Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXI. Se me acabó la prueba gratis
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LXI. Se me acabó la prueba gratis

La soledad que sucede a una ruptura que no fue guerra sino simple rendición es una cosa rara.

En la historia de Sofía y Marcel no había villanos a los que culpar ni reproches que ensayar frente al espejo, solo quedaba ese silencio áspero que se sentaba en el sofá y ocupaba un espacio en el que antes había planes compartidos.

Sofía no estaba rota y eso lo sabía, pero sí un poco desinflada.

Sentía que le habían soltado el aire justo cuando empezaba a elevarse.

Y no le apetecía que otras manos la impulsaran otra vez.

Ni siquiera tenía ganas de explicarlo. Estaba intentando equilibrar la madurez y el vértigo, y aceptar que ahora tenía que aprender a estar sola consigo misma, sin derecho a sentirse abandonada.

Y para nadie es secreto que, la ausencia de culpables complica el duelo.

Ellos no se habían hecho daño; solo no miraban hacia el mismo horizonte, y eso dejaba agujeros negros en el alma.

Así que los días que vinieron no fueron nada fáciles.

Incluso cuando Sofía empujaba el entusiasmo y avanzaba en la portada del libro con Rachel; cuando no perdía de vista los estilos de vida y estados de ánimo de Sarah; cuando tejía con Paula y Camila una especie de simbiosis basada en el estoicismo para compartir la soledad sin tener que nombrarla y sin exigir condescendencia…

Los días que vinieron, pese a ser calurosos hasta el desvanecimiento, se parecieron demasiado al invierno.

El cuadro estaba colgado en la pared detrás de su cama, y, aunque la que estaba allí estampada era ella, no podía dejar de pensar en el que lo había pintado.

Su estrategia funcionaba durante el día.

Por la noche, no tanto. Ella lo estaba extrañando, lo estaba extrañando con todas sus fuerzas, pero lo hacía desde el lugar más bonito en el que había habitado su corazón en los últimos años, desde ese amor sano y genuino que nunca la arañó ni la hizo dudar de sí misma.

Con Marcel no hubo juegos, ni incertidumbre, ni la tensión agotadora de tener que gustar todo el tiempo.

Con Marcel hubo una paz que no había conocido antes.

Y perder eso le retorcía las vísceras y le estrujaba la fuerza de voluntad para continuar.

Él demoró unos días en escribirle después de regresar a Italia.

Cuando por fin lo hizo le preguntó cómo estaba y le envió una foto con Paola en su estudio de Oltrarno, acompañada de un mensaje breve: Voy por la número nueve .

No profundizaba demasiado. Marcel era un hombre maduro; sabía que insistir en estar presente era una imprudencia y que forzar la cercanía solo traería más desgaste que soluciones.

Y en esa forma tan sabia de querer, Sofía terminó entendiendo que la decepción previa con Adam le había nublado la vista mucho tiempo, que el amor sí podía ser bonito, que se podía querer sin asfixiarse, que nadie tenía que empequeñecerse para que el otro se sintiera seguro, que el para siempre , a veces funcionaba como una trampa que impedía vivir con intensidad la eternidad de los buenos momentos, que había personas que no llegaban para quedarse, sino para abrir ventanas y mostrar que se podían formar colores nuevos al mezclar los viejos…

Entendió que Marcel, había llegado a su vida para transformarla.

Así que decidió ser leal a lo que habían sido, se dio a sí misma par de palmaditas en el hombro, y trató de vivir la vida como él lo hacía, sin subestimar lo cotidiano, consciente de que en donde menos lo esperara —un café con sus amigas en una tarde cualquiera— podían esconderse los recuerdos más hermosos.

Con él lo vivió todo mientras estaba pasando.

Sin términos medios. Se sintió amada sin condiciones y se supo suficiente, incluso en sus días torpes, incluso con sus dudas.

Y eligió creer que eso era el verdadero regalo.

Aunque ya no caminara a su lado en el siguiente tramo, después de Marcel, nunca más podría conformarse con menos.

***

Las vacaciones tuvieron que posponerse. Si el milagro ocurría y a Sofía le concedían el permiso para viajar, necesitaría esos días intactos en noviembre.

Así que el verano quedó reducido a una escapada de tres días con Paula y Camila, a mediados de julio, a Trinidad.

Una ciudad antigua, detenida en el tiempo, con construcciones coloniales y calles empedradas que obligaban a caminar más despacio.

La idea era pensar un poco menos en Marcel, aunque, la verdad, sentía que llevaba la risa de él guardada en los bolsillos a donde quiera que fuese.

La primera noche se fueron a un bar en el centro y Sofía bebió más vino del que su dignidad recomendaba.

