Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LX. Ay, no te me vayas cuando acabe el vino… #2
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LX. Ay, no te me vayas cuando acabe el vino… #2

Durante un rato no hablaron. Se limitaron a mirarse, a sostener sonrisas a medias que no querían soltar del todo. Estar otra vez uno frente al otro traía consigo algo de triunfo compartido. El silencio parecía tener preguntas dentro, pero ninguno se veía dispuesto a formularlas todavía.

Cuando el chico regresó con la botella, traía la evidente intención de desplegar sus dotes de sommelier , pero Marcel lo detuvo con un gesto leve.

—No es necesario. Sírvenos a los dos, por favor.

El joven obedeció y se retiró.

Sofía tomó la copa y la hizo girar lentamente entre los dedos.

—¿Por qué brindamos?

Marcel sostuvo la suya en el aire descifrando la densidad del líquido rojo antes de probarlo.

—Aunque te parezca cursi…, creo que deberíamos brindar por habernos encontrado en esta vida.

Ella alzó su copa y le sonrió con melancolía.

—Salud.

—Salud —repitió él, y después de beber un trago dejó la copa sobre la mesa y se acomodó en el respaldo de la silla. Cruzó los brazos sobre el pecho y ladeó un poco la sonrisa—. Yo estaba sentado justo en esta mesa.

Sofía parpadeó, confundida.

—¿Perdona?

—Estaba aquí sentado la primera vez que te vi. Tú estabas allí. —Señaló otra mesa a un costado—. Creo que con dos amigas. No lo recuerdo con claridad.

Sofía frunció el ceño. Seguía sin encontrar el hilo de aquello, era como si él estuviera hablándole de una vida pasada.

—Pero… ¿qué me estás diciendo?

Marcel sostuvo su mirada, tranquilo.

—No recuerdo cuántos años han pasado. Nueve, diez quizá. Pero esa fue la primera vez que te vi. No fue aquel día de agosto que pasaste por mi casa.

Sofía se reclinó en el asiento cruzándose de brazos y comenzó a escarbar en su memoria retrógrada… empujando recuerdos hacia delante, forzándolos a ordenarse.

—¿Estás seguro de que estás hablando de mí? —le cuestionó algo escéptica.

—Completamente. Tenías el pelo más largo, cortado en muchas capas, con unas mechas rojas —una expresión de nostalgia se le dibujó en el rostro—, parecías un poco hippie  a pesar de que traías el uniforme de la facultad de Medicina… Y te reías mucho.

—Dios mío… —«era de este día del que me hablaba Maritza aquella noche en la guardia»—. Sí, es verdad que en tercero llevaba mechas rojas.

Ahí empezó a reconocer la escena. El recuerdo llegaba como una imagen fragmentada a la que aún le faltaban piezas.

—Yo estaba en esta misma mesa con Román y Juan. Nos estábamos tomando unos mojitos o unos Cuba Libre, no estoy claro.

Sofía lo miró con un gesto de incredulidad que le arrugó la frente.

—¿Cómo es posible que recuerdes eso?

Marcel sostuvo su mirada sin apartarse y atrapó el labio inferior entre los dientes…, otra vez.

—Porque me estabas mirando de una forma muy evidente… y muy inocente a la vez. Te pillé y te sonreí, pero bajaste la vista.

—Ya… —Chasqueó la lengua, intentando restarle importancia a algo que claramente la tenía—. Seguro hiciste esa cosa ilegal que haces con la boca y me puse de todos los colores.

Marcel dejó escapar una sonrisa de satisfacción.

—La verdad fue que me volviste a mirar… y yo te volví a sonreír. Pero entonces levantaste una ceja —lo recordó con detalles—, y te pusiste las gafas de sol. Me tuve que reír. —Negó despacio—. Estabas tomándote un café bombón.

Sofía lo miró divertida.

—Ay, sí. Eso seguro. Eran mis preferidos.

