Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LIX. En silencio ha tenido que ser #7
81%

LIX. En silencio ha tenido que ser #7

Sofía empezaba a entenderlo de verdad ahora.

Durante dos años lo había escuchado decir que la libertad era una suma de decisiones pequeñas que nadie debería tener que pedir prestadas, y ella asentía, incluso defendía esas ideas en debates ajenos, pero hasta entonces solo había estado convencida desde lo abstracto, no lo había vivido en carne propia.

Ahora ya no era solo una teoría elegante.

Por primera vez sentía que su derecho a decidir podía quedarse archivado en un despacho con muebles viejos y café recalentado.

Le resultaba absurdo que estudiar Medicina y querer especializarse significara aceptar las cadenas que un examen —un simple examen— pudiera cerrarle las puertas al mundo durante años.

Aceptar el sistema sin ironía, sin disfrazarlo de resiliencia ejemplar, le resultaba mucho más frustrante de lo que estaba dispuesta a admitir.

Cesar lo sabía. Lo había vivido. Y también había comprobado que en otros sitios no era así.

Intentar explicarlo a terceros, en cambio, siempre sonaba exagerado o dramático, y a veces, hasta daba la impresión de que estuviera inventando una distopía improbable.

Pero no era ciencia ficción. Así funcionaban las cosas en Cuba: el país de las despedidas, de las familias separadas y de los sueños rotos.

***

La conversación con Cesar esa noche fue larga.

Hablaron por audio, no por video. Sofía ya estaba recostada en la cama, con la luz apagada, los auriculares puestos y el teléfono apoyado sobre el pecho.

Del otro lado se escuchaban los avisos del metro, puertas que se abrían y cerraban, y el murmullo intermitente de la gente entrando y saliendo.

Cesar no tardó en desplegar su lógica impecable.

—Escúchame. Esto no es solo un viaje. Es un evento internacional. Es Madrid. Es tu libro. No todo el mundo escribe uno, y mucho menos lo presenta allí. No puedes perderte eso.

Sofía sonrió en la oscuridad.

—No es seguro que pueda ir.

Él chasqueó la lengua e hizo un pequeño sonido de desaprobación.

—No es seguro porque todavía no has decidido que vas a intentarlo en serio. Además, no me digas que no tienes esperanza.

Ella no respondió de inmediato. Aún no lo había dicho en voz alta, pero la ilusión le temblaba debajo de cada frase. Y el miedo también. El golpeteo del tren llenó el silencio.

—Tener esperanza es inevitable, Cesar, es un instinto básico de supervivencia. Pero lo que va a pasar no depende de mí… además, también me preocupa que esto me traiga problemas con el examen estatal —admitió sombríamente—. No quiero tirar por la borda tantos años de estudio y trabajo.

—Es un examen, Sofi. Lo puedes hacer después. Lo importante no es la fecha, estoy seguro de que ya tienes todo lo que necesitas para ser especialista en esa cabecita. Solo falta que alguien con potestad  lo valide.

Ella suspiró.

—Primero vamos a ver si el Ministerio aprueba mi solicitud. Hasta entonces no sabré si esto es una utopía o una posibilidad real.

—Intentarlo ya es una decisión —replicó él—.

Y, créeme, es la mejor de las decisiones…

, tienes que luchar por eso. No todos tienen la suerte de que les florezcan las semillitas de sus pasiones.

Además —agregó riendo por lo bajo—, tus alas son más grandes que la jaula en la que estás metida.

Así que tendrás que romper la jaula, antes de que te las corten para que quepas.

—Uyyy, si te pones hasta poético —bromeó Sofía—. Tengo que reconocer que a veces me resulta muy sospechoso tu exceso de sensibilidad. Es que no va ni con esa risa perversa que tienes, ni con esos ojos zalameros, ni con ese descaro que se te sale por los poros.

Hablaron un rato más. De los diferentes escenarios, de planes hipotéticos, de qué pasaría si sí, de qué pasaría si no.

Cuando colgaron, Sofía estaba más tranquila. Era verdad que había dado el primer paso. Nada espectacular, solo eso: presentar la solicitud, poner su nombre en un papel y dejar que empezara a moverse. Ahora tocaba esperar… y rezar.

***

A Cesar le faltaban dos paradas para llegar a Jackson Heights, en Queens, cuando dejó el teléfono apoyado sobre el muslo y se quedó mirando el reflejo oscuro de la ventana del vagón.

El tren zarandeaba bajo sus pies. Gente de pie, mochilas sucias y otras no tanto, un anuncio mal pegado sobre clases de inglés nocturnas.

Las luces parpadearon y algo se conectó dentro de su cabeza. Enderezó la espalda. Abrió WhatsApp . Buscó un chat. Marcó.

—¿Se puede saber qué haces llamándome a esta hora? Uno trabaja temprano —respondió el doctor Ernesto al segundo timbrazo.

Cesar no perdió tiempo.

—Tú eres especialista en Oncología, ¿verdad?

—Pues hasta donde sé, sí. Eso es lo que dice mi título.

—Y, aun así, el año pasado fuiste a Portugal, ¿no? Como por quince días.

Del otro lado hubo un silencio corto.

—Sí… a un congreso internacional —respondió Ernesto confuso.

Cesar apoyó la cabeza contra el vidrio y sonrió con picardía.

—Dime que conoces a alguien importante en el Ministerio de Salud Pública.

La voz automática crepitó por los altavoces: This is Jackson Heights-Roosevelt Avenue .