LX. Ay, no te me vayas cuando acabe el vino…
—A ver, que no es que no me guste. —Sofía se encogió de hombros y apartó un poco el iPad para mirarlo desde otra distancia. Chasqueó la lengua—. El concepto me encanta, pero siento que le falta algo más atrevido. Algo que respalde el título. ¿Sí me entiendes?
Rachel hizo una inspiración profunda, de esas que se practican para no decir lo primero que a una le pasa por la cabeza.
—Entenderte nunca ha sido fácil.
Sofía le devolvió el iPad.
—No tengas miedo. Sé tú.
Rachel alzó los ojos al techo y se dejó caer en el sofá. En el movimiento, algo crujió.
—Joder, ¿qué fue eso?
—Mis rodillas, querida. Los años.
—¿Cuántos son los años? —preguntó Sofía divertida—. Solo para ir preparándome psicológicamente.
Rachel la fulminó con la mirada.
—Casi treinta y cinco, hermana. Y te aviso, a esta edad el umbral de la paciencia se estrecha. Y tú ya lo estás poniendo a prueba con la portada dichosa. Te he enseñado tres propuestas y ninguna te convence.
—Sí me convencen —replicó Sofía con cariño—. Pero creo que te estás conteniendo. Suéltate más.
Rachel se frotó las sienes.
—Que me suelte haciendo la portada de un libro de neurociencias… —Arrugó el gesto—. No tienes idea de lo que estás pidiendo. Y te pones muy intensa, que lo sepas.
Sofía sonrió.
—Lo sé. Pero… hay que joderse.
—¿Y si le hacemos un guiño al cerebro? —soltó Rachel, mirando la imagen otra vez.
—¿Un guiño?
—Sí. El cerebro haciendo una señita… esa misma que tú intentas y nunca te sale.
Sofía rompió a reír.
—¿No hay manera de que me salga sexy, verdad? —intentó hacerla y volvió a fallar—. Pues mira… me encanta la idea. A ver qué dice la editorial cuando lo tengas listo. El título ya es bastante atrevido para ser un libro científico. Me imagino la cara de la doctora Niurka… ¿Le falta mucho al café?
—Ya casi está, mujer. ¿Cuál es la prisa?
—Es que tengo que avanzar en la tesis y repasar para el examen… así pienso menos en todo lo demás —comentaba mientras seguía a Rachel hasta la cocina—. Cambiando de tema, ¿cómo van los planes con Rafa? ¿Ya decidieron adónde se van?
Rachel apoyó la espalda en el borde de la encimera.
—España, seguramente. Es lo más viable con las becas que está buscando Rafa. Yo viajaría con visa de turismo. Ahora mismo es la opción más sencilla. Además, tengo familia allá. Mi tía puede echarnos una mano.
—Bueno, también está Amber —le recordó Sofía.
—También está Amber… y poder tenerla cerca me hace mucha ilusión —admitió Rachel—. Aunque no quiero ni pensar en todo lo que las voy a extrañar a ustedes.
Sofía bajó la mirada.
—Ojalá se vayan antes de noviembre. Así… —inspiró hondo al recordar su propia incertidumbre— si me aprueban el viaje, podríamos vernos allá.
Rachel negó con suavidad.
—No creo que podamos irnos antes de noviembre, Sofi. Pero estaremos allá contigo. Aunque sea de corazón.
El aroma del café empezó a llenar la cocina. Rachel sirvió dos tazas y colocó las galletas de mantequilla a un lado.
Se acomodaban en las banquetas del comedor cuando el móvil de Sofía comenzó a sonar.
El sonido era el de siempre, pero le atravesaba los tímpanos como un presagio. Miró la pantalla y de inmediato sintió cómo las manos empezaban a sudarle. Tragó saliva antes de contestar.
—Hola, Marcel… ¿cómo estás?
Rachel se quedó con la taza suspendida a medio camino cuando escuchó el nombre.
—Estoy bien, cariño.
«Cariño». La palabra le provocó una extrasístole.
—¿Estás ocupada esta tarde?
A Sofía se le quedó el aire atrapado, miró el reloj. Faltaban treinta minutos para las cinco.
—No… estoy en casa de Rachel. Ya me iba para la mía. —Se mordió el interior de la mejilla para que la voz no le temblara.
—¿Puedo pasar a buscarte o si prefieres nos encontramos en el Café Ciudad? Me gustaría verte.
Ella se pasó los dedos por el puente de la nariz. Contuvo el aire en los pulmones, cerró los ojos, apretó la mano.
—Nos vemos allí. Llego caminando en quince minutos.
—Vale, ahí te espero. Estoy cerca.
Colgaron.
Rachel bajó la taza despacio y le dedicó a su amiga una mirada inquisitiva.
—¿Crees que sea buena idea que se vean? —le preguntó con una sonrisa de esas que parecían advertencia.
—Creo que nos lo debemos. La última vez todo fue bastante… doloroso.
—¿Has llorado? —volvió a preguntar Rachel frunciendo los labios—, digo… por la ruptura.
—Una o dos veces. Tal vez tres o cuatro —respondió Sofía—. Después de los primeros días me sentí mejor, pero luego volví a hundirme en los recuerdos de todo lo feliz que fuimos.
—Es que es muy jodido que te llegue un amor tan bonito, y tan sano, y tan maduro… y traiga esas notas al margen tan complicadas —Rachel suspiró.
—Rache… Es que siempre tuve miedo a ser tan feliz con él…, solo que nunca supe bien por qué. ¿Será eso la intuición?
Rachel asintió, pasándose una mano por la nuca.
