Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LX. Ay, no te me vayas cuando acabe el vino… #3
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LX. Ay, no te me vayas cuando acabe el vino… #3

—Yo creo que sí. Necesitaba hacerlo. —Hundió los dedos en su pelo—. Pero igual, Sofía, debo decirte que he notado que le falta algo a la maquinaria de ese corazoncito. —Le tocó el lado izquierdo del pecho con la yema de los dedos—. Siempre late con miedo, incluso, cuando quiere desbocarse.

—Es que me ha tocado aprender a detenerme cuando los excesos de ilusión empiezan a rozar la incoherencia.

—Tú sabrás. Es algo muy tuyo. —Enarcó una ceja—. Pero ni siquiera eso ha impedido que estos hayan sido los seis meses más lindos de mis últimos años.

—Para mí también han sido maravillosos —le aseguró Sofía.

Marcel acercó la silla hacia ella… le apartó el cabello que se le cruzaba por el rostro y lo colocó detrás de la oreja…

Ella, con los ojos cerrados, dejó que su mejilla volviera a sentirse en casa al encontrar sitio en la palma de su mano.

Las lágrimas que comenzaron a correrle por el rostro eran una jodida declaración de amor.

Nadie que no amara de alguna manera, podía sufrir así.

—No llores, Sofía, por favor —dijo él casi suplicante, intentando contener las ganas que tenía de besarla.

—Te voy a extrañar mucho, Marcel, te lo juro —alcanzó apenas a decir.

Él rozó su nariz, con los labios apretados, en un intento de contención, hasta que no pudo más.

—Joderrrr —susurró con furia rozándole los labios— y la besó.

La besó, primero despacio y luego con toda la fuerza del universo… Ella no se apartó. No se apartó porque ese beso, era todo lo que necesitaba en ese instante…, y podía haberlo besado hasta el amanecer, pero sabía que no podía.

Cuando se separaron, se quedaron unos segundos con sus frentes unidas. Marcel habló primero.

—Esto no nos iba a salir gratis. —Una sonrisa resignada se escapó de las comisuras de sus labios, pero la recogió en cuanto la hizo consciente—. Extrañarnos es el precio que nos toca pagar por habernos vivido como lo hemos hecho.

—Me has puesto la vara alta, Marcel.

—Y tú a mí, Sofía. ¡Y tú a mí! —Inspiró profundo separándose un poco más—. Gracias por los poemas. No sabes lo bien que me han hecho. Te he conocido un poco más después de leerlos y también he sabido más de la forma en la que me ves a mí… o me veías.

—No soy la reina del hielo  ni tampoco un puto robot . —Recordó su conversación con Rachel hacía un rato—. No tengo interruptor, aunque mucho que me gustaría.

—Perdona por haberte llamado así. Estaba muy dolido —se defendió Marcel—. Y no se si te sirva de algo saber esto, pero te garantizo que fuiste mi última cita misteriosa de los veintisiete de diciembre. Te juro que no juego más a eso.

Los dos se miraron con complicidad y se echaron a reír. Sofía miró al cielo, estaba oscuro, luego al reloj, eran casi las ocho…

—Creo que debería irme. Se está haciendo tarde.

—Espera —le pidió Marcel—. Me voy en tres días, y hay algo que quiero darte.

—¿El último cappuccino  sin canela? —intentó bromear Sofía.

—No. Ese tendrás que aprender a hacerlo tú solita a partir de ahora.

Ella bajó la mirada, le dolía.

—Espérame aquí —le pidió mientras se dirigía al interior de la cafetería.

Segundos después salió con un portaplanos bastante grande en la mano. Sofía ya estaba de pie, con el bolso bien colocado, en la esquina por donde pasaban los taxis.

—Toma. —Le extendió el objeto—. Lo nuestro ha sido tan extraordinario que no puede quedarse solo en fotos anecdóticas.

—¿Esto qué es? —preguntó Sofía inspeccionando el portaplanos—. ¿Es uno de los catorce poemas en un lienzo?

—Es algo que no debes parar nunca de hacer. —Parpadeó y el brillo que salpicaba en sus pestañas fue devastador.

Sofía tragó saliva, un volcán estallaba en su pecho… tenía que abrazarlo y lo sabía, pero el cuerpo no respondía con la rapidez que necesitaba. Le temblaban los labios y las manos… y el alma entera también.

—Ven aquí —le dijo él por fin—, y la abrazó contra su pecho.

Ella encajó la frente bajo su barbilla sintiendo cómo él le dejaba un beso largo en la coronilla, mientras alzaba el brazo libre para hacerle seña a un taxi que se aproximaba.

El auto frenó con brusquedad junto a la acera.

Marcel abrió la puerta trasera sin decir nada.

No se permitió mirarla otra vez. No porque no quisiera, sino porque sabía que, si lo hacía, la decisión se tambalearía.

Sacó un billete y se lo extendió al taxista.

Esperó a que Sofía entrara y le pasó el portaplanos con cuidado.

Cerró la puerta, dio dos palmadas suaves sobre ella y se dio la vuelta.

No quiso decirle adiós.

♪Si escucho tu voz con tan solo un suspiro enciendes las luces que había de apagar

Ay, no te me vayas cuando acabe el vino ¿Te quieres quedar?

Que muero de tanto callar, tan solo muero de ganas de comerte a besos, muero… ♪ [57]

***

Cuando Sofía llegó a su casa fue directa a su habitación. Cerró la puerta con un clic seco que sonó más definitivo de lo que esperaba y abrió el portaplanos con urgencia. Desenrolló el lienzo sobre la cama con manos cuidadosas que no conseguían dejar de temblar.

Era ella, sentada, escribiendo. En el sofá de la terraza de aquella casa de thriller . El rostro ya estaba terminado. Y allí estaba su sonrisa. Intacta.

Sofía dejó caer el peso del cuerpo sobre el borde de la cama, y entonces lloró. Lloró con ganas. Lloró de dolor… y de dicha.