonriendo. El brillo en sus ojos no era ingenuidad ni romanticismo adolescente. Era otra cosa más paciente y estratégica. Él conocía muy bien la respuesta.