—Yo entré a pedirte otro. Y hasta te escribí una nota en una servilleta con alguna tontería que ya no recuerdo… junto a mi número de teléfono —añadió, apoyando los antebrazos en la mesa—. Pero, cuando salí, ya no estabas. No te vi por ningún sitio.

—Tú también tenías el pelo más largo, ¿verdad? —le preguntó ella.

Él se rio con ganas, se le notaba la nostalgia.

—¿Ya te acordaste, eh? —preguntó con sorna—.

Sí, lo tenía más largo. Y era más joven también.

—Se sirvió más vino, sosteniéndole la mirada por encima del borde de la copa—.

Cuando pasaste por mi casa aquel día, enseguida te reconocí.

Y mira que había pasado el tiempo, pero no sé por qué tenía esa risa tuya tatuada en algún hueco de mi cabeza.

A Sofía se le humedecieron los ojos. Parpadeó para disimularlo.

—Por eso fui a alcanzarte en la moto —le contó—. Aunque te burles, siempre hago caso a las señales del destino.

—Te pregunté si nos conocíamos y dijiste que no —le reprochó ella.

—Sí. —Se echó a reír—. Dañaste mi ego porque no me recordabas con claridad. Era evidente que tenía que resultarte familiar. Aquel día me miraste con demasiadas intenciones… y, no es por nada, pero fue mi mejor época. Era digno de recordar.

Los dos se echaron a reír.

—¿Por qué no me lo contaste antes? —preguntó ella.

Él inspiró profundo y se aclaró la garganta antes de hablar.

—Tenía guardada esta conversación para un momento especial, con el objetivo de manipularte y de que no pudieras decir que no, cuando sacara la cajita del bolsillo.

—Marcel… —lo interrumpió ella, con un nudo formándosele en la garganta.

Él se inclinó hacia adelante y le selló los labios con el dedo índice.

—Lo visualicé tantas veces, Sofía… —Se limpió una lágrima que se le escapó sin permiso—. Se lo conté a Melissa y no daba crédito. Me dijo que me habían hecho una lobotomía. Nunca había pensado en eso antes.

Todo aquello era demasiado bonito, pero no era justo poner a competir las memorias y las posibilidades con el presente.

—Cuando te vi en el hospital, me convencí de que algo tenía que pasarnos. A la tercera iba la vencida… —esbozó media sonrisa— aunque creo que al final fue a la cuarta.

Sofía le sonrió con una ternura triste que decía muchas cosas.

—He sido tan feliz contigo, Sofía —continuó él acariciándole una mano con el pulgar—. No puedo más que sentirme dichoso.

—Perdóname, Marcel, por no poder seguirte el ritmo, por no poder quedarme —le dijo ella, apretando su mano.

Marcel apretó los párpados un instante y luego volvió a mirarla. Algo le dolía mucho dentro, se notaba en la rigidez imprevista de sus facciones, en el azul mustio repentino de sus ojos.

—Tú llevas el tuyo propio. Perdóname tú a mí por no contarte todo sobre mi vida desde el principio. Es que no pensé…

—Lo sé —lo interrumpió ella—. Y no fue eso lo que me dolió. Lo que me dolió fue que mi yo  interior había hecho planes contigo a mis propias espaldas.

—No sé si lo notaste… pero al principio me mantuve escéptico.

No estaba muy seguro de merecer ser feliz.

Aún no lo estoy. —Se encogió de hombros—.

Estuve todo el tiempo pensando que lo nuestro era una especie de burbuja…

y trataba de adelantarme a todos los por si acaso, pero en algún punto todo se me fue de las manos.

Te juro que no me obsesioné. No quería que se complicara, no quería…

no quería enamorarme de ti, pero empecé a sentirte tan dentro de mi rutina, tan entera…

Y después de una vida tan intensa, tampoco iba a detener nada.

Se me fue la olla y me olvidé de tus veintisiete y de mis cuarenta.

Fui muy egoísta con lo que creí que deseabas del futuro. Te pido perdón por eso.

—No hace falta pedir perdón por nada.