—La verdad es que no sé si me enamoré profundamente… —continuó Sofía—, pero sí estoy convencida de que Marcel modificó mi percepción sobre el amor y mi manera de verme en los ojos de otra persona.
—Eso no es poca cosa Sofi.
—Lo sé —aseguró esbozando una media sonrisa—. Y lo extraño, te lo juro. Pero me pongo en pausa.
—Como un puto robot.
—Como un puto y eficiente robot —corrigió ella haciendo una mueca—. «Ya te jode».
Rachel soltó una risa corta.
—Y, si te soy sincera —Sofía se encogió de hombros—, tengo más cosas por las que sonreír cuando lo recuerdo. Ya me ha dejado de gustar el drama. Aunque sospecho que Paula no me creería.
—Al menos te contagió la madurez.
—Ya ves. No todos los hombres que se me cruzan son unos jodidos imbéciles. Algunos dejan cosas bonitas. A pesar de los pesares.
Rachel arqueó una ceja.
—¿Pesares?
—Entiéndase por pesares, ciertos procedimientos quirúrgicos preventivos que reducen las posibilidades de procrear en pareja con dignidad.
—¿Me estás hablando de la vasectomía?
Sofía sopló hacia arriba un mechón imaginario.
—Yo solo digo que la responsabilidad reproductiva compartida debe tener su encanto… y no quisiera perderme eso.
Rachel soltó su carcajada magistral de las de ella.
—Perdona, pero es que es muy irónico todo. Me cuesta imaginarte pensando en hijos, Sofía.
—Y a mí —admitió ella—. A mí también me cuesta. Pero me cuesta más imaginarme sin la posibilidad de pensarlo algún día.
Rachel inclinó la cabeza, concediendo el punto.
—Eso también es verdad.
***
Cuando Sofía llegó al Café Ciudad, Marcel ya estaba sentado —sensual y melancólico— en una de las mesas de la esquina de la calle, casi rozando la acera del parque central.
La sombrilla estaba abierta, aunque la tarde se había nublado.
Justo como a ellos les gustaba. Tenía una botella de agua entre las manos y la mirada perdida en algún punto impreciso del entorno. Sabría Dios en qué pensaba.
Mirarlo seguía siendo un deporte de alto riesgo.
«Qué mala costumbre tenía aquel hombre de no parecer humano.
Cuarenta, sí. ¿Y qué?». Llevaba un polo negro ligero y unos vaqueros gastados que le sentaban de muerte.
El pelo, ondulado y sin domesticar. La barba un poco más tupida de lo normal con sus hilos plateados en perfecto contraste y sus Ray-Ban clásicas de piloto bien colocadas.
Siempre solía decir que el resplandor le molestaba, pero Sofía podía imaginar sin esfuerzo, ese azul que cargaba muchas vidas, debajo de los cristales oscuros.
Estaba reclinado hacia atrás con las piernas cruzadas.
¡Por Dios! Era un volcán de testosterona en erupción.
Lo miró un poco más desde lejos antes de avanzar.
—Buenas tardes —dijo por fin al llegar a la mesa.
Él alzó la cabeza y se puso en pie en un gesto automático.
—Buenas tardes —le respondió dejando las gafas sobre la mesa, sin poder apartarle la vista, mientras se mordía el labio inferior para desatar el caos con ese gesto suyo tan…
«Ay, no».
—Ya sabes que eso no es justo —le recordó ella señalándole la boca con el dedo—. Te lo he dicho mucho.
—No sé de qué hablas —Marcel puso los brazos en jarra y la sonrisa comenzó a curvarle las comisuras.
Sofía experimentó una especie de déjà vu , demasiado despiadado para su gusto.
Cuando ella se inclinó para besarle la mejilla, Marcel la detuvo con suavidad, posándole las manos en los hombros y se quedó unos segundos frente a sus pupilas, solo unos segundos, pero ella sentía que él la estaba tocando entera con aquellos ojos.
Después la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí.
Ella permaneció rígida un instante, suspendida en el calor que desprendía su piel, hasta que no pudo más y tras apretarse a él con fuerza, hundió el rostro en el hueco de su cuello.
«Por Dios, ¿por qué siempre huele así?».
Cuando se separaron, él le apartó una silla y ella se sentó.
—Estás preciosa.
Sofía sonrió, recuperando el control.
—Gracias. Pero no creo que sea necesario el quid pro quo , ¿verdad? Estoy segura de que tu espejo no te miente.
Él ladeó la cabeza, restándole importancia al comentario. Siempre tan poco consciente —o tan poco interesado— en el efecto que provocaba. Tan modesto, tan cómodo en su estirpe.
—¿Qué quieres tomar? —le preguntó.
—Café no será —aseguró ella—. Criticarías todos los del menú. Además, acabo de tomar uno en casa de Rachel.
Él hizo un ademán con la mano para llamar al camarero flacucho de los tatuajes, el más carismático del café… y, con toda probabilidad, el que se llevaba las mejores propinas.
Sofía notó sus dedos manchados de óleo seco.
Pigmentos azules, blancos y marrones protagonizaban la decoración de sus nudillos.
Cerró los ojos en un gesto fugaz e inconsciente, y casi pudo sentir la aspereza de aquellas manos deslizarse por sus caderas hasta provocarle un latigazo en la pelvis.
«Fuera de aquí pensamientos impúdicos. Céntrate, Sofía. Focus ».
—Tráeme una botella de este, por favor —dijo Marcel interrumpiendo su ensoñación, mientras señalaba con el dedo un Barolo en la carta.