Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LIX. En silencio ha tenido que ser #6
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LIX. En silencio ha tenido que ser #6

Sofía le habló entonces de la invitación al evento internacional de Neurociencias en Madrid. Mientras la escuchaba, el profesor sonreía con una satisfacción apenas disimulada. Estaba orgulloso de ella. Sabía que lo merecía.

—Necesito saber si el hospital podría respaldar la solicitud de salida —preguntó al fin Sofía, bajando un poco la voz. «Si él dice que no, aquí se acaba» —. Sé que no depende de usted… pero su opinión pesa.

—Eso es enorme —dijo el profesor inclinándose un poco hacia su lado mientras miraba alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba.

—Entiendo que necesitaría el respaldo del servicio para solicitar la salida formalmente —añadió Sofía, sosteniéndole la mirada.

Fernando no titubeó.

—Pequeña, voy a ser muy sincero contigo. —Fijó la vista en sus pupilas—. Como están las cosas, te sugiero que pidas permiso para salir de vacaciones desde ya. No menciones el evento. Y mucho menos España. Di que es un viaje familiar: Cancún, Punta Cana… lo que sea que suene inofensivo.

«Inofensivo», repitió Sofía en su mente. Todo sonaba tan absurdo. Parecía que estuviese a punto de cometer un pecado capital.

El profesor cerró los ojos un segundo, como si midiera el peso de lo que estaba diciendo.

—Y hay algo más. No hagas el examen estatal antes de irte.

Sofía frunció ligeramente el ceño.

—Pero… el examen estatal es en octubre y el congreso es en noviembre.

—Posponlo —respondió él sin titubear—. Pide una prórroga.

—¿Cómo que lo posponga? ¿Pero y la tesis?

Fernando negó con suavidad.

—La tesis sí preséntala. El examen no —sus palabras sonaron contundentes—. Porque una vez que lo hagas, se acabó, nadie te va a dar permiso. No te van a liberar, no te van a dejar irte. Incluso pueden aplicarte una moción que te retenga durante tres a cinco años sin poder moverte de Cuba.

La palabra años  se quedó suspendida entre los dos. Sofía notó cómo se le enfriaba el café entre las manos.

—Antes de hacer el examen… —insistió él—, vete a Madrid. Participa en ese evento. Ve a la presentación de tu libro. —Sonrió con algo de incredulidad, sabía bien que estaba cruzando una línea peligrosa—. Luego regresa y te haces especialista en Cuba, si eso es lo que de verdad quieres.

La miró largo rato, y en sus ojos apareció algo más hondo que el orgullo: una tristeza anticipada.

—Pero primero ve, pequeña. Sal. Mira qué hay más allá. Vive lo que te has ganado. No renuncies a eso por miedo. Ese también ha sido tu sueño.

Sofía no estaba segura de lo que insinuaba el profesor, pero estaba convencida de que tenía que hacerle caso.

—Vete ahora mismo al salón de clases y redacta esa carta de solicitud para un permiso de viaje ya.

Su tono ya no era solo el de un mentor; era el de alguien que había tomado una decisión por ambos.

—Entrégamela firmada. Yo me encargaré de la jefa de Servicio y el director del hospital.

También la presentaré ante el jefe de Posgrado en la universidad, para que salga lo antes posible hacia el Ministerio.

—Ladeó la cabeza en un gesto de resignación—.

A partir de ahí ya no dependerá de nosotros.

Tendremos que encomendarnos a la buena suerte.

Todo es muy turbio a esos niveles, las reglas allí cambian según el día.

Sofía tenía un síndrome vertiginoso.

—Eso sí —añadió, bajando la voz—, no lo comentes con nadie.

Sigue tu vida como si nada. Si te preguntan por qué retrasas el examen, di que es por asuntos personales.

No se te ocurra mencionar la invitación al evento.

—Le guiñó un ojo—. Aprende a proteger lo que aún es frágil.

Con los años entenderás que hay gente que tiene mala energía, dicen que desean verte bien, pero lo cierto es que nunca quieren verte mejor que a sí mismos. En silencio ha tenido que ser…

—…porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas [56]  —concluyó Sofía dedicándole una media sonrisa.

Sofía subió las escaleras todavía procesando lo que acababa de escuchar.

Fue directo al salón de clases, se sentó frente a una computadora y redactó la carta sin editarla demasiado.

Si empezaba a pensarlo en exceso, quizá se echaría atrás.

Se la entregó al profesor minutos después y no volvió a mencionar el asunto.

Esa tarde decidió irse caminando a casa. En el trayecto les envió a las chicas un audio que terminó pareciendo un podcast   por lo extenso que fue, contándoles lo imprescindible y pidió discreción absoluta. Luego le dejó un mensaje de texto a Cesar.

Sofía:

¿Puedes llamarme a las nueve?

Necesito hablar contigo con calma.

Cesar tenía esa cualidad casi irritante de hacerle creer que la vida era más maleable de lo que parecía.

Que el mundo podía inclinarse un poco si uno sabía dónde presionar.

Hablar con él —estaba segura— le daría tranquilidad.

Y no porque fuera ingenuo. Al contrario.

Él parecía que siempre sabía de qué hablaba.

Había vivido en Cuba demasiados años y luego había cruzado fronteras arriesgando su vida para ser libre. Tenía la comparación de su lado.