Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LIX. En silencio ha tenido que ser #5
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LIX. En silencio ha tenido que ser #5

—Demasiado idílico para ser verdad, diría yo —respondió Sofía, entrelazando las manos por debajo del cuello.

—¿Desde cuándo eres tan negativa? —Isabel se incorporó un poco, apoyándose en el codo para mirarla de frente—. Mente positiva y a ponerse las pilas para hacer lo que haya que hacer. Todo va a salir bien.

Sofía alzó una ceja, escéptica.

—Tú andas muy hyper  últimamente… —Curvó apenas los labios—. ¿Vas en serio con ese muchacho?

Isabel soltó una media sonrisa que no era precisamente inocente.

—Pues creo que me enteraré en España. Le aprobaron su beca en la misma universidad.

—¡Isabel! —Sofía se sentó de golpe—. ¿Planearon todo esto juntos?

—No… no. Para nada. —Isabel relajó los hombros—. No tenemos definido qué queremos el uno del otro, pero aplicamos casi al mismo tiempo. Él me ayudó con el proceso. Y, bueno…, ahora supongo que me toca creer que el universo tiene sus propios idiomas. Llámalo serendipia.

—Madre mía… —Sofía se persignó con teatralidad.

Y las dos rieron, siempre tenían la sensación de estar a salvo cuando estaban juntas.

***

Vueltas, vueltas y más vueltas en la cama.

Ni una gota de sueño. Infomed, BrainFacts.org, UpToDate , incluso Instagram, Facebook, Goodreads…

Abría una pestaña, la cerraba, volvía a abrir otra, leía tres líneas y se quedaba mirando la pantalla en modo zombie .

Pero nada. Ni una gota de concentración.

El día había sido una montaña rusa de emociones que seguía bajando y subiendo por detrás de sus costillas, recordándole que se venían decisiones importantes, y, sobre todo, mucha incertidumbre.

Solo lo había hablado con Isabel y con su madre.

Ni con sus amigas, ni con Cesar. No tenía fuerzas para responder a más interrogatorios ni para escuchar más frases de todo va a salir bien , claro que vas a poder ir , que, aunque estuvieran cargadas de buenas intenciones, invalidaban el miedo que sentía cuando analizaba las consecuencias de poner las expectativas demasiado altas.

Y no era pesimismo, joder. Era realismo.

Era tener estudios de Neuropsicología a la espalda y saber muy bien cómo funcionaba la caída cuando se hacían saltos sin red y no salía según lo esperado.

«El tamaño de la frustración depende siempre del tamaño de la expectativa».

Lo decían los libros. Lo repetían las conferencias.

Lo aseguraba en cada clase, aquella profesora de Psicología, la morena alta de rostro imponente que había ganado premios y corregía exámenes como si estuviera librando una guerra personal contra la mediocridad.

Lo decía la vida. La misma vida que había diagnosticado a Sarah con un linfoma a los veinticinco años y la había obligado a probar pelucas frente al espejo.

La misma que le quitó a su padre cuando todavía era una niña.

La misma que no la dejaba soñar tranquila en su propio país.

La misma que le había hecho poner el corazón en bandeja para que se lo devolvieran en trocitos astillados.

La misma que le disparaba esquirlas afiladas cada vez que ella intentaba poner en marcha algo bonito.

Y entonces la frase de Cesar aquella tarde en el Malecón, volvió irreverente a su cerebro a desplazar esas malas vibras que no eran del todo infundadas, aunque quizá sí un poco sobredimensionadas en ese momento: Las cosas buenas de la vida tienen menos que ver con que ocurran y más con que sepamos reconocerlas.

Pueden pasarte por delante mil veces que, si no estás dispuesta a verlas, será como si nunca hubieran existido para ti.

Al hacer aquellas palabras conscientes, todas las imágenes en su cabeza fueron sustituidas por un solo rostro.

El rostro de alguien que no solo se habría puesto muy feliz con todas las noticias que había recibido, sino que la habría consentido y la habría abrazado justo como ella quería que la abrazaran…

y que, además le habría preparado el cappuccino  más rico del mundo con whipped cream  en exceso, y hasta canela, si hubiese hecho falta.

Era raro… era muy raro que Marcel no le hubiera escrito ni una palabra, era raro porque…

ella había dado por sentado que el teléfono vibraría en algún momento, que habría mensajes suyos o alguna llamada, porque tanto silencio no encajaba con todo lo que habían sido juntos, porque los dos eran personas maduras.

Pero esta vez a Sofía el ego le había calculado mal las predicciones, no había contemplado detalles importantes.

Marcel era un hombre de cuarenta años, con mucha vida a cuestas, y solo estaba respetando —como siempre había hecho—, las decisiones que ella tomaba.

Entonces lo hizo, abrió el centro de mensajes y escribió ella primero después de seis largos días.

Sofía:

¿Estás bien?

Los tres puntos de escribiendo aparecían y desaparecían.

«Al menos está…», pensó.

Marcel estaba bebiendo una copa de vino en el columpio de su portal, dejando que la brisa nocturna le enfriara un poco la nostalgia cuando vio el mensaje de ella en la pantalla.

Pasó casi un minuto.