Terminó sentada en los escalones del Airbnb, con el móvil en la mano, las sandalias colgándole de los dedos y el vestido arrugado en las rodillas, mirando la pantalla con esa valentía absurda que solo concede la deshidratación de las células cerebelosas por el efecto del alcohol.

«No lo hagas», se dijo. Pero lo hizo.

Terminó llamando a Cesar a las tres de la madrugada para anunciarle, con solemnidad etílica, que se había separado de su novio y que —definitivamente— sus contratos con el amor estaban vencidos.

—Se me acabó la prueba gratis y no pienso pagar suscripción —declaró con lenguaje tropeloso, pero muy convencida de su lucidez.

A la mañana siguiente despertó con la lengua seca y la memoria incómoda e incompleta.

Le escribió a Cesar un mensaje de Perdóname por el papelón de anoche…

¿Podemos olvidarlo, por favor? al cual él respondió casi de inmediato con un Ni de broma, fue muy divertido.

Pero lo cierto era que, de la profundidad de su discurso y del nivel de detalles, no tenía la menor idea, y justo eso era lo más preocupante.

Sofía dejó el teléfono a un lado y se cubrió la cara con la almohada, mitad risa, mitad vergüenza.

«Magnífica mi gestión emocional». Y se prometió, por enésima vez, no volver a llamar a nadie después de la segunda copa.

De hecho, alguna tenía que pagar por aquello; era ley tribal confiscar el móvil de quien bebiera de más.

Pero al mirar hacia las otras camas entendió el fallo del sistema, sus dos amigas yacían derrotadas, desparramadas entre sus sábanas con el maquillaje corrido.

Sin dudas, habían estado incapacitadas de ejercer autoridad alguna.

Eso sí, se habían divertido. El barman  de la discoteca se había dedicado en cuerpo y alma a mantenerles el ánimo alto. Y, si la memoria no le traicionaba demasiado, el chico les había resultado peligrosamente agradable a la vista.

***

Sofía pasó el resto del verano trabajando.

La portada del libro que hizo Rachel fue aceptada por la editora, aunque con algunos cambios en la paleta de colores y en las tipografías que le costó digerir.

Discutió un poco, pero le tocó ceder al manual identitario de la editorial.

Aprendía rápido que publicar también era negociar.

A finales de julio fue a la capital a la entrevista para el visado Schengen , lo cual salió mejor de lo previsto y le concedieron tres meses en la Unión Europea a partir del primero de noviembre.

Cuando salió del consulado, la brisa de repente se le confundió con libertad, pero no se permitió ilusionarse demasiado, pues del permiso de viaje, nada.

Ni confirmación ni negativa. Solo silencio administrativo.

Y el silencio, cuando una espera depende de él, suele tener la mala costumbre de amplificarse.

Así que Sofía se replegó hacia dentro. Hablaba poco de lo que sentía y casi nada de lo que deseaba.

Se impuso la disciplina férrea de avanzar en la tesis, estudiar para el examen estatal, cerrar pendientes…

y prepararse para lo peor a ver si de casualidad lo mejor, la sorprendía.

Así que seguiría viviendo su vida normal como si ninguna posibilidad estuviera interfiriendo en sus deseos.

Estaba convencida de que la anticipación del golpe lo hacía menos violento. Aunque eso no siempre funcionaba.

***

Su momento más feliz llegó un sábado por la tarde a mediados de agosto. En Italia ya era de noche cuando Marcel la llamó desde una galería donde presentaba una exposición con catorce pinturas inspiradas en sus poemas.

La cámara le temblaba un poco en las manos mientras giraba el teléfono para mostrarle las paredes blancas llenas de color. Había gente inclinándose para leer los pequeños marcos donde estaban impresos sus versos…

Sofía se olvidó de respirar por unos segundos.

En la pared del fondo de la galería, había notado una pintura única: Vida.

Marcel se la había llevado con él a Italia, y el corazón se le hizo un puño cuando recordó la noche en la que —antes de que todo se le derrumbara dentro— él le había contado que había pintado ese cuadro para él, y que quería conservarlo para siempre.

Por otro lado, ver sus poemas allí, era bastante desestabilizador, casi como tener el alma expuesta…

y tenerlo a él frente a sus ojos, aunque fuera a través de la pantalla, encendía todas las luces de emergencia dentro de su cuerpo y activaba el modo catástrofe en su cerebro.

Pero, a pesar de sentir las palmas húmedas, la garganta estrecha y el corazón latiendo a prisa, también agradeció.

—La expo va de maravillas —le dijo Marcel dejando escapar una sonrisa enorme, esa sonrisa , antes de quedarse mirándola con sus ojos de mar repletos de todo lo lindo del mundo.

Paola apareció por detrás de él para confirmarlo, hablando a la vez que gesticulaba, y asegurando que varias personas habían preguntado por la autora de los poemas.