Marcel:

Estoy… Extrañándote demasiado.

A él se le tensaba la mandíbula sin poder evitarlo. Tragó saliva antes de volver a respirar con normalidad.

Marcel:

Estaba por llamarte, pero… no he salido del estudio en estos días.

No he parado de pintar. Ya sabrás por qué.

A su lado en el columpio estaba el cuaderno que Sofía había dejado en su mesita auxiliar antes de irse aquella noche, ya salpicado de óleo y con par de hojas dobladas. Lo sostuvo en su mano par de segundos y volvió a escribir.

Marcel:

Voy por la segunda pintura. Tendré que terminarlos en Italia.

Marcel había encontrado el cuaderno al otro día de la ruptura. Tenía catorce poemas escritos a mano. Catorce. Detrás de cada uno había una página en blanco con la anotación en lápiz: Boceto de pintura #...

En la primera hoja, una nota.

No sé si algún día podamos hacer aquel dossier  que una vez me comentaste, pero sí podemos quedarnos con algo muy nuestro.

Sé que esto no te lo esperas, pero todos estos poemas los he escrito para ti, en distintos momentos…

¿Qué tal si los respondes de vuelta con una pintura?

Siento mucho que estemos pasando por esto, y lo siento en mis huesos, porque contigo he vivido el amor desde donde no hace daño… Me has enseñado que es posible y todo lo que hemos compartido me ha calado muy profundo.

Solo puedo decirte Gracias. Y que te quiero.

De verdad te quiero.

Sofía

Después de leer el primer poema, Marcel había llorado como un niño, marcó una parte con un lapicero, y sin pensarlo se volcó en un lienzo en blanco.

No preparó nada. No hizo bocetos. Pintó con las manos, con los pinceles, con el alma, dejando que el corazón también se le expandiera para agradecer por todo lo que había vivido con ella en esos meses.

Cada trazo era el equivalente a las palabras que se le quedaban atoradas. Fue liberador.

« Aquel día salí asustada, descosida, con curitas en el alma. El viento me llevó por los portales hacia aquella esquina casi blanca donde uno de tus trozos dispersos caería en la trampa de mi pelo suelto con olor a tristeza y saldrías tras mis pasos en cuestión de segundos.

Hubo algo roto entre tú y yo desde todos los principios.

Lo supimos tarde, lo suficiente tarde como para no poder irnos a tiempo.

No me imaginabas descosida ni yo a ti en trozos y, cuando lo descubrimos, comenzamos a querernos de verdad, pero con un poco de miedo, porque no nos alcanzaba la fuerza para cuidar de nadie más que de nosotros mismos ».

Sofía:

Lo siento, Marcel. No creas que ha sido fácil para mí.

Te he extrañado también un montón.

Marcel:

Gracias por decírmelo. Me viene bien leerlo. A veces uno se cuestiona si fue lo suficientemente importante para el otro.

Yo también lo siento.

Marcel:

¿Crees que podamos vernos antes de que       me vaya a Italia?

La última vez fue todo muy doloroso y no quiero quedarme con ese mal sabor.

Sofía:

Claro. Solo déjame saber dónde y cuándo.

Marcel:

Vale.

Y no escribieron más… cada uno apagó la pantalla del celular. Sofía se abrazó a la almohada hasta quedarse dormida y él se dio el último sorbo de vino en el viejo columpio del portal.

LIX. En silencio ha tenido que ser

Llegó a la sala de Neurología a las seis y media de la mañana, demasiado temprano, incluso, para prepararse el café aguado de la máquina.

No había casi nadie en el pasillo y ese vacío le resultó revelador.

Evolucionó más pacientes de los que le correspondían, tenía tiempo.

Así aliviaba el trabajo de sus compañeros y, de paso, mantenía la mente ocupada.

El profesor Fernando debía llegar sobre las diez de la mañana y ella quería estar libre para conversar con él.

Justo a media mañana lo vio aparecer por el pasillo con la misma celeridad de siempre, con el cansancio tatuado en sus arrugas y la sabiduría dibujada en la sonrisa, pero siempre desbordando sus ganas bonitas de vivir.

Ella esperó a que terminara de saludar a los otros profesores y se le acercó con discreción.

—Profesor, ¿tiene un momento luego? —preguntó en voz baja—. Necesito hablar algo importante con usted.

Fernando la miró con atención y asintió.

—Acompáñame primero a la UCI.

Allí evaluaron algunos pacientes. Él hizo un par de observaciones con los especialistas y cuando terminaron la invitó a tomarse un café.

—¿Qué pasa, pequeña? —preguntó, ya con su espresso  en mano, estudiándole el gesto— ¿Por qué tienes esa cara de preocupación? Me he enterado de que ya vas a publicar tu libro. ¿No se supone que deberías estar feliz?

Sofía inspiró profundo. «Dilo sin rodeos».

—Estoy feliz, profe. Me siento orgullosa de mí, aunque no me gusta estarlo diciendo mucho… Pero tengo otra situación que es más complicada.

—¿Más complicada?

—Es buena. Demasiado buena. Y ahí está el problema.

—Mmm —Fernando apoyó los codos sobre el reposabrazos y entrecerró los ojos, curioso—. Cuéntame.